Sunday, June 19, 2011

La clemencia de Tito, Coruña 2011


Las penurias de la crisis y otras carcomas obligaron a que el Festival Mozart de este año fuese aún más enclenque y menguadito que el del año pasado. Así que en el Palacio de la Ópera pudimos contemplar un solo título. Eso sí, glorioso. Insisto en lo de glorioso, porque hay más de un sabihondo a la violeta que estima necesario precaverse ante el prójimo advirtiendo que La clemencia de Tito es una ópera de segunda fila. A estos menesterosos se les debe recordar, en cumplimiento de una de las obras de misericordia, que la obra con la que se festejó la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia, es tal vez -sólo tal vez- una ópera de segunda fila, dentro de las óperas de Mozart, lo que equivale a decir que es una ópera de primerísimo rango dentro del conjunto universal del género. Considérese una obra de encargo, sobre cuyo tema tópico ya había compuesto Glück otra años antes, con un libreto acartonado y renqueante de Metastasio, que el salzburgés compone a uña de caballo, mientras trabaja también en el Requiem y en La Flauta mágica. Y, pese a todo, ¡qué densa concentración de belleza en su música! ¡cuánta maestría en la expresión de los afectos! ¡qué prodigio de equilibrio y de delicadeza en el tratamiento de los toscos mimbres con los que trabaja!
Andábamos algo preocupados sobre lo que querría decirse con eso de "versión semirrepresentada" con que se anunciaba la función. ¿Una versión de concierto con adornos figurativos, trajes de época y aparato gestual sobreactuado? ¿Un deambular "funcional" por un escenario con "guarnición"? Pues, ¡oh grata sorpresa!, nada de eso. Les adelanto que hay algunas puestas en escena que se anuncian y venden como completamente representadas y son bastante más esquemáticas, escuetas y "minimalistas" que la que ayer pudimos contemplar en La Coruña. Al abrirse el telón nos encontramos con un espacio escénico perfectamente simétrico, en el que cuatro escalones que ocupaban todo el ancho de la caja, divididos en dos partes iguales por una rampa central, daban acceso a una plataforma en segundo término en la que se apoyaban cinco cilindros sobre bases hexagonales, cuyo conjunto sugería, a la vez, una fila de columnas grecolatinas y un juego de tuercas gigantescas. El cilindro central, más alto que los cuatro restantes, constituía el eje de simetría de todo el conjunto. Al pie de los escalones, y en cada uno de los extremos, unos cubos de tamaño regular, dotados de respaldo lateral, completaban el aparato ornamental. Al iniciarse el segundo acto, se producía un cambio único: las columnas-tuercas de la parte superior quedaban abatidas, manteniéndose en pie sólo la central más alta, que conservaba su función de eje de simetría. Una iluminación muy expresiva, de cambios frecuentes, rápidos o graduales, y unas imágenes proyectadas sobre el telón de fondo (gotas de agua cayendo y formando círculos concéntricos sobre una superficie líquida, llamas, figuras geométricas cambiantes, etc.) completaban la ilustración del espectáculo. Los cantantes evolucionaban y actuaban a lo largo de la plataforma superior con algunas posiciones en horizontal sobre la rampa a cargo, sobre todo, de Sesto y Vitelia, con sus nucas enfrentadas o mirándose de frente. El vestuario, intemporal y sin complicaciones en todos los casos, excepto en el de Vitelia que lucía una elegantísima mezcla de traje de noche, casaca larga y botas y calzones de montar, realzado todo por el palmito de la alta, esbelta y muy guapa Veronique Gens.
Nos toca ahora hablar de lo más importante y, lamentablemente, lo menos brillante del espectáculo de ayer: el capítulo de las voces. Marta Matheu hizo una Servilia discretita y poco más; el Annio de Pilar Vázquez fue bastante irregular y, en Torna di Tito al lato, desentonado, como desentonado, plano y gris fue el Publio de Mauricio Murano. Asomos de muy buenas maneras hizo Lucia Cirillo como Sesto, sensible y cálida, pero sin llegar a las muy difíciles y especiales prestaciones que debe poseer una mezzosoprano lírica que quiera encarnar al personaje con todos sus matices. Aún cuando no sea la soprano lírica de fuerza que Vitelia requiere, Veronique Gens sacó un excelente partido de sus condiciones vocales y fue, en mi opinión, la mejor del reparto, con una brillantez digna del personaje. Desvaído y flojo el Tito de Robie van Resburg. Espléndido, como no podía ser de otro modo, el trabajo de Fabio Biondi al frente de la Real Filharmonía de Galicia y correcta la aportación del Coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia, dirigido por Joan Company. La calidad de las aportaciones de Mario Carniti en la dirección escénica, así como la del vestuario, ya quedó valorada en las líneas anteriores.

Thursday, December 09, 2010

Madrid, diciembre de 2010





Intenso fin de semana largo el del tradicional "puente de la Constitución" de este año 2010 de todas nuestras desdichas. El motín incivil de unos sujetos indeseables y muy peligrosos que se hacen llamar, sin otro merecimiento que el de su desvergonzada irresponsabilidad, "controladores aéreos" nos obligó a hacer en coche el planeado viaje a Madrid en ibérico vuelo. Dejo de lado -que no olvido- el más que lamentable percance y paso a hacer relación de las andanzas y eventos de estos cuatro días. Los buenos amigos Amparo y Miguel, que cultivan la virtud de la hospitalidad con una largueza admirable, nos acogieron en su chalet de Las Rozas el sábado y dejaron a nuestra disposición el resto de los días el confortabilísimo apartamento que poseen entre las calles de Alcalá y Doctor Esquerdo, a poco más de doscientos metros de la Plaza de Manuel Becerra.
Del casino de Torrelodones sólo tenía yo la referencia de la memorable canción sabiniana Diecinueve días y quinientas noches: "Y fui tan torero / por los callejones / del juego y el vino / que, ayer, el portero / me echó del casino / de Torrelodones". La canción sabiniana tiene su correlato proculeyano en un edificio extenso, plagado de arcos voltaicos y luces de neón, con una estética entre psicodélica y horteroide, propia de estos templos de la ludopatía, que da cobijo a lo que en tiempos de mayor clasicismo castizo se llamarían señoritos calaveras, a señoras mayores y angustiadas, de mirada perdida, atentas a la evolución de las pantallas de las máquinas tragaperras, paseantes curiosos, mirones, apostantes ocasionales y profesionales de la burlanga tecnológica, apiñados en torno a ruletas analógicas y digitales y otros artilugios del azar venal. Anejo a las salas de juego, hay un restaurante -Mandalay se llama- poblado de parejas de cincuentones, sesentones y de ahí para el norte, de presumible poder adquisitivo elevado, dados los precios del servicio a la carta o de los menús largos y estrechos, que sirven con atención y profesionalidad admirables unos camareros ágiles y rápidos como gamos. En el momento en que se verifica que una parte importante de los comensales ha acabado su manducatoria, la orquestina, distribuida en una especie de templete semicircular de dos pisos, empieza a tocar archiconocidos bailables de todas las décadas prodigiosas, desde los cincuenta a los ochenta -no osan sobrepasar ese límite- y las parejas van acudiendo a la pista central. Para estimular a que el cotarro se vaya animando, una pareja de ancianos de precepto, sin duda profesionales asalariados de la empresa, inauguran el baile con pasos ceremoniales y pretendidamente imaginativos. Este Fred Astaire decrépito y esta Ginger Rogers no menos desvencijada, pintarrajeada hasta en los cartílagos,con zapatos de charol rojo y tacón de aguja, evolucionan con gracia sandunguera hasta que ella, con cara de palo, recibe el homenaje genuflexo de él, que reclama sin palabras y mirando al techo el aplauso de su público. Tengo noticia de que un joven amigo, con más ingenio que misericordia, identifica a este buen hombre como el Viejuno.
Un paseo matinal por la plaza de Santa Ana y sus aledaños, para recoger las entradas de Beaumarchais propició la ocasión de un encuentro casual con Don Joaquín Macías Sánchez, sin duda alguna (y sin ningún ánimo de adulacíón ni lisonja: sé sobradamente que él no lee mi bitácora), el mejor jefe que tuve a lo largo de mi baqueteada vida funcionarial. Intercambio de bromas al pie de la estatua de Don Pedro Calderón de la Barca y vuelta al paseo para desplazarnos más tarde a la taberna El Rincón de Goya, así llamada por su cercanía a la calle Goya, aún cuando está situada en la calle Lagasca. Buen cocido madrileño y ambiente acogedor sin excesos. Una breve siesta, previa a la función teatral nos dejó restaurados para ver Beaumarchais

Beaumarchais .- Josep-Maria Flotats es un actor singular, de muy marcado carácter, que últimamente se ha "especializado" en dirigir e interpretar papeles protagónicos de obras de un género muy peculiar que yo me atrevo a llamar "teatro francés de texto" o "teatro francés discursivo" -discúlpenme la redundancia en que incurro utilizando estos dos adjetivos juntos. Sacha Guitry, el polifacético artista (actor, escritor, guionista y director cinematográfico), francés nacido en Rusia, reúne en su sola persona todos los vicios menores y todas las excelsas virtudes de lo que bien podríamos llamar génie à la française (leve superficialidad y brillantez asombrosa, soportable pedantería y consistencia enjundiosa, discreta pesantez y ligereza de ánimo). Philippe Auguste Caron de Beaumarchais, francés nacido en Francia, del que tal vez Guitry haya pretendido convertirse en "alter ego", es, por contra,un génie à la universelle: relojero, escritor, espía, cultivó todos sus desmesurados talentos logrando siempre los frutos de la mejor calidad: baste recordarlo como el creador inmortal de la trilogía El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro y La madre culpable. Una comedia que reúne a estas tres lumbreras como actor principal, autor y protagonista tiene todas las papeletas para llenar cualquier teatro y así fue. A Flotats, avezado y curtido con el insuperable Talleyrand de La Cena, de Brisville, y el apabullante Descartes de Encuentro de Descartes con Pascal joven, del mismo autor, nada le costó -o. al menos, así lo parece- ponerse en la piel de Beaumarchais. El texto ingenioso y brillante, algo arrastrado en ocasiones, de Guitry, excelentemente traducido por Mauro Armiño, queda muy bien servido y se escucha con interés más que suficiente. Paradójicamente, por el afán excesivo de enaltecerla, la figura de Beaumarchais queda un tanto empequeñecida para quienes vemos en ella algo más que un esnob inteligentísimo y un vividor incansablemente feliz y encantado de conocerse. Los actores, fenómeno Flotats aparte, cumplen sobradamente con su cometido, con mención especial de María Adánez (la actriz Manon Ménard, amante de Beaumarchais), Carmen Conesa (Marie-Thérèse Willermaulaz, amante y finalmente esposa de Beaumarchais) y Constantino Romero (Benjamin Franklin). Es también mérito de Flotats la iniciativa de llevar a cabo el estreno mundial de la obra de Guitry en el Teatro Español. La escenografía de Ezio Frigerio y el vestuario de Franca Squarciapino, a la altura de estos nombres insignes. En suma, un espectáculo muy recomendable.

Como la función teatral empezó a la temprana hora de las seis de la tarde, a la salida pudimos demorar el paseo por el siempre vivaz distrito centro, tomar unos vinos de jerez sin etiqueta en la taberna La Venencia de la calle Echegaray, servidos, tal como en Cádiz al grito de "un fino Chiclana" (pronúnciese "shiclana" o, para gallegos y asturianos, "xiclana") y cenar en el cercano y honrado restaurante La Trucha de la cercana calle de Manuel Fernández y González. Concluye así la jornada del domingo.
Como la vida del turista es muy sacrificada, dedicamos la mañana del lunes a cumplir con el ritual de contratar un recorrido guiado por profesional del ayuntamiento -excelente, por cierto - por el llamado Madrid de los Austrias y el Madrid medieval de La Latina y las dos Cavas. Ni que decir tiene que resultó obligada la contemplación de la mirada frente a frente que se dirigen el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, símbolo perfecto, como bien explicaba el viejo profesor Don Enrique Tierno Galván a su conmilitón Joaquín Leguina, de "la unión del trono y el altar".
Comimos en la prestigiosa y afamada Casa Ciriaco, añejo establecimiento de la calle Mayor, del que parte, como es sabido, la trágica perigrinación etílico-discursiva de Max Estrella en Luces de Bohemia. Valle-Inclán se merece este homenaje y muchísimos más. En la algo pesada digestión de comida copiosa, Amparo, anfitriona ejemplar, me dio la alegría de cambiarme mi entrada para Los Miserables por la suya para El caballero de la Rosa. Así que, poco antes de las siete de la tarde, Mariné y Amparo entraban en el Teatro Lope de Vega y Miguel y yo lo hacíamos en el Teatro Real.

El caballero de la Rosa.- A riesgo de incomodar a no pocos straussianos o de provocar una sonrisa indulgente a no muchos menos, debo confesar que si Richard Strauss está incluido en la reducidísima nómina de media docena exacta de autores operísticos que, en mi humildísima opinión, alcanzan el ápice de la sublimidad, se debe más a obras como El caballero de la rosa, Ariadne auf Naxos o Capriccio que a Elektra, Elena egipcíaca o La mujer sin sombra. Dicho esto, debo añadir con pareja osadía que, lejos de parecerme El caballero de la rosa un retroceso con respecto a sus precedentes Elektra y Salomé, estimo que la solo aparente sencillez (o engañosa complejidad) de aquélla es más moderna (o, como algunos quieren, posmoderna) que todas las atonalidades y cromatismos de éstas. Convenientemente autodescalificado como ignaro musical y reaccionario estilístico, paso a comentar con la obligada modestia la representación que se nos ofreció el pasado lunes en el Teatro Real.
Se trata, como sabemos, de una producción de Herbert Wernicke para el festival de Salzburgo de 1995, cuya organización tuvo la gentileza de "prestar" al Teatro Real el precioso telón de embocadura que pudimos admirar con los ojos muy abiertos. La puesta en escena, barroca, preciosista, muy dieciochesca y vienesa y, al mismo tiempo, muy esquemática, universal y simbólica, con ese deslumbrante juego de espejos, nada gratuito y sí muy revelador del sentido de una obra en la que, como ya resulta tópico decir, "nada es lo que parece": se trata del mismo juego que von Hoffmansthal en su libreto y Strauss en su música desarrollan con astucia insuperable.
En cuanto a los cantantes, los expertos nos dicen que la Mariscala necesita una soprano lírica con muy discretos ribetes dramáticos (es una aristócrata). En tal sentido, Anne Schwannewilms, templada en roles wagnerianos como Elsa o Elisabeth, con su voz firme y robusta, pero flexible, ayudada por la presencia escénica que le dan su estatura y su solemnidad, estuvo a la altura de sus exigentes circunstancias. Octavian, que actualmente suele servirse por mezzosopranos, exige, en teoría una voz también lírica: Joyce di Donato, expresiva y fuerte como Octavian, divertida y aguda cuando le toca disfrazarse de falsa Mariandel, estuvo muy bien. El prestigioso Franz Hawlata, tuvo que enfrentarse al peliagudo papel del baron Ochs de Lerchenau (un barítono bajo de muchos perendengues que, a pesar de su carácter bufo, debe poseer una extensión vocal considerable): los resultados, dicho mal y pronto, fueron un ni fu ni fa correcto, discreto, pero por debajo de las expectativas que se había formado el público madrileño. La bella y enamorada Sophie Faninal, que requiere una soprano lírico-ligera de tesitura alta, estuvo a cargo de Ofelia Sala, a quien conocemos como pasable Pamina y que tampoco aquí pasó de pasable. Por el irreconocible aspecto físico, aún no puedo creerme del todo que el tenor italiano ridiculizado por Strauss (pero que, al igual que el de Ochs, es un rol de tremenda dificultad) fuese un estupendo José Manuel Zapata, que gustó muchísimo. Magnífica con las delicadas y complejas texturas de la música de Strauss estuvo la Orquesta del Teatro Real, dirigida por Jeffrey Tate. Omito, más que nada por pereza, las actuaciones de los comprimarios.

Nuestros espléndidos anfitriones nos despidieron con una cena en su apartamento y, al día siguiente, martes, nos tocó visitar la exposición temporal y monográfica dedicada a Renoir en el Museo del Prado. Antes habíamos hecho un almuerzo rápido y de circunstancias en un establecimiento seudogótico de la Carrera de San Jerónimo llamado La Catedral. La exposición de Renoir está integrada por los treinta y un cuadros (básicamente, retratos, paisajes, bodegones y flores) de la la colección del Sterling and Francine Clark Art Institute. Se ve en menos de una hora y está ubicada en salas muy próximas a las principales (Goya, Velázquez, Murillo, Durero...) del Museo, lo que permite echar un vistazo de recordatorio a los grandes maestros. A la salida, enfilamos cuesta arriba la calle Huertas para llegar a la Plaza Mayor y cumplimentar la segunda visita guiada que habíamos contratado: el Madrid de los Borbones y de las letras, mucho más frecuentado por cualquier visitante ocasional de provincias. Entre esto y la ascensión previa por la calle Huertas pocas novedades nos ofrecio este último ritual. Para descansar de la passegiatta nos sentamos en el Gijón para disfrutar de un chocolate con churros antes del regreso al apartamento de nuestros generosos anfitriones. El miércoles, muy tempranito, siguiendo las muy precisas instrucciones de Miguel, sin ningún error ni omisión, abandonamos Madrid y enfilamos la Autovía del Noroeste. Antes de la una y media de la tarde estábamos comiendo en Bouzas y, poco después, muy cerca, en nuestro hogar vigués. Fin de un fin de semana, largo, intenso y bien aprovechado.

Thursday, October 14, 2010

París, Holandés Errante y Monet



Celebramos en París la fiesta patriótica de los inciviles abucheos. Disfrutar de la contemplación alelada y senil de los nietos es un reclamo poderoso para viajar a Lutecia. Pero, además, había en la capital gabacha acontecimientos artísticos de muy alto copete que merecían el esfuerzo. En Bastilla se representaba el sábado pasado un tentador Holandés y en el Grand Palais se ofrece al público una suerte de "Todo Monet" merecedora del tópico de la visita obligada.

Por pudor, omitiremos los apartados relativos al desvarío abuelístico y comenzaremos por glosar a nuestra manera la soirée wagneriana del sábado. Por tercera vez, en diez años, la Ópera de Paris decide ofrecer al público esta producción de Willy Decker, que se estrenó en el año 2000 y se volvió a presentar en 2002. La propuesta de Decker es, en mi humilde opinión, deudora de la de Harry Kupfer, que tanto ruido armó en el Bayreuth de 1978. En efecto, tanto el berlinés (Kupfer) como el renano (Decker) hacen compartir el mismo espacio escénico al buque fantasma de casco negro y rojo velamen y al pudibundo hogar de la familia Daland; uno y otro, con discutible criterio, sustituyen la inmolación mística de Senta en pro de la salvación del holandés, que eleva a ambos a las regiones celestiales, por un suicidio seco de la heroína, sin ascensión ni redención explícita. Sin embargo, la propuesta de Decker, luminosa, colorista, delicada, bellísima, supera, a mi modesto entender, a la tenebrosa y tremendista creación de Kupfer. El juego de luces obra en el escenario de la Bastilla auténticos milagros de creación de espacios, ambientes, profundidades y cercanías muy alejados de los agobiantes y obsesivos reductos kupferianos.
En cuanto a las voces, la soprano canadiense Adrianne Pieczonka compone una Senta sobria y sensible, sin aspavientos delirantes ni excesos hiperdramáticos; el veterano Matti Salminen, tan curtido en roles de bajo wagneriano, cumple a la perfección con las exigencias vocales y psicológicas del mezquino Daland; el suizo Klaus Florian Vogt, con muy bella y bien timbrada voz de tenor lírico, hace un Erik tierno y valeroso, templado y viril: su dedicación a otros roles wagnerianos de mayor fuste heroico no impide que se le pueda imaginar preferentemente como tenor mozartiano de gran solvencia y así lo acredita su carrera; James Morris, algo por debajo de sus excelentes dotes de barítono bajo, se mostró un tanto apagado en su difícil desempeño del rol protagonista: se superó con creces en las secuencias finales y logró el reconocimiento de un público entusiasmado que aplaudió con verdaderas ganas tanto el conjunto de la representación como las aportaciones de cada uno de los intérpretes. La Orquesta y el Coro de la Ópera de París exhibieron una calidad y una eficacia que nada debe envidiar a las más señeras formaciones germánicas.

El propósito totalizador de la exposición de Monet en el Grand Palais se cumple con largueza. No recuerdo haber contemplado otra muestra con mejor dedicación ni mayor intensidad. Un trabajo sistemático y minucioso y una inteligencia organizativa nada común por parte de sus realizadores hacen que el recorrido por todas las salas y cada uno de los cuadros se convierta en una experiencia gozosa y reconfortante. Con extrema habilidad, los órdenes cronológico, espacial y temático se ensamblan, se combinan y se complementan para que el visitante se vaya apercibiendo con facilidad y satisfacción insuperables de la inmensa riqueza estética del primer paladín del movimiento impresionista, desde sus pasos iniciales como caricaturista de pequeña ciudad normanda a la sublimación última de sus visiones londinenses y venecianas o de la cosmogonía gigantesca de los nenúfares invasivos. La exposición va a permanecer abierta hasta el último tercio del mes de enero del próximo 2011. Cualquiera que sea el motivo de su viaje a París, reserven, queridos amigos, un hueco generoso para ver este prodigio.

Monday, September 20, 2010

Breve viaje musical (en principio)




El motivo inicial de este escueto viaje de fin de semana era asistir al concierto que el pasado viernes dio en mi ciudad natal el violonchelista chino-parisino-norteamericano Yo-Yo Ma. El objetivo se cumplió debidamente y a plena satisfacción, como vamos a ver. Tal como era previsible, pues el solista acudía sin acompañamiento de orquesta, el grueso del programa se compuso con suites de Bach, de las que la número 1 en Sol mayor, BWV 1007 y la número 5 en Do menor, BWV 1011, ocuparon la totalidad de la primera parte. El Stradivarius de 1712 que Yo-Yo Ma pulsó y frotó fue expandiendo sonidos suaves, tersos, delicados, redondos y rotundos que inundaron la concentrada atmósfera del Palacio Valdés de una cálida e intensa emotividad, de una perfección bachiana muy difícil de superar. La segunda parte comenzó con la Suite para dos violonchelos del mejicano Samuel Zyman, que, aún siguendo los esquemas canónicos del género con imaginación no exenta de idiosincrasia local, salva con brillantez los riesgos del pastiche. Acompañó en esta pieza a Yo-Yo Ma el también mejicano Carlos Prieto, creándose entre ambos una simbiosis sin fisuras, explicable por la vieja amistad que, al parecer, les une, salpicada de anécdotas con la imposible génesis de un Stradivarius a partir del apareamiento de otros dos, fiasco que se compensa con el encargo a Zyman de la obra de la que hablamos. Completó la segunda parte la Suite número 3 en Do mayor, BWV 1009, niveles de excelencia idénticos a los que en su interpretación tuvieron las dos de la primera parte. Fuera de programa, una propina de excepción, Kol Nidrei, de Max Bruch, completó la espléndida función. Un público sensiblemente más joven y bastante mejor educado que el habitual en otras salas de conciertos aplaudió fervorosamente.
Rompiendo con la inveterada costumbre de hacer el viaje de vuelta de un solo tirón, hicimos una visita detenida a los paisajes envolventes y fascinantes del Cabo Vidio y, algo después un homenaje a Jovellanos en el pueblo en que vivió sus últimos días, esperando un embarque a Londres que jamás tuvo lugar: Puerto de Vega es un lugar bellísimo, con una pulcritud y un encanto muy poco frecuentes, que ha merecido con creces el galardón de pueblo ejemplar de Asturias en 1995. Un descubrimiento más que notable en Puerto de Vega fue "El Chicote", bar insigne instalado en una casa de piedra de 1751, que sirve, además de las bebidas propias de su condición, unos platos de repertorio reducidísimo, pero literlamente insuperable: el mejor bonito a la plancha que probé en toda mi vida, las gambas más rollizas y con mejor sabor que gastrónomo exigente pueda requerir, un pulpo con un punto de cocción digno de la más experta pulpeira de Galicia y un queso semicurado leonés (San Vicente)que tonifica el paladar más atrofiado. Todo ello regado con un albariño Castel de Fornos sin nada que envidiar a las marcas más reputadas y refitoleras de la denominación de origen Rías Baixas. El precio, de lo más razonable. El establecimiento cuenta también con apartamentos para alojarse. Altísimamente recomendable por todos los conceptos. Su estampa exterior se puede ver en la imagen superior de las tres que ilustran esta entrada: es la casa del toldo verde sin desplegar.

Friday, March 26, 2010

Elina Garanca en Coruña


Venía incluido en la programación musical del Xacobeo 2010 este esperado recital de "la lettone qui étonne", que es como, con notable cursilería, los franceses caracterizan a la mezzosoprano báltica Elina Garanca. Con el Teatro Colón desbordado, la primera tarea de la Garanca consistió en dejarnos boquiabiertos y sin respiración tras despachar con brillantez inusitada la primera aria de Cherubino en Le nozze di Figaro y la bellísima Parto, parto, ma tu ben mio de La clemenza di Tito. Fue precisamento en el papel de Sesto como yo descubrí a Elina hace tres años en Garnier. Después de esta exhibición mozartiana, se pasó al "bel canto", ofreciéndonos con discreta gracia los tres momentos anímicos de Anzoleta en La regata veneziana, a los que siguieron las bellinianas Dolente imagine di Fille mia y Per pietà bell'idol mio (cantadas por este orden y no por el que figuraba en el programa de mano) y el aria de Elizabeth A quando all'ara... Ah dal ciel del primer acto de la Maria Stuarda de Donizetti, con la que finalizó la primera parte del concierto.
Inició la segunda parte con unas Siete canciones populares, de Falla, muy bien entonadas y dramatizadas, pese a los esfuerzos de desconcentración que una parte del público coruñés hizo al aplaudir destemplada y extemporáneamente entre la Jota y la Nana. Un poco menos brillante, aunque igualmente sobresaliente, estuvo la letona con sus aportaciones al repertorio francés, del que escogió para deleitarnos Mon coeur s'ouvre ta voix, del segundo acto de Samson et Dalila de Saint-Saëns y la seguidilla y la habanera de Carmen, que con tanto éxito acaba de representar en el Metropolitan de Nueva York. Finalizó sus compromisos de programa con el racial Ruperto Chapí: la romanza de Socorro Cuando está tan hondo, de El barquillero, y las archifamosas Carceleras de Las hijas del Zebedeo, que ya había grabado en disco hace algunos años. Los más que insistentes y entusiásticos aplausos del público la obligaron a regalarnos dos propinas de las "de apaño": Mare Chiare, de Tosti, y Granada, de Lara.
Alguien comentaba a la salida -y no le faltaba razón- que, sin merma del altísimo nivel de calidad que la bella Elina nos ofreció, durante todo su recital se movió en una tesitura de soprano lírico-dramática, más que de mezzosoprano, echándose de menos algunos de los registros graves("entubados")propios de esta cuerda. Me atrevería yo a matizar que tales registros ausentes para nada son necesarios en las arias mozartianas y en las calas belcantistas de la primera parte, aunque sí se agradecerían en sus prestaciones de Dalila y Carmen. Añadiría, además, que el poderosísimo centro vocal de Garanca suple con creces la carencia señalada, más achacable, en mi opinión, a su juventud que a sus recursos naturales y técnicos. Por otra parte, muchas son y fueron las "mezzos" no marcadamente dramáticas parcas en graves. Naturalmente, estas cantantes no pueden ni deben enfrentarse con Azucenas o Ulricas, por poner ejemplos casi extremos. Pero ni todo el monte es orégano ni toda la ópera es el Verdi más tenebroso.
Para quienes estén interesados en cuestiones de "glamour", debemos reseñar que los dos modelos que lució la diva, azul tornasolado en la primera parte y beis con floreados de lamé y lentejuelas en la segunda, eran de Escada.

Wednesday, March 24, 2010

Equador, de Miguel Sousa Tavares


Miguel Sousa Tavares es un prestigioso periodista portugués que, procedente de la abogacía, ha logrado un sólido reconocimiento como autor de reportajes, entrevistas y artículos, que van desde el Sahara a la crónica política pasando por el comentario deportivo en su condición irrenunciable de miembro conspicuo de la torcida del estadio del Dragón. En el año 2003 publicó Equador, una novela señera que, después de un rotundo éxito editorial, fue llevada a la televisión en formato de serie, con millones de seguidores. Todo este esplendor mercantil y mediático para nada afecta a la excelente calidad del producto literario. Se trata de una modernísima novela envuelta en un paquete impecablemente clásico, de hilo narrativo perfectamente lineal, con planteamiento, nudo y desenlace equilibradamente distribuidos en sus diecisiete capítulos con un epílogo, que también se pueden considerar estructurados en dos hemistiquios separados por el capítulo X, en el que, con eficiencia y economía de medios admirables, se narra la agitada historia de David Jameson, el cónsul inglés, y su bellísima esposa Ann. Tras la peripecia de esta pareja, contada con maestría en el citado capítulo X (que bien podría constituir un relato autónomo),se producirá el encuentro con su teórico antagonista, Luis Bernardo Valença, que tiene en la isla de Santo Tomé una misión ineluctablemente encontrada con la del cónsul inglés: éste debe informar a su gobierno sobre la escabrosa cuestión del trabajo esclavo en las explotaciones de cacao en la colonia portuguesa mientras que aquél está comisionado para modernizar el sistema laboral en los cultivos de la isla, de modo que se pueda contrarrestar la destructiva e interesada hipótesis -por lo demás, cierta- con la que los británicos están jugando. La amistad y el triángulo amoroso que surge de este encuentro es la finalmente trágica anécdota sentimental de la novela. Pero su núcleo lo constituye el brutal cambio de vida y de concepción del mundo que sufre su protagonista, el elegante y liberal lisboeta Luis Bernardo Valença, a lo largo de su escrupuloso intento de cambiar el estado de cosas que motiva su presencia en la inhóspita y lejana isla, que choca frontalmente con los prejuicios, los fortísimos intereses y la mezquina iniquidad de unos colonos sustentados por su propio egoísmo ciego, con la colaboración venal y corrupta de una administración colonial refractaria. Serán este fatídico contubernio y la fuerza de la pasión amorosa quienes forjarán el trágico destino de este héroe a su pesar.
Sousa Tavares rinde cumplido homenaje a los muchos maestros que le influyen e inspiran: su coterráneo Eça de Queiroz, el inevitable García Márquez, y ¿cómo no?, el Stendhal más vigoroso y el Balzac más genuinamente cronista de época. Así da gusto. Con novelas de este fuste se recupera el jamás perdido, pero sí debilitado, gusto por el relato como género literario imperecedero.

Tuesday, March 16, 2010