
La temporada 2007 en Vigo, promovida por la Asociación de Amigos de la Ópera de la ciudad, quedó inaugurada con esta representación de La Traviata, precedida de una mesa redonda en la que participaron el director musical, el director artístico, las tres voces principales y el productor, y que tuvieron lugar, respectivamente, los días 30 y 29 de marzo de 2007 en el Centro Cultural Caixanova. En la mesa redonda quedaron satisfactoriamente explicadas las razones de una puesta en escena, las peculiaridades compositivas de la obra y las características vocales y psicológicas de cada uno de los personajes, así como sus dificultades vocales, especialmente las de la protagonista, Violeta Valéry. Cuando al día siguiente tuvimos ocasión de ver y oír lo que se nos había anunciado, la impresión fue un tanto confusa. La puesta en escena, menos rompedora y provocativa que menesterosa y precaria, más ocurrente que imaginativa, provocó, en el primer acto, el rechazo (más bien pudibundo), de muchas damas del público. Creo que no había razón para el reproche. Creo también que el intento es manifiestamente mejorable. No tengo ningún reparo en que se muestre, en toda su crudeza y desnudez, la condición de prostituta de la protagonista, siempre que no se olvide que la Valéry es una cortesana, es decir, una meretriz de lujo, que se desenvuelve entre aristócratas y multimillonarios. Y la escenografía de Filiberto Montesinos, con dirección de escena de Federico Figueroa, aún con su aire de misterio de "sociedad secreta" (en la línea de Eyes wide shut de Kubrik, según ilustró el productor en la mesa redonda), evoca mejor un puticlub de frontera que un salón orgiástico de fornicio plutocrático. La extrema sobriedad del jardín de la casa de campo de Violeta, la elementalidad "lampadaria" del salón de Flora Bervoix y la sustitución del dormitorio de Violeta por una sala de hospital van en mejor línea, aunque me temo que hacen de la necesidad virtud, como también la hacen el vestuario de rebajas que lucen la práctica totalidad de los personajes, desde el combinado de la protagonista (que se puede observar en la fotografía) al inefable conjunto de chaqueta, pantalón y zapatos de Germont padre, más propio de un tratante de cabras que de un hacendado provenzal. No es mala idea, sin embargo, la inclusión de bailaoras y bailaores en la fiesta de disfraces: la misma música "seudogitanohispana" que Verdi le puso a la escena la propicia.
En lo propiamente musical, vamos a dejar en un piadoso olvido la totalidad del primer acto, en que no se salvó ni dios. Con la llegada de Giorgio Germont, las cosas empezaron a mejorar progresivamente hasta alcanzar un nivel de calidad y emoción algo más que aceptables en el tercer acto, con un Addio del passato templado y firme, un Parigi, o cara condenado por la absoluta falta de delicadeza de Marcello Bedoni pero redimido por la intercesión de Svetla Krasteva, y un Gran Dio! Morir sì giovine a la altura de las exigencias. El triunfador de la noche fue, sin duda, el barítono Luis Cansino (vigués, según manifestación propia, aunque nacido en Madrid según el programa de mano), que hizo un Giorgio Germont seguro y recio, pero también sutil, con un color de voz preciso y hermoso. El rol protagonista, desenvuelto por una Svetlana Krasteva fría y descolocada hasta la mitad de la función, se resintió notablemente durante todo el primer acto (en el que hasta el tópico brindis quedó deslucido y soso), con unas agilidades forzadas e inseguras y unos arranques desentonados que hicieron del Sempre libera un incesante manantial de zozobras. Como ya quedó dicho, la soprano búlgara se redimió (y redimió a otros) a partir de la mitad del segundo acto. No tuvo suerte el frágil personaje de Alfredo con su ejecutor Marcelo Bedoni, física y vocalmente más próximo a un rufián de taberna que a un enamorado romántico y doliente. Las secundarias Annina (Pilar Moro) y Flora Bervoix (Milagros Martín), una de trapillo y otra de gala, se mostraron como las dos intérpretes mejor vestidas del elenco y, en lo canoro, estuvieron a la altura exigible de sus breves intervenciones.
Capítulo aparte, y en negativo, merece la Orquesta Sinfónica de Gijón. Dirigida por el joven Óliver Díaz, está aún demasiado verde para acometer empresas de la envergadura de La Traviata. Es bueno y saludable que proliferen orquestas y formaciones musicales, y en cuantos más lugares mejor. Pero, por el momento, el conjunto gijonés está aún muy lejos de poder siquiera competir con su coterránea Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Hay, pues, que congratularse de su existencia y que desearle un futuro brillante. Pero hay también que reflexionar sobre la conveniencia de que las expresiones artísticas sobrepasen los afanes meramente localistas.
En lo propiamente musical, vamos a dejar en un piadoso olvido la totalidad del primer acto, en que no se salvó ni dios. Con la llegada de Giorgio Germont, las cosas empezaron a mejorar progresivamente hasta alcanzar un nivel de calidad y emoción algo más que aceptables en el tercer acto, con un Addio del passato templado y firme, un Parigi, o cara condenado por la absoluta falta de delicadeza de Marcello Bedoni pero redimido por la intercesión de Svetla Krasteva, y un Gran Dio! Morir sì giovine a la altura de las exigencias. El triunfador de la noche fue, sin duda, el barítono Luis Cansino (vigués, según manifestación propia, aunque nacido en Madrid según el programa de mano), que hizo un Giorgio Germont seguro y recio, pero también sutil, con un color de voz preciso y hermoso. El rol protagonista, desenvuelto por una Svetlana Krasteva fría y descolocada hasta la mitad de la función, se resintió notablemente durante todo el primer acto (en el que hasta el tópico brindis quedó deslucido y soso), con unas agilidades forzadas e inseguras y unos arranques desentonados que hicieron del Sempre libera un incesante manantial de zozobras. Como ya quedó dicho, la soprano búlgara se redimió (y redimió a otros) a partir de la mitad del segundo acto. No tuvo suerte el frágil personaje de Alfredo con su ejecutor Marcelo Bedoni, física y vocalmente más próximo a un rufián de taberna que a un enamorado romántico y doliente. Las secundarias Annina (Pilar Moro) y Flora Bervoix (Milagros Martín), una de trapillo y otra de gala, se mostraron como las dos intérpretes mejor vestidas del elenco y, en lo canoro, estuvieron a la altura exigible de sus breves intervenciones.
Capítulo aparte, y en negativo, merece la Orquesta Sinfónica de Gijón. Dirigida por el joven Óliver Díaz, está aún demasiado verde para acometer empresas de la envergadura de La Traviata. Es bueno y saludable que proliferen orquestas y formaciones musicales, y en cuantos más lugares mejor. Pero, por el momento, el conjunto gijonés está aún muy lejos de poder siquiera competir con su coterránea Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Hay, pues, que congratularse de su existencia y que desearle un futuro brillante. Pero hay también que reflexionar sobre la conveniencia de que las expresiones artísticas sobrepasen los afanes meramente localistas.