
A la hora de valorar una representación de ópera en esta ciudad, tal como me hizo observar un frecuente, amable, amistoso y culto comentarista de esta humilde bitácora, debemos siempre tener en cuenta la situación de partida, antes de que la renacida Asociación de Amigos de la Ópera de Vigo iniciase su nuevo ciclo vital. Para mejor entendimiento del asunto, ponía este inteligente amigo un símil futbolístico verdaderamente esclarecedor. Comparaba aquella situación, de Don Carlos búlgaros, Rigolettos inclasificables y Toscas imposibles con la de un equipo adscrito a la segunda división liguera (y colocado en los puestos "predescenso" de la tabla, añado yo). Debemos honestamente reconocer que la Madama Butterfly y, sobre todo, la Lucrecia Borgia del año 2006 elevaron la situación hasta el segundo o tercer puesto de la misma tabla y, en consecuencia, se ascendió a la primera división, en la que, ya finalizada la temporada 2006 - 2007, se ocupa, aproximadamente, un lugar décimoquinto que evita el descenso. Cierto que eventos singulares, como la epifanía de Violeta Urmana, permiten soñar con jugar la UEFA o incluso la Liga de Campeones. Conviene, sin embargo, tener presente, para que no se incurra en estéril autocomplacencia, que el cutrerío de La Traviata, parcialmente compensado con la indudable dignidad y más que aceptable calidad media del Don Giovanni de ayer, coloca el momento en el lugar que acabo de señalar (puesto arriba o puesto abajo). Baste como preámbulo de estricta justicia y observemos ahora, algo más de cerca, esa dignidad y esa más que aceptable calidad media. Voy a servirme para ello de un anárquico procedimiento, inspirado en la ducha escocesa, aplicado de manera absolutamente desordenada y radicalmente antihigiénica.
Chorro de agua helada primero: Katarina Jovanovic, gritona y estridente en el primer acto, ahogada e igualmente estridente en el segundo, perpetró una Donna Anna que encomendamos a la piedad del distinguido. Con asombrada perplejidad, mi amiga Dominique Cheutin, gran connaisseuse, me acaba de enviar un correo electrónico con el texto de un comentario a un concierto de la soprano serbia de julio de 2002 . Dice así : "La belle Katarina Jovanovic a un talent insolent. Captivante, touchante, perfectionniste, virtuose, grave, légère, primaseutière et tragique, profonde et généreuse, elle choisit, pour cet enregistrement en concert, un programme particulièrment adapté, qui met en valeur ses capacités étonnantes. [...]" Es decir, destaca todas la cualidades, calidades y virtudes que harían de ella la más grande Donna Anna de todos los tiempos presentes, pasados y venideros, porque, en efecto, el papel tiene tales dificultades y exigencias que no conozco a ninguna soprano que las reúna todas y con el grado e intensidad necesarios. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha sucedido? Me atrevo a formular, por orden de plausibilidad, las siguientes hipótesis: a) la Jovanovic estaba ayer gravemente enferma; b) en los cinco años transcurridos desde julio de 2002, ha venido sufriendo un progresivo y acelerado deterioro estético y vocal que requiere, cuando menos, un prolongado reposo reparador; c) el comentarista que escribió las líneas que acabo de reproducir sufría a la sazón una preocupante crisis alucinatoria o se había bebido a morro una botella entera de absenta, lo que en absoluto se compadece con la obtención por la diva de la unanimidad en el otorgamiento del Premio Montserrat Caballé del año 2000 ni, mucho menos, con los comentarios elogiosísimos al amplio repertorio de Doña Katarina que fácilmente se pueden encontrar en la red.
Chorro de agua cálida y reconfortante: La, en casi todos los sentidos, ligera Valerie Gabail hizo una Zerlina deliciosa, delicada y magníficamente cantada, a la que tan solo faltó una pizca de picardía y golfemia en el ofrecimiento a Masetto del bálsamo que lleva puesto, que es natural, y muy sabroso y el boticario no sabe hacer. Pero esto no es tanto culpa suya como de quien ideó la puesta en escena, de la que luego hablaremos. Su celoso prometido, el ingenuo Masetto, estuvo muy bien servido por el bajo Tobby Stafford-Allen, que acertó plenamente con las características del personaje y cumplió con amplitud sus no demasiado comprometidas exigencias vocales.
Chorros de agua a temperatura justa y equilibrada: La atlética y en absoluto exenta de tirón erótico Madelaine Wibom sacó adelante con mucha prestancia una Donna Elvira un tanto acelerada y, por momentos, muy ligeramente destemplada, pero convincente; y el inicialmente indeciso Nial Chorrell propició un Don Ottavio muy a la medida, aunque tal vez algo escaso de potencia.
Chorro de agua imperceptible para la piel de los bañistas: el casi inaudible Orlando Mason no permite comentarios. Estoy por decir, pero no me atrevo del todo, que andaba bastante flojo de graves y que le faltaba resuello para redondear los finales de cada frase musical. La Orquesta Amigos de la Ópera de Vigo, muy correcta, pecó quizás de excesivamente alta, contribuyendo con ello a apagar casi por completo la voz de este larguirucho, con excelente vis cómica, pero necesitado de amplificación. Una lástima, porque las intervenciones de Leporello y, sobre todo, el aria del catálogo, son para quien esto escribe de todo punto esenciales en el desarrollo de esta obra maestra. Donna Anna aparte, creo que fue Leporello el personaje peor tratado de esta producción: empiezan por acanallarlo en exceso haciéndolo no ya émulo de su amo, sino cooperador necesario del asesinato del comendador, cuando facilita al disoluto la navaja homicida. Continúan ninguneándolo obligadamente al desproveer de invitados e invitadas la celebración de los esponsales de Zerlina y Masetto: esta mutilación impide que el acercamiento sobón de Don Giovanni a la pareja, acompañado de la frase "v'esibisco la mia protezione" sea respondido por Leporello con el cachete de nalgas a una de las campesinas y con la excusa "Anch'io, caro padrone, esibisco la mia protezione". Y concluyen colocándole un pelucón infame y sirviéndolo con el aludido inaudible (¿acatarrado?, ¿resfriado?).
Muy aplomado, a pesar de su corta envergadura física, y con elegante empaque vocal, el bajo Johannes Schmidt, que dio "vida mortal" a un Commendatore de libro y en todo momento impecable: chorros de agua muchísimo más que templada.
Del mismo nivel y temparatura son las emanaciones del barítono Ivan Ludlow que, muy convenientemente ayudado por una apostura que favorece la credibilidad del seductor, encarnó un Don Giovanni vocalmente seguro y firme e interpretativamente impostado a las discretas dosis que evitan la sobreactuación.
Mientras nos secamos con toalla envolvente, comentemos lo que queda por comentar de una puesta en escena discutible, algunos de cuyos resabios han sido ya esbozados. La austeridad monacal de su planteamiento no encubre unas pretensiones intelectuales algo refitoleras que se traducen en el simbolismo asaz obvio de la considerable cruz de madera, por momentos móvil, que visible a ratos e invisible a otros, preside a perpetuidad el fondo de escena. A esta cruz increpa y amenaza "post mortem" un Don Giovanni aún presente en el corazón de todos, con un gesto ingenuamente provocador, del que el público, ansioso como estaba por aplaudir con desafuero, apenas si se enteró. ¿Merece el calificativo de ingenioso el recurso de poner unas pequeñas trabas practicables de madera en el tercio inferior de las patas de las mesas, para que, volcadas éstas sobre sus tablas, permitan sugerir las cruces de las tumbas de un cementerio? No lo sé. Lo que sí sé es que no me pareció ni medio bien (aunque tal vez la necesidad haya obligado) que se haya prescindido de la presencia coral de los campesinos en la secuencia esponsalicia y en el baile de disfraces: desnaturaliza el sentido de los mismos.
Dejo para otro día, y expresamente invito a Don Roberto Relova a participar (lo que me honraría sobremanera), la discusión sobre el carácter mítico-divino de los tres personajes femeninos (Atenea [Minerva] - Donna Anna; Hera [Juno] - Donna Elvira; y Afrodita [Venus] - Zerlina). Adelanto que, también respecto de estas cuestiones "teológicas" tenemos mayor y mejor capacidad de entendimiento los ateos practicantes.