Sunday, July 08, 2007

El amargo don de la belleza (1997)


La vocación egipcíaca de Terenci Moix viene de lejos. Él mismo, en alguna ocasión, se hizo llamar Terenci del Nilo y obras como Sinuhé el egipcio o películas como Cleopatra o Los diez mandamientos forman parte de la dieta cultural de adolescencia más cara a sus aficiones y sentimentalidades. No se puede decir que no haya sacado un copioso provecho de su querencia. Con No digas que fue un sueño obtuvo el premio Planeta y un éxito de ventas sin precedentes ni tan siquiera en la prolífica editorial patrocinadora del premio. Con El amargo don de la belleza gana el premio Fernando Lara, de la misma editorial, y alcanza, sólo en la primera edición, la cifra de cuarenta mil ejemplares. Actualmente, presenta en televisión un programa sobre egiptología y egiptólogos, cuyos índices de audiencia desconozco, pero me atrevo a aventurar que no son escasos.

El trasfondo histórico de la novela es la revolución religiosa de Akenaton, con las libertades y licencias que son de rigor en una obra de creación y que el autor justifica plenamente en un epílogo no del todo innecesario. Como no podía ser de otra manera, tratándose de quien se trata, la reina Nefertiti es el personaje central de la narración y el objeto del amor obsesivo del personaje narrador, el pintor cretense Keften, supuesto compañero de juegos de los futuros reyes del culto monoteísta al sol, bienamado de mujeres, hombres y hasta de su propio hijo. La fugacidad de la belleza, el carácter perecedero de la creación artística, el amor como fuerza invasora, la pederastia (el erómano y el erasta) son temas muy terencianos y son, por supuesto, temas principales de la novela que nos ocupa, a la que no faltan pinceladas de humor de fabricación casera y zascandilerías de marca del autor. La novela se deja leer con facilidad e incluso con gusto, de modo que, sin ser una obra maestra del género, consigue que este humilde lector no abandone su vieja debilidad por el ya talludo niño que irrumpió con El día que murió Marilyn, obra esencial de Terenci, que junto con los tres volúmenes aparecidos de su autobiografía, sigue siendo lo mejor de su producción variopinta y múltiple.

El amante lesbiano (2001)


La colección llamada areté, promovida por las editoriales Plaza y Janés, Lumen y Debate, parece albergar la sana intención de reunir volúmenes de pretensión vagamente estetizante y con cierto barniz de erotismo suave, asumible por públicos de muy diversa edad y condición. El año pasado se lanzó con Ciudadano Sade, de Gonzalo Suárez, ya comentada en esta colecta de reseñas, y este año inunda los quioscos y librerías con la última ofrenda del excelente economista y exitoso escritor José Luis Sampedro, que tan simpático sabe hacerse a las generaciones de sus hijos y nietos. Anteriores trabajos narrativos del viejo profesor, como La sonrisa etrusca o El río que nos lleva, lo avalan como narrador de muy atractivas y bien pergeñadas historias, que concitan a un público numeroso y, en muchos casos, devoto. No seré yo quien oficie de detractor del hacer literario del ilustre estudioso ni de los gustos de sus lectores, entre los que, con satisfacción y orgullo, me cuento. Pero no puedo menos que lamentar que esta su última eyaculación literaria esté destinada a ser tan estéril como las que la Biblia atribuye al viejo Onán. Hay demasiada ingenuidad, ideológica y narrativa, en este postrero sueño o visión última. El anciano protagonista, que en la alucinación final del momento de la muerte da cumplida forma a sus más íntimos anhelos y se salva de sus más constrictoras frustraciones, constituye un pretexto literario tan válido como otro cualquiera, pero también tan fallido como el que más. Una lástima, porque ninguna de las ideas, brillantísimas, que menudean en el relato, incluida la principal del varón constitutivamente lesbiano, tendría porque fracasar como motor y combustible de una narración que, sin embargo, se queda apagada y traqueteante, llena de excelentes propósitos, pero horra de consistencia, empuje y vida. Extraña también esta enervación en un autor tan vital como don José Luis, quien por su impetuosa juventud octogenaria se encuentra aún en perfectas condiciones de regalarnos con otras historias de mucho mayor brío.

Después de la pasión política (2000)


Hace unos cuantos años que vengo siguiendo, periodísticamente, a Josep Ramoneda, a través de sus lúcidas y esclarecedoras colaboraciones en El País. Sus artículos de opinión rara vez dejan de ser convincentes y no pocas veces resultan incluso definitivos sobre la cuestión tratada. Ceñidos, por razón de espacio y de oportunidad informativa, a la inmediatez del momento, jamás se les podría tachar de superficiales, de anecdóticos o de oportunistas, ya que siempre van más allá del mero acontecer comentado y constituyen material rico de reflexión teórica y práctica. Josep Ramoneda es citado por Solé Tura en su autobiografía como uno de los brillantes impulsores y teóricos de aquél movimiento llamado Bandera Roja, que lideró el propio Solé. Esta experiencia política práctica, unida a su sólida formación filosófico – política, le hace especialmente apto para llevar a cabo esta tarea de reflexión sobre el actual estado de cosas, posterior a la resaca, al desencanto, a la fatiga o al embotamiento de la apasionada actividad política resistente o militante. Felizmente extintos los rescoldos del fuego activista, la amenaza de la globalización y los convergentes proyectos de universal aplanamiento y dirigida uniformidad, que tienden a convertirnos en ciudadanos NIF, en consumidores anónimos, en hormigas de la mundialización, hace urgentemente necesaria la reivindicación de lo político como factor esencial, irrenunciable y vital para la supervivencia de la ciudadanía como condición del individuo para su plenitud humana, personal y societaria. El haber decretado el final de la historia no hará de Fukuyama el filósofo definitorio del siglo, pero las consecuencias que de su doctrinarismo se derivan no son meros fantasmas para asustar, sino asechanzas reales a las que se debe oponer el coraje de la razón cívica para mejor preservar al individuo y a su irrenunciable singularidad en el concierto de la ciudadanía.

No es nada ocioso, en este contexto, dedicar todo un capítulo del libro a Camus y a su indómita voluntad de afirmación del individuo. Algo más retórica y obediente, tal vez, a las afinidades del autor es la referencia a Glucksmann y a Fielkenkraut. Y después de leer la larguísima entrevista de Vázquez Montalbán al subcomandante Marcos pude parecer injusta la cruel alusión a éste y a sus beatos jaleadores occidentales. Pero, en cualquier caso, el libro de Ramoneda constituye una aportación fundamental al necesario debate político que las circunstancias demandan a gritos.

El Daño, de Sealtiel Alatriste (2000)


Las hipótesis de Sealtiel Alatriste sobre la influencia de Julie Löwy, madre de Franz Kafka, en su hijo o, más precisamente, el daño que el vaciamiento anímico de la madre inflige en el corazón del hijo y es causa de la consunción de éste, víctima de su propio fuego interior, a la vez creativo y mortífero, tiene, en la opinión de este humilde escribidor de reseñas, poca entidad para constituir el soporte único de una novela de regulares dimensiones. Con este pie forzado, resulta imposible desarrollar una trama sin reiteraciones pesantes, sin circulares recorridos que empiezan y terminan en el mismo origen del conflicto, sin agobiantes sensación de estar mil veces apurando las mismas heces del mismo cáliz, todo lo cual puede ser avant la lettre kafkiano, pero difícilmente narrativo.

La ejecución del Quinteto K 515 de Mozart en el Café Savoy de Praga, el compartido relato de sueños en la hora del desayuno y el consiguiente origen del relato América, entran, salen, reaparecen, se pronuncian, se retiran, vuelven a aparecer y nunca bajo un nuevo aspecto, nunca iluminados por luces de distinto color, jamás desarrollados en perfectamente posibles variaciones: ostinato rebelde, sin tregua, sin tan siquiera ampliación instrumental.

Cuando se remata la lectura del libro, se respira con alivio, pero no sólo por habernos liberado de un encogimiento del ánimo y un ahogo espiritual consonantes con el genio del autor novelado, sino también por salir, al fin, de una espiral inversa que creciera hacia su propio interior. Tal vez esa fue precisamente la intención de Alatriste. Pero si así fue, la considero fallida. No se puede ser Kafka dos veces.

Friday, July 06, 2007

Confesiones de un inglés comedor de opio (2000)




De nuevo con un clásico de la literatura universal y, como siempre, el atenazamiento del temor reverencial. Reconocido por todos como una de las cimas estilísticas de las letras británicas, elevado por Borges a la divinidad, Thomas de Quincey asombra en cualquier caso, y el asombro ensombrece la apreciación. Inmediatamente antes de habérmelas con sus famosísimas Confesiones, había leído una Antología, prologada precisamente por Borges, que incluye Los últimos días de Enmanuel Kant y otros ensayos sobre Goethe, los oráculos paganos, los tres aldabonazos de Macbeth, etc., y me habían maravillado la exquisita arbitrariedad, la sutil ironía y el finísimo olfato literario de De Quincey. Después de leer las Confesiones, sigo maravillado por los mismos méritos, pero, además conmovido por el testimonio, que en absoluto precisa de la absoluta y rigurosa veracidad para que la autenticidad de la elaborada introspección impresione con fuerza inusitada. Los abundantes excursos y las casi minuciosas digresiones que el autor nos regala, en su primera versión, no distraen en modo alguno, sino enriquecen el envolvente curso de su relato literalmente cautivador. Glosa el autor de tal manera su propio discurso que resulta ocioso cualquier comentario o añadidura y, dado que las virtudes estilísticas han sido ya múltiple y reiteradamente ensalzadas por detractores y apologistas del diminuto señor de Lancashire, con muy poco más puedo redondear la reseña.

La muy bien presentada edición de Clásicos Valdemar incluye la versión de 1821 y la ampliada de 1856, en excelente traducción de José Rafael Hernández Arias, que también prologa con cierta extensión la obra maestra. Dice la Encyclopaedia Britannica: “Unfortunately, De Quincey’s literary style in the revised version of the Confessions tends to be difficult, involved, and even verbose. His additions and digressions dilute the artistic impact of the original Confessions.” No es tal la opinión del traductor y prologuista Hernández Arias, que defiende la maestría absoluta de ambas versiones y llega a proponer que se trata de dos obras distintas y no de un original y una ampliación posterior. Pese a mi admiración fervorosa por el vehemente comedor de paraísos artificiales, mi opinión se acerca más a la de la prestigiadísima y referencial obra de consulta.

Después de esta inmersión obnubilante, ganas le entran al lector de sumergirse en Wordswordt, Coleridge y demás lakistas, tan admirados por De Quincey, e incluso de asomarse a la ciénaga del sublimador narcótico.

La sed (engendro de relato breve)


Ayudada, tal vez, por las brumas del valle del Po, Andreina Malipiero simultaneaba en Milán tres actividades bastante distintas, pero nada mal avenidas. Dueña de una tienda de artesanía en la calle Verdi, era responsable también de los cursos de literatura española contemporánea en la Facultad de Letras, y ambas ocupaciones le permitían aún escribir periódicamente narraciones eróticas, breves y suaves, para una revista femenina con pujos de cosmopolitismo y modernidad, una de esas publicaciones que sustituyeron los cotilleos sobre los famosos y las recetas de belleza y cuidados del hogar por consejos para invertir en la Bolsa de Tokio, revelaciones acerca de las verdades y mentiras del punto G, o debates en torno al futuro de las algas en la industria alimentaria y la repercusión de las fases lunares en la actitud de las ejecutivas con sus competidores en la empresa. Con todo ello, se granjeaba Andreina la relativa felicidad que proporcionan unos ingresos saneados, un reconocimiento público satisfactorio y unos ocios, comedidos y compatibles con los negocios, que no sólo no menoscababan la prosperidad de éstos, sino que la favorecían, gracias a la sabiduría calvinista de una buena administración, que incluía el aprovechamiento de las vacaciones para otros fines, además de los lúdicos y restauradores. Esta idea productivista fue una de las que circulaba por su mente cuando decidió abonarse a la oferta de estancia en el Parador de Sigüenza, que incluía la asistencia a unas interesantes jornadas artesanales sobre elaboración manual de botas de vino. El popular producto, humilde, pero pintoresco, genuino y con cierta belleza de formas podía resultar atractivo en los escaparates de su tienda milanesa.

Terminada su primera jornada entre cueros, agujas, pez y tintes, Andreina aprovechó el inicial frescor de la caída de la tarde para deambular vagarosamente por el interior de la catedral, cuya semipenumbra, apuñalada en losanges por los rayos precrepusculares que atravesaban las vidrieras, ofrecía un refugio ameno y apacible. La profunda sensación de bienestar quedaba levemente perturbada por la voz meliflua de un cura ensotanado y de maneras blandas, que guiaba, pastoreaba casi, a un rebaño de turistas de piel cruda y cabello de panocha. Las palabras del clérigo ante la escultura de alabastro de Martín Vázquez de Arce resonaban en todo el ámbito catedralicio. Aquella historia del doncel de Sigüenza, con ciertas correcciones, oportunas amplificaciones y certeros aderezos salpimentados, ayudados tan sólo un poquito por la invención de la artista, era material más que suficiente para el relato del número setembrino de la revista pindonga. Segundo beneficio útil en un solo día para nuestra andariega, voluntariosa y aprovechada dama.

Ya a la salida, en el claustro, Andreina pudo observar un grupo de gentes engalanadas, apiñadas en torno a una tarima improvisada, historiada y decorada, en la que un prócer desgranaba bellas retóricas de corte muy clásico y propiciatorio. Nuestra profesora de literatura pensó en unos posibles juegos florales y no se descaminó gran cosa. Se trataba, en realidad –ella hubo de enterarse algo más tarde- de un pregón para una grande efeméride de la Comunidad autónoma, que aquel año se celebraba en Sigüenza y contaba con pregonero de campanillas, nada menos que un poeta garcilasista, con mil lauros en torno a su despejada frente, entre ellos el codiciado y cenital Premio Cervantes. Si Andreina se hubiese demorado unos minutos más en el claustro, hubiese reconocido, sin vacilaciones, no el rostro pero sí el inconfundible estilo del vate, sobre cuyos versos ella había hecho alguna recensión. Pero decidió refrescarse la garganta con una cerveza, tomada despaciosamente en la terraza de una plazuela aledaña. Encontrar motivo productivo también para su actividad docente se le antojó excesivo. Estiradas lujuriosamente las piernas, bien libada y digerida la cerveza, se encasquetó las gafas de sol y enfiló a pie la empinadísima cuesta de acceso a las dependencias del Parador, que, haciendo alarde de sus históricas condiciones de castillo visigótico y alcazaba árabe, está emplazado en la cota más alta de la ciudad. Llegó exhausta y sedienta al Salón del Trono y se arrellanó sobe un mullido sofá, ante una mesa de cristal con revistas turísticas de papel grueso y satinado. La mitad del salón estaba ocupada por unas mesas dispuestas en herradura, sobre las que lucían apetitosos y variopintos manjares. Camareros uniformados se afanaban en servir con prontitud y esmero a una concurrencia con aires de distinción local. Andreina sintió demasiada pereza para acercarse a la barra del bar a pedir una cola bien fría, que era lo que más ansiaba en aquel momento en que la ya pretérita cerveza estaba completamente metabolizada y extinta en cualquier parte de su organismo. Así que avistó, muy próximo a su sofá, a un uniformado de talante circunspecto, algo entrado en años, que llevaba apoyada sobre el pecho una preciosa carpeta de finísima piel repujada. Sin pensárselo dos veces, nuestra intrépida heroína interpeló al figurín en estos conminatorios términos:

- Una cocacola. Pronto, por favor

El interpelado enrojeció, se mesó la frente, balbuceó, farfulló algunas palabras ininteligibles, dio media vuelta y fuese. Pocos segundos le duró la perplejidad a la Malipiero. Antes de que pudiese empezar a despotricar por la sorprendente e irritante conducta del camarero incivil, otro uniformado le explicó con oficiosidad que aquel señor era un gran poeta, que acababa de leer el pregón de las celebraciones y asistía, condescendiente, al cóctel organizado en su honor. Cuando escuchó el nombre del laureado, Andreina lo situó de inmediato en el anaquel neuronal correspondiente y no pudo reprimir una carcajada entrecortada, mitad vergüenza de su propia torpeza, mitad burla de la muy escasa dotación de sentido del humor y capacidad improvisatoria del ilustre. Por un momento, cruzó fugazmente por su cabeza la idea de seducir al laureado. La desechó enseguida: demasiado aburrida, poco vindicativa y, como desgravio, más bien patético. No tardó en recordar unos ripios de intención satírica y denigratoria que, referidos al peso específico de la poesía del ínclito, había leído recientemente en unas desvergonzadas y cínicas memorias de otro escritor español contemporáneo. Pidió recado de escribir en la recepción, transcribió de memoria los versos jocosos, introdujo cuidadosamente el folio en el sobre y lo dejó a la atención de la gloria nacional. Con eso quedaba vengada y complacida. Y es que la autoestima de Andreina es inatacable e incorruptible.

FIN DEL RELATO


Tuve la osadía de enviar este bodrio al concurso anual de relatos de Paradores de no sé si 1999 o 2000. Por supuesto, fue olvidado en el cesto de los papeles del salón de reuniones del jurado, del que formaba parte, creo recordar, la distinguidísima señora Doña Paloma O'Shea. Naturalmente, la historieta está inspirada en una anécdota real de la que puedo dar presencial testimonio.



Ciudadano Sade (2000)



Cualquiera que vea una película de Gonzalo Suárez se percata enseguida de que este asturiano de recortada barba amable es un enamorado de la literatura, un lletraferit, que dicen los catalanes. Morbo, Rocabruno bate a Ditirambo, Remando al viento… son, en efecto, películas muy literarias. Ahora que el cineasta se ha adentrado en la literatura, narrativa, por más señas, podría ser de esperar, aunque no fuese rigurosamente necesario, que su relato resultase muy cinematográfico, en justa correspondencia con la literariedad de sus películas y como consecuencia lógica de una sana (de)formación profesional. Y así es: responde a la expectativa y no sorprende. Ciudadano Sade está repleta de encadenados, fundidos, contrapicados y hasta travellings y planos-secuencia. No se vaya a pensar que estamos ante un guión cinematográfico camuflado. Nada de eso. Ciudadano Sade es una novela muy rigurosa, cargada de erudición y buenas maneras. Las referencias literarias son tan abundantes que incitan a ponerse pedante y hablar de metaliteratura. Con todo este material, con todas aquellas técnicas del lenguaje cinematogáfico (sin olvidar la voluntad de estilo, literario, por supuesto) y con una fascinación indisimulada por el personaje histórico narrado, Gonzalo Suárez urde una buena trama en la que no falta como antihéroe un policía (de costumbres, para mayor escarnio). En resumen, un bello entretenimiento, que se deja leer con facilidad no exenta de goce, que no es poco. El ejemplo puede cundir sin riesgos.

Otra brevería cinéfila. El cineasta, en este caso, hace literatura.

Cómo canta una ciudad (1999)



El centenario del nacimiento de Lorca se celebró a lo largo de 1998 con profusión de recitales, publicaciones, grabaciones, representaciones, conferencias, congresos, exposiciones y otros saraos, oportunos unos, afortunados otros, pedantes no pocos, oportunistas los más y, entre ellos, llamó bastante la atención de público y crítica el sobrio espectáculo teatral que, sobre el texto de una conferencia del poeta, pronunciada en diversos lugares a lo largo del año 1935, montó Lluis Pascual con Juan Echanove como actor, recitador y cantante único, en el difícil empeño de dar cuerpo y vida a Federico. Un actor con traje oscuro y pajarita, un piano vertical y un juego simplicísimo de luces y penumbras recrean durante tres intensos cuartos de hora uno de los muchos momentos estelares de la vida de Lorca y ofrecen una imagen del poeta perfectamente verosímil y, no por tramposa, menos eficaz y plausible. Cuando digo tramposa no me estoy refiriendo a ninguna falsedad (histórica, literaria, o de cualquier otro tipo) sino a la creación más artera que artística de un determinado clima emocional al que resulta difícil sustraerse, pese a la percepción, clara y un tanto incómoda, de estar resbalando por las orillas del tópico sentimental. Es difícil imaginar cómo se producía en realidad ese prodigio de encanto que todos sus frecuentadores aseguraban que era el juglar de Fuentevaqueros. Echanove, muy probablemente asesorado por supervivientes de la época -la menor de las García Lorca ha llegado a decir que el parecido gestual y vocal alcanza la perfección absoluta- hace uno de los trabajos más brillantes de su brillantísima carrera y llega hasta a cantar con envidiable autenticidad y espíritu las canciones populares armonizadas por Lorca, tarea ésta sólo al alcance de las más excelsos profesionales (la Argentinita, Berganza, de los Ángeles, Carmen Linares, Camarón) y en la que se estrellaron estrepitosa y estomagantemente otros como la insufrible Ana Belén. En resumen: una velada gratificante, muy gratificante, a pesar de todos los pesares.

Chulas y famosas (2000)


La tercera parte de la trilogía que Terenci Moix inició con Garras de astracán y continuó con Mujercísimas participa del irreverente y sanamente desvergonzado despendole de sus antecesoras, no corrige, pero aumenta, la vocación de escarnio y ludibrio y remata la faena del puteo nacional con divertida y cáustica comicidad. Dice Pere Gimferrer en el prólogo a la obra –y no seré yo quien contradiga al ilustre académico- que “el poderío de la imaginación del escritor y su lozanía expresiva se mantienen del principio al fin e imprimen al texto el ritmo de una kermesse cuyo protagonista no es ninguna de las grotescas figuras –gárgolas o cohetes de girándula - que pasan fugazmente por sus páginas, sino el habla: como en las sátiras de Persio, cuanto aquí existe, existe por el lenguaje”. Imposible decirlo mejor. No obstante, creo que la esplendorosa traca verbal con que Terenci nos celebra este fin de fiesta cumple, como toda buena construcción, una función ornamental, además de la esencialmente constitutiva. En efecto, Miranda Boronat y sus ochenta mejores amigas, el pérfido barón Parbleu, Myrna Lamour, y tutti quanti figuran en el reparto de este vodevil grotesco, nada serían sin el peculiar hablar y nada y todo decir que les conforma y da vida, pero las piruetas léxicas que los definen y desgranan su absurda peripecia son fino oropel y pedrería brillante que deslumbra como el decorado más imaginativo y deliberadamente kitsch que pudiera ocurrírsele al escenógrafo más atrevido y burlón.

Organizar un viaje múltiple a Manila para contratar fámulas y niños putos para deleite de obispos, recalar en Praga para copiar los modelos del vestuario del Niño Jesús, hacer escala en Londres para peregrinar al santuario de Lady Di y volver a Madrid y Sevilla para conspirar en contra y a favor de una boda de campanillas sólo tiene los pies y cabeza que alguien tan sabio como Terenci Moix sabe colocar a los estafermos más informes. Algo de bambolla crítica de necias ferias de vanidades sobra en este espléndido conjunto, pero es éste pecado muy venial, que se le perdona al autor sin necesidad de ser indulgente.

Con desfachatada rechifla, se permite el noi del Peso de la Paja advertir que “todos los personajes y prototipos que aparecen en esta novela, así como sus nombres, apellidos, situación social y relaciones sentimentales, profesionales, de amistad o parentesco son fruto de la imaginación del autor”. Faltaría más. Como que los referentes reales - y perfectamente reconocibles- de tales personajes y prototipos (artistas, top-models, aristócratas, presentadoras de televisión, adivinos, futurólogos, jet-set y demás fauna de las revistas de la entrepierna) son muchísimo más cutres y grises que las criaturas de la novela. Gocen y rían, amigos.


Sirva esta brevería como minúsculo homenaje al elegido Terenci (Ramón) Moix. Hace dos años, le tributé otro visitando su museo en el barcelonés barrio chino. Gaudium aeternum dona ei, Cupide.

Chocolat (2000)


En esta bonita fábula hay también, además de edificantes moralejas, personajes y materiales de cuento infantil: hay caperuzas rojas de vocación nomadesca, hay lobos feroces ultramontanos, hay abuelitas enfermas, bondadosas y algo cascarrabias, hay galanes apuestos, hay cenicientas maltratadas …Con todo ello, y merced a un notable talento para jugar sin hacerse daño, es decir, para transitar por el territorio de las tiernas y buenas intenciones sin despeñarse por los precipicios de la cursilería o la banalidad, construye Lasse Hallström una suculenta parábola sobre las virtudes taumatúrgicas del chocolate, que es también un canto al goce de los cinco sentidos y, señaladamente, a los del gusto y el tacto. Sólo por esto último ya merece la pena, con creces, el precio de la entrada y las dos horas algo cortas de permanencia en la sala. Si además se despiertan nuestros mejores apetitos golosos sin empalagarnos y se halagan nuestros buenos sentimientos y nuestro gusto por los finales felices sin incurrir en blandura o mal gusto, ¿qué más podemos pedir?

Una Juliette Binoche definitivamente adulta y madura hace una interpretación soberbia de su feérico personaje. Le secundan admirablemente el resto de los actores, desde el que encarna al alcalde legitimista a la que da vida a la estupenda abuelita, pasando por el galán de las barcazas, la tabernera malmaridada o la bella viuda, secretaria del malo reconvertido, hija de la abuelita vivaz y madre del niño artista.

Hay en mi archivo de Word más comentarios cinéfilos -la verdad es que no muchos. De momento, he elegido éste por su brevedad. Con la sequía, es probable que recupere alguno más para la mal nutrida bitácora.

Thursday, July 05, 2007

Relatos tempranos de Italo Calvino (2001)


Bajo el título Por último, el cuervo, la editorial Tusquets ha publicado una completa colectánea de relatos breves de Italo Calvino, escritos entre 1945 y 1949, es decir, inmediatamente anteriores a sus novelas La especulación inmobiliaria, La nube de smog, o La jornada de un escrutador electoral. Se trata de narraciones de cruda actualidad de postguerra, directa o indirectamente relacionadas con la experiencia del autor como partisano, como combatiente de la Resistencia italiana contra el fascismo y la ocupación nazi. Simplificando demasiado las cosas, se les podría calificar, pues, de cuentos militantes. Sin embargo, esta calificación urgente y somera llevaría a más de uno al error de suponer que las urgencias sociopolíticas prevalecerían sobre las necesidades expresivas puramente literarias. Nada más lejos de la realidad. A propósito de otro comentario, había ya manifestado este humilde lector su opinión de que la distinción entre literatura comprometida y literatura no comprometida no implica necesariamente atribuir a la primera desaliño y calidad dudosa y a la segunda inequívoco marchamo de excelencia, de modo que sería más propio hablar simplemente de buena y mala literatura y que una y otra pueden ser comprometidas o torremarfileñas. Viene a cuento esto porque me parece a mí que estas cuasi primerizas narraciones del autor de la trilogía Nuestros antepasados rezuman talento, primor e impecable factura y alguno de ellos puede considerarse sin hipérbole obra maestra del género. El apego a la más cotidiana, triste, dura y mezquina realidad no empece ni menoscaba el altísimo vuelo expresivo que la inmensa mayoría de las páginas que comentamos alcanza. Muy sutiles sinestesias, percepciones ensimismadas de paisajes, gestos o sonidos, introspecciones imaginativas y exhibiciones de prosa lírica menudean por estas crónicas y las convierten en piezas muy singulares. Si tuviera que destacar algunas que, al mismo tiempo que de muestras de excelencia sirviesen como ilustración de lo que vengo diciendo, hablaría de la poética crudeza de Los hermanos Bagnasco, de la precisión de mecanismo de relojería de Por último, el cuervo (que presta título al volumen), de la distancia irónica, resaltada por el contraste entre deliberado sobrepulimiento de estilo y aparente banalidad de materia narrada de La aventura de un soldado, la cutre jocosidad de Robo en una pastelería…La enumeración podría continuar y muy pocos de los títulos se quedarían fuera de ella. En suma, revalidación y refuerzo de mi vieja admiración por el maestro ligur.

Rabos de lagartija (2000)


Había comenzado la lectura de la última novela de Juan Marsé a principios del verano. La interrumpí para comenzar otras, vinieron las vacaciones, me cayeron en la mano nuevos libros y hube de terminar esta obra singular y perfecta bien entrado el mes de octubre.

De siempre tuve a Marsé entre mis favoritos contemporáneos. Hace ya muchos años que Encerrados con un solo juguete me había impresionado y que Últimas tardes con Teresa me había corroborado la impresión primera. Si te dicen que caí fue definitiva: recién iniciada la segunda mitad de los setenta, esa grandísima novela me convirtió en incondicional del Pijoaparte. Las colaboraciones del maestro autodidacta en la inolvidable revista Por favor complementaron con otros matices mi admiración ya madura.

En Rabos de lagartija, retoma Marsé su universo de la Barcelona menestral de postguerra y le da una nueva vuelta al inagotable carrusel. Con acrisolado y refinadísimo estilo, con una madurez narrativa apabullante, con una sabiduría formal infinita, estructura Marsé un relato verista hasta lo brutal, tierno hasta el estremecimiento, imaginativo hasta lo onírico, que cautiva al lector con una intensidad difícil de soportar sin desasosiego. Que el narrador de las desdichadas historias del inquisitivo adolescente David y su desdichado, obeso y mariquita amigo Paulino, del amor resignado, que nada redime, del retorcido policía Galván por la nada resignada maestra pelirroja y de esta por su marido forajido, el ácrata Victor Bartra, con la imagen siempre viva del heroico piloto irlandés, sea el feto que flota en el vientre de la pelirroja, no es una argucia caprichosa. Se trata de una utilísima metáfora y de un instrumento literario de eficacia certera.

La reparación de la culpa mediante la entrega a la verdad sin retoques posibles ni concesiones a ninguna moral, sea ésta de venganza, de supervivencia o de estricta justicia, constituye el trágico epílogo de esta nueva pieza maestra de este barcelonés, que a los sesenta y muchos años cumplidos, conserva la clara y limpia visión del más tierno y golfo niño de la sórdida época que le tocó vivir.

Abundan en la novela fogonazos impresionistas, de fuerza cinematográfica: fundidos, encadenados y flashbacks de rotunda expresividad. Pero todo ello es lo de menos, si consideramos la grandeza monumental de la materia narrada. No son hipérboles, lo juro.


Años después, apareció en el mercado "Canciones de amor en Lolita's Club", otra obra maestra del maestro Marsé.

Rosencrantz y Guildenstern han muerto



Dos espectáculos teatrales en una sola semana. De la práctica nada a la casi saturación. No sé si me estaré curando de mis fobias escénicas.

Dentro del teatro inglés contemporáneo, los años sesenta del recién pasado siglo fueron particularmente fecundos. Tom Stoppard y sus coetáneos, Tony Richardson, John Osborne, los llamados young angry men, fueron, tal vez, los más destacados y brillantes nombres de un momento teatral espléndido que supo combinar rebeldía, rigor formal y audacia estética. La obra del primero de ellos, Rosencrantz y Guildenstern han muerto, dio la vuelta al mundo, sorprendió la mirada de los críticos e inundó las páginas de las revistas especializadas. La originalidad e ingenio de su planteamiento, la viveza chispeante de sus diálogos, que no hacen ascos al absurdo, y cierto británico sentido de la paradoja intelectual justifican plenamente tanto ruido.

Bastantes años después de sus resonadas andanzas, la directora Cristina Rota, con un plantel de jóvenes actores, con Juan Diego Botto y Ernesto Alterio en los roles protagonistas, hace revivir esta farsa tragicómica en la que los personajes secundarios adquieren el protagonismo. Tal suplantación no resulta, empero, liberadora, sino, muy por el contrario, más reveladora aún de la ineluctabilidad de un destino que jamás dependerá de las determinaciones de los infelices sujetos sobre sus vidas subalternas: será siempre una otredad, poderosa, fuerte, superior e incontrolable, la que gobierne el timón de su desorientada presencia en el mundo. En este juego de irremediable alienación los perdedores serán siempre los mismos, despojados, para mayor escarnio, de cualquier aura de héroes trágicos. Así, el inútilmente especulativo Guildenstern y su más atolondrado y menos filosófico compañero de fatigas Rosencrantz, se verán abocados, desde el inicial azar que desafía cualquier ley de probabilidades hasta su fatal desenlace, a hacer depender su suerte de extrañas combinaciones dominadas siempre por ajenos. Esta es la pesimista y lúcida alegoría existencial que Stoppard propone sobre la presencia del hombre en el mundo. Pero tan tremenda visión no se adereza con aspavientos sino con sosegado, irónico y comedido equilibrio cómico. El resultado es una pieza compleja y perversa, intelectualmente sutil, algo pedante y escénicamente muy eficaz. Si todo ello no son excelsas virtudes teatrales, me quito el cráneo que diría cierto personaje de Valle Inclán, autor no tan lejano como en principio pudiera parecer de este viejo joven airado anglosajón llamado Stoppard.

Magnífica y muy adecuadamente sobreactuada la intervención de ambos actores protagonistas, a la que no sobra ni siquiera el leve acento argentino de Alterio. Muy tonificante también la interpretación del Actor que hace Juan Ribó y en su medida los principales shakespearianos, a los que aquí, naturalmente, les toca ser secundarios

Tuesday, July 03, 2007

RAFAEL AZCONA. Estrafalario 1


Los muertos no se tocan, nene; El pisito; El cochecito

No sé cómo me atrevo a glosar esta trilogía azconiana después de haber leído el magistral y definitivo prólogo que Josefina Rodríguez Aldecoa hace para la edición de Alfaguara de estos tres clásicos de la corrosiva prosa del riojano, probablemente corregidos y aumentados respecto de sus originales en La Codorniz y en los respectivos guiones cinematográficos. Son tales la perspicacia, el conocimiento de causa, la profundidad escrutadora, la agudeza de juicio y la exactitud de los comentarios de la ilustre viuda, que cualquier cosa que pretenda no ya sustituirlos sino imitarlos está condenada al ridículo. Como, afortunadamente, yo no publico, quedo algo disculpado en este intento, que no persigue otro fin que el de mantener la disciplina de reseñar por escrito cuanto libro tiene la desgracia de caer en mis manos indoctas y pecadoras.

Vaya por delante una obviedad: se trata de tres obras maestras. Es ocioso buscarles género: relatos de humor negro, estampas de costumbres de posguerra, dislates hiperreales, desahogos de un ácrata feroz y tierno… Tanto da. No son horas de buscar etiqueta para estos acreditadísimos y añejos productos de uno de los ingenios más desbordantes de la literatura cinematográfica (y de la literatura a secas) de la España de la segunda mitad de este puñetero siglo.

Soy lector ingenuo y bastante agradecido. Por lo primero, no me cuidé en absoluto de reprimir la carcajada tiesa ante numerosos pasajes de los tres gozosos, gloriosos y dolorosos relatos. Por lo segundo no me recato en proclamar que, después de leer a Azcona, y aunque resulte paradójico, me reconcilio con el mundo. Pero ni mis risas cándidas ni mi edificante disposición de ánimo hacen justicia a este logroñés universal, o marciano galáctico, que se toma las constelaciones por montera y orbita, sin jamás perder pie en tierra, en unos intemporales espacios de lucidez, ferocidad, ternura, compasión, inclemencia, pasmo, retranca, descreimiento, escarnio, mofa y dolor de corazón. Los antihéroes de sus narraciones –todos nosotros- arrastran sus desgalichadas vidas por la España de los años cincuenta, pero con igual adversidad las podían desperdiciar en la Nueva Zelanda del 2020. Curiosamente, estos personajes tan carpetovetónicos y estas situaciones tan impregnadas de mugre celtibérico-franquista son de lo más universal y de lo menos castizo que me he encontrado en mi vida. Este singular logro artístico es sólo patrimonio de genios absolutos. Rafael Azcona, naturalmente, pertenece a esta categoría.

Era mi intención hacer una referencia individualizada de cada uno de los relatos, pero después de lo dicho, tal propósito se me antoja más bien capricho vano. El título genérico que acoge la trilogía (Estrafalario/1) permite cobijar la esperanza de que habrá próximas entregas de tan saludables alimentos del espíritu. Que Azcona y la editorial Alfaguara nos lo permitan.

Al contrario de lo que aquí se dice, jamás fui capaz de mantener la disciplina de glosar los libros leídos. Son muchísimos más los que se quedaron sin comentario que los que me atreví a reseñar. Que yo sepa -y mucho agradecería la corrección- Estrafalario 2 aún no ha visto la luz.

Eric Hobsbawm (2000)


Bajo la atractiva forma de una larga conversación periodística entre el politólogo italiano Antonio Polito y el historiador británico Eric Hobsbawm, se desarrolla este breve, pero muy enjundioso ensayo de no más de 220 páginas que recorre las cuestiones más vitales con las que se enfrenta la sociedad mundial (y mundializada) de los albores del siglo que se estrena. Hobsbawm es, quizás, hoy por hoy, el historiador más universalmente reconocido, no sólo por una izquierda que lo toma por auténtico faro y guía, sino por un público, cada vez más amplio, que no se resigna a esperar cruzado de brazos el anunciado fin de la historia. La guerra, la paz, oriente y occidente, primer y tercer mundo, individuo y globalización, perplejidades de la izquierda y hasta razones personales para su admiración por Italia son algunos de los sugerentísimos apartados sobre los que Hobsbawm pasea su mirada clara, estudiosa, consciente y lúcida. Le hemos de agradecer también su absoluta falta de catastrofismo y su postura en las antípodas de una enfermiza mala conciencia, tan propia de muchos izquierdistas que se lamen las heridas de la historia como culpas propias que se deben expiar para no se sabe bien que fin. Si Hobsbawm, lúcidamente, considera que no debe entonar ningún mea culpa por los errores y crímenes de los caducos sistemas que se erigieron como salvadores del género humano, ya que ninguna participación, por acción u omisión, tuvo en ellos, con mucha menos razón debemos flagelarnos los que generacionalmente podemos ser hijos suyos y, por tanto, vivimos nuestras experiencias políticas con aún mayor alejamiento de tales sistemas y modelos. Y otro agradecimiento más: la constatación, nada frecuente, pese a su obviedad, de que uno de los aspectos más sugerentes, pero también laboriosos y problemáticos de la crisis de lo que sanamente se debe entender por socialismo, por lo menos en la zona geopolítica conocida como primer mundo, es que se trata de una crisis de éxito. ¿De que otra forma pueden leerse las conquistas y avances, si no irreversibles sí muy consolidados, de los sistemas de protección social y de las políticas de reparto, asumidas hoy hasta por las fuerzas conservadoras con mejor vocación de supervivencia?.

Un prólogo esclarecedor de Josep Fontana y un epílogo del propio autor entrevistado, desmarcado de la ineluctabilidad de lo catastrófico completan el interesante viaje por nuestra contemporaneidad.

Jorge Volpi: En busca de Klingsor (1999)


El treintañero mejicano Jorge Volpi no es Balzac. Está, en cualquier sentido, muy lejos de sus muy ilustres mayores y paisanos Azuela, Rulfo, Paz o Fuentes. Ni siquiera se aproxima a su modelo Eco, expertísimo perro viejo, que sabe más por viejo que por semiólogo. Pero no le escatimemos méritos: Jorge Volpi es, sin duda, un chico listísimo y sabe hacer, con todas las de la ley, un bestseller culturalista y aparatoso que ocupará las mesillas de muchísimos finolis, sedicentemente letraheridos. A bastantes de ellos se les resistirá la prosa elaborada y laboriosa de este joven tan brillante.

Con un armazón sólido de estructuras físico-matemáticas, Volpi teje una urdimbre densa y entreverada de bambolla científico-cultural, que resiste bastante bien casi todas las pruebas del algodón y alguna que otra de mayor exigencia. Se atreve incluso, con buen éxito, a transgredir una norma casi sagrada del género y deja el enigma sin solución, o, mejor dicho, a merced de una solución metafórica y metafísica, que ilustra, por una parte, el teorema matemático de Gödel y permite, por otra, que el principio de incertidumbre de Heisenberg, empujado por la desasosegante y nubladora pasión amorosa, decida un axioma indecidible en favor de la opción más problemática y menos resolutoria, tan cierta o incierta como su contraria, pero de fatales y trágicas consecuencias para el desdichado personaje narrador del relato: el torturado profesor Links, nuevo rey Amfortas sin fortuna, que no pudo encontrar en el bisoño físico Bacon a su Parsifal salvador, capaz de no sucumbir a las humanamente irresistibles asechanzas amorosas de una Kundry no por previsible menos devastadora. En consecuencia, no ya la identidad sino la existencia misma de Klingsor quedan en literal entredicho, con lo que volvemos a lo dicho.

Sucede con esta novela tan elaborada, tan de piñón fijo y tan de pie forzado lo que ocurre con todas las que siguen el mismo patrón: sus personajes pierden encarnadura y consistencia o, mejor dicho, no las llegan a adquirir. Incluso la variada panorámica de físicos realmente existentes que se nos ofrece no va más allá de un pequeño muestrario de semblanzas un tanto banales (Einstein, von Neumann, Heisenberg, Schrödinger, Bohr…) parecen guiñoles de sus personalidades respectivas). Algo falta o sobra en el tratamiento del revelador triángulo amoroso Natalia – Links – Marianne, que hace que no nos conmueva como debiera … En fin …¿para qué seguir haciendo reproches vanos? La novela está muy bien hecha y tiene bien merecido el premio Biblioteca Breve que se le otorgó. Incluso, como pasó con El nombre de la rosa, puede dar lugar a un excelente guión cinematográfico que sirva de base, en manos expertas y sutiles, a una película de mucho lucimiento.

España frente a Europa (2000)



Debo volver a la narrativa. Al menos, durante un necesario período de vacaciones históricas, filosóficas y políticas. Después de la larga entrevista de Vázquez Montalbán con el subcomandante Marcos, me despaché, sin interrupción, el sólido constructo de Gustavo Bueno, que inmediatamente comentaré, las interesantísimas respuestas de Hobsbawm sobre el siglo XXI y las postpasionales reflexiones políticas de Ramoneda. Necesito ventilarme de ficción después de tal hartazgo de realidades.

No es tarea cómoda leer al creador de la escuela de Oviedo, ni jamás Bueno pretendió tal cosa. Pero, en cualquier caso, me atrevo, con la más rendida modestia, a sugerir que es posible llevar a cabo, sin pérdida alguna de rigor, un complejo ensayo de filosofía de la historia, desde el materialismo filosófico de su autor, algo más ligero de densidad expositiva y de aparato crítico, epistemológico y gnoseológico. Da la impresión, como siempre que se lee o se escucha a Bueno, que la pretensión - tal vez lograda – de resultar exhaustivamente irrebatible queda por encima de cualquier otra consideración, incluida, en ocasiones, la inteligibilidad del texto en primera y hasta en segunda lectura. Parece también – y esto ya es mucho más arriesgado decirlo – que las exigencias del método enturbian, a veces, la transparencia de los resultados. En cualquier caso, resultaría no sólo ociosa sino miserablemente ex-tópica (fuera de lugar) cualquier observación que pusiera en tela de juicio la indiscutible y enorme estatura intelectual y filosófica del autor en general y de la obra comentada en particular. Sólo desde muy elevadas plataformas del pensamiento se podría iniciar y, sobre todo, mantener un debate riguroso sobre las tesis magistralmente desarrolladas por Bueno, a la altura exigible para la circunstancia. ¿Quiero decir con esto que no resulta posible una crítica, filosófica, por supuesto, a este singular libro? En absoluto. Sólo que no estoy yo capacitado para hacerla y que se pueden contar con los dedos de una sola mano, y quizás sobren dedos, los que podrían aproximarse con competencia suficiente a desempeñar solventemente una tarea tal. Ello no obsta para que, desde la perspectiva de mero lector lego, quepan observaciones más o menos atinadas sobre las múltiples sugerencias, fundamentalmente de orden histórico, cultural y político, que brotan de una lectura esforzadamente atenta de España frente a Europa. Quiero detenerme tan sólo en dos de estos numerosísimos estímulos a la reflexión. Es el primero de ellos la idea filosófica de imperio como base filosófica para la configuración de una identidad de España que, por una parte, lleva a su constitución como nación (Nación – Estado) y, por otra, puede operar como pauta para orientación de su lugar político relevante en el presente y en el futuro. Es el otro el de las sucesivas identidades históricas de España: confín del mediterráneo y del orbe conocido, parte del imperio romano, unión de reinos que, bajo la hegemonía de uno, participa en una idea de imperio, constitución como Estado, parte de Europa…La obvia vinculación de estas cuestiones con problemas políticos actuales conceptualmente decisivos (nacionalismos, proyecto europeo, globalización, Iberoamérica, bloques económicos…) explica el atractivo de la obra de Bueno para un público que desborda ampliamente los ámbitos académicos y que no siempre estará en condiciones de abarcar su inusitada dimensión.

Cuando a principios del año 2000 escribí estas ingenuas e incompetentes consideraciones, aún me costaba reconocer en Gustavo Bueno la deriva “ramirense” (de los dos Ramiros esenciales, Maeztu y Ledesma Ramos) que, tal vez por la proximidad de su domicilio con tan notable estilo arquitectónico, tenía ya entonces más que iniciada. Otros productos más explícitos del autor, con la misma derrota, ya han sido comentados en este sitio.

Monday, July 02, 2007

Antonio Martínez Sarrión, amigo ( diciembre de 2000)


ESQUIRLAS

Este sugestivo título acoge una nutrida colecta de apuntes misceláneos, atractivo y no demasiado frecuente género literario que el amigo Martínez Sarrión ya había explorado con muy convincente maestría y reconfortante honestidad en Cargar la suerte. No me convence demasiado el calificativo de diario no biográfico que algunos críticos le otorgan. Los registros de Sarrión son productos de catalogación difícil, que van desde el aforismo a la reflexión política o social, pero que, muy mayoritariamente, tienen a la literatura como sujeto principal. Como no podía ser menos, las espigas de este haz lucen un irrenunciable subjetivismo que se agradece con entusiasmo. Y, al contrario de lo que suele suceder con otros autores, con Sarrión es gozoso asentir (casi siempre) y muy excitante y sugeridor discrepar (en contadas ocasiones). Ocioso e imperdonablemente oportunista resultaría glosar, ni siquiera de manera general o amplia, las fulgurantes pero muy meditadas e incluso ecuánimes opiniones del poeta. Ni siquiera en los muy escasos momentos en que, con elegancia y garbo, roza el exabrupto, se muestra Sarrión injusto o poco ponderado. Las más comprometidas de esas opiniones, las que tocan materia doliente, rezuman, más allá y más acá del exquisito buen gusto que lucen, honradez y hombría de bien.

No obstante lo dicho respecto de glosas improcedentes, quiero hacer mención explícita de las dos extensas referencias viajeras que nos regala el albaceteño. Es la de Nueva York una poética visión sub specie cinematographica que encandila al más lerdo e impávido de los lectores posibles. Su luminosidad encantada no impide que una leve, pero ominosa y aviesa sombra de angustia, se cuele por la ventana del hotel, desde la que se vislumbra la siniestra perspectiva de una oficina vacía. En la de La Habana, las semblanzas no por más previsibles resultan menos enjundiosas. La cena y la prolongada, alcohólica y vehementemente debatida sobremesa en el paladar del singular, culto y estimulante anticastrista, es un episodio genuinamente sarrioniano que se lee con fruición empática.

Ciertamente, como dice el crítico canario que el propio Sarrión cita congratulado, nuestro poeta elige las palabras como un noble francés de principios de siglo eligiría las cortinas de su casa. Es una expresiva ocurrencia que me permito compartir.

Esto no es una reseña, ni muchísimo menos una crítica. Es un admirativo homenaje a un amigo a quien, lamentablemente, hace casi treinta años que no veo, salvo muy ocasionalmente en las tertulias televisivas y cinéfilas de Garci. Va por ti, maestro Sarrión.

Madera de boj (2000)

Bien es cierto que mi corazón no alberga ninguna simpatía especial por el Premio Nobel de Literatura Don Camilo José Cela y Trulock, Marqués de Iria Flavia. Pero no es menos cierto que estoy muy poco dispuesto a escatimar méritos literarios a esta señera figura de las letras universales, que debe figurar, por derecho propio, entre los grandes de la novela del siglo que acaba. Aunque su obra se redujera a tres títulos, a saber, La familia de Pascual Duarte, La Colmena y Oficio de Tinieblas, bastaría y sobraría para situarlo en las cimas de la producción literaria hispánica. Por puro artificio crítico, que no por reproche al resto de su obra, operaremos como si después del período comprendido entre 1942 y 1975, Cela no hubiera publicado ninguna otra novela. Pues bien: nadie dudaría en tributarle honores idénticos a los que viene disfrutando. La Mazurca para dos muertos significó en la opinión de quien esto escribe un nuevo paso, firme, definitivo y concluyente, en el luminoso camino de vanguardia, iniciado al menos diez años antes. Supuso también –y esto es mucho más arriesgado decirlo- su canto de cisne. Ni Cristo versus Arizona, ni La Cruz de San Andrés ni esta reciente Madera de boj han aportado nada nuevo al corpus creativo del ilustre padronés. Cuando un autor, con regodeo y autocomplacencia, se plagia a sí mismo, cuando escribe de modo que parece dar por supuesta y sobreentendida la complicidad de un lector cautivo, ningún artificio de vanguardia tremendista, ningún guiño de apelación a la maestría en el oficio, ninguna exhibición de prodigios léxicos y expresivos pueden evitar que incurra en descarada maniera, en cínico manierismo. El meollo narrativo de Madera de boj no va ni demasiado revuelto ni demasiado ordenado: simplemente, no existe. No se trata de que carezca de planteamiento, nudo y desenlace. Se trata de otra carencia de mucha mayor relevancia, la de substancia narrada. Materia y, sobre todo, materiales narrativos, sobran. Pero entidad constitutiva de relato no aparece por ninguna parte. La exhaustiva relación de naufragios, la sucesión de facecias, jocundas, tremendas o risibles, las apelaciones a lo mágico, lo telúrico y lo supersticioso, las recetas de pócimas contra enfermedades, encantamientos y posesiones del maligno, la falsa enumeración caótica de juicios, sentires o pensares, el impecable ritmo de las síncopas, la brillantez de los fogonazos del verbo celiano, la exhibición rotatoria de personajes en carrusel no alcanzan a tejer una urdimbre que prenda al lector y lo implique en lo que el autor parece traer entre manos, que puede ser cualquier cosa excepto una narración. Y sin narración no hay novela. Pero tampoco es una cuestión de falta de identificación del género, sino más bien de agotamiento de unas fórmulas por ausencia de aire que les dé vida.

Juro por todos mis ancestros y prometo por mi honor que cuando, en el otoño de 2000, escribí esta doméstica reseña, no tenía, por descontado, ni la más remota noticia de que Gibson estuviese ni siquiera preparando su “Cela, el hombre que quiso ganar”, en el que dice cosas mejor compuestas pero bastante parecidas a las que breve y torpemente expongo yo aquí. Añade el hispanoirlandés a las obras maestras de Don Camilo José “San Camilo 1936”, que yo, inadvertidamente, omití y emite un juicio menos entusiasta que el mío sobre “Oficio de tinieblas” y “Mazurca para dos muertos”.

Jogos e chocalhices (1996)


EPITAFIO SOBRE EL MONUMENTO A EÇA DE QUEIROZ EN LISBOA

“Sobre a nudez forte da verdade o manto diaphano da phantasia”

VARIACIONES SOBRE EL MISMO TEMA

Sobre a nudez diaphana da verdade o manto forte da phantasia

Sobre a forteza nua da verdade o manto diaphano da phantasia

Sobre a forteza diaphana da verdade o manto forte da phantasia

Sobre a nudez diaphana da phantasia o manto forte de verdade

Sobre a nudez forte da phantasia o manto diaphano da verdade

Sobre a forteza nua da phantasia o manto forte da verdade

E assim …


Se me ocurrió este juego estúpido hace once años, en Lisboa. Acababa de fijarme en este discutible homenaje al más grande novelista portugués de todos los tiempos y, en una servilleta del "pessoano" Café A Brasileira, escribí esta breve sarta de estupideces que, a la vuelta del viaje, metí en la memoria del ordenador con total desfachatez que ahora reduplico publicándola en la bitácora.

El delirio, un error necesario (1999)



Antes de meterme en berenjenales críticos respecto de El delirio, un error necesario, me resulta ineludible declarar una confesión de reconocimiento y constatar una obviedad manifiesta.

Debo al doctor (doctor, sí: uno de los pocos médicos que ostenta el título sin impostura) Castilla del Pino las orientaciones que, en el marco de una aparatosa sesión clínica, me ayudaron a desembarazarme con relativo éxito de una “murria post-mili” que me amargó la existencia allá por el año setenta. Por lo demás, soy un perfecto ignorante en materia de ciencia psiquiátrica. No creo, empero, que ninguno de estos dos estorbos me incapacite de manera radical para enjuiciar los resultados de una lectura laboriosa y atenta de su última publicación.

Transgrediendo alguna regla metodológica, adelanto que mi impresión general sobre este ensayo, que mereció el premio internacional Jovellanos en 1998, es la de que está repleto de observaciones certeras, precisas y atinadísimas que, infeliz y contradictoriamente, no alcanzan a constituir un corpus doctrinal convincente. Si no he entendido mal las laboriosas exposiciones del Dr. Castilla –utilizaré mi propio lenguaje, aún a riesgo de imprecisiones y malentendidos múltiples- el delirio es la culminación cristalizada y “estable” de un complejo proceso, en la cual el sujeto sobrepasa la barrera diacrítica que, en la actividad mental normal, separa consciente y eficazmente (con nitidez bastante) las interpretaciones (conjeturas, connotaciones) de las percepciones y representaciones (realidades objetivables, denotaciones). De este modo, el delirante convierte en certeza denotativa lo que no es otra cosa que un juicio interpretativo con mayor o menor verosimilitud. La finalidad (o mejor: funcionalidad) del delirio es ortopédica: dota al sujeto de un equilibrio (sustitutivo, vicario, pero “compensador”) del que fue previamente privado por la autodepreciación, literalmente insoportable, que determinadas heridas infligidas a su narcisismo le han deparado. El sujeto crea, así, su ser-en-el-mundo” y los “yoes insuficientes”, dinamitadores de la imprescindible autoestima mínima, quedan neutralizados.

La razón de que el tema del delirio sea uno u otro hay que buscarla en la biografía del sujeto. La completa taxonomía de temas delirantes que se nos ofrece, junto con los extractos de historias clínicas, ilustran de manera convincente la tesis. Ahora bien, queda, de momento, sin explicación una cuestión que me parece inquietante: elucidada la génesis del delirio, ¿por qué unos sujetos llegan a él y otros, en llamémoslas “peores condiciones”, no? Con algo más de detalle: ¿por qué sujetos “plagados” de “yoes insuficientes”, aterradoramente dolientes por tal razón, permanecen inmunes al delirio y otros con quiebras aparentemente banales, con fortaleza psíquica llamativa y dotación yoica “satisfactoria” incurren en él?

En algún lugar del libro, el autor denuncia la inexistencia de una teoría de lo normal que pueda servir de paradigma a cualquier teoría de lo patológico. Esta laguna epistemológica es, sin duda, grave. No tan grave, pero si “inflamada”, me parece la pretensión, esbozada al final del ensayo, de elevar la teoría del delirio a un rango de parcial teoría del conocimiento. Con benevolente sonrisa (que la imponente autoridad intelectual de Castilla del Pino ha de disipar apenas insinuada) debe también contemplarse el pecado venial de hacer una suerte de teoría literaria del lector de ficciones como fantaseador ingenuo de una trama urdida fría y conscientemente por el autor.


Aunque resulte cansino glosar a un mismo autor con tan poca diferencia espacial y temporal, me quedaría incómodo si después de rescatar la reseña de "Pretérito Imperfecto" no hubiese hecho lo mismo con una obra "doctrinal" de mismo autor que muestre su faceta más pública y profesional.

Ana Karenina (¿2001?)



Me toca hoy habérmelas con todo un clásico de los GRANDES, y eso da bastante miedo. Nada menos que una de las tres grandes novelas adulterinas del diecinueve. Los franceses y, con ellos, el universo lector admiran en Flaubert la suprema finura estilística y la destreza magistral en el retrato no ya de una insatisfecha sino de la insatisfacción elevada a categoría y de la mediocridad como entorno letal. Los españoles reconocemos en Clarín al descriptor y debelador implacable de una sociedad provinciana, cruel y podrida, y de la ambición insaciable de un clérigo, sólo vencida por una pasión amorosa aún más poderosa y pregnante. La extinta aristocracia rusa no debió de tener dificultad para reconocerse en este grandioso folletón tolstoyano, cuya heroína, tal vez más desdichada incluso que Emma Bovary o su tocaya Ana Ozores, es tratada con una penetración anímica y una intensidad trágica literalmente sobrecogedoras y angustiantes hasta el límite del ahogo físico. Más de quinientas páginas, divididas en ocho partes, a su vez subdivididas en muy breves capítulos que, en cierto modo, anticipan la técnica del contrapunto que Huxley, Dos Passos y Cela llevarían a la perfección formal, alcanzan su culmen de intensidad y dramatismo en la larguísima secuencia de la jornada del suicidio, que se inicia con una travesía urbana en el interior de un coche y se remata con los fogonazos impresionistas de la estación de ferrocarril en que se perpetra la tragedia.

Dicen no pocos – no comparto la opinión - que al mozartiano Don Giovanni le sobra la escena final moralista, posterior a la infernal caída del libertino. De manera paralela, otros podrían decir que a la novela del Tolstoi le sobran las páginas que siguen al fatal desenlace de la malhadada Ana Arkadievna. Tampoco podría compartir la opinión, si la hubiere. Estas páginas son algo más que un epílogo: redondean y rematan el perfil de ese curioso personaje, llamado Levine -¿alter ego del autor?-, que en su hacendado y hacendoso retiro aldeano -¿trasunto de Yasnaia Polyana?-, filosofa, teologa y construye concepciones del mundo no exentas de autopunición y final encuentro del equilibrio perdido.

Me resultó siempre muy tentador un estudio comparativo de las tres novelas referidas. Por supuesto no es ésta la ocasión ni éste el lugar adecuado. Las miles de sugerencias que, a bote pronto, se me ocurren llenarían, en sus desarrollos posibles, varios volúmenes. Queda para cuando me jubile.

Entre 1998 y 2004, escribí unas doce docenas de reseñas de libros. Me parece una enormidad transcribirlas en la bitácora. Elijo hoy esta, a la que tengo cierto cariño, por tratar de un personaje literario que me fascinó desde que tengo uso de razón lectora.

Joseba Arregi y la cuestión vasca (1999)


Si no he escuchado ni entendido mal, el señor Arregi:

1 Basa el nacionalismo en una autoadscripción de pertenencia a grupo (es decir, en un “sentimiento”). ¿A qué grupo? A un grupo nacional (es decir, a una entelequia).

2 A pesar de 1, el señor Arregi explícitamente rechaza:

2.1. el nacionalismo etnicista, herderiano (también sabiniano, aunque Arregi no lo diga), que conforma el concepto “Estado – Nación” por identificación de los dos componentes, uno de los cuales – la nación – se presume, erróneamente, previo a los individuos y a su desenvolvimiento real en el mundo real, y trae como consecuencias:

2.1.1. ideologías germinalmente protofascistas

2.1.2. postular que toda nación debe dotarse de un Estado independiente y soberano.

2.2. La opción soberanista (independentista) no sólo por inoportuna o inconveniente, sino por radicalmente inviable en el mundo actual.

3 Propugna una construcción nacional, basada en la diversidad, en el reconocimiento de la diversidad, y en el pluralismo no sólo político, ideológico, cultural, religioso o social, sino, fundamentalmente, en el pluralismo de sentimientos de autoadscripción a grupo (son varios y graduables).

4 Rechaza cualquier formulación inquisitiva que se dirija a la sociedad vasca para preguntarle por un marco jurídico determinado: una tal pregunta – hablemos en plata: un referéndum de soberanía – sería altamente destructiva y daría al traste con una supuestamente fuerte cohesión social de Euskadi.

5 Como consecuencia de lo anterior, el Estatuto de Gernika es el marco jurídico – político adecuado para llevar a cabo una construcción nacional de Euskadi en los términos ya señalados de pluralismo y no exclusión.

6 Exige respeto a las posturas nacionalistas, pero interpreta como falta de tal la mera puesta en cuestión de los fundamentos últimos de tales posturas.

Bajo estas premisas, sólo los apartados 1 y 5 “justifican” – de manera harto endeble - la permanencia del señor Arregi en el P.N.V. de los señores Arzallus y Egibar (el P.N.V. real, el que corta el bacalao, las habas que se cuecen, la cera que arde, lo que va a misa). En efecto, el P.N.V. oficial y en el poder es:

a) sabiniano – etnicista

b) soberanista

c) excluyente.

¿Qué son, si no, el pacto de Estella (o Lizarra …) y la Udalbitza?.

Posiblemente deba favorecerse una estrategia tendente a que las posiciones del señor Arregi lleguen a ser dominantes no sólo en el P.N.V. sino en el nacionalismo vasco globalmente considerado. Pero tal tarea se me antoja más difícil no ya que los siete trabajos de Hércules, sino que “setenta veces siete” los siete trabajos de Hércules (uno de los creadores míticos, por cierto, de la nación vasca).

Por otra parte, las posturas del señor Arregi, así expuestas, están explicitamente asumidas por la mayoría de las fuerzas políticas no nacionalistas, si no en su totalidad formal, sí en sus aspectos políticamente realizables.

Así pues, hay que agradecerle al señor Arregi su honestidad y su excelente fe clarificadora, pero ambas nos parecen políticamente prescindibles, porque ya las ejercen otros.

… … …

APARTADO DE EXABRUPTOS PERSONALES

1 Todo nacionalismo es una impostura

2 Todo nacionalismo es una enfermedad del alma

3 El terrorismo es una secuela de esa enfermedad

4 Todo nacionalismo es un peligro social (potencial o actual)

5 Todo nacionalismo es una enormidad

6 Las características 1 a 5 pueden y deben predicarse del nacionalismo vasquista, del nacionalismo españolista, irlandesista, británico, serbio, croata, gallego, bosnio, kosovar, catalán o watusi …

7 Puesto que no queda otro remedio que afrontarlo, afrontémoslo como lo que es: un problema que exige soluciones, políticas por supuesto. Pero, dado que su secuela terrorista es una trágica realidad actuante en el caso vasco, tales soluciones, políticas por supuesto, deben ser de dos clases con idéntico rango político y con el mismo énfasis conceptual y práctico:

a) soluciones no sólo represivas (y por tanto también negociadoras: debe negociarse hasta el límite que impongan el sentido común y la viabilidad que el propio señor Arregi invoca)

b) soluciones no sólo negociadoras (y por tanto también policiales y judiciales: la impunidad jamás será políticamente tolerable).

De la intoxicación, potencialmente criminógena, que se practica en escuelas y demás centros de difusión ideológica mejor hablamos otro día.


Escribí estas esquemáticas consideraciones y vehementes exabruptos después de escuchar una conferencia de Joseba Arregi en el Club Faro de Vigo, en un momento impreciso del año 1999. Corrigiendo determinados nombres propios, admitiendo un poco a regañadientes que el PNV actual no es el mismo de Arzallus y Egibar (pero sigue siendo el de Ibarretxe) y moderando bastante el tono de mi diatriba, suscribiría ahora mismo lo expresado hace ocho años. Desgraciadamente, no ha perdido actualidad.