Tuesday, July 10, 2007

La memoria insumisa (1999)


Soy del parecer de que libros imprescindibles, lo que se dice verdaderamente imprescindibles, no hay ninguno, o casi ninguno. Es necesario leer libros, incluso puede resultar conveniente leer muchos libros. Ahora bien, qué concretos libros se pueden y deben leer y cuales de ellos de manera inexcusable son cuestiones bastante fuera de lugar. Ello no obstante, con las cautelas necesarias, se puede, en ocasiones, recomendar algún libro determinado para concretos destinatarios individuales o colectivos. Con estas necesarias prevenciones, me atrevería a recomendar con muy razonable convicción el libro de Nicolas Sartorius y Javier Alfaya La memoria insumisa, en primer lugar, a todos aquellos que de una u otra manera han participado en la no del todo estéril lucha contra el franquismo, para que no sólo no renieguen de su esfuerzo sino que puedan sentirse justamente satisfechos de él; en segundo lugar a todos los que por convicción, conveniencia, comodidad, pusilanimidad de carácter, indecisión, confusión mental o temperamento acomodaticio no hayan hecho ni dicho nada en contra del ominoso régimen anterior; y, en tercer lugar, a quienes, por ser felizmente jóvenes, no conocieron al sátrapa más que por los libros de texto. ¿Por qué tan amplio abanico de destinatarios después de las preliminares prevenciones?. Por la sencilla razón de que el franquismo fue, entre otras muchas miserias, un régimen odioso, vil y envilecedor, tanto desde el punto de vista político como ético y estético. Y este libro es de los muy pocos, quizás el único en el momento actual, que se atreve a poner negro sobre blanco estas necesarias –socialmente imprescindibles, diría yo- verdades del barquero. Resulta ciertamente vergonzoso que incluso desde ciertos sectores de la izquierda oficial, se omita con falsa prudencia cualquier alusión a tan oscuros años, de modo que resulta hasta políticamente incorrecto calificar de bárbara y cruel dictadura sangrienta al sistema político instaurado tras la victoria del ejército sublevado contra la legalidad republicana. Calificar de régimen autoritario o incluso de democracia imperfecta al régimen del general ferrolano constituye no sólo irresponsable veleidad sino imprecisión histórica de calibre grueso. Desenmascarar esta patraña es el loable propósito que anima a los autores de este libro justiciero. Los propios autores insisten en que no se trata de abrir viejas heridas cicatrizadas ni de remover posos del torbellino de la historia. Afortunadamente, vivimos en una democracia felizmente consolidada, con evidentes desequilibrios e imperfecciones, pero perfectamente homologable a cualquiera otra de su entorno y la sociedad española ha alcanzado niveles de madurez y de tolerancia que garantizan razonablemente una convivencia pacífica y armónica (*). No se trata de poner en peligro estos logros sino de evitar otro peligro grave: el de que por querer olvidar nuestro pasado alguien nos pueda obligar a repetirlo. Conviene no perder la memoria histórica y conviene llamar a las cosas por sus nombres: a la dictadura despótica, retardataria, cruel y siniestra con ese nombre y esos calificativos se le debe recordar.

Parece fácil distinguir la mano de cada uno de los autores a lo largo de los distintos capítulos del libro. Si esta impresión no nos confunde, la aportación de Sartorius es más extensa y política; la de Alfaya, más breve, aborda los aspectos socioculturales con solvencia e incluso galanura. No es Sartorius un buen estilista: ni falta que le hace. Su prosa, de trazo grueso y con tics de informe para el comité comarcal, resulta, sin embargo poderosamente eficaz, aleccionadoramente descriptiva y con gran capacidad de síntesis impresionista. No me parece justo un reproche que le hizo Joaquín Estefanía en la crítica, por lo demás muy elogiosa, publicada en las páginas de El País. Echaba de menos el ex-director del prestigioso diario madrileño una referencia crítica a las dictaduras comunistas. La condición de viejos militantes del PCE de los autores no les ha impedido manifestar expresamente sus nada ambiguas opiniones adversas sobre tales regímenes ni tampoco sobre los estilos directivos y prácticas antidemocráticas de los distintos dirigentes del Partido en España y en el exilio.

Es estrictamente opinión personal mía que sobrevalora Sartorius el innegable papel de Comisiones Obreras en el progresivo deterioro estructural e institucional de la dictadura. Siendo, a mi parecer, muy importante la dimensión sociopolítica de este sindicato, no la creo, sin embargo, tan decisiva y determinante como Sartorius la dibuja, en una apreciación tanto más comprensible cuanto mejor conocemos la poderosísima influencia que este aristócrata rojo ejerció en tan transformador movimiento obrero, hasta el punto de haber sido una de las figuras claves de su evolución y uno de los míticos encausados en el proceso 1001.

(*) No se atrevería hoy este humilde servidor de ustedes a formular con seguridad la misma afirmación, teniendo en cuenta que un PP rebeco y asilvestrado conserva aún diez millones de votantes fieles.

La lengua de las mariposas (película) (2000)


No hay cosa más tierna que un rojo tierno y no hay cosa más cándida que un rojo cándido. El gallego Manuel Rivas incluyó, con notabilísimo éxito, el relato A lingua das bolboretas en el volumen intitulado ¿Qué me queres, amor?, publicado por Galaxia en diciembre de 1995, con cinco posteriores ediciones en gallego. La obra se tradujo y se publicó en castellano con igual o superior aceptación y ahora mismo un no gallego, José Luis Cuerda, estrena en el cine una adaptación libre del relato, que acoge en su seno y centuplica todo su conmovedor ternurismo y aquilatada bonhomía. Manolo Rivas debe de sentir una especial debilidad por las víctimas (mortales, cautivas o exiliadas) del golpe fascista de 1936. Para ilustrar la nada aventurada hipótesis, ahí están el maestro del relato que nos ocupa o el médico, trasunto del comunista cabal que fue Paco Comesaña, de O lapis do carpinteiro. Parecida debilidad debe de afectar al cineasta José Luis Cuerda que, con menos rebozo aún que Rivas, da rienda suelta al corcel de la emotividad y nos dibuja la figura angélica del maestro republicano protagonista con unos perfiles que ni siquiera el talento supremo y la hirsuta ferocidad del rostro de Fernando Fernán – Gómez logran despojar de un halo de ingenuidad dulce y gratificante.

La brevedad del relato original obligó, sin duda, a los guionistas del filme a interpolar algunas historias conexas, como la al mismo tiempo brutal y amorosa de Carmiña, su perro y su amante, o la de la Orquesta Azul y su vocalista, que nos da la ocasión de conocer a la preciosa chinita muda de la enciclopedia, inspiradora de brillantes solos de saxofón en la interpretación del pasodoble En er mundo. Estas peculiares novelas ejemplares (incluidas en el libro de relatos que arriba se menciona) no desvirtúan el espíritu del referente literario, pero tampoco le añaden ninguna especial gracia.

Es ocioso decir que Fernando Fernán – Gomez está soberbio. El niño Manuel Lozano logra la difícil pirueta de convencer y no empalagar y la comarca de Allariz es muy fotogénica. En suma, no se trata de una obra maestra, pero sí de un trabajo honrado y sensible que deja el ánimo agradecido y lo mejor de nuestras candideces satisfecho.

La isla desconocida o la solidadridad del Nobel Saramago (1999)


Con la finalidad de ayudar a las víctimas de los desastres meteorológicos que asolaron a varios países centroamericanos el último invierno, el flamante Nobel de Literatura, Saramago, y la editorial Alfaguara, propiciaron la publicación de un librillo cuyos rendimientos de venta van destinados a paliar la catástrofe. Un bello gesto, sin duda.

Desde el punto de vista literario, poco más cabe decir: se trata de un breve relato, de una pequeña parábola del poder, la búsqueda de la libertad y la utopía y el hallazgo de algo que se les parece, impulsado por la fuerza genésica del amor, que mudará el barco en isla y ésta en huerto y vergel para cobijo, quizás, de los insospechados amantes, libres ahora de casi todas sus ataduras. Como no podía ser menos, está escrito con la indiscutida maestría propia de su autor y con el inconfundible estilo que le hace reconocible en cualquier situación. Les damos, pues, las gracias a Saramago y a Alfaguara en nombre de los damnificados del Mitch y también por el breve deleite con que nos han obsequiado, haciéndonos incluso sentirnos un poco mejores al módico precio de mil pesetillas.

La carajicomedia (2000)


Desde Juan sin tierra y la Reivindicación del Conde Don Julián, viene Juan Goytisolo arrastrando una persistente fama de novelista difícil, en el más polisémico uso del adjetivo difícil. Desde la dificultad, felizmente superada, de la lectura clandestina de sus obras a la adustez que exhibe el personaje, pasando por la intrincada y esforzada factura de sus tramas narrativas, todo pareció conjurarse para hacer de este autor una muy especial variedad del maldito. Malditismo que, por cierto, no resulta poco caro al novelista mismo, que no en vano fue amigo y frecuentador de Genet, y nunca se recató en proclamar su querencia a la especie.

Sin abandonar el aura de maldito, pero con añeja sorna, fino humor y elaborada y madura distancia, se suelta la melena con esta Carajicomedia, en la que la vastísima cultura literaria, el cuidado y punzante estilo y el oficio de gran veterano se coaligan para ofrecer al lector un producto muy deliberadamente exquisito y provocador, que precisamente en su virtud literaria y en la ausencia total de mácula o pecado estilístico lleva su penitencia. Admira la factura del orfebre, pero deja frío la joya tallada. Es, sin duda, meritorio el esfuerzo y brillantísimo el resultado de utilizar como texto y pretexto la muy rica literatura española de los negocios de la entrepierna, desde el Cancionero de obras de burla provocantes a risa hasta el Guzmán de Alfarache, pasando por el Arcipreste de Talavera y La lozana andaluza. Las múltiples transmigraciones y la mixtificación postrera del fementido père de Trennes constituyen regocijante y muy lúcida y crítica percha para colgar todo el artificio de este magnífico manto regio, recamado de muy nobles metales y muy preciosa pedrería. Oro y no oropel lo decora, pero al tiempo que lo embellece le confiere pesantez poco apta para el avío cotidiano y lo relega al uso exclusivo en actos de ceremonial. Literarios, por supuesto. Este es el gran valor de la novela de Goytisolo, pero tambien su servidumbre.

La caída de Madrid (2000)


El bueno de Andrés Sobrino, con motivo de la para él postergada celebración del vigésimo quinto aniversario de mi esponsalicio, le regaló a Sara esta última novela de Rafael Chirbes, advirtiéndole que allí vería fielmente retratada, “tal como éramos”, la baqueteada época de la juventud de sus padres. Tal vez por esa misma razón, Mariné y yo leímos el libro muy pronto y, para Sara, permanece aún intonso.

Respetando con absoluto rigor las tres unidades clásicas de la tragedia griega, Chirbes elige el día de la víspera de la muerte del jamás suficientemente execrado general Franco para desplegar un fresco vívido y deslumbrante de la vida de la época. Las peripecias de sus numerosos personajes en ese día –como no podía ser de otra manera, se trata de una obra coral- van confluyendo con muy distintas suertes pero con equiparables destrozos en torno a la muerte del dictador, que estructura el conjunto de los movimientos de todas y cada una de las problemáticas piezas del ensamblaje. El viejo empresario crecido al amparo de las prebendas del régimen, el desdichado obrero izquierdista y su abnegada novia, el hijo que sustenta con su esfuerzo la supervivencia del emporio familiar pero no es capaz de prever su ineluctable futuro, los contradictorios nietos, la nuera autoensalzada a su altar de exquisitez, el policía destructivamente enamorado y sus subordinados asesinamente vindicativos… Y luego, la ominosa lluvia que cae sobre Madrid, los grises a caballo y las piedras húmedas en el bolsillo de la trenka, el despacho de abogado en el barrio del Viso, la tremenda desolación de todo lo que abruma y cae alrededor de todos.

Se trata, no tengamos la menor duda, de una obra mayor. Escrita con excelente estilo y sobria sabiduría, formará parte, a pesar de algún escaso resabio de señoritil elitismo, de la mejor narrativa de nuestros turbulentos días.

La buena letra (2002)


El muy inteligente y buen amigo Andrés Sobrino me regaló este breve pero intensísimo relato de Rafael Chirbes, que ya me había dado a conocer con La caída de Madrid. Todas las excelencias ya comentadas respecto de esta novela son predicables de esta otra, casi diez años anterior, y tan distinta en tono, ambientes y materia narrada.

Los avatares de una familia valenciana en los gélidos, durísimos y sórdidos años de posguerra constituyen un soporte que sólo con infinita mala fe, despreciable ignorancia, o ambas cosas a la vez, se puede tildar de manido o literariamente pobre. El personaje protagonista, esa destrozada mujer a quien la carcoma de la vida va dejando vacía, pero firme, difícilmente encuentra parangón de grandeza literaria similar en las letras hispánicas, actuales o pretéritas. Es este otro relato que se lee de cabo a rabo, conteniendo la respiración y sin tregua posible. Gracias, Andrés, por tan valiosa joya.

La bella Otero (2001)


La escritora Carmen Posadas se incorpora al género biográfico con este híbrido de novela y trabajo de investigación. El planteamiento, ingenioso aunque no demasiado original, consiste, simplemente, en ir haciéndonos oír una supuesta voz de la famosa cortesana, bien a través de las deformadas y tramposas biografías que de ella se escribieron o de los inoportunos fantasmas que, en forma de recuerdos, la visitan en su humilde cuarto de Niza en los últimos días de su larga vida, e interrumpir esa voz personal imaginada – novelada, por tanto – por medio de oportunas acotaciones objetivas (investigadas y, en lo posible, contrastadas) con las que la autora contrapuntea y tamiza las recreadas confesiones. El resultado es un muy aceptable fresco que nos ofrece una semblanza más que plausible de la por tantos motivos fascinante Carolina – en realidad, Agustina – Otero, desde su mísera y traumatizada infancia en Valga hasta la sórdida mediocridad de sus últimos años, después de haber conocido la más esplendorosa riqueza y de haber compartido lecho con las testas coronadas más señeras de la Europa de principios del siglo XX y dilapidado en el juego fortunas superiores a los presupuestos de los estados gobernados por sus regios amantes. La Bella Otero constituye ella sola el símbolo viviente de la frivolidad de los tiempos que se dieron en llamar Belle Epoque, y su nada ejemplar ni edificante – pero maravillosamente glamurosa – trayectoria vital hace de ella una heroína de su tiempo. No ha vuelto a haber en la historia lugar para estas seductoras horizontales Cleo de Merode, Émilienne d’Alençon, Lianne de Pougy, Carolina Otero - que supieron hacer de la fornicación mercenaria un arte mayor y, aunque no estemos demasiado seguros de que sea ello una circunstancia para lamentar, nos parece que debió de ser gozosa, para ellas y para sus disfrutadores, la época que les permitió tales licencias.

No quiero dejar sin destacar convenientemente la divertida y casi surreal historia que la autora intitula Las lentejuelas del cura Carrandán. Me temo que el éxito del libro va hacer infructuosa una excursión a Valga para contemplar in situ las reliquias indumentarias de la bella que adornan las imágenes del Sagrado Corazón y de la Santísima Virgen de la capilla privada familiar del clérigo valgués, cuyos parientes actuales deben de andar bastante mosqueados con predecibles visitantes.

Las fotografías que ilustran el texto son oportunas y bien escogidas.

La amigdalitis de Tarzán (2000)


El género epistolar es agradecido y de usos múltiples: desde el ensayo a la diatriba política, pasando por la novela, sirve para cualquier clase de literarios rotos y descosidos. Desde Montesquieu a Juan Valera, desde Daudet a Delibes, desde Cadarso a Blanco White, etc., etc., tenemos casi de todo. Con estas cartas de eternos y desencontrados enamorados va hilvanando Bryce Echenique una pequeña crónica sentimental de nuestro tiempo, sudaca y latinoché, pespunteada con letra de bolero y ranchera, y nada desprovista de aciertos expresivos, de estilo y de intención, pero sí carente de empeño y brío narrativos de altura. Desde luego, no es de cóndor, sino de avecilla pastueña, el vuelo de este andino peruano que, desde Un mundo para Julius nos viene contando las mismas o parecidísimas milongas. De cualquier manera, entretiene bastante y, en ocasiones, llega incluso a sorprender esta pasión inconclusa de Fernanda María Trinidad del Monte y Montes y el cantautor Juan Manuel Carpio, que, por culpa de sus descabaladas ETAs (Estimated times of arrival), no logran poner sus vidas en hora. La novela se lee sin fastidio (salvo las primeras pedorras páginas) y remata

El paraíso políglota (2001)


No creo que Juan Ramón Lodares se ofenda si califico a su libro como panfleto y como exabrupto, pues estoy seguro de que persona tan perspicaz como él sabe perfectamente que panfleto y exabrupto son instrumentos y modos de expresión necesarios y, en ocasiones, imprescindibles para conservar, recuperar o proteger el mínimo de salud mental colectiva que el cuerpo social precisa. En efecto, manifestar públicamente algunas verdades del barquero contra las indigestas ruedas de molino con las que se nos ha hecho, hace y seguirá haciendo comulgar es un ejercicio molesto, incómodo, peligroso, meritorio y muy poco agradecido, máxime si las patrañas contra las que se dirige el desahogo gozan, incomprensiblemente, de marchamo progresista, aceptación institucional y prestigio político creciente.

La que podríamos llamar tesis central de Lodares se puede resumir como sigue: con independencia de que las lenguas periféricas habladas en España (gallego, catalán y vascuence, principalmente) hayan sufrido la represión de absolutismos o dictaduras, lo cierto es que el históricamente preponderante auge de la lengua mal llamada castellana no fue debido a la persecución sistemática de las otras, sino a su condición de lengua hablada por las clases dominantes, y ello en sus vertientes política, administrativa, económica, cultural y científico – técnica. Partiendo de tal evidencia, no es menos cierto que el interés de los hablantes de las otras lenguas estuvo dirigido mucho más a aprender la poderosa que a conservar la propia. Pero tal interés en ningún caso fue motivado por el impulso institucional de los gobiernos para promover el aprendizaje, extensión y buen uso de la lengua del poder, sino que, por el contrario, jamás contó España, como sí contaron sus países vecinos, con una política educativa merecedora de tal nombre que fomentara la alfabetización universal y el conocimiento de la lengua hegemónica del Estado por todos sus ciudadanos. Lejos de esto, los distintos poderes –político, económico, eclesiástico- estuvieron siempre mucho más interesados en mantener en secular ignorancia a las poblaciones rurales hablantes de gallego y vascuence, y la burguesía catalana se preocupó mucho más por acrecentar sus volúmenes de negocio con el resto de España y América que por conservar el fuego sagrado de su lengua propia. (¿Se le puede culpar por eso?, deberíamos preguntarnos todos.)

Tales obviedades, por simples que puedan parecer, deberían ir a misa. ¿Por qué, entonces, manifestarlas públicamente resulta no sólo políticamente incorrecto sino altamente conflictivo y desestabilizador?. Quizás porque hayamos recorrido demasiado alegremente caminos que debieron ser transitados con menos emotividades, oportunismos y políticas de campanario y con más serenidad, mesura, espíritu crítico y visión universalista.

Con todo, tiene el libro de Lodares algo de fallido, en la humilde opinión de este lector. Echo en él de menos algo más de orden y discurso. Lodares razona excelentemente pero lo hace, como diría cierto personaje de Carmen Martín Gaite, a perdigonadas. Le falta también, tal vez, mayor ecuanimidad. Líbrenme todos los dioses de ser equidistante en materia de nacionalismos y temas conexos, pero ni los lanzazos certeros a moro muerto ni los desmañados a moro vivo (y muy vivo, que este es el caso) convencen con la debida eficacia.

Las reflexiones sobre los riesgos que corre la actual buena salud del español me parecen del todo pertinentes.


Muerto en desdichado accidente de tráfico, difícilmente podrá perdonarme ahora el ilustre filólogo.

Monday, July 09, 2007

La fiesta del chivo (2000)


El éxito de crítica y público que esta gozando la última novela de Mario Vargas Llosa está plenamente justificado. Valiéndose de una impecable técnica contrapuntística, el maestro peruano traza con envidiable precisión los perfiles éticos, políticos, sociales, personales y ambientales de la siniestra, sanguinaria y cruel dictadura del sátrapa dominicano Rafael Leónidas Trujillo, de abyecta memoria. Tres son los planos que se entrecruzan para configurar este logradísimo fresco de época. Es el primero el regreso a su ciudad natal, treinta y tantos años después del final de la bestia, de la lacerada Urania Cabral, hija de uno de los jerarcas del régimen, postergado del poder en uno de los sórdidos caprichos con que el dictador gustaba someter a prueba a sus colaboradores y víctima, como tantos otros, en su propia carne, del indescriptible poder corruptor de vidas y conciencias que la propia esencia del trujillismo comportaba. Y es precisamente esa pestífera capacidad de putrefacción universal, característica de las dictaduras, la que impregna todo el relato, que logra con eficacia suprema transmitir una sensación de bochornoso agobio de principio a fin.

El segundo de los planos entrecruzados da soporte a todas las figuras del régimen, ministros, senadores, cortesanos, policía política…, que desarrollan sus manejos y arterías en torno a la figura paralizante y aviesamente magnética del dictador. Constituyen retratos de una calidad literaria y de una intensidad descriptiva que llegan a alcanzar verdadera plasticidad sensorial.

Por último, la peripecia de la chapucera trama conspirativa que termina con la vida del desalmado. Aquí, los matices psicológicos, la textura humana de cada personaje, la cuidadosa observación de sus movimientos constituyen un prodigio de precisión y sutileza.

La novela se lee con tan apasionado interés que resulta imposible postergar o interrumpir la lectura incluso en momentos tan desgarradores y dolorosísimamente vívidos como los que describen las indecibles torturas que sufren los desdichados conspiradores capturados.

Mención especial puede merecer la maquiavélica figura del profesor Balaguer, llamado a perpetuar un poder omnímodo con cobertura democrática durante largos decenios.

En suma, una novela recomendable bajo cualquier punto de vista y una de las cimas creativas de su consagrado autor.

La España de Edmondo de Amicis (2001)



Todos, o casi todos, los cincuentones de este santo país leímos en nuestros años escolares de sabañones y fríos de aula franquista aquella terneza de don Edomondo de Amicis, intitulada Corazón, que reunía relatos varios, de índole sentimental y patriótica, uno de los cuales el llamado De los Apeninos a los Andes fue muchos años después el argumento de una empalagosa serie televisiva de dibujos animados, japonesa por más señas, que incorporaba la ocurrencia de un mono, llamado Amedio, que hacía las delicias de mi hija Sara, tierna infanta a la sazón. No barruntaba yo que el autor de aquellas ingenuas, lacrimógenas y edificantes novelitas ejemplares resultara ser un curioso viajero, bastante ilustrado, capaz de narrar un periplo ibérico con muy sustanciosas y en ocasiones atinadas observaciones, aunque en exceso lastradas de tópicos y tipismos anodinos.

Conocía de Amicis la literatura y el arte españoles y poseía también un notable talento para la descripción, detallista y subjetivista, de las obras pictóricas y arquitectónicas y para la visión panorámica de las ciudades y paisajes. Menos agudeza muestra con el paisanaje y sus talantes, con los que se muestra incapaz de ir más allá de las semblanzas pintorescas más banales. En este sentido, llega el curioso turista escritor a exhibir auténticas melonadas de guardia de la porra.

Cuando viajó por España, contaba de Amicis tan sólo veintiséis años. Se explican así muchas de sus fogosidades que, a partir de un determinado momento del viaje, llegan a comprometer zonas críticas de la entrepierna, muy necesitadas de consuelo urgente. El sentimental romanticismo del autor no se desborda, empero, únicamente por tan naturales y comprensibles desagües, sino que inunda con sus excesos otras parcelas menos inocentes como el patriotismo y el ideario político. Entusiasta de Don Amadeo de Saboya, tal vez por la única razón de que el duque de Aosta fuese hijo del Vittorio Emmanuele que puso corona al Risogimento y a la unificación italiana, se nos antoja el ex-combatiente de Amicis más mazziniano que garibaldino, y, no obstante esto, imbuido de cierta épica guerrera un tanto tronada.

El libro, con todo, se lee con agrado, posee una más que notable amenidad y luce una prosa en ocasiones elegante y, por momentos, inspiradísima: sirva como botón de muestra la bellísima impresión del Patio de los Leones de la Alhambra, en la página 309.

La traducción rigurosa y cuidada, las notas a pie de página y la introducción de Irene Romera completan primorosamente esta bella iniciativa de la editorial Cátedra.

La dama duende (2000)


Después de su notable éxito en Madrid, llega a Vigo la producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por José Luis Alonso de Santos, de La dama duende, de don Pedro Calderón de la Barca, que, junto con La vida es sueño y El alcalde de Zalamea sirvió para conmemorar el cuarto centenario del glorioso dramaturgo.

Debe decirse con urgencia y prioridad absolutas una obviedad: La dama duende es una delicia y una obra maestra redonda. La severa idea que todos tenemos formada de Calderón queda aquí, sino desmentida, sí gozosamente puesta en divertida cuestión. Una comedia de enredo de tal ingenio y fineza podría y debería haber sido la envidia y el reconcomio del mismísimo fénix de los ingenios, don Félix Lope de Vega Carpio.

Hablemos ahora un poco de la producción de la Compañía Nacional. Pulcra, cuidada, sobria, alegre, con las necesarias, pero muy discretas, dosis de salsa picante, con deliberada parquedad de medios técnicos, esta producción no tiene tacha escénica ni pecado decorativo. Esta muy bien hecha y punto. Y, de los actores, ¿qué?. No están nada mal, esa es la verdad. Y algunos están incluso sobresalientemente bien: pensemos en el muy certeramente cómico Cosme que hace Alfonso Lara. Débese decir, no obstante, que se echa de menos el noble recitar, la cadenciosa dicción de los viejos actores, imprescindible cuando un texto clásico en verso se lleva a escena. El octosílabo tiene un ritmo preciso que hay que saber marcar sin rigidez ni amaneramiento, las estrofas tienen una rima que se ha de hacer sentir sin enfatizar, los encabalgamientos deben fluir con naturalidad alada … en fin, todo eso que los actores ingleses conocen y practican a la perfección cuando se enfrentan a Shakespeare o Marlowe, y que nuestros veteranos también lucían con arte y nobleza. Los jóvenes actuales todavía no saben, o no les han enseñado del todo bien, estas difíciles, pero necesarias, sutilezas. El defecto quedó más patente en la protagonista, Lola Baldrich, que tampoco dio toda la gracia que la salada viuda Doña Ángela tiene, y en el forzadillo celoso Don Luis que encarna Antonio Castro. Pese a estas tachas menores, salimos del García Barbón contentos, risueños y edificados. A lo mejor, me voy curando poco a poco de mi alergia al teatro escenificado.

La Comunidad (2000)


Alex de la Iglesia ha hecho otra obra maestra de humor macabro y bárbaro. Decididamente, este joven panzudo y gafoso tiene un descomunal talento para la narración esperpéntica, para el disparate a la tremenda, para la comedia negra del absurdo hiperreal. La desmesurada y poéticamente creíble historia de trescientos millones ocultos bajo una baldosa y la gratuita quimera que sobre ellos desarrolla un grupo humano tan cotidiano como inverosímil es un material explosivo que sólo con mano firme, pero muy delicada, se puede tratar sin riesgo de catástrofe. De la Iglesia ha logrado mucho más: construir una perfecta enormidad, sanguinolenta y tremenda, que hace botar la risa del fondo más violento y cutre de nuestras entrañas de asesinos potenciales.

Uno de los personajes habla de ver más películas que Garci. Tengo para mí que Alex no ha visto menos. Desde Griffith a Almodóvar, pasando por Chaplin, Hitchcok y Murneau, este muchacho lo ha visto todo y lo ha digerido y regurgitado en distorsionadas y disparatadas formas. Un refinado y sabiamente truculento sentido del humor y de la oportunidad hace todo lo demás

Carmen Maura está gloriosa. Mucho me sorprendería que el próximo Goya a la mejor interpretación femenina no fuese a parar a sus manos. Es imposible hacer un despliegue más clamoroso de expresividad, talento y gracia, derrochados a manos llenas. Pero es que los damás actores también se salen: Bonilla, Emilio e Irene Gutiérrez Caba, Sancho Gracia, Terele Pávez …¡qué plantel!

Auguro notable éxito de taquilla, pero, sobre todo, recomiendo entusiásticamente la visión urgente de este magnífico exceso.

La Caverna (2001)


El propio Saramago ha expresado en alguna entrevista la relación de conjunto que guardan esta su última novela y las dos anteriores, Informe sobre la ceguera y Todos los nombres, de modo que no resulta incorrecto hablar de una trilogía. La ausencia de inicial “planificación” u originario propósito en absoluto obsta para la trinitaria consideración que se viene apuntando. En efecto, hay un hilo conductor de los tres relatos, más allá de su común carácter alegórico. Para identificar este hilo conductor, se me antoja no del todo inadecuado el término pérdida. Pérdida de la lucidez, en el Informe …, de la distintiva identidad en Todos los nombres, del “ser en el mundo” en La caverna, si es que estas tres radicales pérdidas no son, en realidad, una y la misma, absoluta y ¿definitiva? pérdida.

Los signos de interrogación que adoso al adjetivo definitiva están autorizados, según me parece legítimo creer, por la voluntad literaria del autor, explícita, a mi entender, en los no del todo conclusivos finales de los tres relatos, en los que se apunta o vislumbra un foco de luz que, no por débil y vacilante, deja de permitir que quede a nuestra propia merced la posibilidad de abrir y ver el camino de la restitución o de la recuperación. En un mundo que nos aboca a la pérdida radical y absoluta, que o nos engulle o nos hace sentir como única posibilidad de supervivencia el cambiar la vida, puede aún quedar abierta la posibilidad de cambiar de vida y, si el cambio prospera y cunde, podría también cambiar el mundo.

La peripecia de Cipriano Algor, su hija Marta y su yerno Marcial Gacho, con el perro Encontrado y la viuda Isaura Estudiosa (o mejor Isaura Madruga, pues Estudioso era tan solo el apellido de su difunto marido), el crecimiento tentacular, acromegálico, del Centro, la alfarería, la conservación a recaudo del producto artesano, el éxodo no claudicante, ilustran la poderosa alegoría, en la que el hallazgo físico de la mismísima caverna del mito platónico puede parecer traído por los pelos para justificar el sugestivo título de la novela: no es tal mi opinión, sino la de que el recurso al mitema con que Platón ilustró su teoría de las ideas resulta perfectamente pertinente y adecuadamente constitutivo de la misma trama alegórica e incluso de la narratividad de la obra.

El Verdugo (Echanove 2001)


La prueba evidente de que el talento de Rafael Azcona es, además de desbordante, multifructífero, la tenemos en el hecho de que sus excelentes guiones cinematográficos pueden convertirse en notables piezas literarias – y ahí están los tres relatos que se compilan en Estrafalario 1 – o teatrales, como nos demuestra esta versión de El verdugo que empezamos a comentar.

Con el material de origen que sirvió de base a la celebrada película de Berlanga, el director teatral Luis Olmos pone en escena, con insospechada pertinencia, un texto argumental sorprendentemente eficaz desde el punto de vista dramático. El trabajo adaptativo de Bernardo Sánchez es, a tal efecto, brillante, aunque intuyamos que no demasiado difícil.

Hablar a estas alturas de los valores y virtudes de El verdugo, como obra en que el obvio alegato contra esa monstruosidad llamada pena de muerte no es sino uno de los resultados colaterales de un planteamiento mucho más general, que abarca a toda una visión del ser del hombre en el mundo, sin salirse jamás de los menesterosos límites de una vida cotidiana inexorablemente mezquina y ramplonamente anuladora, resulta poco menos que ocioso. Casi imposible resulta decir nada nuevo a este respecto y no es este el lugar para reflexiones más esforzadamente originales.

La puesta en escena, comedida y sobria, pero no por ello menos imaginativa, cumple a rajatabla con todas las exigencias que debe cumplir un montaje para servir con eficacia, pero también con brillantez, a un texto dramático y a una labor actoral que, en este caso, es, sin más, cohesionadamente espléndida. El lugar descollante que Echanove ocupa en la representación – que no tenía el mismo personaje en la versión cinematográfica – queda totalmente justificado con una prestaciones interpretativas sobresalientes y con las dosis justas de sobreactuación para resultar plenamente convincente. La inteligentísima Luisa Martín da vida conmovedoramente creíble a la tierna Carmen, hija del verdugo, que en la pantalla encarnaba una carnal y no menos tierna Emma Penella. Es más ladino y menos entrañable, pero igualmente eficaz, el verdugo Amadeo que interpreta Alfred Lucchetti, frente al que hacía el inolvidable Pepe Isbert en el cine. Los secundarios no deben ser calificados de tales, pues magníficas son las aportaciones de todos ellos: Vicente Díaz, como castizo empleado de la funeraria El Tránsito; Pedro G. de las Heras, como infatuado director de la prisión; Fernando Ransanz con las malhumoradas y displicentes formas del capellán; Angel Burgos, en su doble papel de oficioso y untuoso administrador inmobiliario y estirado guardia segundo; David Lorente en el suyo triple de funcionario ministerial enmanguitado, guardia primero engalonado e innecesario médico forense.

El humor, no solamente negro, imprescindible en la obra, tiene presencia y tratamiento adecuados.

Salimos, pues, justificadamente contentos y, en su entusiasmo, Mariné no se privó de pedir autógrafos a parte del elenco, que respondió con amable condescendencia, ante el asombro un punto escandalizado y cortadito de los donjoaquines, doñasblancas, huertitas y pilitas que, algo azaradamente, postrertulieaban con nosotros.

El que no lea este libro es un imbécil (2001)



Subtitulado como Los misterios de la estupidez a través de 565 citas, este libro admonitorio de imprescindible, pero nada garante, lectura es una estupenda gamberrada intelectual. Es la obra de un provocador ingenioso hasta la extenuación, jocundo hasta el dolor de estómago, erudito pero no empalagoso, desvergonzado y cínico pero no irresponsable, despiadado y cáustico pero no hiriente. Se trata, en suma, de una gigantesca y muy elaborada tomadura de pelo hecha por un personaje consciente de que la primera cabellera mesable es la suya propia, sin que ello, por supuesto, sirva para redimir al prójimo destinatario.

Los sucesivos capítulos compendian y creo que agotan – el autor no mantiene la misma opinión – el universo de la tontuna. La estupidez es indefinible y, en consecuencia, no es posible una teoría general de lo idiota. Pero Oliviero Ponte di Pino lo explora y disecciona con sutileza y extensión tales que suplen con ventaja el esfuerzo académico de las construcciones cerradas.

Las 565 lúcidas citas se van entretejiendo en la trama discursiva de Ponte di Pino con una pertinencia admirable y una agudeza absolutamente descolocadora.

Naturalmente, al rematar la lectura del libro, que se puede leer a trozos y en cualquier orden y releer azarosamente, seguimos igual de cretinos que antes de empezar, pero con la agridulce sensación que proporciona una mejor consciencia del hecho y de su ineluctabilidad. Y no precisamente porque el mal de muchos sea consuelo de tontos sino precisamente porque nuestra condición de tontos es tanto más inconsolable cuanto mejor la vamos asumiendo.

Sunday, July 08, 2007

Viaje de verano de 1999


Había que dejar a Daniel en el campamento de Furelos, muy cerca de Melide, entre las cinco y las siete de la tarde. Para ser consecuentes con la tradición de extrema puntualidad que nos caracteriza, salimos de Avilés recién confortados por un frugal refrigerio a la una y cuarto del mediodía. Llegamos sin sobresaltos y, por supuesto, entre los primeros. Mozas simpáticas las de la recepción, monitores con buena pinta, unos padres de acampados uniformada y manifiestamente pijos y los restantes bastante normales. Daniel remoloneó todo lo que quiso y algo más para incorporarse a un grupo. Cuando lo hizo, nos fuimos. La casa de los Somoza fue fácil de encontrar siguiendo las indicaciones de un sedicente profesor de educación física que tenía algo que ver con las actividades migratorias del campamento. Comenzó a llover de manera desconsiderada, sin ningún talento, que diría Fernando Bartolomé. Cuando escampó, nos acercamos a Melide. Resultó fácil comprar un paraguas feísimo y bastante difícil encontrar un carrete para la máquina de fotos. Paseamos por el pueblo, fotografiamos el cruceiro más antiguo de Galicia y visitamos las iglesias de Santa María y de San Pedro, repletas de tumbas de próceres. En la última nos encontramos con otros padres de acampados que nos dieron novedades tranquilizadoras sobre la acomodación de los mozos.

La cena en la Casa de los Somoza resultó bastante agradable. La patrona de la casa, una vasca gritona y bragada, nos trató con campechanía un tanto ruda y hospitalidad más que suficiente. Una pareja de peregrinos laicos, marinos secos ambos, controladora aérea ella y de ocupación desconocida él, cónyuges y residentes en Barcelona, nos dieron conversación abundante y fluida. Mariné dio rienda suelta a su locuacidad y la controladora, flaca, listísima, bien hablada y condescendiente, escuchó con atención gratificadora. El marido de la patrona vasca, natural de Melide retornado a sus orígenes, sufría de colonización vascongada conyugal absoluta, hasta el extremo de utilizar condicional por subjuntivo, a la vizcaína, incluso cuando hablaba en gallego.

Al día siguiente, nos levantamos muy temprano y no pudimos despedirnos de los marinos secos, que aún no habían bajado a desayunar cuando nosotros abandonamos el comedor para pagar la minuta y salir con diligencia plena rumbo a Albacete.

A la altura de las provincias de Zamora, Valladolid y Ávila, torrenciales trombas de agua que estorbaban casi totalmente la visibilidad, caían del cielo no ya sin ningún talento sino de manera declaradamente subnormal en una Castilla reseca y agrietada. Otra vez más tuve problemas para interpretar en Las Rozas las señales de acceso a la M – 40, aunque en esta ocasión no perdí más de cinco minutos.

El estómago de Mariné es un reloj de precisión exigente y descontentadizo. Las protestas cada vez que dejábamos atrás un figón de ruta arreciaban y no hubo más remedio que parar, sobre las dos y media de la tarde, cuando ya estábamos muy cerca de Albacete, en una explanada inhóspita, repleta de autobuses de excursionistas, que servía de solar a un edificio enorme y bastante desangelado en el que, en régimen de autoservicio, jovenzanos bravíos procedentes de Benidorm o con destino al mismo albañal, devoraban calamares fritos y pollos deshuesados.

El Parador de Albacete está asentado en una paramera, en plena carretera de Murcia, a unos cinco kilómetros de la ciudad. Un fuerte viento, reseco y cálido, castigaba los ramajes del jardín con piscina, en el que también las moscas incomodaban lo suyo. El edificio, de construcción moderna y paredes enjalbegadas, tiene resabios de la arquitectura popular manchega y se deja ornar por un escudo de armas que no le sienta mal, aunque el realce y la prestancia que con él se pretenden quedan un tanto tomados por los pelos. Resultaba también muy decorativo un Porsche descapotable de los años cincuenta, cuyo propietario, un angloamericano sesentón, gastaba una campechanía algo estrafalaria y probablemente impostada.

Encontrar un periódico un domingo por la tarde en cualquier ciudad de provincias no es empresa fácil. De todas maneras, no me resignaba a perder la habitual lectura de El País ni a quedarme sin los dichosos coleccionables, que luego cuesta tanto trabajo reponer. Así que me armé de valor y emprendí viaje al centro de la ciudad. Una de las avenidas que flanquea el gran parque central, con hoteles abanderados y oficinas bancarias ostentosas, estaba suficientemente vacía de coches como para permitirme dejar el mío bien colocadito y a buen recaudo de multas. La señal indicadora de la estación de ferrocarril me dio la idea: los quioscos de estación son instituciones benéficas que confortan al viajero en su tedio melancólico y era seguro que, si algún sitio había en el que se pudiera comprar la prensa, ese era el acogedor cubículo ferroviario. Conque seguí hasta su final la Avenida de España y, a través de un amplio recodo, enfilé la calle de Tesifonte Gallego, nombre con resonancias de gerifalte tronado, pero que no debió de pasar de pertenecer a cacique local decimonónico (no creo que mi conjetura ande muy descaminada). En esta calle, de hermosas fachadas modernistas, está la Diputación Provincial, que es también un bello edificio de principios de siglo. De manera apenas perceptible, Tesifonte Gallego pierde su sonoro nombre y pasa a ser Marqués de Molíns, que tampoco carece, en lo fonético, de reminiscencias más o menos literarias. Aquí tiene su sede el inevitable Corte Inglés. La calle remata en un ensanche, más encrucijada que plaza, en el que se alza el Ayuntamiento. Sigo hacia adelante por el bulevar conocido como Paseo de la Libertad, el don más preciado. La calle es umbría y la afean las sempiternas cagadas de can de dueño desaprensivo. Otra encrucijada y, ahora sí, una ancha avenida moderna que, como su nombre indica, desemboca en la Estación. No fue vano el esfuerzo: tal como esperaba el quiosco amigable estaba abierto y pude marcharme con el buque insignia del grupo PRISA bajo el brazo. Como suele suceder, el camino de vuelta me pareció más corto. Lo aproveché para tomar las referencias del viaje de regreso hacia el Parador. En el trayecto de ida, me había fijado en una especie de mesón caminero, con amplio espacio circundante y emparrados sugerentes. Lo comenté con Mariné y decidimos ir a cenar allí. Pese a su aspecto vulgar y a su nada imaginativo nombre –La Casita- resultó un verdadero hallazgo. Nos regalaron el gusto con tacos de queso frito, ensalada manchega, lomo de orza, patas de cordero deshuesadas y melón. La dueña, una granadina de Motril que hablaba no sólo por los codos sino por el dedo gordo de pie, nos instruyó sobre la preparación de las sabrosas viandas, nos contó su vida y la de su familia y nos solicitó direcciones gastronómicas de Galicia, porque proyectaba venirse a disfrutar unos días, pasadas las setembrinas fiestas de San Mateo. Informada que fue de lugares de buen yantar, quedamos todos contentos y nos fuimos a dormir.

Iniciar el recorrido de las Sierras de Segura y Cazorla por el norte fue una idea tomada de un fascículo de El País. Esa, y no otra, fue la razón de elegir el Parador de Albacete como punto de partida para tomar la carretera nacional 322 en dirección a Jaén. No consideramos parar en Alcaraz, ya que las empinadas curvas de entrada a la villa permiten ver en variada perspectiva las altivas ruinas del castillo. A la altura de Puente Génave, abandonamos la carretera general para entrar en el pueblo y preguntar a unos lugareños sobre la conveniencia de tomar la carretera comarcal hacia Orcera para luego continuar por vericuetos varios hasta Cazorla. Animados por los consejos de un viejo parlanchín, que me hizo relación extensa de sus años de emigrante en Valencia, acometimos la peliaguda empresa. La Puerta del Segura es un pueblo de casas blancas distribuidas como en bancales a lo largo de las laderas de la montaña. En el centro, se destaca solemne una iglesia barroca de señorial empaque. Después de fotografiarla, me encuentro con que la ruedecilla que permite dejar la cámara en posición de reposo se había bloqueado. En una primera inspección rápida, el único establecimiento que lucía rótulo de marca fotográfica resultó ser una ferretería, cuyo dueño, no del todo inexperto en el manejo de útiles ópticos, fue capaz de recuperar la movilidad perdida de la ruedecilla de marras. Al abandonar La Puerta del Segura y volver la vista atrás, se puede disfrutar de una panorámica ciertamente hermosa. A pocos kilómetros, Orcera deja ostensiblemente ver su condición de cabecera de la comarca, que desempeñó toda ella un importante papel en la conquista de Granada y, posteriormente, en el asentamiento de súbditos leales a la política imperial y a la contrarreforma, en sustitución de la morisma. De ahí que se repita una y otra vez el hallazgo en este y otros pueblos de construcciones públicas (fuentes, por ejemplo) realizadas durante los reinados de Carlos I y Felipe II, y de iglesias renacentistas o de transición al barroco. La muy difícil accesibilidad les reforzaba su condición de baluartes más o menos “inexpugnables”. En otro orden de cosas, hay también en Orcera una cooperativa de aceites en la que pudimos mercar excelentísimo caldo de oliva de primera prensada (virgen extra) en cantidad superabundante.

Cuando, desde Orcera, se adivina que el empeñascado pueblo que se divisa a lo alto es, con seguridad absoluta, Segura de la Sierra, conviene respirar hondo para hacerse a la idea de llegar a él sano y salvo y con el vehículo de motor indemne. Nunca sospeché que Jorge Manrique pudiera haber nacido y vivido en esta que fue ilustre fortaleza. Allí tiene una estatua un tanto equívoca y se conserva, blasonada, la fachada noble de la que fuera su casa solariega, tras la que se oculta un pobre rincón, morada actual de una familia sin duda menesterosa. El esplendor de los primeros austrias se deja sentir en la prepotente, pero bella, iglesia de Nuestra Señora del Collado, en la fuente con los blasones del emperador Carlos e inequívoca inscripción latina. Se conservan también, como vestigios de los anteriores pobladores, los baños árabes, que no pudimos ver. El Ayuntamiento es también un soberbio edificio, que alberga en su planta baja a la oficina de turismo, atendida por una mocita clara y bellísima, de luminosos ojos azules y con la piel de azulenca transparencia que ostentan los andaluces rubios. Ella fue quien nos confirmó nuestra sospecha de que hacer todo el rodeo que figuraba en el itinerario de El País y pasar por Río Madera, Anchuricas y Santiago de la Espada, resultaba excesivamente largo y penoso. Renunciamos, pues, a esa presumiblemente hermosísima parte del periplo y nos dirigimos hacia Cortijo Nuevo, desviándonos ligeramente a Hornos del Segura para ver, desde su imponente mirador, el embalse del Tranco, considerablemente disminuido de caudal, y recuperar después la carretera que, a lo largo del curso del Guadalquivir, se adentra en la Sierra de Cazorla. Hay un trámite previo a la entrada en el parque natural, amparado por semáforo y valla, servidos por una funcionaria con cara de malas pulgas, que toma cumplida nota de las matrículas de los coches que soportan prolongada espera. Este rigor policial no evita que los incendiarios prendan fuego en los matorrales y provoquen catástrofes como la que sólo dos días antes se había producido con la calcinación de miles de hectáreas de bosque.

Tras bastantes kilómetros de curvas y contracurvas, llegamos a La Torre del Vinagre, antigua mansión cinegética del sátrapa de ominoso nombre que rigió los destinos de este país durante treinta y seis años cenutrios, y actual Centro de Interpretación del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, del Segura y las Villas. Cuenta con piscifactoría y museos naturales de fauna y flora autóctonas y, desde allí, parten excursiones guiadas, de las que tomamos buena nota. Poco más allá, la carretera se bifurca: a la derecha, La Iruela y Cazorla; a la izquierda, el Parador; en el mismo cruce, un chiringuito infecto en el que Mariné se empeñó en tomar un absurdo tentempié. Desde este lugar hasta el Parador hay ocho kilómetros, de los que los cinco últimos son una trocha someramente asfaltada y llena de baches en la que se pueden perder los amortiguadores y el alma. Pasadas las tres y media de la tarde, estábamos en la recepción para recibir la nada estimulante noticia de que la habitación no estaba preparada. Con meritorio ejercicio de contención, renunciamos a una protesta en toda regla que fácilmente podría degenerar en montar un pollo de considerables proporciones. Nos refrescamos bastante en una piscina con un jardín magnífico, bastante poblado de especies autóctonas y foráneas, con predominio de ciruelos de distintas variedades, algunos de ellos con frutos muy sabrosos. Dos familias, con infantes incluidos, inequívocamente pijos y sevillanos, dejaban sentir su presencia con pujanza notoria. Dejamos transcurrir una hora larga y, aún así, cuando volvimos a recepción aún no estaba la habitación lista. No fue pequeño el azoramiento de uno de los ordenanzas, pero las situaciones poco confortables del prójimo no mitigan la incomodidad propia. Sobre la seis y media, estábamos listos y dispuestos para desplazarnos a La Iruela y Cazorla. Desde La Iruela se dominan magníficas vistas de todo el conjunto serrano y el pueblo está coronado por un castillo templario en ruinas, cuya parte más vistosa no se aprecia sino desde el lado opuesto de la carretera de acceso. De eso nos dimos cuenta al día siguiente, a la vuelta de una excursión que se relatará en su momento.

Cazorla es difícil de pasear a causa del infernal tráfico de coches que atora sus estrechas y empinadas calles que, en ocasiones, tienen más de vericuetos que de arterias urbanas. Emplazamiento y núcleo urbano son muy bellos, aunque cierto desaliño, demasiado evidente, afee el conjunto. Las ruinas de la iglesia de Santa María, la Fuente de las Cadenas y el Castillo de la Hiedra son los monumentos más visibles. En el último se alberga el museo histórico de la ciudad, que no nos paramos a ver. A manera de cena improvisada, tomamos unos embutidos falsamente ibéricos en la terraza de la que parecía ser una de las tabernas menos malas de la localidad. A la anochecida, regresamos al Parador y nos acostamos temprano. Para el día siguiente estaba contratada una excursión en todoterreno por las trochas de la sierra. Y, en efecto, tras el desayuno, muy frutal si no frugal para mí, verdaderamente pantagruélico para Mariné, no fue apenas necesario esperar por el conductor. Una pareja catalana, voluminosa ella, rotundamente obeso él, con un niño doceañero igualmente gordo; otra pareja vasca, aunque no euskaldun, sin niños, nosotros dos y el conductor conformábamos una imprecisa muestra de las cuatro comunidades autónomas del artículo 151 de la Constitución. Con su perspicacia y dotes de observación habituales, Mariné tomó por niño e hijo de su esposa al paterfamilias catalán y, muy gentil, ofreció el asiento delantero, más espacioso, al supuesto chico, que, ciertamente, necesitaba todo un campo de golf para moverse con cierta holgura. La dama agraviada por la atribución de maternidades indeseadas, indeseables y gravemente inconvenientes se vio en la necesidad de aclarar el malentendido y requirió a su verdadero hijo de esta habilidosa manera: “Miguel, dile al papa que te de la máquina de fotos.” El conductor y guía era hombre afable, ameno, eficaz y suficientemente enterado de lo que se traía entre manos. Nos hizo un recorrido informativo, lo bastante demorado e ilustrado para dejarnos una impresión de conjunto satisfactoria aunque no exhaustiva. Cascadas secas, bosque sediento, puente con historia apócrifa de construcción en una sola noche para el paso de los Reyes Católicos en dirección a Granada, nacimiento del Guadalquivir en estiaje severísimo, fósiles, buitreras, referencias a Félix Rodríguez de la Fuente, que rodó allí diversos episodios sobre rapaces, una excursión, en suma, muy grata. Ya de vuelta, en el Parador, tomamos unas provisiones con que Mariné se había pertrechado el día anterior en previsión de gazuzas inoportunas. Después de una siesta breve, pasamos buena parte de la tarde en la piscina. Además de tomar los baños de rigor, me dediqué a comprobar que bastantes de los rótulos de madera que ilustraban el pie de los muchos y variados árboles que pueblan el jardín estaban erróneamente colocados. Algún duende de bosque los habrá traslocado y no me atreví yo a deshacer tan artística confusión. En la terraza, clientes más avezados sabían de la llegada, al caer la tarde, de gamos, que se acercan a abrevar en un cuenco dispuesto a tal efecto al lado de las cocinas. Había expectación por ver aparecer a los bichos. Y fueron llegando y dejándose fotografiar, para luego, asustadizos ante cualquier leve ruido, regresar al bosque guiados por su madre. Por la noche, se jugaba el partido del trofeo Teresa Herrera entre el Celta y el Real Madrid. El celtiña derrotó por tres a cero a los merengues y lo celebré con un sueño tranquilo y reparador.

Eran poco más de las nueve cuando rematamos un desayuno de idénticas características que el del día anterior y emprendimos viaje hacia Antequera. Siguiendo una acertada recomendación del guía de Cazorla, nos detuvimos en Quesada. Es un pueblo blanco, de corte muy distinto al de los que, en las provincias de Cádiz y Málaga, jalonan la Serranía de Ronda, pero también bello y recoleto. Los encargados de abrir el Museo Zabaleta se lo toman con mucha calma y pudimos pasear con detenimiento las floridas callejuelas de casa enjalbegadas y arcos umbríos, como el llamado de la Cojita de Utrera, en el que un azulejo con poema de vate local ensalza sus excelencias. Zabaleta, pintor local amigo de Picasso y de Juan Gris, era, sin duda, un ecléctico consciente, que se sabía de memoria toda la historia de la pintura y se regocijaba en mostrar soberbia e indisimuladamente todas las influencias explícitas imaginables: Picasso, Rousseau el Aduanero, Sequeiros, Braque, entre los contemporáneos más evidentes; pero también Velázquez, Van Eyck, Goya y Van Gogh. En el museo se guardan, además de los cuadros, dedicatorias y homenajes al pintor de sus colegas Picasso, Miró, Tapies y los grupos Crónica y Dau al Set, de la revista Serra D’Or, de Cela, José Nieto, Aleixandre…

Unos cuantos kilómetros después de Quesada, está La Cueva del Agua, a la que se accede después de bajar unas rampas polvorientas y unas escaleras con barandilla de madera no aptas para personas que tengan vedados los ejercicios violentos. La cueva impresiona por su voluminosa oquedad y sus estalactitas. En períodos húmedos, el espectáculo de las cascadas debe de ser impactante. Ahora, sólo sus huellas sobre la piedra caliza son perceptibles. Las gentes colocan velas encendidas y exvotos diversos, de bastante mal fario, en las hornacinas naturales excavadas sobre las paredes. Dan repeluzno.

Se acercaba la hora del esperadísimo eclipse de sol y nos acercábamos nosotros a Baza, dónde debíamos tomar la autopista hacia Granada y Antequera. Mariné aseguraba y asegura que el día iba perdiendo algo de luminosidad durante algunos minutos; por mi parte, debo confesar que no percibí absolutamente nada. Los recodos de la carretera ofrecen una panorámica amplia y casi deslumbradora del Embalse de Negratín, que dispone hasta de Club Náutico y de instalaciones para navegación deportiva. Rebasada Granada y algo más allá de Santa Fe, a punto estuve de hacer definitivas capitulaciones a manos de un alicantino, conductor chulesco, irresponsable y homicida, de un Opel plateado que se me cruzó en pleno carril de adelantamiento. Ya cerca de Archidona, nos las hubimos con un gigantesco cipote que se formó a consecuencia de las obras de reparación del firme de la autopista y que se tradujo en media hora larga de caravana casi inmóvil. Aún así, era bastante temprano cuando llegamos al Parador de Antequera, esta vez sin incordios. Aconsejados por la camarera del bar, nos atrevimos con sendas porras antequeranas y con varios chorizos del infierno. La porra antequerana es una especie de gazpacho muy denso y espeso, apto para segadores antes de entrar en faena, con recios aditamentos de jamón, atún y huevo duro. Los chorizos del infierno no responden a su prestigioso nombre: afortunadamente para mi paladar, no pasan de sabrosones. La siesta fue breve y la puerta de acceso directo de la habitación al recinto de la piscina nos ahorró preparativos de vestuario. Nos facilitó las toallas una loca despendolada que se tostaba al sol con delicuescente languidez sólo interrumpida por fugaces miradas y sonrisas picaronas “coram populo”, al quite de lo que pudiera caer. Con socorristas así, válganos la Macarena de tener que ser socorridos. Unos franceses ruidosísimos y ordinarios, trabajadores de las instalaciones de Toyota en Pau, a juzgar por las camisetonas que lucían, jugaban a la pelota dentro de la piscina, perturbando hasta el límite de lo imposible el disfrute del baño del resto de la concurrencia. A la mañana siguiente nos amenizaron también el desayuno. Que el Señor los acoja en su seno.

Antequera es una no muy pequeña ciudad monumental, aseada y bella. Merece mejor promoción de la que tiene y me dejó gratísimamente sorprendido. Aparte de los visibles restos de la dominación árabe (Alcazaba), cuenta con numerosos edificios religiosos y civiles, de los siglos XVI al XVIII, de singular empaque y prestancia. La panorámica desde lo alto de la Alcazaba y el posterior descenso por graciosas y floridas callejuelas en zigzag son todo un recreo del espíritu. Me prometo volverla a visitar con más calma. En una joyería de la calle principal compramos para Daniel un reloj con ínfulas náuticas y pujos deportivos. En una tienda de artesanía, una moza que estaba muy buena, pero que no era demasiado simpática, nos vendió un bolso para Sara. Cenamos en La Espuela, un restaurante enclavado en los muros del tendido de sombra de la plaza de toros, recomendado por las guías al uso. Rabo de toro, ensalada, sangría y melón nos dejaron casi excesivamente confortados. Unos barceloneses xarnegos, también hospedados en el Parador y acompañados de infante modoso y listillo, pegaron la hebra y nos dieron conversa a todo lo largo del trayecto entre el restaurante y el establecimiento de la Secretaría de Estado para el Turismo. En el parque que hubimos de atravesar, jovenzanos y potrancas provistos de litrona y aretes deslucían el paisaje y emporcaban el césped. Aires de regüeldo y barruntos de resaca mañanera enturbiaban la noche, perfumada de efluvios de entrepierna adolescente. Con una difícilmente recordable excusa, tan banal como torpemente balbucida, me zafé de la propuesta, apenas insinuada, de ver el partido del Barça con el xarnego y su hijo. También este día nos fuimos muy pronto a dormir.

Hicimos el viaje de Antequera a Ronda por el valle de Abdalajís, el desfiladero de los Gaitanes, Ardales y el embalse del Chorro, transitando a través de literales caminos de cabras (de hecho, nos topamos con un nutrido rebaño, guiado por un pastor que parecía sacado de un relato costumbrista), para empalmar, a la altura de Teba, con la carretera que enlaza Ronda con Campillos. Disfrutamos de magníficos paisajes y sufrimos las penurias propias de los tramos estrechos, pésimamente asfaltados y retorcidos como tripa de mamífero. Eran las doce y cuarto cuando llegamos a Ronda y, por descontado, en el Parador la habitación no estaba aún preparada. Nada había que objetar al respecto a tan temprana hora. Así que visitamos la Real Maestranza y su museo taurino, paseamos con cierta parsimonia por el tajo y por las calles más céntricas, tomamos unas manzanillas en taberna de solera y comimos en el restaurante de Don Pedro Romero, cuyo nombre y nombradía ahorran descripciones prolijas de decoración y ambiente, con la calma propia del lugar y la estación. Practicadas todas estas diligencias, volvimos al Parador y, ¡ay, dolor!, la habitación tampoco ahora estaba lista. Nos quedaban ya muy escasas dosis de paciencia, pero sí las suficientes para no armar un escándalo y sostener la más que razonable protesta a un bajísimo nivel de decibelios. No era la humildad la virtud más destacada del jefe de la recepción, quien en una bastante impropia actitud de sostenella y no enmendalla defendía lo indefendible, con asomos de altivez incluidos. Por fin, conseguimos acomodarnos y, tras el acomodo, disfrutar del baño en la piscina, poblada, aunque no demasiado, de italianos de variada catadura. Esperamos a la fresca para iniciar un largo paseo por la parte alta de la ciudad: Alcazaba, palacios y casas señoriales, catedral de Santa María la Mayor, puertas de las murallas, edificio del nuevo ayuntamiento (el viejo es el actual Parador), y vuelta al llano, para encontrarnos, por casualidad, con la casa natal de Don Fernando de los Ríos, figura señera del socialismo patrio y de la Institución Libre de Enseñanza. Me salió sorprendentemente bien la fotografía nocturna de la placa conmemorativa, de elegante azulejo regional. La casa en la que, supuestamente, se alojó Cervantes en su estancia en la ciudad, también ostenta recordatorio del evento. Hicimos la cena en una terraza bastante concurrida, rodeados de yanquis de la América profunda, encamisetados, gordos y pertrechados de teléfonos móviles y pedrería anular. Fieles a nuestras costumbres viajeras, nos acostamos temprano. A las dos y diez de la mañana, sonó el teléfono para darnos la mala noticia de que Daniel estaba ingresado en una clínica de Lugo con un ataque de apendicitis. Con las prisas de rigor, hicimos las maletas, tomamos una ducha ultrarrápida, pagamos al portero de noche y enfilamos la carretera a velocidades casi temerarias. Pronto se encendió el piloto de reserva de combustible y no se encontraba ninguna gasolinera abierta. Mariné se inquietaba, se angustiaba y me transmitía su zozobra. A la entrada de Campillos, loados sean los dioses de los hidrocarburos, había una estación de servicio abierta. Desde Granada y hacia el norte, la soledad de la noche empezó muy poco a poco a interrumpirse con la aparición de coches inequívocamente marroquíes, atestados de enseres embalados en fundas de plástico y atados a la baca. El retorno de sus propietarios hacia la Europa próspera tras unas vacaciones sin duda apuradas ponía un inevitable halo de tristeza en torno a la negrura del paisaje. Sólo paramos para repostar y llamar por teléfono en la provincia de Ciudad Real y antes de iniciar la subida del Cebreiro. Muy poco después de las dos de la tarde, estábamos en la clínica POLUSA en la que un dolorido y retorcido Daniel esperaba que lo llevasen al quirófano para aliviarle la carga de un trozo de tripa infecto. Eso ocurrió a las cuatro de la tarde. Tres cuartos de hora después, operado y reanimado, con excelente aspecto y bastante poco postrado para lo que sería de esperar, Daniel estaba de nuevo en su cama. Compartía la habitación con un viejo de la Mariña lucense, llamado Gerardo, con síntomas de inicial demencia y con alma, corazón y vida orientados en sentido único: el que va del coro al caño. Nos hizo partícipes de sus temores a ser secuestrado y que nadie pudiese pagar su rescate, porque los más de cuarenta millones con que contaba estaban depositados en una cuenta bancaria unipersonal. Soltero y solo en la vida, nada quería compartir con sus sobrinos que, como buitres carroñeros, avizoraban la evolución de sus achaques. Había sido reclutado por el ejército rebelde en la leva del 36, para anidar piojos y recibir un balazo en la mano izquierda en el Escamplero, muy cerca de Oviedo, en la que fue decisiva y sangrienta batalla. La parcial mutilación sufrida, junto con alguna vejación anterior de un falangista matón de su pueblo, le dejó en el ánimo una inquina perpetua contra el franquismo, que no le impidió más tarde alistarse en el cuerpo de artillería y hacer carrera, como chusquero, hasta alcanzar el grado de subteniente, con el que pasó a la reserva y comenzó a percibir una substanciosa pensión, que, unida a sus haberes de mutilado de guerra, le redondea unos ingresos mensuales más que generosos. Daniel no se creía la elevada cifra y él le mostró los cajetines de cobro, extraídos de una cartera arrugada y mugrienta, que probaban fehacientemente que no hablaba a humo de pajas. Se definía como antifascista y anticomunista, pero su mente era monotemática: un coño de dimensiones gigantescas ocupaba toda su capacidad craneana. Relataba, o fantaseaba, portentosas hazañas amatorias con viudas, esposas de marinero ausente, campesinas excitadas por los golpes del azadón sobre la tierra, monjas exclaustradas, taberneras sedientas y otros frutos frescos de la mar. Repetía una y otra vez los mismos argumentos y ocurrencias, pero su monotonía no era estorbo para que Daniel sufriera ataques de risa que provocaron la apertura parcial de su herida quirúrgica. Ni siquiera Mariné y yo pudimos evitar ocasionales carcajadas apenas reprimidas. Asaeteaba de requerimientos a las auxiliares de clínica que, en general, se tomaban la cosa con divertida resignación. Había, sin embargo, una, obesa y bragada, que le plantaba cara con acrimonia. “¡Que mala leche ten esta!”, farfullaba Gerardo en su castrapo habitual. “Daniel, esta noite vamos triunfar e ti vaste estrenar”, era otra de sus monsergas. “Eu xa teño preparado o palo da vela para navegar”, remataba en indudable arrebato poético. La primera noche, Sara y yo nos fuimos a dormir a unas dependencias que tiene el Balneario de Lugo dos kilómetros más allá de su casa matriz. Mariné, no sin cautelas por la compañía, se quedó con Daniel. El día siguiente era sábado y fui a Furelos para recoger los bártulos de Daniel y a llevar a Sara a Santiago para que allí tomase el autobús de Avilés. Comimos a lo ejecutivo pobre en el Gasthoff de Área Central y, de regreso me paré a ver el Castillo de Pambre, rodeado de maleza, y la iglesia románica de Vilar de Donas, en la que se estaba celebrando una boda. A la vuelta, Mariné me informó de la visita del Jefe de Servicio de Juventud, que ya el día anterior se había portado de manera excelente, regalándole a Daniel revistas de pasatiempos e interesándose en todo momento por su evolución. Las monitoras del campamento también tuvieron una actitud ejemplar, en especial la que se quedó con Daniel en la clínica mientras nosotros viajábamos desde Ronda.

Por la noche, Daniel estaba totalmente recuperado y nos pudimos ir a dormir al balneario, con el consiguiente regocijo del infante, que ansiaba quedarse a solas con Gerardo para poder disfrutar sin vigilancia paterna de la cháchara sicalíptica de Gerardo. Lo de infante tiene su razón de ser. Gerardo recibió una llamada de un sobrino y le dio a éste cumplida cuenta de que estaba magníficamente acompañado de un abogado, una profesora y un infante de marina “un pouco maleducado”, a quienes iba a nombrar herederos –añadió con mala baba. A Daniel, por otra parte, le tenía reservada una sobrina, hija de su interlocutor, de diecisiete años, “cuns peitos de gloria”.

Pasamos buena parte de la mañana del domingo en la clínica, pero al mediodía nos fuimos a dar un paseo y a comer a Lugo, la bella desconocida de Galicia. Me había casi olvidado yo de que el recinto intramuros de la ciudad tiene un singular y recoleto encanto. La plaza del Ayuntamiento y sus calles aledañas, la catedral, románica, gótica y barroca, las edificaciones de blancas galerías… En un mesón de la Rúa Nova, nos dieron muy bien de comer a un precio muy razonable. Después de una breve siesta, giramos visita de inspección a la clínica y, al caer la tarde, volvimos a Lugo para repetir el mismo programa mañanero.

A última hora de la mañana del lunes, el llamado doctor Arija, un médico melifluo, flaco y de bigotes gatunos, dio el alta a Daniel, pero la burocracia, la incuria y la charleta del personal de oficina nos impidieron salir hasta casi las cuatro de la tarde, y eso porque a Mariné se le ocurrió bajar hasta la sala de administración, que, de lo contrario, nos daban allí las del crepúsculo. Gerardo se quedó algo triste y se resignó a aceptar la prolongación de su ya larga estancia en aras de la definitiva curación de su exacerbada herida diabética. Nosotros tomamos la autovía para llegar a Avilés sobre las siete de la tarde, no sin antes soportar una caravana de mil puñetas –fin de semana largo- entre Luarca y Soto del Barco. Con este traslado concluyen el viaje y su crónica.

Instinto de Inez (2001)


Hace aproximadamente un año, reseñé, entusiasmado, la lectura de Los años con Laura Díaz, de Carlos Fuentes y, en la reseña, lamentaba no haber leído nada del autor mejicano y prometía frecuentarlo mucho más. No es de extrañar, pues, que me haya hecho con su última novela nada más aparecer en los escaparates de las librerías.

Dos relatos, aparentemente muy distintos, se superponen y, finalmente confluyen, en esta novela singular: por una parte, el permanente y ¿deliberado? desencuentro entre el brillante director de Orquesta Atlan Ferrara – indiscutible trasunto de Sergiu Celibidache – y la soprano mejicana Inez de Prada, en sucesivas y distanciadas interpretaciones de La damnation de Faust, de Berlioz; por la otra, el primigenio encuentro de lo que bien podría ser la pareja originaria, que sucesivamente va descubriendo la cueva cobijadora, la expresión artística, que nace de la necesidad de manifestar y llamar al otro, el viaje nómada, la crueldad de la sociedad políticamente organizada, la huida y el eterno retorno. ¿No es, acaso, también este el periplo que recorren los civilizadísimos artistas Atlan-Ferrara e Inez de Prada? ¿No es el sello de cristal el testimonio de la continuidad que identifica las peripecias?. ¿No son e-de, e-me los gritos elementales que claman por la necesidad del encuentro? ¿Qué fue del joven rubio de la vieja fotografía ¿mutilada?.

Decir una palabra más sería empezar a sustraer emoción al lector sucesivo de esta notabilísima alegoría. Dejemos, pues, aquí la glosa.

Identidades asesinas (2002)


Este espléndido ensayo del escritor francolibanés (o líbano-francés) Amin Maalouf debería figurar, recomendado por las Naciones Unidas, como lectura obligatoria en todas las escuelas del mundo. No se me escapa que incluso el adjetivo obligatoria puede disonar un tanto del tono general del libro, pero aún así, me ratifico en lo dicho, y que la liberalidad de Amín sepa disculparme.

Creo recordar que fue Dürrenmatt quien plasmó aquella frase lúcida y tremenda: “es triste una época en la que resulta necesario luchar por las cosas evidentes”. Maalouf da un paso más y desea que tales evidencias, que ahora escribe, sean vistas como obviedades por sus nietos y sea entonces su libro del todo innecesario y superfluo. La persona que me lo prestó, después de finalizar su lectura subrayada y aquiescente, estampó un mayúsculo AMEN, que yo suscribo como remate de una oración laica (y algo descreída) por todos nosotros y nuestros descendientes.

¿Puede alguna persona, en su sano juicio, discrepar de ideas como que cada ser humano es un irrepetible y singular conglomerado de pertenencias e identidades, que lo hacen único y que no pueden reducirse a ninguna de ellas en particular, o que el riesgo de las pertenencias e identidades así reducidas para ser compartidas por la tribu es el de la exclusión, la negación y el exterminio de “los otros”, a poco que se sientan amenazadas?. ¿Qué son los nacionalismos, las guerras de religión, las limpiezas étnicas o los victimismos sino agresivas y destructivas afirmaciones tribales?. ¿Debe significar, necesaria y resignadamente, la hegemonía política, tecnológica y cultural de occidente, el arrasamiento del resto de las culturas locales? .¿Cuáles son los remedios y las actitudes, individuales y colectivas, para impedir sin violencia suicida ni aceptación claudicante que tal suceda?. ¿Por qué, frente a uniformidad, debemos oponer universalidad?. Estos y otros muchos vitales interrogantes son los que Maalouf nos plantea y se atreve a responder con honestidad, liberalidad e inteligencia limpia.

Cúmpleme sólo señalar algo que no es una discrepancia, sino una muy personal y subjetiva observación de matiz: Maalouf es todo lo contrario de un ingenuo, de un cándido en el volteriano sentido de la palabra, pero, con todo, se me antoja que hay en él algo de angélicamente optimista (aunque sea el sano optimismo de la razón) y echo de menos algún pequeño grano más de sal agnóstica, volteriana y - ¿por qué no?- “luciferina”.

Hannibal (2001)


El conocido tópico de las segundas partes no resulta aplicable a esta continuación de las malignidades del monstruoso protagonista de El silencio de los corderos. Un Hannibal Lecter, huido de las mazmorras y libre de bozales, pasea su diabólica figura por las prestigiosas y bellísimas calles de Florencia. Su partenaire, en rol actual de obligada perseguidora, es una Clarice endurecida y aún más sabia, pero igualmente marcada por una imperturbable rigidez moral presbiteriana, aunque en absoluto lastrada ya por su condición de pueblerina. Las bachianas Variaciones Goldberg siguen ilustrando el perverso refinamiento del malvado, reforzadas ahora con un ingenioso y, pese a todo, bello pastiche operático, especialmente compuesto para la ocasión por Hans Zimmer sobre la Vita nuova de Dante. O sea, que tenemos, corregidos y aumentados, todos los componentes y aderezos que hicieron de El silencio de los corderos una película memorable, tratados aquí con aún mayores pretensiones estetizantes y aún más declarada vocación de refinamiento. Todo ello no mejora – ni tampoco empeora – la obra primera: la continúa de modo artero. El forzado final hace presagiar una tercera parte a la que podemos augurar, si se produce, idéntica suerte comercial que a sus antecesoras.

Las truculencias son más audaces, aunque no de tan tremendo impacto como algunos impresionables predican: ni sanguinolentos colmillos retorcidos de jabalíes enfurecidos, ni destape de bóveda craneana son para provocar infartos.

Magistral, como era de esperar, el curtido Anthony Hopkins y muy convincente, además de hermosísima, la semipelirroja Julianne Moore, que interpreta con eficiente y erótica contundencia a la Clarice a quien antes diera vida la soberbia actriz, de aspecto más frágil, llamada Jodie Foster. Como secundario de lujo, aparece Giancarlo Giannini, que encarna al codicioso y desdichado comisario florentino que tiene la mala fortuna de encontrar a Lecter en su mediocre vida y la osadía insensata de intentar sacar provecho del encuentro.