Sunday, January 27, 2008

Expiación


Mi primera entrada, bastante tardía, del año 2008, vuelve a ser una reseña cinematográfica y de nuevo recaigo en el joven director británico Joe Wright, ya comentado en esta bitácora a propósito de su versión de Orgullo y prejucio. Otra novela, no tan distante de la de Jane Austen, a pesar de los casi doscientos años que median entre la publicación de Pride and Prejudice y la de Atonement, y de los muy distintos modos de afrontar un relato y sumergirse en un ambiente que separan a Austen de McEwan, inspira la brillante labor creativa de este londinense que hubo de sufrir en su infancia la pedagogía supuestamente especializada que se destina a los niños disléxicos.
Alguien dijo, y con razón, que cualquier película que supere los noventa minutos de metraje tiene ya de entrada muy severas dificultades no sólo para lograr el favor del público sino también para alcanzar la excelencia en la calidad. A esta de Joe Wright para nada le estorban sus ciento treinta minutos en los que que en ningún momento se cansa o aturde al espectador y nunca se pierde o sobra un solo compás de un ritmo narrativo ajustadísimo, preciso y precioso. Tampoco hay un solo exceso de emotividad gratuita y la tensión dramática se sostiene con sobriedad, contención y eficacia muy poco frecuentes. Igual que en su precedente, Orgullo y prejuicio, la dirección de actores es magistral, dicho sea sin la menor merma del talento individual de cada uno de ellos. Especialmente llamativa la aportación de esa niña de pelo de panocha que se llama Saoirse Ronan y encarna a Briony Tallis en el momento en que perpetra su caprichosa vileza, pero también impresionan el sobrio James McAvoy como Robbie Turner, el héroe protagonista; la bellísima Keira Knightley como pasional Cecilia Tallis y la inolvidable veterana Vanessa Redgrave como Briony Tallis, anciana y apopléjica, definitivamente expiada. Igualmente brillantes están los comprimarios Juno Temple (la peligrosa pelirroja Lola Quincey), los niños Charlie y Felix von Simson (los inquietos gemelos Jackson y Pierrot Quincey), Benedict Comberbatch (que sabe dar el justo toque de repelencia al magnate chocolatero Paul Marshall) y, sobre todo, Brenda Blethyn (Grace Turner, la ama de llaves, madre del héroe protagonista).
Un solo "pero" cascarrabias, quisquilloso y muy probablemente injusto y equivocado: Evidentemente enamorado de la pintura, Joe Wright nos da un recital algo obvio de recomposiciones de lienzos célebres que van desde el cinquecento y la escuela holandesa a los impresionistas y los prerrafaelitas, que no deja de agradecerse, aunque pudiera ser prescindible. El dúo de Rodolfo y Mimi del primer acto de La Bohème puccinesca, a volumen variable, ilustra adecuadamente los sucesivos ensayos epistolares fallidos de Robbie Turner, el último de los cuales fraguará su dicha momentánea y su tragedia ulterior.

Friday, November 30, 2007

Claudicación



El diario EL PAÍS publicaba ayer en su primera página el siguiente titular: "El PSOE descarta de su programa electoral las propuestas más molestas para la Iglesia". Y añadía: "Los socialistas excluyen planes sobre aborto, eutanasia o acuerdos con el Vaticano". Fastidia comprobar que ZP y sus consejeros áulicos sigan poniendo tanto empeño en disuadir a sus votantes más esforzados, incluídos los que, convencidos de la utilidad de apoyarles, jamás nos sumaremos a la legión de abstencionistas displicentes y exquisitos, olvidadizos de que una excelente forma de facilitar la llegada de los bárbaros es desentenderse de las urnas.

Una mezcla de desazón irritada y desconcierto lastimero es lo que me provoca a escribir este desahogo. Es muy fastidioso observar una vez más cómo el afán de no asustar (¿a quién o a quiénes?) y la incontrastada hipótesis de que una timorata "prudencia" atrae, o al menos no espanta, el favor de los tibios y los dubitativos, prima sobre la razón, el sentido común y la dignidad de electores y elegibles. ¿Qué más necesitan hacer la Conferencia episcopal española y la Iglesia católica en su universal conjunto para convencer a nuestros resignados y claudicantes socialistas de que jamás contaran con su sacrosanto beneplácito y sí con su animadversión perpetua?

Aunque formalmenta parezca contradecir mis reiteradas profesiones de ateismo, ganas me entran de ciscarme en todos los dioses y en todas las patrias, conceptos ambos que, no por su condición de entelequias, dejan de ser los gérmenes y agentes más activos de cuantos desastres asuelan a la humanidad, y también las barreras más infranqueables para cualquier idea de progreso y mejora del mundo que habitamos.

P.S. La postura genuflexa y osculatoria del ex-alcalde de La Coruña ante Ratzinger, por estar practicada sobre una escalinata, obliga a un respingo traseril muy propiciatorio y oferente, que ilustra a la perfección la vergonzosa actitud del socialismo español ante la curia.

Sunday, November 11, 2007

Apoteosis de la reina virgen

Antes que nada, debe decirse que la última entrega del pakistaní Shekar Kapur sobre su adorada ElizabethTudor posee una gran belleza de imágenes, entretiene y se deja ver con facilidad que se agradece. Como todo el mundo, tengo mitos personales que me son muy caros y respeto el derecho de los demás a cultivar los suyos en público y en privado. Ahora bien: quien siendo artista se dedica a exaltarlos corre un riesgo cierto de provocar en su público hartazgo, incomodidad o fastidio. Sin menoscabo alguno de la figura histórica de la muy gloriosa hija de Henry VIII, el uxoricida en serie, se puede y se debe retratar a la estadista y mostrar su época con algo más de decoro y de pudor. Líbrenme los dioses lares e incluso los penates de reclamar objetividad al creador, que es muy libre de utilizar los datos históricos como mejor convenga a su propósito estético y de pasarse por las horcas caudinas el rigor y la mesura. Ahora bien: los fervorines patrióticos pueden, en este sentido, hacer tanto daño o más que las pretensiones cientifistas y objetivistas. Retratar a la inclemente Elizabeth como campeona de lo que cien años más tarde un tal Spinoza dio en llamar libertad de conciencia, rebajar ocasionalmente su talla a la de una despechada por amor, presentar al corsario Raleigh como un aventurero romántico, al urdidor Walsingham con su rostro familiar más tierno, a Felipe II de Habsburgo como un tarado epileptoide, prematuramente aficionado al vudú, y a María Estuardo en clave de culebrón escocés es algo mucho más grave que un error de perspectiva histórica: se trata de un patinazo estético que rompe cualquier osamenta de drama y mancha de cursilería el guión mejor trabajado (que no es el caso del que firman William Nicholson y Michael Hirst). El conflicto entre Inglaterra y España en las postrimerías del siglo XVI no es exactamente el de la tolerancia religiosa frente al oscurantismo inquisitorial y fundamentalista, sino el que libran dos potencias por una hegemonía política imperial (no sólo europea) y un dominio marítimo (comercial y militar). Pero podría incluso admitirse que Kapur prescindiese de esta consideración con tal de que no desbarrase por los pantanosos terrenos del patriotismo sentimental y la veneración de los héroes (perdón, heroínas). Por cierto (y como excurso): ese tipo de patriotismo entusiasta, mitómano y de "por mi país, con razón o sin ella" es el que a Mariano Rajoy y gran parte del PP les gustaría que compartiésemos todos los españoles (también los descolonizados como Shakhar Kapur, que suelen ser los más conspicuos). Los actores, estupendos todos, incluido el pobre Jordi Mollà, a quien se le hace cargar con el fardo de un Felipe II no sólo absolutamente inverosímil, sino irremediablemente banal. Acostumbrada ya a interpretar a la joven reina Tudor, Cate Blanchat hace encaje de bollillos con la Elizabeth madura y triunfante. Geoffrey Rush hace un Walsingham muy sobrio, Cliven Owen se luce como Raleigh guaperas y descolocado y Samantha Marton encarna una María Estuarda sin chicha, pero eso no es culpa suya sino de quien diseñó el personaje.

Sunday, October 14, 2007

HORTELA MOURISCA letra (Amália Rodrigues) ♫



HORTELA MOURISCA letra (Amália Rodrigues) ♫:

























"Vem o sol de agosto, vou dormir no prado,
Tudo lá é de gosto, sem ferro de arado
A cama está feita de hortelâ mourisca
E a macela espreita com graça e belisca

Hortelã mourisca por entre a macela,
Vem lavar teu rosto no orvalho dela!
Hortelã mourisca pela madrugada,
Beijarei teus olhos, rosa perfumada!

Sob um mar de estrelas de flor de macela,
Não tenho fronteiras, não tenho janelas!
Tenho a minha amada, cotovia arisca,
Toda perfumada de hortelã mourisca!"

Cantaba Amalia Rodrigues en sus últimos años esta preciosa cantiga popular, que ahora nos hacen disfrutar Mafalda Arnauth o Maria Ana Bobone. Gocémosla.

Los milagros de Attali


Hace algunas semanas envié a varios amigos la traducción de un artículo de Jacques Attali sobre el futuro de la ópera, porque me pareció entonces y me sigue pareciendo ahora que contenía sugerencias e ideas admonitorias y estimulantes para todos los que amamos esa expresión artística. Uno de estos amigos me advirtió sobre las discutibles virtudes del Attali economista y político, con independencia de las que pueda tener el Attali operófilo. Y me acompañaba otro artículo de Jean Gadrey, publicado en Le Monde y titulado Les objectifs "insoutenables" de la commission Attali, en el que lúcidamente se critican las muy "optimistas" y triunfales propuestas de desarrollo del notable y versátil consejero áulico de sucesivos ocupantes del Palacio del Elíseo. Le respondí a a este sabio amigo con una breve glosa, de la que hizo inmerecido elogio, animándome a publicarla en esta bitácora. Obediente y halagado, paso a reproducirla con vanidad estúpida, aunque no exenta de rubor pudibundo. Hela aquí:
"De la lectura del artículo de Jean Gadrey se desprende que, en su nueva tarea consejeril, Attali sigue haciendo alarde de una curiosa y tramposa manera de "razonar": partiendo de una premisa falsa, pero aparentemente obvia (axiomática) llega, en triple salto mortal, a unas conclusiones que combinan la brillantez de la utopía posible con la fascinación de los juegos malabares. Como cuando explicaba que democracia y mercado son logros históricos que van indisolublemente unidos, como gemelos siameses, y que de ninguna manera resulta posible (ni deseable) una intervención quirúrgica que los separe. Sólo hay que practicar una serie de correcciones redistributivas y socialmente productivas a los desajustes del mercado para que, lograda la erradicación de las injusticias sociales que eventualmente provocan, alcancemos la perfección democrática, mercantil y universalmente próspera que nos hará felices y solidarios a todos. Ahora nos predica que debemos partir de que desarrollo económico, social y humano es sinónimo de crecimiento del PIB, que a su vez es compatible en términos absolutos con el desarrollo sostenible y el cuidadoso respeto del entorno. ¡Olé la gracia!"

Friday, July 27, 2007

Acordes y desacuerdos (2001)


Discúlpeseme la autocita. Decía yo, a propósito de Celebrity: “Tengo con las películas de Woody Allen una relación cambiante, que va tomando visos de cíclica.” Y concluía: “Esperemos que en un futuro próximo el ciclo se cierre con otra serie de humoradas de esas que nadie, o casi nadie, sabe hacer como Woody.” Afortunadamente, sólo un año después de haber escrito estas líneas, me siento reconfortado: parece que un nuevo ciclo glorioso se inicia con Acordes y desacuerdos. Adoptando la impecable forma de serio reportaje sobre la figura de un olvidado mito del Jazz, elabora Woody otra de sus divertidísimas y profundas genialidades, de esas que me hacen disfrutar hasta la rabadilla. La disparatada historia (¿apócrifa?) del guitarrista Edmann Ray, adobada con brillantes testimonios de connaisseurs diversos, es una preciosa novela ejemplar tan divertida como escasamente edificante, tan sentimental como cínica y perdularia, tan risible como patética. Si el personaje no hubiera existido, habría que inventarlo y, más ciertamente que nunca, el relato “se non é vero, é ben, benisimamente ben, trovato”. Tan bien que me obliga a perdonarle a Woody su anterior desliz y su actual interpretación de sí mismo sin ahorrarse tics ni visajes. Fascinante Uma Thurmann con su sofisticado personaje y con el voluntario, a todas luces, homenaje que tributa a Marlene Dietrich. Impresionante la actriz que interpreta a la mudita, única mujer capaz de enamorar al pobre desalmado Ray torturado por el fantasma del metafísicamente insuperable number one, Dyango Reinhardt. Y excelentemente histriónico, como no podía ser menos, Sean Penn, dando vida al personaje protagonista. La banda sonora es otra maravilla: podría justificar ella sola la visión de esta película, tan sobrada de méritos estrictamente cinematográficos.

Retrato del artista en 1956 (2001)


Este volumen, editado por Lumen en 1991, recoge tres distintos trabajos de Gil de Biedma, que tienen perfecta continuidad temporal, aunque no temática. La primera parte, titulada Las islas de Circe, muestra los días de estancia del autor en Filipinas, previa escala en Roma, antecedida de noche barcelonesa bastante borrascosa. La segunda es exactamente lo que su título indica, esto es, un Informe sobre la administración general en Filipinas, referido a la empresa tabacalera, en la que la familia Gil de Biedma tenía importantes intereses y participaciones. La tercera, Regreso a Ítaca, reproduce los meses veraniegos, de enfermedad y convalecencia, cuya relación dio lugar a lo que en su día se publicó como Retrato del artista seriamente enfermo.

Admirador rendido de la poesía de Gil de Biedma, me dejé ahora fascinar por su prosa elegante y desvergonzada, limpia, tersa y golfa, maldita y, pese al poeta mismo, sentimental. La saludable impudicia con que Gil de Biedma rememora sus días romanos y filipinos, incluye lances de amor y sexo, reflexiones políticas, semblanzas personales, inmersiones en ambientes y hasta bajadas a los infiernos.

La segunda parte es la prueba palpable de que se pueden exhibir excelentes maneras literarias incluso en una tarea burocrática. El informe es todo lo contrario del que redactaría un tecnócrata al uso. Propone reformas, aconseja reajustes, analiza políticas empresariales y no pierde jamás el equilibrio y el rigor, pero será labor ociosa la búsqueda de latiguillos economicistas o retruécanos leguleyos: la prosa fluye ligera, absolutamente libre de pesantez oficiosa.

De regreso a Ítaca narra el subsiguiente verano barcelonés, que pronto se hará vallisoletano por mor de la tuberculosis. Las descripciones de la casa y los lugares de Las Navas del Marqués son realmente antológicas. Nuevamente en Barcelona, entramos de lleno en los dominios culturales, políticos y etílicos de aquella generación excesiva de la que formaron parte, junto con Gil de Biedma, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Juan Goytisolo y tantas otras lumbreras que ardieron en su propio fuego. No podré saber jamás si el indisimulado menosprecio de nuestro autor por otro de los Goytisolo, José Agustín, fue justo o injusto. Sí quedo enterado de que el transmigrador Père de Trennes de la Carajicomedia de Goytisolo tuvo existencia real en carne y hueso mortales.

Cuando alguien dotado de ingénito buen gusto es, además, rico de familia y desborda talento e inteligencia, da a la posteridad breviarios tan exquisitos, divertidos y profundos como el que acabamos de comentar.

Miniaturas de Lytton Strachey (1999)


Curioso que la película Carrington, no exenta de ñoñería de campiña inglesa (Emma Thompson incluída), haya popularizado de alguna manera la figura de Lytton Strachey, uno de los ingenios más brillantes de la literatura inglesa de todos los tiempos. Si su extensa biografía de la reina Victoria, demoledora aunque no del todo exenta de cierta británica complacencia, me impresionó, las minibiografías que se dibujan en Retratos en miniatura me fascinaron definitivamente, hasta el punto de llegar a figurárseme que algunas de las mejores páginas del grandísimo Borges no son otra cosa que traducciones estilizadas de Strachey. Resultan especialmente memorables la modernidad radical con que se perfila a Boswell, el redondo joyel de orfebrería finísima que enmarca el retrato del abate Morellet y la quintaesencia irónica y “malgré-lui” volteriana que se desprende del ajuste de cuentas del President De Brosses.

Hay antecedentes, próximos y remotos, en este difícil arte de las semblanzas comprimidas y, entre ellos, quizás el más notable sea Marcel Schwob, antologizado por el mismo Borges. Pero Strachey, sin perder la condición de maestro de estilo, afina aún mejor su instrumento. Y es que estos sensitivos, además de insoportables, son, en ocasiones, muy sutiles.

Monday, July 23, 2007

Los inocentes, de Hermann Broch (1998)


Este libro, de ardua lectura, casi tan ardua como la de la obra cumbre del mismo Hermann Broch, La muerte de Virgilio, constituye, sin duda, género mayor, obra de arte indiscutible, trabajo literario de primerísimo orden. Decir que se trata de una novela intelectual equivale a no decir nada. Si llamamos la atención sobre su carácter filosófico, no dejamos de enunciar un socorrido tópico. Si precisamos algo más y decimos que se trata de una obra explícita y declaradamente metafísica, nos alejamos algo más de la ramplonería, pero difícilmente abandonamos los pleonasmos. Mucho más nos ilustra la advertencia final del propio autor sobre el origen del libro. Unos relatos sueltos y, en principio, independientes entre sí, adquirieron, al ser reunidos, una cabal estructura de novela, que sólo requirió la introducción de algunos nuevos y la ampliación de alguno de los preexistentes. Y, definitivamente, entramos en materia con la indiscutible y lúcida observación de Broch, cuya transcripción se nos antoja imprescindible: “¿Ante quien pretende colocar un espejo el arte? ¿Qué puede esperarse de ello?. ¿Un despertar? ¿Una elevación? Ninguna obra de arte ha “convertido” todavía a nadie. … El autor manifiesta siempre sus convicciones, mas la profunda emoción que despierta con ello queda en el campo de lo estético. … Ahora bien, aunque la obra de arte no convenza o no despierte el sentimiento de culpabilidad en algún caso concreto, el proceso de purificación en sí pertenece al dominio artístico. La obra de arte es capaz de ejemplificar este proceso – el Fausto constituye un clásico ejemplo -, y su facultad de representación o, lo que es más, de interpretación, hace que el arte adquiera una resonancia social que alcanza niveles metafísicos. …la obra de arte funciona … no como instrumento de la religiosidad o de la predicación moral, sino como instrumento de sí misma.” Transcritas que fueron estas palabras, casi ocioso resulta continuar, pues de sólo muy poco vale recordar que los personajes de la novela, en tanto que simbólicos de una situación determinada – los nada inocentes años que precedieron a la ascensión del nazismo – se expresan y actúan más allá y más acá de cualquier baldío naturalismo, de cualquier romo realismo: sus palabras y sus conductas conforman tipos y las particulares peripecias y destinos de cada uno de ellos – y el conjunto entero de peripecias y destinos – no dibujan personalidades ni reflejan estados del alma, sino que transcienden unas y otros para convertirse en alegoría total, en obra de arte en sí misma redimida. Y así, ni el protonazi y trágicamente ridículo profesor Zacarías, ni la brutal y ambiciosa criada Zerlina , ni la inconscientemente hipócrita baronesa, ni su cruel y rígida hija, ni la sacrificada Melitta, ni el inocente y, pese a tal, lúcidamente autoinmolado Andreas son otra cosa que símbolos, por no hablar del archisimbólico abuelo apicultor y su aparición postrera. Obra mayor, repetimos, que conviene esforzarse en leer, con la seguridad de que el esfuerzo queda sobradamente justificado y recompensado.

Los Parentescos, de Carmen Martín Gaite (2001)


Es muy difícil conjeturar cual sería la continuación y cual el final de esta novela inconclusa de la infelizmente desaparecida autora salmantina. En un no breve y muy enjundioso prólogo, nos da Belén Gopegui unas cuantas claves que nos permiten ciertos ejercicios de imaginación proyectiva, basados en el material con que contamos y en el conocimiento que tenemos de la autora de Retahílas, pero no es fácil sustraerse a la presunción de esterilidad de tales ejercicios.

En esta su obra póstuma, doña Carmen Martín Gaite adopta el caro punto de vista de un niño pesquisidor. Pero no – como muy oportunamente apunta Belén Gopegui – de cualquier niño, sino de este niño, el reflexivo y curioso, mas nunca impertinente Balti, que va de libélulas de papel a gente de carne y hueso, con certera trayectoria. En el recorrido, los descubrimientos van conformando una actitud y un carácter: de Bildungsroman se podría calificar la novela, y a esta calificación somera no le estorban algunos elementos feéricos, muy genuinos de la autora. La visión infantil está exenta, por supuesto, de cualquier forma de ingenuismo: otra cosa sería impropia del talento desbordante de una de las mejores narradoras de nuestro siglo. La tragedia implícita en los varios seres que cada persona es se hace en algún momento explícita y lo que Gopegui llama el lado oscuro impregna de tal modo el relato que sus zonas claras, luminosísimas en ocasiones, no nos permiten nunca la complacencia. En el mundo de los adultos, por descontado; pero tampoco en el de los niños.

Desconocemos también los definitivos retoques que Carmen Martín Gaite daría al texto que nos ha dejado. Me permito, osadamente, aventurar que una virtuosa del matiz y del tono como ella habría modulado algunos levísimos desajustes de voz que he creído advertir y que en absoluto empañan la transparencia y la brillantez de esta obra maestra inacabada. A cierta sinfonía de Schubert, una de las más grandes y bellas jamás compuesta, le ocurre algo muy parecido.

Sunday, July 15, 2007

Un viaje a León (2001)


Por fin, pude sacarles algún provecho a los famosos puntos acumulados de Amigos de los Paradores, alojándome gratis una noche en el prestigioso San Marcos, de León. Así que el sábado, cinco de febrero, a las diez y cuarto de la mañana arrancaba el motor del coche para meterme en la flamante autovía hasta Benavente y desde el pueblo zamorano a León. Llegamos al notable edificio plateresco, no sin rodeos incordiantes, a tiempo para tomar un vinillo reconfortador e inmediatamente después atravesar el centro de la ciudad para terminar en su casco antiguo, el archiconocido barrio húmedo, dejando atrás la catedral y la Plaza Mayor, en una de cuyas callejuelas aledañas radica el recomendado restaurante Vivaldi, en el que algún mancebo yuppy hizo probos ejercicios de seducción con personal de mi actual lugar de trabajo. Nouvelle cuisine en todos los aspectos: platos escasos, imaginativos y suculentamente caros. El clavo quedó parcialmente compensado con unos garbanzos maragatos, salpicados de gambas, deliciosamente mantecosos. La dirección del establecimiento nos vendió dos kilos del producto y nos dio la receta para el guiso.

Sin tregua ni descanso, visitamos la catedral, ejemplar señero y paradigmático del gótico más puro y uniforme. Las esculturas de la portada son notabilísimas, las vidrieras deslumbrantemente bellas y el singular triforio constituye un prodigio de imaginación arquitectónica. El título de pulchra leonina hace escasa justicia a los muy superiores méritos de este monumento preclaro. Tras el gótico de libro, el románico de manual. En efecto, San Isidoro, la llamada Capilla Sixtina del románico, es una muestra perfecta del austero estilo, aunque más grandiosa de lo que acostumbran ser sus ejemplares. Al salir de San Isidoro, a Mariné le dolía un callo y se mercó unos botines nuevos en un establecimiento de la tradicional Calle Ancha. Regresados al Parador disfrutamos de una siesta breve y de una magnífica puesta de sol, con sesión fotográfica incluida, sobre el Bernesga. Ya de anochecida, deambulamos por el Húmedo, barrio que, aunque se dice que está en decadencia, sigue marchoso y estimulantemente intergeneracional e interclasista: estudiantes jóvenes, señoras de renard y borrachines de nariz colorada compartían las barras de los bares, con generosos pinchos que recordaban a los que se prodigan en Asturias. Cenamos, en plan de tapas, sólidas y solventes, en el Mesón del Besugo, taberna popular y concurrida, que me hizo pensar en la avilesina Casa Alvarín, que regenta el cazurro Ismael. La plaza de San Martín es bella, castellana y acogedora y en sus tascas se sirve buen vino.

No trasnochamos: antes de la medianoche ya estábamos recogiditos en la habitación. El plateresco lo teníamos servido, por así decir, en casa y, por ello, esperamos a rematar el abundantísimo, frutal y delicioso desayuno del domingo, para dejarnos guiar por el claustro y la sillería del viejo convento (y hospital, y cárcel, y colegio de jesuítas, instituto de enseñanza media, cuartel de remonta, otra vez cárcel, de nuevo cuartel y actual hotel de la cadena estatal) por uno de los conserjes del establecimiento, que tenía memorizada la disertación, con cierto parecido al filósofo Gustavo Bueno.

Con la intención de comer en Verín, salimos de León en torno a las once y media. Uno de los restaurantes verinenses recomendados en la guías, con terraza sobre el río (que los romanos llegaron a identificar con el Leteo) no está actualmente en servicio y tomamos unas ancas de rana (yo) y unos riñones (Mariné), dignamente compuestos, en una llamada Casa Emilio. Antes del atardecer ya estabamos en casa.

Saturday, July 14, 2007

Vida de Mozart (Stendhal) (2001)


Este librito de Stendhal, publicado por Alba Editorial, fue un regalo de Mariné, que a veces tiene detalles muy tiernos.

Por segunda vez en lo que va desde que empecé a ordenar de una manera algo disciplinada estos comentarios, he de vérmelas con un grande de las letra universales. Menos mal que no se trata de La Cartuja de Parma, sino de una obrita, que no me atrevo a calificar de menor, pero que, sin duda, inspira , de entrada, muchos menos temores reverenciales.

Más que de una biografía del más grande compositor de todos los tiempos, se trata de una manera de ver – muy certera – y una manera de entender – algo discutible, pero llena de sugerencias – la música del divino. Todos los mozartianos debemos agradecer a Henry Beyle la valentía de proclamar, en un tiempo en que no era evidente, ni muchísimo menos, la genialidad del autor de Las bodas de Fígaro. Precisamente de esta obra, hace Stendhal una interpretación, bastante próxima, por cierto, a la que hoy día sustentan algunos (Harnoncourt, por ejemplo), según la cual nada de frívolo o mundano hay en la loca jornada, sino algo que rezuma melancolía e incluso muestra ciertos visos dramáticos. Stendhal extiende ese halo de tristeza y ausencia de frivolidad francesa a toda la música de Mozart, que, aún en los momentos más brillantes y exultantes, deja desprender un poso de lo que un portugués llamaría saudade. Contrapone, en este sentido, las risueñas y jubilosas páginas de Rossini o las burlonas de Cimarrosa a las sombras que, difuminadas, se extienden por los pentagramas del salzburgués. Algunas de estas consideraciones se deslizan también en la Vida de Rossini, del mismo autor, gran admirador del Tancredi y, en general, de la obra del maestro de Pesaro, pero subordinando siempre esta admiración al reconocimiento de la suprema genialidad de Wolfgang Amadeus.

Permítaseme la osadía de observar, irresponsablemente, que no faltan en estas breves páginas stendhalianas algunas arbitrariedades que ciento setenta y cinco años después de ser escritas pueden parecernos melonadas. Pero, sin duda, en el momento en que fueron escritas no eran tales.

Wednesday, July 11, 2007

You're the One (2000)


Este expresivo segundo verso de la primera estrofa de la mítica canción de Cole Porter Night and Day da título a la última película de Garci. No es la primera vez que el director asturiano toma préstamos de las músicas de Broadway para bautizar a sus filmes: con Begin the Beguine alcanzó la gloria académica. ¿Se trata ahora de repetir amuleto para propiciar la repetición de la suerte?. No importa, porque si la suerte se repitiera tendría fundamentos más sólidos que la mera utilización de reclamos. En efecto, You’re …es no sólo un producto excelentemente construido, sino un ejemplo de cine en estado puro, que conmueve, emociona, regocija, satisface y convence. No faltarán quienes, tal vez con buenos motivos, traigan a colación el fino olfato comercial o incluso el oportunismo lírico de nuestro erudito y eficaz cineasta. Pero tales observaciones críticas, si se hicieren, carecerían de relevancia. La fibra sensitiva de las emociones es cuerda de muy difícil afinación y aún más comprometida pulsación. Por ello, cualquiera que sea la opinión que nos merezca la conducta estética de Garci, hemos de admitir que su dominio de tan arriesgados registros es absolutamente virtuosístico. Y ¿qué decir de su maestría en la dirección de unos actores de superior talento, en la creación de climas y ambientes y en el manejo del ritmo narrativo?.

Dar cuerpo al alma herida de profunda melancolía de la señorita Julia –el reminiscente título strindbergiano es uno más de los múltiples gadgets culturalistas que se exhiben con generosa impudicia – es tarea que lleva acabo sin una sola mácula de exceso una Lidia Bosch llena de exquisitos y temperados matices. El destartalado Iñaki Miramón es uno de los más tiernos, conmovedores y dignos maestros rurales de toda la filmografía hispana, incluido el dificilísimamente superable Fernando Fernán – Gómez de La lengua de las mariposas, cuyo protagonista infantil hace aquí otro papel antológico como ¿Garci niño?. Fabulosa y llena de vigor interpretativo la joven Ana Fernandez, la resignada pero vital Pilara. La veteranísima Julia Gutiérrez Caba nos da otra lección de sobriedad, talento y fuerza. El rol del cura borrachín, de fe cómicamente agónica, involuntaria y casi caricaturescamente unamuniana, parece pintiparado para ese soberbio histrión que se llama Juan Diego, que se recrea en la suerte. Incluso los inevitables Fernando Guillén y Marisa de Leza brillan en su breve intervención, al igual que el recién fallecido Jesús Puente, maquillado, barbado y vestido para rememorar la imagen de un Doctor Freud de postguerra. Hasta el mensajero Carlos Hipólito y el tertuliano de taberna Paco Algora dignifican sus fugaces presencias. Perfecta la caracterización del alcalde y del cabo de la guardia civil, encarnados por actores cuyos nombres lamento no recordar.

Los melómanos debemos agradecer también la música de Pablo Cervantes y las ilustraciones verdianas (La Traviata), puccinianas (Turandot), bachianas (Jesus bleibt meine Freude), händelianas (El Mesías) y struassianas (Die Fledermaus) que se nos regalan, por más que se trate de piezas no por archiconocidas menos bellas. Sin olvidar, claro está, la magnífica melodía que da título a la obra y que suena sobre los títulos de crédito finales.

El canto y homenaje que por enésima vez tributa Garci a su Asturias natal, con sus playas, su prerrománico, sus casonas, su patio de la Universidad con estatua del inquisidor Valdés Salas incluida, y también su avilesina taberna La Fragata, en la que el autor de estas modestas líneas se mama de vez en cuando con sus amigos, entre los que se cuenta el propietario del establecimiento, el noble bruto Chema, se recibieron con gozo en absoluto contaminado del más mínimo atisbo de nacionalismo perturbador (me remito al último artículo de Gabriel Jackson sobre el asunto).

Solé Tura: Una historia optimista (1999)


Aviso para mareantes: conservo una vieja admiración por la figura política de Jordi Solé Tura, la sigo conservando después de leer lo que parece ser la primera parte de sus memorias. Esta vieja admiración no me impide considerar al libro que nos ocupa como una obra fallida. En efecto, cualquier lector atento espera de las memorias de un personaje público algo más que un relato finalista de sus andanzas políticas. La peripecia vital del personaje se nos escamotea y se nos escatiman al máximo los aspectos más íntimos o personales de sus vivencias. Protegida por superpuestas auras de impostada modestia, de humildad insincera, la imagen que conscientemente se nos transmite es la de una figura gigantesca, la de un prodigio de tesón, voluntad, coherencia y dedicación que convierte su ser en el mundo en un heroico modelo que casi nadie puede alcanzar. Si este panadero del Vallès, quintaesencia de las virtudes catalanas, ejemplar magnífico del seny (con ausencia total de rauxa), epítome de la laboriosidad, la mesura y la austeridad, escalador incansable de cimas físicas y espirituales, hubiese dedicado sus inagotables energías a la prosperidad de su primitivo negocio familiar, sin duda sería hoy el más poderoso magnate de la más colosal empresa multinacional del gluten. Para fortuna de sus compatriotas, sus esfuerzos se aplicaron sin desmayo a una actividad política varia e ininterrumpida, que va desde la militancia clandestina en las células universitarias del PSUC a la poltrona del Ministerio de Cultura, pasando por la redacción de la mítica Radio Pirenaica, la fundación de Bandera Roja y la redacción de la Constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Nadie se atreverá a discutirle estos indudables y copiosos méritos, que le honran y que le legitiman para sentirse no ya satisfecho y orgulloso, sino colmado de plenitud vital. Como sería imperdonablemente mezquino no reconocer que sus tesis sobre el nacionalismo catalán, magistralmente expuestas en su Catalanismo y Revolución burguesa, gozan de esplendorosa vigencia y constituyen la más lúcida aproximación al problema jamás expuesta. Ahora bien, una cosa es todo esto, y otra muy distinta reducir el contenido de unas memorias al la exposición racionalizada de tan magna epopeya, vaciada, por lo demás, de cualquier vestigio de fibra, gozosa o doliente, que la humanice y la transcienda. Tratar la cuestión de la separación matrimonial de su primera mujer, con la ultrarracionlizada frialdad y la exasperante corrección política con que Solé nos abruma, no es más que una muestra de esa carencia total de nervio y de calidez, que me hace sentir algo parecido al empalago. Personalmente, prefiero héroes más cercanos a mis propias miserias.

La obra concluye, provisionalmente, en el momento en que se constituye la Comisión parlamentaria encargada de redactar la Constitución en el verano de 1977. Esperemos que su continuación nos depare no sólo la interesante peripecia política del autor desde entonces hasta la actualidad, sino que vaya algo más allá (o, mejor, más acá) de la epopeya (también etopeya) que acabamos de leer.

Volaverunt (2000)


La obra entera de Bigas Luna autoriza a conjeturar que conoce mejor que nadie una regla de oro del cine: lo primero es no aburrir. Incomprensiblemente, en esta su última película parece haberse olvidado de tan sabia y útil máxima. Bilbao, La teta y la luna, Jamón, jamón, La camarera del Titanic… tan distintas entre sí, aunque todas lleven la personal impronta de este catalán singular, son obras que no concitan unanimidad entre los aficionados, pero lo último que se podría decir de cualquiera de ellas sería que peca de aburrida. Incluso aquel indudable fiasco llamado Bambola se dejaba ver sin provocar bostezos. No ocurre lo mismo en Volavérunt.

Para componer esta a mi entender fallida goyesca, contó Bigas Luna con casi todo: una novela de Larreta bastante bien pergeñada, una historia atractiva, unos actores de talento… Y, sin embargo, el resultado de todo ello son dos horas largas de idas y vueltas sobre un guión simple pero retorcido, ambicioso pero chato, historiado pero banal. Nada que se parezca a la agilidad narrativa de otras producciones del autor se encuentra en este proyecto frustrado, sobrado de tics esteticistas y guiños culturales y horro de fuste y nervio. También es de justicia decir que algunos de los excesos preciosistas aludidos son de agradecer: me estoy refiriendo a la encandilante secuencia del Fandango de Boccherini, bailado al alimón por Penélope y Aitana. Por cierto, que los desvanecimientos post coitum de esta última quedan tan poco convincentes como sus sincopados jadeos inter coitum. Unos y otros afean una interpretación por lo demás sobresaliente. Briosa y brillante, como casi siempre, está Penélope Cruz, muy desvigorizado Perugorría dando cuerpo a un Goya melancólico e insustancial, y bisoño y sobreactuado Jordi Mollà como Godoy. Para otra ocasión queda una versión más enjundiosa de las venturas y desventuras de Cayetana de Alba en la corte de Carlos IV, las intrigas cruzadas de príncipes y validos y los desvelos erótico – artísticos del pintor de Fuendetodos.

Memorias de memoria (2001)


En este su segundo volumen autobiográfico, relata Jesús Pardo su retorno a España, sus descabaladas andanzas en la Agencia Efe y, como glorioso remate, su salvífica y anhelada conversión en escritor con obra publicada, merecedora de tal nombre.

Autorretrato sin retoques nos descubrió a un memorialista capaz de ser y mostrarse literal y saludabilísimamente sinvergüenza. No se ahorró improperios ni escarnios a la hora de retratar las miserias del prójimo, pero tomándose la honestísima cautela de empezar por si mismo tan terapéutica y útil labor despellejadora. Después de tal alarde de fuego a discreción, pudiera parecer esta segunda parte un tanto descolorida. No lo creo yo así. A cada monstruo conviene tratarlo de conformidad con su peculiar teratología y me parece que el hidalgo de El Sardinero alcanza este objetivo con precisión notable. Como botones de muestra basten las semblanzas, implícitas y explícitas, que va trazando de los sucesivos jerifaltes que hubo de sufrir en su efesiana covachuela, desde Ansón a Sobrado Palomares, pasando por Utrilla y tutti quanti. Pero Pardo no sólo tiene talento para caracterizar monstruos o situaciones más o menos ridículamente monstruosas. El relato de su tránsito por la vocacionalmente arrolladora empresa Cambio16 deja constancia de un talento muy singular para transmitir un clima de época. Y parece difícil encontrar una impresión sobre el recientemente fallecido Juan Tomás de Salas de perfiles más nítidos y expresivos.

Usa y abusa el autor de Ahora es preciso morir de homofonías, retruécanos, quiasmos, hipálages léxicas y otros juegos de palabras, etimologías e ideas, con superabundante profusión, que, casi siempre, se celebra con regocijo o admiración de la agudeza, pero que puede pecar de reiterativa. Ejemplo extremo, que concentra en sólo una frase de catorce palabras un alarde barroco de tales ejercicios de digitación, lo encontramos en la página 161: “Raro es el petente patentemente potente y pitante ante el que Roma se enroma”, refiriéndose, claro está, a la proclividad vaticana a tratar con suma benevolencia las causas de nulidad matrimonial de quienes realmente cuentan con posibles de fuste.

Los capítulos finales, dedicados a sus creaciones literarias, tienen el especial interés de mostrarnos a un Jesús Pardo establemente reconciliado y poseedor de una recuperada candidez esencial, exclusiva de las almas sutilmente complejas, que combinan de modo casi milagroso inteligencia, delicadeza esencial y rectitud de corazón, perfectamente compatibles con la condición de sinvergüenza. Intuyo que Paloma debe de saber bastante de estas cosas.

Memoria breve de un corto viaje de invierno (febrero de 2000)


Un celebrado engañabobos de la pujante modernidad mercantil consiste en ofrecer sedicentes delicias de ocio y turismo, que premian el consumo, cuanto más desaforado mejor, del ingenuo gastador de cuartos. Al bobo que suscribe este escritillo, le tocó dejarse engatusar por la particularmente taimada suministradora de humo embotellado que responde al nombre de Travel Club. Harto de ir acumulando miles de puntos, que no encontraban nunca oferta plausible a la que ser aplicados, decidí liarme la manta a la cabeza y aceptar dos días de estancia en el Balneario de Puente Viesgo, muy conocido por ser lugar de concentración de la selección española de fútbol cuando el inefable Clemente la comandaba. Las vacaciones que la santa parienta disfruta en Carnaval propiciaron la sublime decisión. Gasté moscosos, consumí parte de los puntos acumulados y despilfarré algunos duros. Que estas leves faltas me sean juzgadas con benevolencia.

Bien mirado, Puente Viesgo no está nada lejos de Bilbao que, a su vez, dista poco de Ezcaray. En Bilbao radica el guggenheim y en Ezcaray ejercen la hostelería exiliada Lorenzo el Picudo, Saleroso por parte de padre, y su esposa Milagros, ezcarayense por parte de abuelo. Hilvanando todos estos ponderables, se fue empezando a construir la pieza: se dedica el primer día a Ezcaray, se viaja el siguiente hasta Puente Viesgo, con parada prolongada en Bilbao para visitar el museo y se consume otro más por las empinadas praderas cántabras.

Los hombres del tiempo no paraban de pregonar fríos pelones y carreteras arriesgadas. Nada de ello nos arredró y nuestra osadía tuvo su premio. Salvo algún tramo brumoso entre Vigo y el Padornelo, las condiciones para conducir resultaron inmejorables. En Castilla lucía un sol algo empañado pero suficientemente luminoso y La Rioja estaba muy acogedora. El único hotel disponible y con plazas vacantes era del género semicutre. Un recepcionista-propietario, obsequioso y oficioso, que se parecía a Segundo Marey, se ocupó de localizarnos a Lorenzo y Milagros, identificados por el comandante de puesto de la Guardia Civil como sidreros asturianos. La supuesta sidrería terminó siendo una muy céntrica taberna de paredes de piedra y decoración rústica (con pretensiones), bastante parecida a la primitiva Madreña que otrora, y con no demasiada fortuna, habían regentado en Avilés. Grandes fueron la sorpresa y la alegría de Lorenzo y de Milagros cuando se percataron de nuestra inopinada presencia en sus dominios. Nos dieron muy bien de comer y de beber y sólo se pasaron medio pueblo en la factura. Además, se nos amenizó la comida, e incluso la sobremesa, con las habaneras grabadas en un compacto facilitado por Enrique el sastre, que Lorenzo coreaba con aderezo de tremolos y vibratos muy sentidos:

Mañana, cuando te alejes, viajera de mi pasión
¿Qué voy a hacer si contigo te llevas mi corazón?

La mulata de piel canela [que] de un hombre blanco se enamoró también dio mucho juego (Allá en La Habana…).

Lorenzo nos acompañó en un breve paseo por el muy hermoso pueblo, de contornos riscosos y nevados, y aprovechó la ocasión para introducirnos en el comercio de la lana, de tan ibérica y añeja raigambre: en un almacén del ramo, de prósperos e industriosos propietarios, Mariné compró unas prestigiadísimas manta y bufanda, de lo que quedó muy feliz. Ignoro si Lorenzo tiene comisión en las ventas del lanero.

Punto y aparte merece el episodio de las llaves perdidas y halladas al cobijo de la manta. Recién sesteados y vestidos, percátome de que me faltan gafas y llaves. Apresurada ida al centro de Ezcaray, ansiosa búsqueda de los preciados objetos por todos los rincones transitados, hallazgo de las gafas en el asiento trasero del coche de Lorenzo, desesperada vuelta al hotel y feliz encuentro de las llaves en el interior de la bolsa que contenía la lanosa manta. Bronca histórica de Mariné y regreso al pueblo. La cena se hizo esperar un tanto, entreteniendo, eso sí, la espera con unas lonchas de cecina no por transparentes menos deliciosas. Lorenzo se estiró y nos obsequió la cena. Unos clientes habituales de la casa (bancario de Caja Rioja, uno; maestro director de grupo escolar, otro, y de pelaje profesional desconocido un tercero; euskaldunes los dos últimos y riojano el cajero) pegaron la hebra: no les faltaba simpatía. En el bar de copas llamado Troika, apenas pude con un sorbo de una copa de Calvados que se quedó prácticamente intacta en la barra.

El día siguiente amaneció con helada de calibre grueso. Aún así, la carretera estaba completamente seca excepto en un corto tramo de la autopista, cerca ya de Bilbao. Fue sencillísimo encontrar el guggenheim: está perfectamente señalizado el camino. Sin problemas de estacionamiento, sin colas de entrada, nos dejamos seducir a placer por la magnificencia impactante del genial mazacote de formas de titanio, que impresionan como acero bruñido, vidrio y hormigón azul. Las exposiciones temporales resultaron ser de Cristina Iglesias (esculturas arquitectónicas marcadamente literarias) y de Robert Rauschenberg (la apoteosis del collage, entre otras muchas consideraciones). La dotación permanente del museo (las vanguardias: Miró, Tapiès, Calder, Kandinsky, Kokoschka …, etc.) es justa en dimensiones y excelente en calidades.

Lorenzo nos había recomendado una taberna de Castro Urdiales (Bar Alfredo), que no tiene comedor, ni puñetera falta que le hace. La barra, atestada de pinchos, cada cual más apetecible que el vecino, bastaba para cubrir las necesidades y las exigencias de gusto del viajero más hambriento. Lo mejor que conozco en planes de salvación de urgencias gastronómicas del itinerante apresurado.

Llegamos a Puente Viesgo a hora habilísima para la siesta. El hotel y el balneario, bien: aseados, aparentes, con toques de modernidad discreta. La clientela, mayoritariamente pedorra, bastante insufrible.

La iglesia neorrománica de Puente Viesgo es una pequeña maravilla, que, milagrosamente, logra escaparse del pastiche retrógrado. Las figuras de los apóstoles que decoran la puerta de la fachada principal pretenden evocar sin mermas a las del Pórtico de la Gloria y –entiéndaseme la broma- casi lo consiguen. Nos tuvimos que quedar sin ver las cuevas prehistóricas, que ya estaban cerradas y al día siguiente, lunes, no abrían. La cena, en un pequeño restaurante local, fue un mero trámite sin pena ni gloria. Teníamos como vecinos de mesa a un par de pasiegos de robusta talla, moreno y trabado uno, y rubianco y fibroso el otro. Ambos parecían honrados menestrales que consumían las últimas horas de un domingo emigrado y poco generoso.

La mañana del lunes la dedicamos al Parque de la Naturaleza de Cabárceno. Tres horas largas empleadas en recorrer uno de los zoológicos más extensos y originales de Europa. No sé lo que opinaría Durrell (Gerald, por supuesto) del estado de semilibertad de que “gozan” las distintas especies allí acogidas, pero tampoco me importa demasiado: la pulcritud con que todo está dispuesto y el bellísimo entorno natural lo justifican todo.

Comimos en la Hostería de Castañeda, preciosa edificación aneja a un palacio del siglo XVII (probablemente, las antiguas caballerizas), en un parque natural de sobria belleza. El menú del día, abundante, bien cocinado, digno, correctísimo (pote montañés riquísimo, salmón muy fresco, tarta de turrón y un discreto rioja joven) y nada caro: 1.600 pesetas, I.V.A. incluido. Los vecinos de mesa eran ahora tres ejecutivos vascongados, corpulento y cincuentón el que parecía de mayor jerarquía y jovenzanos horteroides sus dos acólitos. Hablaban de dinero, relaciones familiares y derecho de sucesiones, con notoria incompetencia en este último apartado.

Después de la siesta fuimos a recordar Comillas. La señoril y pontificia villa marinera nos volvió a encantar. No podía faltar la obligada visita a Santander y a su Bodega Cigaleña, cada vez más cara. Para más fastidiar, un grupo de féminas talludas, no ya gritonas sino vociferantes, archipijas y protorraqueras, probablemente esposas malmaridadas de prebostes locales del PP necesitados de Viagra, nos dieron la tostada en dosis de hartazgo. La más dicharachera contó un chiste infantiloide, que debió de considerar muy atrevido: Se alza el telón y se ve un pitufo con el culete al aire; se baja el telón; ¿cómo se titula la película? Ver-ano azul. No se contentó con la exhibición y ante una sugerencia culinaria (revuelto de ajetes, creo recordar), ordena al camarero: “Bueno, eso lo dejas en by pass “(sic).

A la mañana siguiente iniciamos un viaje de regreso, incómodo por el muy denso tráfico y por el estado de obras de la carretera, con parada en Avilés para recoger las fabes que le habíamos encargado a mi madre, disfrutar de un excelente pote de berzas y de la visita a los abrevaderos de costumbre. Lástima de no haber encontrado a ninguno de los amigos, aunque sí a damas de muy escaso interés, emparentadas con conocidos más interesantes

El viaje de Avilés a Vigo fue rapidísimo. En casa, nos esperaban sorpresas no del todo agradables, pero esto es capítulo aparte.

Tuesday, July 10, 2007

La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1998)


Con muy similar estructura narrativa, la justiciera jugarreta que Pereira le gasta al salazarismo, se convierte ahora en facecia de periodismo de investigación que denuncia crímenes y corrupciones en las cloacas del Estado, sedicentemente democrático. Tabucchi, como tutti quanti, se repite a sí mismo, hace bien y lo hace bien. Original no es, pero como domina estilo y oficio no le falta, el relato queda bien apañado, se degusta con placer y se digiere sin molestias. El autor, que sabe ser providencial consigo mismo, encuentra, tras unos escarceos iniciales no demasiado prometedores, el personaje salvador que su historia necesitaba como agua de Mayo en el abogado Loton, aristócrata obeso y volteriano, ilustrado y humanista, escéptico y sentimental, derrotado y justiciero, que es utilizado sin el menor rebozo como apelación explícita, y a voces, al imaginario cinematográfico y literario más elemental de cualquier lector midcult. El pobre Firmino, periodista joven y vigoroso, ingenuo aunque no exento de habilidades es el partenaire narrativo de estatura normal que el gigante Loton necesita como inevitable término complementario, y no comparativo, habida cuenta de la prohibición legal de combates de boxeo entre púgiles manifiestamente desiguales en complexión y peso.

Si tuviera que señalar alguna tacha, le diría al avezado, solvente y honesto narrador que es Tabucchi, que su trasunto del la Grundnorm kelseniana queda algo ramplón, si bien a la medida de las circunstancias. Más que de un error jurídico-filosófico, se trata a mi modesto entender, de una inadecuada perspectiva literaria.

Soñar con los ojos abiertos (2000)


Hace pocos años leí una biografía un tanto heterodoxa de Picasso, escrita por Norman Mailer. Acabo de terminar esta otra de Diego de Rivera, cuyo autor es Patrick Marnham, que tiene más de un punto en común con la de Mailer. Parece ser propio de periodismo anglosajón un cierto estilo penetrante y mordaz, más descarnado que profundo, más irreverente que desmitificador, más cotilla que erudito, que se acerca a las vidas de ciertos genios dejándose seducir por los aspectos monstruosos o espectaculares de su personalidad antes que por la creatividad desbordante de su espíritu. Contra lo que pudiera, prima facie, parecer no constituyen estas palabras ningún reproche para estos biógrafos. Hay, muy por el contrario, una admiración expresa por la eficacia de un modo de escribir a la vez elegante, desenfadado y riguroso, que nos hace sentir al personaje con plausiblemente notable proximidad al modo de sentirlo que debieron de tener sus contemporáneos más cercanos e íntimos.

La infancia y los años de aprendizaje en Méjico, en los que ya se perfilan los rasgos más definitorios de este gran mitómano; la época parisina e italiana, el retorno a Méjico, la aventura muralística en los Estados Unidos, las descabelladas andanzas políticas, las fornicaciones con cientos de mujeres, célebre y anónimas, el infantilismo incurable del artista, su hiperbólico egoísmo, su desaliño y suciedad física y espiritual, su patológica irresponsabilidad y la semblanza de las esposas y amantes estables que le rodearon: una enumeración incompleta y muy sumaria de las múltiples facetas que van desgranado las casi cuatrocientas páginas de este recomendable volumen. Como no podía ser menos, la figura de Frida Kahlo ocupa un destacadísimo lugar en este fresco biográfico y es analizada con una precisión que se me antoja una de las partes más logradas del trabajo. No creo poder decir lo mismo de las impresiones sobre Trotsky ni de los avatares que conducen a la consumación del muy planificado atentado que pone fin a su vida. La gran pléyade de pintores que Diego frecuenta en París queda un tanto desdibujada, aunque menos que la de los otros muralistas contemporáneos y compatriotas de Rivera (Orozco, Siqueiros …). A pesar de estar expuesta de manera algo atropellada y errática, es muy ilustrativa la historia política del siglo XX mejicano, que Fuentes noveló de manera insuperable en Los años con Laura Díaz. Parecen algo sesgadas, aunque no injustas, las consideraciones sobre la actividad del Partido Comunista Mejicano y de toda la Komintern. La utilización de imágenes, símbolos y metáforas es francamente brillante y se estructura con sabiduría de profesional avezadísimo.

Bajo ningún concepto quiero omitir que el libro es un regalo de Jorge y Viqui con motivo de vigésimo quinto aniversario de mi esponsalicio. Quede de ello constancia escrita.

Son de mar (película) (2001)


La novela de Manuel Vicent que ganó el Premio Alfaguara de hace dos años casi pedía a gritos una lucida versión cinematográfica y Bigas Luna – difícilmente podría ser otro- con guión de Rafael Azcona, amigo y contertulio de Vicent, se encargó de la tarea. La novela de Vicent es casi tan alegórica como propiamente narrativa. Por ello, nadie puede esperar que sus metáforas tengan una transcripción literal en imágenes, que, aún si fuese posible, que no lo es, estaría fuera de lugar. Se echan de menos, no obstante , personajes y secuencias del monte: los soldados, los leprosos, el baile … que, tal vez por una cuestión de ritmo y metraje, se omitieron en el guión, muy fiel, por otra parte, al espíritu y a la letra de la novela. Sabor y olor mediterráneos se perciben, en efecto a lo largo de toda la proyección. El lado homérico de la epopeya de Ulises queda también convenientemente iluminado. Así, pues, tenemos una película bastante redonda, que no es una obra maestra, pero que se deja ver con mucho agrado. Debe destacarse, con toda justicia, la soberbia interpretación y la carnalidad excelsa que nos ofrece Leonor Watling, una verdadera joya en manos de ese orfebre de actores que es Bigas Luna. Sobrio y convincente Eduard Fernández en su papel del constructor Sierra, el villano de la historia y alguna sorprendente carencia en las prestaciones de ese gran actor que es Jordi Mollà, un tanto desdibujado en esta película: queda algo flojo su Ulises Adsuara. El cocodrilo, magnífico.