
Magdalena Kozená - Mozart
Sigo como propagandista desinteresado de las estrellas de Deutsche Gramophon. Mis querencias son demasiado evidentes. Por eso mismo, me recreo en hacerlas públicas, sin beneficio (ni oficio).
Ocurrencias más o menos gratuitas, irregulares desde luego,antojadizas y arbitrarias alguna vez, respetuosas siempre, salvo exabruptos ocasionales provocados por agentes diversos.





Los numerosos aficionados a los paralelismos, equidistancias, simetrías, convergencias extremeñas y demás caprichos geométricos han tenido estos días ocasión muy propicia para darle gusto a su poco simpática querencia. Con motivo de las exequias fúnebres de uno de los más detestables asesinos políticos del siglo pasado, un nieto del puerco sanguinario y otro nieto de una de sus víctimas han dado rienda suelta a sus humores, para gloriarse uno de la infamia de su ancestro y para escupir el otro sobre el abominable fiambre del ejecutor del suyo: ancestro infame y ejecutor abominable son la misma odiosa persona, al fin extinta e incinerada (con el consiguiente riesgo de contaminación). La ruindad equidistante, con gesto de hipócrita atrición, nos vendrá a decir que uno y otro, aunque con muy equivocadas maneras, han expresado vehementemente el amor a sus antepasados. Añadirán que uno lo hizo impecablemente vestido de impoluto uniforme blanco y el otro hecho un arrapiezo, y que el primero no traspasó el umbral de la buena educación mientras que el segundo gastó un gesto de rufián de taberna. Melifluamente, invocarán también el respeto que se debe a los muertos y a las ánimas del purgatorio. Bien se ve que la centrada equidistancia ya se nos va desviando un tanto y que el fiel amenaza con descompensaciones y desvíos. Pero da igual, porque los ilustres equidistantes seguirán equidistantemente satisfechos, con la enorme satisfacción del deber cumplido en su ardua tarea de romanadores. Nada peor le puede ocurrir a un equidistante que ponerse en el lugar moral de la escena que sopesa: distinguir entre víctimas y verdugos es un error físico intolerable en un sistema de pesas y medidas que se precie de científico y objetivo.
Observen bien que el nieto de la víctima da la espalda a un paredón. Cada hombre y cada cosa, en su lugar. Descansen.

Confieso mi afición a los dameros malditos de Virginia Montes, heredera en la labor de su señora madre, Doña Conchita, que ya entretenía los ocios de mi juventud, desaprovechada en solucionar pequeños enigmas poco o nada edificantes. Acabo de resolver el que hoy publica, como todos los domingos, el diario EL PAÍS. El texto "oculto" es del fabulista y alto funcionario ilustrado Tomás de Iriarte, una letrilla ingeniosa que dice así:
Releo mi entrada del día 25 de octubre Disuelta en humo. Es el texto de la parte que tuve en la presentación de la novela de Fernando Bartolomé. El propio autor me ha informado de que a algunos de sus amigos de deportes, mesa y mantel les sentó como un tiro mi supuesta soflama, entendida por ellos como un mitin republicano, radical, sectario y rencoroso. Añadieron, al parecer, que no se fueron del acto por consideración a la amistad que les une con el novelista. Metidos en faena, podrían haber manifestado - no me consta que lo hayan hecho - que, por idéntica razón, no me partieron la cara. Hace muchísimos años que estoy convencido de que esta gente no es que no entienda nada: decididamente, no les da la gana de entender nada. Estar intelectual y afectivamente a favor de la defensa de la legalidad republicana es, en el peor de los casos, una legítima toma de partido y, en el mejor, un ineludible ejercicio de decencia histórica. Si manifestar tal posición de principio resulta radical y sectario, el fiel de la balanza pierde su sentido de equilibrio físico y se torna en puñal homicida. Si caracterizar al franquismo por sus facetas menos sanguinarias es rencor, el recuerdo es una función neuronal superflua que nos obliga a gritar ¡Viva el Alzheimer!. Como bien dijo Fernando en el mismo acto, nada digno y noble se construye desde el odio. Por eso mismo, estos señores nos lo están poniendo muy difícil a todos. Es tristísimo pensar que la dichosa guerra civil lleva camino de no acabarse nunca.
Porque Ulrika es constitutivamente fea de cuerpo y de alma , de rostro y de talle, por detrás y por delante, por arriba y por abajo. Tiene pujos de plutócrata e ínfulas de gran señora. Amante del protocolo helvético, orna sus convites de melindres y frufrús, de gollerias y delicadezas muy ricas en colesterol. Esta riqueza de lo superfluo se extiende por todos los ámbitos ulrikenses. Porque Ulrika es rica y presume de rica, es tonta y presume de tonta, es mala como un dolor y presume de bondad franciscana. A Ulrika se le llena la boca de pâté de fois y de proyectos empresariales ambiciosos y muy modernos. El primero enriquece su obesidad, los segundos empobrecen a sus clientes y proveedores. Hipócrita, falsa y dañina, se regodea en la insidia marrullera y el pellizco de monja envenenado. Miente más que caga, aunque caga toneladas cúbicas de mierda amarillenta y viscosa: comenzó siendo sólo pedorra pero fue mejorando su arte hasta el virtuosismo. Miente por mentir y por chinchar, pero, con más inteligencia, podría llegar a ser una profesional de la trapacería y del embuste productivo. Apunta maneras para el rijo y la ninfomanía, pero su fealdad y su condición de divorciada cornuda la mantienen en estado perpetuo de castidad obligada. Alcanza sus mejores logros en el pasmo de papanatas y advenedizos.
conviene y se adecua al alma retorcida de mi retratada como la vaina al puñal. El marido de Calpurnia no escribió La Guerra de las Galias porque tampoco sería capaz de escribir con la mínima solvencia exigible la croniquilla de un partido de fútbol de segunda división. Esta circunstancia encorajina inconfesable e inconfesadamente a Calpurnia, cuyo carácter se agria más y más según declina su vigor hormonal. No es Calpurnia escasa de luces, pero su inteligencia se ve dañada por la acidez de los humores. Es sumamente infrecuente y difícil oir de Calpurnia una frase amable o un comentario benevolente. Calpurnia se cuece en su propia salsa avinagrada y morirá con un rictus de inquina sorda y de livor en los labios.
Es totalmente asexuada, pero gusta de imaginarse, como Manon, in quelle trine morbide. Carece del más elemental sentido común, lo que no le impide intentar, y en ocasiones conseguir, gobernar la vida de cuantos le rodean. Una dulzura impostada, ultrasuave y sumamente cargante disimula apenas la abrasividad de una lija del nueve. Autoritaria, egocéntrica hasta el ombliguismo, desconsiderada y fatua, pretende convencer al mundo de su preocupación por el prójimo, su desprendimiento y su liberalidad. Más cursi que la niña de la estación, exhibe pujos de buen gusto artístico. Posee un piano de cola que ocupa toda una pieza de su casa y cuyas teclas esperan a perpetuidad la mano de nieve -por lo fría- que les arranque el primer compás. Metidos en becquerianos gastos, debemos señalar que alberga la firme convicción de ser la destinataria nata de la rima que comienza con eso de Cendal flotante de leve bruma..., pero su sutileza y su espiritualidad se parecen más a las de la señorita de Trevélez que a las de la Laura de Petrarca. Atacada del síndrome de la divorciada cornuda, se reconcome y complace en putear a su "ex" y en hacerse acompañar de chevalier servant, que le sirve tan solo como animal de compañía, sin los derechos de la más humilde mascota. Hipocondríaca hasta la desesperación, pronuncia conferencias médicas ilustradas, practica el intrusismo recetando pócimas y recomienda profesionales sufridores de su entera confianza. Para reforzar su autoridad, no duda en presentarse, una y otra vez, como cardiópata avezada. Por si tales prendas fuesen escasas, el mayor pelmazo del mundo palidece ante las supremas habilidades en el arte de dar la vara de esta dama singular, que paga las facturas telefónicas más abultadas de la Europa comunitaria y se hace esperar más de hora y media en todas y cada una de sus citas y compromisos, incluido el compromiso político, del que hace bandera agresiva. Last but not least, la señora ha entrado ya en la sesentena.
, tengo la nulamente documentada impresión de que no hay demasiados cristianos viejos por ninguna de las ramas ascendentes por la que se tenga el capricho de trepar. Que yo sepa, niguno de sus actuales parientes más próximos profesa religión alguna. Bienvenido seas, muchachito. Estás en buenas condiciones de crecer libre y feliz, incluso en un mundo tan baqueteado como éste en el que nos está tocando vivir. Prometo poner todo lo que esté en mis manos para que así sea. Se te ve un rostro más diferenciado de lo que suelen estar los de los mamoncillos de tu edad y condición. Consérvalo y mejóralo, incluso después de los cincuenta, edad a partir de la cual, según se dice, cada quien tiene la faz que se merece. Después de los cincuenta y después de los ciento cincuenta, porque, como dice el conocido chiste, para qué poner límites a la divina providencia. Brindo por tí.
Esta señora que hoy vemos, queridos niños, como ilustración fondona y abotargada del sic transit gloria mundi, fue, como podeis observar, mujer de belleza singular y rotunda, con un tirón erótico capaz de mover la entera dotación logística de RENFE. Este juguete roto, que sobrevive de la avidez de las revistas de la entrepierna, encandiló los más tórridos sueños de la generación de mi padre y de la mía propia, en un tiempo en que la mugre verdinosa y grisácea del franquismo hedía con particular acritud. Este icono vivo de la mariconería ibérica y mundial cantaba con excitantísima voz de fregona constipada y cursi los cuplés más socorridos y hacía de ellos baladas lánguidas y libidinosas que nos ponían como una Harley Davidson. Este ser patético y vulgar se pasó por la piedra, según cuenta en sus memorias -y me cuesta creer que mienta- a lo más granado de las ciencias y de las artes, desde Gary Cooper hasta Severo Ochoa, desde Hemingway a su marido Anthony Mann. En ocasiones, se empeñaba en disfrazarse de gran dama, pero su encarnadura era más de putón verbenero que de chulapa castiza o de marquesona candonga, y aún con todo y eso levantaba los corazones y demás órganos vitales con mayor y mejor eficacia que el más vigoroso estimulante con sólo dejarse ver. Tenía el alma plebeya y el instinto proletario, antes de convertirse en pasto de logreros. Fue, en fín, mujer de rompe y rasga, de armas tomar y no de pelo en pecho sino donde se debe tener.
Van en orden cronológico inverso los comentarios sobre el recital de Isabel Rey, que tuvo lugar ayer, sábado y día dos y sobre Il Comte Ory, que se representó el viernes, día uno. Vaya en primer lugar una opinión que no suscribe una porción no demasiado escasa del público: me encantó la puesta de escena de Lluis Pasqual. A quienes piensan que una historia bufa de sabor medieval, con cruzados ausentes, damas aburridas, seductores torpes y lances equívocos no se pude ambientar en un lujoso salón con arañas cristalinas, mesas de billar muy historiadas, cortinas propias de la marquesa de La Regenta y vestuario rigurosamente actual, sólo desmentido por las imprescindibles tocas monjiles y los expresivos cascos de capirote, les pido humilde licencia para replicar que tales decorados forman parte de una brillante, irónica, desvergonzada y adecuadísima intención narrativa. Nada impide imaginar que unos ricos burgueses ociosos se están contando a sí mismos un ensiemplo chocarrero, una decameronada chunga y chusca, una juerga alegre y disparatada en la que nada es verosímil, pero sí muy divertido y risible. Los abundantes guiños, a pesar de ser muy obvios, refuerzan la comicidad de las situaciones. Como el burlador es un cretino y debe resultar justa y necesariamente burlado, como las damas virtuosas tienen su virtud muy a punto de caramelo, todo debe decirse como se dice y presentarse como se presenta. Como todos los personajes están al cabo de la calle de lo que está sucendiendo y va a suceder, nadie necesita evitar la trapisonda. Y en esa trapisonda, el salón decadente queda de lo más propio.
Por comprensible capricho, los organizadores del festival Mozart quisieron rematar el de este año con una sesión monográfica del valenciano Martín y Soler, contemporáneo de Mozart, a quien el genio tenía en muy buena consideración. El rito fue oficiado por la también valenciana Isabel Rey, habitual de la casa y elegida por Harnoncourt para algunas grabaciones mozartianas.


Creo que fue en 1972 cuando se publicó en Nueva York esta novela tan referencial, en cualquiera de los sentidos que al adjetivo se le pueda y se le desee dar. Creo también que la edición de Mondadori, recién aparecida en el mercado, con traducción de Jordi Fibla, es la primera que se publica en España. Si así es, sorprende bastante que se haya tardado treinta y cuatro años en dar a conocer a los lectores españoles este inquietante relato