Monday, July 09, 2007

La dama duende (2000)


Después de su notable éxito en Madrid, llega a Vigo la producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por José Luis Alonso de Santos, de La dama duende, de don Pedro Calderón de la Barca, que, junto con La vida es sueño y El alcalde de Zalamea sirvió para conmemorar el cuarto centenario del glorioso dramaturgo.

Debe decirse con urgencia y prioridad absolutas una obviedad: La dama duende es una delicia y una obra maestra redonda. La severa idea que todos tenemos formada de Calderón queda aquí, sino desmentida, sí gozosamente puesta en divertida cuestión. Una comedia de enredo de tal ingenio y fineza podría y debería haber sido la envidia y el reconcomio del mismísimo fénix de los ingenios, don Félix Lope de Vega Carpio.

Hablemos ahora un poco de la producción de la Compañía Nacional. Pulcra, cuidada, sobria, alegre, con las necesarias, pero muy discretas, dosis de salsa picante, con deliberada parquedad de medios técnicos, esta producción no tiene tacha escénica ni pecado decorativo. Esta muy bien hecha y punto. Y, de los actores, ¿qué?. No están nada mal, esa es la verdad. Y algunos están incluso sobresalientemente bien: pensemos en el muy certeramente cómico Cosme que hace Alfonso Lara. Débese decir, no obstante, que se echa de menos el noble recitar, la cadenciosa dicción de los viejos actores, imprescindible cuando un texto clásico en verso se lleva a escena. El octosílabo tiene un ritmo preciso que hay que saber marcar sin rigidez ni amaneramiento, las estrofas tienen una rima que se ha de hacer sentir sin enfatizar, los encabalgamientos deben fluir con naturalidad alada … en fin, todo eso que los actores ingleses conocen y practican a la perfección cuando se enfrentan a Shakespeare o Marlowe, y que nuestros veteranos también lucían con arte y nobleza. Los jóvenes actuales todavía no saben, o no les han enseñado del todo bien, estas difíciles, pero necesarias, sutilezas. El defecto quedó más patente en la protagonista, Lola Baldrich, que tampoco dio toda la gracia que la salada viuda Doña Ángela tiene, y en el forzadillo celoso Don Luis que encarna Antonio Castro. Pese a estas tachas menores, salimos del García Barbón contentos, risueños y edificados. A lo mejor, me voy curando poco a poco de mi alergia al teatro escenificado.

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