Tuesday, July 10, 2007

Panfleto desde el planeta de los simios (1996)


El futuro de la izquierda, en directa relación con su actual crisis de perplejidad y atonía, ha sido objeto de reflexión por parte de pensadores de la talla de Adam Schaff, Norberto Bobbio, Hobsbawn o Glotz, entre otros. El Panfleto desde el planeta de los simios, en el que se alude y, a veces, se parafrasea a los autores citados, es una muy personal, pero también muy transferible aportación de Vázquez Montalbán a este estado de cosas. La referencia cinematográfica del título y el poema de Cavafis Esperando a los bárbaros con el que Váquez Montalbán encabeza su alocución, son suficientemente expresivos de los presupuestos de los que parte. En efecto, todo parece indicar que los sucesivos descalabros de la izquierda universal, resueltos y compendiados en la catástrofe última del desplome de los regímenes totalitarios de los países del este, ha hecho que cualquier intento racionalizador que cuestione el nuevo orden establecido esté condenado a la persecución y al aniquilamiento. Por otra parte, los imaginarios, esto es, “las siluetas de lo que sabíamos y en lo que creíamos” tales como sistema democrático, finalidad histórica emancipadora, Europa, sujetos históricos de los cambios sociales o izquierda transformadora versus derecha conservadora han ido desapareciendo en buena parte.

El Panfleto no es una cosmogonía sino un exordio. Pero, como en algunas cosmogonías, los trabajos y los días del Panfleto son siete. En el primero (Los sacerdotes nos han abandonado) se analiza la función mercantil publicitaria de los partidos políticos, tan alejados del rol de intelectual orgánico que algún clásico les atribuyó en su día. El partido, maquinaria electoral, degrada la condición de ciudadano a la de consumidor-elector.

Los intelectuales, “esos intermediarios sociales dotados de saberes específicos y del don del lenguaje para poderlos transmitir”, pueden, en su motivación, en sus relaciones con el poder y en su actitud frente a la historia, desarrollar la metáfora del escriba sentado, ejercer de “profetas de lo ya ocurrido” o empeñarse en una “voluntarista transformación de la sociedad” aun a riesgo del descrédito o el ninguneo y aun a sabiendas de que todo futuro será imperfecto. Estas y otras colaterales cuestiones son las que se desgranan en el segundo capítulo (“¿y qué decir de los intelectuales?”).

El Estado, como depositario de la eticidad y, en esa medida, heredero de Dios en una sociedad y en unas relaciones humanas crecientemente laicalizadas, va también perdiendo entidad, en la perversa lógica según la cual “mientras sobreviva el Estado Marx tiene posibilidades de resucitar”. Ni Dostoyewski ni Orwell hubieran sospechado una tal muerte ( ¿incruenta? ) de Dios y de su heredero en la organización de las convivencias, el Estado, sea éste inquisitorial, asistencial, o Gran Hermano. Establecida esta inquietante premisa, nada más consecuente que la entronización de una teología liberal, constatadora de que, como Hölderlin nos había enunciado, “los dioses se han marchado, nos queda el pan y el vino” aunque, ¡ay!, el pan engorda y el vino nos lleva a la cardiopatía. Antecedente y consecuente se exponen con lógica implacable y humor brillante en los capítulos tercero y cuarto: Pero es que los dioses también se han marchado y La teología liberal.

Marchados los dioses y perdida la capacidad consoladora del pan y del vino por sus contraindicaciones higiénico-dietéticas, nos queda la televisión, nos quedan los poderes mediáticos, nuevos administradores del mito de la caverna, capaces de hacer realidad terroríficas utopías conformadoras de un príncipe moderno encarnado en la propiedad y el control de las ondas, tal como nos ilustra el ejemplo de una Italia, otrora paradigma del mayor y mejor nivel de conciencia política, contemplando “cómo el espejo truncado se convierte en espejo deformante de la realidad democrática”. La crítica a Popper que, paralelamente, se desarrolla en este quinto capítulo ( Los dioses se han marchado, nos queda la televisión ), constituye una de las más estimulantes muestras de lucidez que el libro ofrece con generosidad casi pródiga.

Uno de los imaginarios más prometedores de la racionalidad democrática occidental, la idea de Europa como “tercera vía ética y política dentro del juego de relaciones norte y sur”, languidece y se mustia aún antes de pasar de brote a capullo. Europa, “la doncella inmaculada” que “finge desconocer la existencia de bárbaros en su interior” desconoce también sus propios límites cartográficos:

“Hemos de asumir que Europa aún no existe... y no existirá la Europa necesaria mientras no recomponga su finalidad una izquierda necesaria, capaz de reconducir el discurso de la razón”, concluye Vázquez Montalbán en el capítulo sexto, Europa o misterio de la inmaculada concepción.

El séptimo día Vázquez Montalbán no descansó. El capítulo que cierra el libro, La reconstrucción de la razón democrática, es una reflexión y una propuesta, modesta y posibilista tan sólo en apariencia. Después de levantar acta del actual estado-situación de las izquierdas europeas y de glosar las propuestas de Glotz, se formulan ambiciosas propuestas ético-políticas que culminan en una anticonsigna y en una constatación, aguda e imantada como las guías de las brújulas. Son las que siguen:

“Hemos de juramentarnos para no ser nunca más cómplices de Calígula cuando quiera nombrar procónsul a su caballo”.

“No. No hay verdades únicas ni luchas finales, pero aún es posible orientarnos mediante las verdades posibles contra las no verdades evidentes y luchar contra ellas. Se puede ver parte de la verdad y no reconocerla. Pero es imposible contemplar el Mal y no reconocerlo. El Bien no existe pero el Mal me parece o me temo que sí”.

No comments: