Wednesday, July 11, 2007

You're the One (2000)


Este expresivo segundo verso de la primera estrofa de la mítica canción de Cole Porter Night and Day da título a la última película de Garci. No es la primera vez que el director asturiano toma préstamos de las músicas de Broadway para bautizar a sus filmes: con Begin the Beguine alcanzó la gloria académica. ¿Se trata ahora de repetir amuleto para propiciar la repetición de la suerte?. No importa, porque si la suerte se repitiera tendría fundamentos más sólidos que la mera utilización de reclamos. En efecto, You’re …es no sólo un producto excelentemente construido, sino un ejemplo de cine en estado puro, que conmueve, emociona, regocija, satisface y convence. No faltarán quienes, tal vez con buenos motivos, traigan a colación el fino olfato comercial o incluso el oportunismo lírico de nuestro erudito y eficaz cineasta. Pero tales observaciones críticas, si se hicieren, carecerían de relevancia. La fibra sensitiva de las emociones es cuerda de muy difícil afinación y aún más comprometida pulsación. Por ello, cualquiera que sea la opinión que nos merezca la conducta estética de Garci, hemos de admitir que su dominio de tan arriesgados registros es absolutamente virtuosístico. Y ¿qué decir de su maestría en la dirección de unos actores de superior talento, en la creación de climas y ambientes y en el manejo del ritmo narrativo?.

Dar cuerpo al alma herida de profunda melancolía de la señorita Julia –el reminiscente título strindbergiano es uno más de los múltiples gadgets culturalistas que se exhiben con generosa impudicia – es tarea que lleva acabo sin una sola mácula de exceso una Lidia Bosch llena de exquisitos y temperados matices. El destartalado Iñaki Miramón es uno de los más tiernos, conmovedores y dignos maestros rurales de toda la filmografía hispana, incluido el dificilísimamente superable Fernando Fernán – Gómez de La lengua de las mariposas, cuyo protagonista infantil hace aquí otro papel antológico como ¿Garci niño?. Fabulosa y llena de vigor interpretativo la joven Ana Fernandez, la resignada pero vital Pilara. La veteranísima Julia Gutiérrez Caba nos da otra lección de sobriedad, talento y fuerza. El rol del cura borrachín, de fe cómicamente agónica, involuntaria y casi caricaturescamente unamuniana, parece pintiparado para ese soberbio histrión que se llama Juan Diego, que se recrea en la suerte. Incluso los inevitables Fernando Guillén y Marisa de Leza brillan en su breve intervención, al igual que el recién fallecido Jesús Puente, maquillado, barbado y vestido para rememorar la imagen de un Doctor Freud de postguerra. Hasta el mensajero Carlos Hipólito y el tertuliano de taberna Paco Algora dignifican sus fugaces presencias. Perfecta la caracterización del alcalde y del cabo de la guardia civil, encarnados por actores cuyos nombres lamento no recordar.

Los melómanos debemos agradecer también la música de Pablo Cervantes y las ilustraciones verdianas (La Traviata), puccinianas (Turandot), bachianas (Jesus bleibt meine Freude), händelianas (El Mesías) y struassianas (Die Fledermaus) que se nos regalan, por más que se trate de piezas no por archiconocidas menos bellas. Sin olvidar, claro está, la magnífica melodía que da título a la obra y que suena sobre los títulos de crédito finales.

El canto y homenaje que por enésima vez tributa Garci a su Asturias natal, con sus playas, su prerrománico, sus casonas, su patio de la Universidad con estatua del inquisidor Valdés Salas incluida, y también su avilesina taberna La Fragata, en la que el autor de estas modestas líneas se mama de vez en cuando con sus amigos, entre los que se cuenta el propietario del establecimiento, el noble bruto Chema, se recibieron con gozo en absoluto contaminado del más mínimo atisbo de nacionalismo perturbador (me remito al último artículo de Gabriel Jackson sobre el asunto).

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