Monday, July 02, 2007

Antonio Martínez Sarrión, amigo ( diciembre de 2000)


ESQUIRLAS

Este sugestivo título acoge una nutrida colecta de apuntes misceláneos, atractivo y no demasiado frecuente género literario que el amigo Martínez Sarrión ya había explorado con muy convincente maestría y reconfortante honestidad en Cargar la suerte. No me convence demasiado el calificativo de diario no biográfico que algunos críticos le otorgan. Los registros de Sarrión son productos de catalogación difícil, que van desde el aforismo a la reflexión política o social, pero que, muy mayoritariamente, tienen a la literatura como sujeto principal. Como no podía ser menos, las espigas de este haz lucen un irrenunciable subjetivismo que se agradece con entusiasmo. Y, al contrario de lo que suele suceder con otros autores, con Sarrión es gozoso asentir (casi siempre) y muy excitante y sugeridor discrepar (en contadas ocasiones). Ocioso e imperdonablemente oportunista resultaría glosar, ni siquiera de manera general o amplia, las fulgurantes pero muy meditadas e incluso ecuánimes opiniones del poeta. Ni siquiera en los muy escasos momentos en que, con elegancia y garbo, roza el exabrupto, se muestra Sarrión injusto o poco ponderado. Las más comprometidas de esas opiniones, las que tocan materia doliente, rezuman, más allá y más acá del exquisito buen gusto que lucen, honradez y hombría de bien.

No obstante lo dicho respecto de glosas improcedentes, quiero hacer mención explícita de las dos extensas referencias viajeras que nos regala el albaceteño. Es la de Nueva York una poética visión sub specie cinematographica que encandila al más lerdo e impávido de los lectores posibles. Su luminosidad encantada no impide que una leve, pero ominosa y aviesa sombra de angustia, se cuele por la ventana del hotel, desde la que se vislumbra la siniestra perspectiva de una oficina vacía. En la de La Habana, las semblanzas no por más previsibles resultan menos enjundiosas. La cena y la prolongada, alcohólica y vehementemente debatida sobremesa en el paladar del singular, culto y estimulante anticastrista, es un episodio genuinamente sarrioniano que se lee con fruición empática.

Ciertamente, como dice el crítico canario que el propio Sarrión cita congratulado, nuestro poeta elige las palabras como un noble francés de principios de siglo eligiría las cortinas de su casa. Es una expresiva ocurrencia que me permito compartir.

Esto no es una reseña, ni muchísimo menos una crítica. Es un admirativo homenaje a un amigo a quien, lamentablemente, hace casi treinta años que no veo, salvo muy ocasionalmente en las tertulias televisivas y cinéfilas de Garci. Va por ti, maestro Sarrión.

Madera de boj (2000)

Bien es cierto que mi corazón no alberga ninguna simpatía especial por el Premio Nobel de Literatura Don Camilo José Cela y Trulock, Marqués de Iria Flavia. Pero no es menos cierto que estoy muy poco dispuesto a escatimar méritos literarios a esta señera figura de las letras universales, que debe figurar, por derecho propio, entre los grandes de la novela del siglo que acaba. Aunque su obra se redujera a tres títulos, a saber, La familia de Pascual Duarte, La Colmena y Oficio de Tinieblas, bastaría y sobraría para situarlo en las cimas de la producción literaria hispánica. Por puro artificio crítico, que no por reproche al resto de su obra, operaremos como si después del período comprendido entre 1942 y 1975, Cela no hubiera publicado ninguna otra novela. Pues bien: nadie dudaría en tributarle honores idénticos a los que viene disfrutando. La Mazurca para dos muertos significó en la opinión de quien esto escribe un nuevo paso, firme, definitivo y concluyente, en el luminoso camino de vanguardia, iniciado al menos diez años antes. Supuso también –y esto es mucho más arriesgado decirlo- su canto de cisne. Ni Cristo versus Arizona, ni La Cruz de San Andrés ni esta reciente Madera de boj han aportado nada nuevo al corpus creativo del ilustre padronés. Cuando un autor, con regodeo y autocomplacencia, se plagia a sí mismo, cuando escribe de modo que parece dar por supuesta y sobreentendida la complicidad de un lector cautivo, ningún artificio de vanguardia tremendista, ningún guiño de apelación a la maestría en el oficio, ninguna exhibición de prodigios léxicos y expresivos pueden evitar que incurra en descarada maniera, en cínico manierismo. El meollo narrativo de Madera de boj no va ni demasiado revuelto ni demasiado ordenado: simplemente, no existe. No se trata de que carezca de planteamiento, nudo y desenlace. Se trata de otra carencia de mucha mayor relevancia, la de substancia narrada. Materia y, sobre todo, materiales narrativos, sobran. Pero entidad constitutiva de relato no aparece por ninguna parte. La exhaustiva relación de naufragios, la sucesión de facecias, jocundas, tremendas o risibles, las apelaciones a lo mágico, lo telúrico y lo supersticioso, las recetas de pócimas contra enfermedades, encantamientos y posesiones del maligno, la falsa enumeración caótica de juicios, sentires o pensares, el impecable ritmo de las síncopas, la brillantez de los fogonazos del verbo celiano, la exhibición rotatoria de personajes en carrusel no alcanzan a tejer una urdimbre que prenda al lector y lo implique en lo que el autor parece traer entre manos, que puede ser cualquier cosa excepto una narración. Y sin narración no hay novela. Pero tampoco es una cuestión de falta de identificación del género, sino más bien de agotamiento de unas fórmulas por ausencia de aire que les dé vida.

Juro por todos mis ancestros y prometo por mi honor que cuando, en el otoño de 2000, escribí esta doméstica reseña, no tenía, por descontado, ni la más remota noticia de que Gibson estuviese ni siquiera preparando su “Cela, el hombre que quiso ganar”, en el que dice cosas mejor compuestas pero bastante parecidas a las que breve y torpemente expongo yo aquí. Añade el hispanoirlandés a las obras maestras de Don Camilo José “San Camilo 1936”, que yo, inadvertidamente, omití y emite un juicio menos entusiasta que el mío sobre “Oficio de tinieblas” y “Mazurca para dos muertos”.

Jogos e chocalhices (1996)


EPITAFIO SOBRE EL MONUMENTO A EÇA DE QUEIROZ EN LISBOA

“Sobre a nudez forte da verdade o manto diaphano da phantasia”

VARIACIONES SOBRE EL MISMO TEMA

Sobre a nudez diaphana da verdade o manto forte da phantasia

Sobre a forteza nua da verdade o manto diaphano da phantasia

Sobre a forteza diaphana da verdade o manto forte da phantasia

Sobre a nudez diaphana da phantasia o manto forte de verdade

Sobre a nudez forte da phantasia o manto diaphano da verdade

Sobre a forteza nua da phantasia o manto forte da verdade

E assim …


Se me ocurrió este juego estúpido hace once años, en Lisboa. Acababa de fijarme en este discutible homenaje al más grande novelista portugués de todos los tiempos y, en una servilleta del "pessoano" Café A Brasileira, escribí esta breve sarta de estupideces que, a la vuelta del viaje, metí en la memoria del ordenador con total desfachatez que ahora reduplico publicándola en la bitácora.

El delirio, un error necesario (1999)



Antes de meterme en berenjenales críticos respecto de El delirio, un error necesario, me resulta ineludible declarar una confesión de reconocimiento y constatar una obviedad manifiesta.

Debo al doctor (doctor, sí: uno de los pocos médicos que ostenta el título sin impostura) Castilla del Pino las orientaciones que, en el marco de una aparatosa sesión clínica, me ayudaron a desembarazarme con relativo éxito de una “murria post-mili” que me amargó la existencia allá por el año setenta. Por lo demás, soy un perfecto ignorante en materia de ciencia psiquiátrica. No creo, empero, que ninguno de estos dos estorbos me incapacite de manera radical para enjuiciar los resultados de una lectura laboriosa y atenta de su última publicación.

Transgrediendo alguna regla metodológica, adelanto que mi impresión general sobre este ensayo, que mereció el premio internacional Jovellanos en 1998, es la de que está repleto de observaciones certeras, precisas y atinadísimas que, infeliz y contradictoriamente, no alcanzan a constituir un corpus doctrinal convincente. Si no he entendido mal las laboriosas exposiciones del Dr. Castilla –utilizaré mi propio lenguaje, aún a riesgo de imprecisiones y malentendidos múltiples- el delirio es la culminación cristalizada y “estable” de un complejo proceso, en la cual el sujeto sobrepasa la barrera diacrítica que, en la actividad mental normal, separa consciente y eficazmente (con nitidez bastante) las interpretaciones (conjeturas, connotaciones) de las percepciones y representaciones (realidades objetivables, denotaciones). De este modo, el delirante convierte en certeza denotativa lo que no es otra cosa que un juicio interpretativo con mayor o menor verosimilitud. La finalidad (o mejor: funcionalidad) del delirio es ortopédica: dota al sujeto de un equilibrio (sustitutivo, vicario, pero “compensador”) del que fue previamente privado por la autodepreciación, literalmente insoportable, que determinadas heridas infligidas a su narcisismo le han deparado. El sujeto crea, así, su ser-en-el-mundo” y los “yoes insuficientes”, dinamitadores de la imprescindible autoestima mínima, quedan neutralizados.

La razón de que el tema del delirio sea uno u otro hay que buscarla en la biografía del sujeto. La completa taxonomía de temas delirantes que se nos ofrece, junto con los extractos de historias clínicas, ilustran de manera convincente la tesis. Ahora bien, queda, de momento, sin explicación una cuestión que me parece inquietante: elucidada la génesis del delirio, ¿por qué unos sujetos llegan a él y otros, en llamémoslas “peores condiciones”, no? Con algo más de detalle: ¿por qué sujetos “plagados” de “yoes insuficientes”, aterradoramente dolientes por tal razón, permanecen inmunes al delirio y otros con quiebras aparentemente banales, con fortaleza psíquica llamativa y dotación yoica “satisfactoria” incurren en él?

En algún lugar del libro, el autor denuncia la inexistencia de una teoría de lo normal que pueda servir de paradigma a cualquier teoría de lo patológico. Esta laguna epistemológica es, sin duda, grave. No tan grave, pero si “inflamada”, me parece la pretensión, esbozada al final del ensayo, de elevar la teoría del delirio a un rango de parcial teoría del conocimiento. Con benevolente sonrisa (que la imponente autoridad intelectual de Castilla del Pino ha de disipar apenas insinuada) debe también contemplarse el pecado venial de hacer una suerte de teoría literaria del lector de ficciones como fantaseador ingenuo de una trama urdida fría y conscientemente por el autor.


Aunque resulte cansino glosar a un mismo autor con tan poca diferencia espacial y temporal, me quedaría incómodo si después de rescatar la reseña de "Pretérito Imperfecto" no hubiese hecho lo mismo con una obra "doctrinal" de mismo autor que muestre su faceta más pública y profesional.

Ana Karenina (¿2001?)



Me toca hoy habérmelas con todo un clásico de los GRANDES, y eso da bastante miedo. Nada menos que una de las tres grandes novelas adulterinas del diecinueve. Los franceses y, con ellos, el universo lector admiran en Flaubert la suprema finura estilística y la destreza magistral en el retrato no ya de una insatisfecha sino de la insatisfacción elevada a categoría y de la mediocridad como entorno letal. Los españoles reconocemos en Clarín al descriptor y debelador implacable de una sociedad provinciana, cruel y podrida, y de la ambición insaciable de un clérigo, sólo vencida por una pasión amorosa aún más poderosa y pregnante. La extinta aristocracia rusa no debió de tener dificultad para reconocerse en este grandioso folletón tolstoyano, cuya heroína, tal vez más desdichada incluso que Emma Bovary o su tocaya Ana Ozores, es tratada con una penetración anímica y una intensidad trágica literalmente sobrecogedoras y angustiantes hasta el límite del ahogo físico. Más de quinientas páginas, divididas en ocho partes, a su vez subdivididas en muy breves capítulos que, en cierto modo, anticipan la técnica del contrapunto que Huxley, Dos Passos y Cela llevarían a la perfección formal, alcanzan su culmen de intensidad y dramatismo en la larguísima secuencia de la jornada del suicidio, que se inicia con una travesía urbana en el interior de un coche y se remata con los fogonazos impresionistas de la estación de ferrocarril en que se perpetra la tragedia.

Dicen no pocos – no comparto la opinión - que al mozartiano Don Giovanni le sobra la escena final moralista, posterior a la infernal caída del libertino. De manera paralela, otros podrían decir que a la novela del Tolstoi le sobran las páginas que siguen al fatal desenlace de la malhadada Ana Arkadievna. Tampoco podría compartir la opinión, si la hubiere. Estas páginas son algo más que un epílogo: redondean y rematan el perfil de ese curioso personaje, llamado Levine -¿alter ego del autor?-, que en su hacendado y hacendoso retiro aldeano -¿trasunto de Yasnaia Polyana?-, filosofa, teologa y construye concepciones del mundo no exentas de autopunición y final encuentro del equilibrio perdido.

Me resultó siempre muy tentador un estudio comparativo de las tres novelas referidas. Por supuesto no es ésta la ocasión ni éste el lugar adecuado. Las miles de sugerencias que, a bote pronto, se me ocurren llenarían, en sus desarrollos posibles, varios volúmenes. Queda para cuando me jubile.

Entre 1998 y 2004, escribí unas doce docenas de reseñas de libros. Me parece una enormidad transcribirlas en la bitácora. Elijo hoy esta, a la que tengo cierto cariño, por tratar de un personaje literario que me fascinó desde que tengo uso de razón lectora.

Joseba Arregi y la cuestión vasca (1999)


Si no he escuchado ni entendido mal, el señor Arregi:

1 Basa el nacionalismo en una autoadscripción de pertenencia a grupo (es decir, en un “sentimiento”). ¿A qué grupo? A un grupo nacional (es decir, a una entelequia).

2 A pesar de 1, el señor Arregi explícitamente rechaza:

2.1. el nacionalismo etnicista, herderiano (también sabiniano, aunque Arregi no lo diga), que conforma el concepto “Estado – Nación” por identificación de los dos componentes, uno de los cuales – la nación – se presume, erróneamente, previo a los individuos y a su desenvolvimiento real en el mundo real, y trae como consecuencias:

2.1.1. ideologías germinalmente protofascistas

2.1.2. postular que toda nación debe dotarse de un Estado independiente y soberano.

2.2. La opción soberanista (independentista) no sólo por inoportuna o inconveniente, sino por radicalmente inviable en el mundo actual.

3 Propugna una construcción nacional, basada en la diversidad, en el reconocimiento de la diversidad, y en el pluralismo no sólo político, ideológico, cultural, religioso o social, sino, fundamentalmente, en el pluralismo de sentimientos de autoadscripción a grupo (son varios y graduables).

4 Rechaza cualquier formulación inquisitiva que se dirija a la sociedad vasca para preguntarle por un marco jurídico determinado: una tal pregunta – hablemos en plata: un referéndum de soberanía – sería altamente destructiva y daría al traste con una supuestamente fuerte cohesión social de Euskadi.

5 Como consecuencia de lo anterior, el Estatuto de Gernika es el marco jurídico – político adecuado para llevar a cabo una construcción nacional de Euskadi en los términos ya señalados de pluralismo y no exclusión.

6 Exige respeto a las posturas nacionalistas, pero interpreta como falta de tal la mera puesta en cuestión de los fundamentos últimos de tales posturas.

Bajo estas premisas, sólo los apartados 1 y 5 “justifican” – de manera harto endeble - la permanencia del señor Arregi en el P.N.V. de los señores Arzallus y Egibar (el P.N.V. real, el que corta el bacalao, las habas que se cuecen, la cera que arde, lo que va a misa). En efecto, el P.N.V. oficial y en el poder es:

a) sabiniano – etnicista

b) soberanista

c) excluyente.

¿Qué son, si no, el pacto de Estella (o Lizarra …) y la Udalbitza?.

Posiblemente deba favorecerse una estrategia tendente a que las posiciones del señor Arregi lleguen a ser dominantes no sólo en el P.N.V. sino en el nacionalismo vasco globalmente considerado. Pero tal tarea se me antoja más difícil no ya que los siete trabajos de Hércules, sino que “setenta veces siete” los siete trabajos de Hércules (uno de los creadores míticos, por cierto, de la nación vasca).

Por otra parte, las posturas del señor Arregi, así expuestas, están explicitamente asumidas por la mayoría de las fuerzas políticas no nacionalistas, si no en su totalidad formal, sí en sus aspectos políticamente realizables.

Así pues, hay que agradecerle al señor Arregi su honestidad y su excelente fe clarificadora, pero ambas nos parecen políticamente prescindibles, porque ya las ejercen otros.

… … …

APARTADO DE EXABRUPTOS PERSONALES

1 Todo nacionalismo es una impostura

2 Todo nacionalismo es una enfermedad del alma

3 El terrorismo es una secuela de esa enfermedad

4 Todo nacionalismo es un peligro social (potencial o actual)

5 Todo nacionalismo es una enormidad

6 Las características 1 a 5 pueden y deben predicarse del nacionalismo vasquista, del nacionalismo españolista, irlandesista, británico, serbio, croata, gallego, bosnio, kosovar, catalán o watusi …

7 Puesto que no queda otro remedio que afrontarlo, afrontémoslo como lo que es: un problema que exige soluciones, políticas por supuesto. Pero, dado que su secuela terrorista es una trágica realidad actuante en el caso vasco, tales soluciones, políticas por supuesto, deben ser de dos clases con idéntico rango político y con el mismo énfasis conceptual y práctico:

a) soluciones no sólo represivas (y por tanto también negociadoras: debe negociarse hasta el límite que impongan el sentido común y la viabilidad que el propio señor Arregi invoca)

b) soluciones no sólo negociadoras (y por tanto también policiales y judiciales: la impunidad jamás será políticamente tolerable).

De la intoxicación, potencialmente criminógena, que se practica en escuelas y demás centros de difusión ideológica mejor hablamos otro día.


Escribí estas esquemáticas consideraciones y vehementes exabruptos después de escuchar una conferencia de Joseba Arregi en el Club Faro de Vigo, en un momento impreciso del año 1999. Corrigiendo determinados nombres propios, admitiendo un poco a regañadientes que el PNV actual no es el mismo de Arzallus y Egibar (pero sigue siendo el de Ibarretxe) y moderando bastante el tono de mi diatriba, suscribiría ahora mismo lo expresado hace ocho años. Desgraciadamente, no ha perdido actualidad.

Sunday, July 01, 2007

Dos viajes largos a uña de caballo (julio de 2001)



Las vacaciones veraniegas de Daniel vienen tradicionalmente incluyendo, por necesidades del servicio, una estancia campamental o similar. Este año le tocó un campo de trabajo en Huelva, para restauración de trajes e instrumentos musicales antiguos. Por razones que no vienen al caso, convenía acompañarlo en sus desplazamientos de ida y de vuelta. Así que, con una diferencia de dos semanas, hubimos de repetir, con leves variantes el mismo viaje. La primera fase se inició un sábado muy lluvioso, a muy tempranas horas. Sara y Gilles se iban el mismo día y ya se habían levantado antes de las seis de la madrugada para iniciar un periplo azteca con parada previa en París. Los acompañamos en el desayuno y les dimos una cordial despedida. Pocos minutos después de las siete, poníamos rumbo a las autopistas portuguesas. La lluvia sólo empezó a amainar a la altura de Coimbra y a desaparecer por completo por tierras ribatejanas. Cruzamos el Tajo utilizando por primera vez el larguísimo, sutil y muy elegante puente Vasco da Gama, cuando ya estaba felizmente olvidada una discusión absurda con Daniel sobre el recurrente tema de las drogas duras. Era ya casi mediodía solar cuando los encinares del Alentejo se mostraban a uno y otro lado de la autopista, que abandonamos al sur de Grândola para enfilar la carretera que, pasando por Ferreira, Beja y Rosal de la Frontera, finaliza en Sevilla, después de atravesar la Sierra de Aracena, en la que nos quedamos, como se verá. El obligado almuerzo se hizo en Rosal de la Frontera, en una taberna – restaurante, regentada por un vigués con incipiente acento andaluz y recomendada por un su compadre, empleado de la gasolinera vecina. No fueron, en absoluto, malos los productos que nos ofreció el gallego reciclado.

Galaroza es un hermoso pueblo blanco que, visto por arriba, desde la carretera, recuerda a los de las sierras de la provincia de Cádiz. Una vez en él se observa una estética más próxima a los cercanos vecinos extremeños y alentejanos que a la de sus parientes gaditanos. El hotel Galaroza Sierra está en las afueras del pueblo y cumple bien con su vocación de albergue de parejas vetustas de aficiones serranas y matrimonios con niños pequeños disfrutadores de piscina exenta de riesgos. No está demasiado bien atendido y resulta algo cutre, pero es limpio y suficientemente cómodo para procurar descanso reparador. Después de la siesta y el baño, nos acercamos al Jabugo de los míticos jamones. Además de jamones, hay en este altozano un casino con jugadores de mus, una plaza de toros algo desvencijada, una alameda con farolas en la que hacen tertulia viejas y viejos de pieles curtidas y una iglesia de torre ochavada, que conoció tiempos mejores y que conserva una elegante y altiva planta. No compramos jamones pero catamos el delicioso manjar, junto con lomo y otros embutidos ibéricos y riquísimo queso curado en un mesón cuya terraza dejaba ver el ondulante paisaje serrano, poblado de encinas.

Volvimos a Galaroza, paseamos todo el pueblo a pie y el inicio del anochecer nos sorprendió en una terraza de cerveza y tapas que, con el pueblo en fiestas, lucía muy animada. Jóvenes jinetes paseaban y exhibían alguna tímida cabriola. Regresamos al hotel lo bastante cansados para dormir de un tirón hasta bien pasadas las ocho de la mañana.

No tuvimos tiempo para conocer Aracena y bien que lo lamento. La carretera hasta Huelva está bastante bien acondicionada, pero es empinada y tortuosa. Pasa muy cerca de las históricas Minas de Riotinto, que tampoco tuvimos ocasión de visitar. Ya en Huelva nos resultó muy fácil encontrar el Colegio de la Fundación SAFA, de magnífico aspecto, en el que Daniel se iba a alojar durante los quince días de su estancia. En plena Avenida Sundheim y con un patio de palmeras e instalaciones deportivas generosas, inspiraba inicial confianza. Después de remoloneos varios y estrategias de evitación de posibles comentarios incordiantes de su madre, Daniel se incorporó al grupo de campeadores y formalizó a su manera un amago de despedida de circunstancias.

Emprendimos el viaje de regreso pasado el mediodía horario. Lucía buen sol y quería Mariné disfrutar de los encantos de alguna playa algarvía. Así pues, salimos de la autopista en Montegordo y nos instalamos en la enorme y limpísima playa, de aguas remansadas y transparentes. Reservamos mesa en un chiringuito de aspecto pulcro, tomamos un baño prolongado y sobre las dos de la tarde, engullimos una especie de chicharros portugueses, llamados carapaos, jugosos, sabrosos y bien condimentados, pero cobrados a precio de lubina. Sin más dilaciones, retomamos el regreso a Vigo, que culminó pasadas las diez de la noche. Resulta ocioso hablar de cansancio.

Transcurridas dos semanas laborales, a las dos de la tarde del último viernes de julio, se inició otra vez el viaje a Huelva, esta vez con parada intermedia en Portugal. La aldea natal del Nobel Saramago – Azihaga se llama – tiene una casa solariega, cuyo propietario, el Marqués de Rio Maior, decidió dedicar la planta baja a hospedería de turismo rural. La mansión conserva un empaque algo tronado, está bien decorada y es silenciosa y confortable. Sus viejas paredes están cubiertas de hiedra, las antiguas caballerizas están ocupadas con aperos de labranza e ilustradas con carteles de touradas y el amplio jardín dispone de piscina y cuenta con una jaula de buen tamaño, con pájaros lugareños y exóticos, algunos de ellos probablemente provenientes de la cercana reserva ornitológica de Boquilobo. En la biblioteca superabundan los libros de historia, con especialísima dedicación al Marqués de Pombal, verdadero genio tutelar de la casa, pues también en las paredes del salón de huéspedes cuelgan retratos de esta señera figura de lo que, generosamente, podría llamarse la ilustración portuguesa, que goza del mérito de haber restaurado Lisboa tras el trágico terremoto que conmoviera a Goethe y a Voltaire. Biografías ilustradas de Hitler, Mussolini y Dollfus arrojan sombras de sospecha sobre la ideología del propietario aristócrata. Decoran también las paredes de la sala retratos de los antepasados del actual marqués y un Pissarro que, poéticamente al menos, merecería ser original.

La aldea, en la margen derecha de un Tajo desmedrado, proclama ser la más portuguesa de Ribatejo. La casa natal de Saramago, paredaña con otras bajas que conservan las marcas de la pobreza originaria, ha sido realzada y azulejada, con pésimo gusto, por sus actuales propietarios. Una especie de nicho, también azulejado, recuerda al caminante que allí nació el autor de La balsa de piedra. En el lugar hay boticas, gestorías administrativas, dos iglesias e incluso una sucursal bancaria y una sede del Partido Comunista Portugués, pero ni una sola tienda de fotografías. Ello nos impidió recoger testimonio gráfico del despropósito.

En la terraza de uno de los bares del pueblo, y engañado por la tosca publicidad de un cartel, pedí un jarro de cerveza, sin sospechar que el recipiente contenía nada menos que un litro del rubio y espumoso brebaje. Los lugareños rieron con ganas mi torpeza de forastero.

Cenamos en un mesón con muchas pretensiones, regentado por un lindo obsequioso y remilgado, y pomposamente denominado O patio do Burgo. La cena fue sólida, contundente y sabrosa, pero lo mejor estuvo a cargo de un excelente tinto ribatejano, espeso y fuerte – 13’5 grados – pero de paladar delicado y noble. La habitación resultó acogedora, cómoda y propicia y el sueño fue reposado y plácido.

La confusión entre hora portuguesa y española hizo que saliésemos de Azinhaga más tarde de lo previsto, de modo que, a pesar de la reciente inauguración de un nuevo tramo de autopista entre Grândola y Ourique, cruzásemos la frontera del Guadiana cerca ya de las tres de la tarde. Un percance inesperado, la gasolina agotada, afortunadamente a sólo trescientos metros de una gasolinera, retrasó aún más el almuerzo, que se hizo en Cartaya, en un llamado Restaurante Consolación, en el que nos cobraron a precio de verdadera desolación una dorada a la plancha con gazpacho y ensalada. Cuando llegamos a Huelva, nos informaron en la recepción del hotel, situado justo enfrente del colegio en que se hospedaba Daniel, que este nuestro hijo acababa de estar allí preguntando por nosotros. Esta circunstancia menguó considerablemente las furiosas ganas de playa que Mariné arrastraba desde Vigo, pero aún así nos acercarnos a la mastodóntica Punta Umbría, superpoblada, aunque paseable. Lo mejor, el paseo, el baño y el vislumbre de las dunas y los pinares; lo peor el ambiente de apartamentos y hoteles de playa y el tufo a chiringuitos exterminadores.

De regreso a Huelva, pronto volvió Daniel a buscarnos. Afectos filiales aparte, necesitaba guita para la marcha nocturna de despedida que tenían programada él y sus compañeros de labor.

La ciudad no es fea ni bonita. La brisa y la temperatura, ideal para un norteño, inusualmente fría para los nativos, ayudaban a pasear. Tomamos unas tapas ricas, generosas y baratísimas en una pequeña taberna llamada La Prensa, enteramente decorada con primeras páginas de periódicos locales, nacionales y extranjeros.

Al día siguiente, domingo, y una vez que Daniel se despidió de sus colegas, se hizo el viaje de vuelta sin más interrupciones que una frugal colación en la estación de servicio de Alcaçer do Sal y un té de urgencia, capricho de Mariné, en Valença, a menos de veinticinco kilómetros de nuestra casa en Vigo. Llegamos sin novedad, señora baronesa.

Viaje a El Bierzo (Noviembre de 1999)


Nos quedaba sin utilizar, por interrupción del viaje de verano, un bono de Paradores y hacía tiempo que teníamos ganas de conocer Las Médulas y su entorno. Hubo que esperar a mediados del mes de noviembre para encontrar una habitación disponible en el Parador de Villafranca del Bierzo, pero aún así la suerte nos acompañó. Desafiamos los lúgubres pronósticos de los hombres del tiempo y el sábado, día trece, a las diez de la mañana emprendimos el viaje. El cielo se iba aclarando por momentos y poco después de las doce del mediodía, con un sol brillante, nos encontramos con el cartel indicador del paraje áureo.

La Diputación de León instaló al final del tramo practicable de carretera un aula arqueológica que contiene información gráfica e incluso escultórica sobre la época en que la comarca fue notable explotación minera, que aprovisionó las arcas del Imperio romano. El paseo hasta las cuevas casi gemelas que ilustran las antiguas excavaciones (La Cuevona y La Iluminada) se hizo cómodo pero algo largo. La culpa fue un poco nuestra, porque la empleada de recepción del aula nos había dado buenas referencias de un atajo, por el que después hicimos el camino de vuelta. Los colores verdes, ocres, dorados, tostados con que el otoño tiñe el bosque, las hojas secas y caídas, conformaban un paisaje bellísimo, magnífico entorno para las apuntadas peñas rojizas, otrora canteras y minas. Para acceder al mirador se debe deshacer parte del camino para tomar el ramal que conduce a Orellán y, desde allí, subir una pedregosa y empinada cuesta en cuya cima se abre el circo rocoso, parte principal y espectacular del conjunto recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad.

Comimos en Carucedo, en el llamado Mesón del Lago, sin duda por su proximidad a la formación acuosa que hay en el lugar. En el camino hacia Villafranca sobrepasamos el cruce del Lago y hubimos de retroceder. Aún así, eran menos de las cinco de la tarde cuando llegamos al Parador. Tras un descanso reparador, recorrimos la Calle del Agua y terminamos cenando en la Hospedería de San Nicolás, bello edificio de fachada barroca y claustro renacentista, que fue colegio de jesuitas y de paúles, que conoció la desamortización de Mendizábal, y actualmente adquirido por un matrimonio madrileño que va progresivamente habilitando espacios para confortables habitaciones y utiliza los pasillos del claustro para la instalación de las mesas del comedor. Allí nos confortamos con caldo del convento, revuelto de las dos clausuras, lacón con pimientos asados del Bierzo, castañas de las Médulas y un vino de Mencía sólo regular. Dejamos nuestro recuerdo en el libro de visitas, lleno de mensajes de peregrinos y otros viajeros de toda índole, compramos una botella aguardiente de cerezas con el que nos habían obsequiado los postres y escuchamos las informaciones algo oficiosas del propietario, un pijeras matritense bastante bien dotado para las relaciones públicas. Caía una leve llovizna cuando nos acercábamos al Parador para dormir en paz.

En la mañana del domingo y tras un desayuno copioso para Mariné, frugal y muy frutal para mí, recorrimos otra vez las calles de Villafranca: el Castillo, de torres cilíndricas, rematadas en tejados cónicos de pizarra, al estilo francés; la iglesia románica de Santiago en la que los peregrinos enfermos podían ganar el jubileo si se veían impedidos para llegar a Compostela, la hospedería para peregrinos, antiguo hospital aledaño a la Iglesia de Santiago, que está siendo artesanalmente restaurado y vocacionalmente habilitado para albergue por un navarro de estilo clerical y alma aparentemente sencilla. Allí dejamos nuestro óbolo para las obras. Volvimos otra vez a la calle del Agua, la recorrimos de arriba abajo y de abajo arriba y volvimos al Parador para subir al coche y dirigirnos al Balboa y Cantaxeira, en los Ancares bercianos. En uno y otro lugar existen sendas pallozas habilitadas como bar y la de Cantaxeira dotada de un anejo para huéspedes. A la vuelta, el día que había amanecido brumoso –la niebla nos dificultó el ascenso a Cantaxeira- despejó por completo y pudimos alcanzar el mirador de Corullón con una visibilidad casi perfecta. Así animados, decidimos completar nuestra visita al Bierzo con una parada demorada en el monasterio de Carracedo, cuya parte conservada y cuyas ilustres ruinas son ejemplos paradigmáticos de sucesivos estilos que los monjes del Císter y las distintas utilidades del conjunto monástico y civil fue teniendo a lo largo de su historia. No quisimos renunciar a la subida, muy penosa en sus últimos kilómetros para alguien que, como yo, padece de vértigo, al pueblo de Peñalba de Santiago, con sus casas primitivas restauradas como residencias de vacaciones para propietarios vocacionalmente rústicos, y con su bellísima iglesia mozárabe, verdadera joya de ese estilo, cuyo interior conserva policromías de singular gracia. El Valle del Silencio es esplendoroso: una apología del roble y del castaño, de los mil colores de las hojas, de los ricos matices del gris roqueño. Comimos en una taberna regentada por un orondo mocetón que se parecía muchísimo a Alfonso Ibáñez, alias el gordo, ilustre empresario de actividades diversas afincado en Avilés. Llegados de nuevo a Ponferrada, no nos olvidamos del cercano y pintoresco pueblo de Molinaseca, con su puente de los peregrinos y sus calles porticadas.

El viaje de vuelta no tuvo ningún percance, salvo la caravana que habitualmente se forma en Porriño los fines de semana. En casa no nos esperaba ninguna novedad digna de mención.

Pretérito imperfecto (1999)


Permítaseme comenzar con una obviedad: Si Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino, fuese una novela, nadie dudaría en clasificarla como Bildungsroman. La obviedad deriva precisamente de que no es una novela, sino una autobiografía, género en el que el proceso de formación de un carácter es, digámoslo así, connatural y casi exigible. Ocurre, sin embargo, que el marcadísimo acento que pone el autor en los sucesivos hechos, vivencias y sentires que fueron construyendo y conformando su figura científica y humana legitima en cierto modo la observación inicial, a pesar de su inanidad aparente. Desde su infancia sanroqueña hasta su paseo nocturno por los rincones de Córdoba, previo a su incorporación, en calidad de director, al dispensario de psiquiatría de la capital omeya, van sucediéndose episodios, facecias, impresiones, reflexiones, trabajos, afanes, estampas, padecimientos y gozos, entre los que sería difícil encontrar tan sólo uno que pudiésemos, con comodidad, calificar de meramente anecdótico. Es tal el productivismo que despliega el profesor Castilla que hace irreprochablemente pertinente la acusación de calvinismo que, al parecer, le imputó en más de una ocasión su maestro López Ibor. Otra observación de colega, en esta ocasión de Martín Santos en conversación con Juan Benet, también viene perfectamente al caso del libro que comentamos. Decía el autor de Tiempo de silencio, allá por los años cincuenta, que el entonces maratoniano frenólogo Don Carlos lo consideraba todo sub specie psychiatrica. Y algo de ello hay, creemos, todavía ahora, en las memorias que comentamos. La pasión cientifista de ese terapeuta esencial que es Castilla del Pino no se ha apagado con la edad y ello trasciende a sus escritos bajo esa forma que sólo alguien muy aviesamente malintencionado podría tildar de deformación profesional. Pocas personas en el mundo llevan cualquiera de sus atributos definitorios con la misma radicalidad y esencialidad con que Castilla se inviste de su condición de médico. Por supuesto, se trata de una observación personal de la que sólo el autor de estas líneas es responsable, pero creo que no me resultaría nada difícil encontrar numerosísimas aquiescencias sobre tal extremo. Pero la dimensión médica no agota en absoluto la poliédrica figura de este perpetuo pesquisidor de saberes. Se trata, en suma, de la autobiografía de un hombre que, en otra de sus obras, o tal vez en una entrevista, no lo recuerdo bien, confesaba haber aprovechado el tiempo de sus defecaciones para leer la Crítica de la razón pura. Presumiblemente hubo de expeler ventosidades apodícticas, zurullos asertóricos y formas a priori de la sensibilidad rectal. Algunos de estos kantianos subproductos se encuentran también en el libro que comentamos.


Escribí esta frívola reseña sin gracia el día 1 de marzo de 1999, recién terminada la lectura de la primera parte de las memorias del psiquiatra sanroqueño. Años después leí "Casa del Olivo", segunda parte de tan notable autobiogafía: presa de cierto asombro erizado por la crudeza del recuerdo de las muertes de sus hijos y su vivencia de las sucesivas tragedias, me abstuve de hacer comentario alguno.

Viaje de verano del año 2000


Una cierta galbana postvacacional me fue venciendo más de quince días, durante los cuales, entre estancias de amigos retornados de las Indias occidentales, paseos con la parienta, desganas varias y otras postergaciones, fui dejando preterido el deber de reseñar viajes, lecturas y audiciones. Cuando ahora me pongo a la tarea, soy consciente de que se han de dar inevitables olvidos y manifiestas imprecisiones, a lo que también habrá de contribuir la omisión de la cautela previa de las notas rápidas en el momento y lugar de los hechos narrados. Confío, no obstante, en que no se pierda ni se falsee ningún detalle de importancia.

Había que llevar a Daniel al campamento Asolace, en el valle de Belagua, cerca de Isaba, uno de los corazones del Pirineo navarro. Así que, tras compras de última hora de equipamientos de montaña y de comparecencia tan breve como obligada en determinado encuentro fúnebre, salimos de Avilés a media mañana de un soleado lunes de mediados de julio. Poco después de las una de la tarde estábamos en el balneario y acuífero pueblo de Solares, en el que nos detuvimos para no demasiado frugal refrigerio en el Mesón El Tejo, honrada casa de comidas con ciertas pretensiones estéticas, de la que salimos bastante confortados con un menú del día generoso y en buena sazón. En torno a las seis y media pudimos dejar la impedimenta en el ya previsto hotel rural de Isaba, que resultó mejor y más confortable de lo que había imaginado.

El campamento de Asolace es una reserva de euskaldunes hirsutos y semiasilvestrados, provistos de caravanas y turismos que, por encima o por debajo de la matrícula oficial, lucían pegatinas ovales con las siglas EH, que podían –y querían- denotar, indistintamente Euskal Herria y Euskal Herritarrok. Así que apañados andábamos y convenía atarse los machos y advertir a Daniel de los riesgos que podía correr con tan distinguido vecindario. Quien, pasada más de una hora, llegó y fue identificada como monitora del campamento, moza de no mal ver, pero de adustas y casi hurañas maneras, tenía todas las trazas del abertzalismo juvenil, rampante y chulesco.

De nuevo en Isaba, recorrimos las empinadas callejuelas del pueblo, con muy hermosos edificios de piedra, algunos de los cuales exhibían blasones heráldicos. La imponente iglesia, de poco común estatura, muestra vestigios de casi todos los estilos, del románico al neoclásico. El valle del Roncal apenas deja asomar, desde el pueblo, su singular belleza, que habrá de contemplarse desde lugares más apartados.

A la anochecida, nos recogimos en el hotel y decidimos probar las esperables excelencias de su cocina. No quedamos defraudados. Aunque se pasaron un pelín en la factura, lo cierto es que todo estaba muy bueno. Los comensales que compartían sala con nosotros eran una joven pareja castellana, con cierto aire pijoterín, otra pareja de franceses cuarentones y dos varones malencarados, uno de ellos picado de viruela, vestido de calzón corto y armado de nudoso estadoño. Hablaban euskera entre si y dirigían torvas miradas a la turba forastera, entre la que nos contábamos, cuya presencia parecía incomodarles sobremanera. Devoraban, más que comían, descomunales chuletones de ternera, generosamente regados con Rioja de excelente etiqueta. Por momentos, viví sensaciones de mal fario.

La habitación abuhardillada, con camas bien dotadas y baño exiguo, pero pulcro, favorecía el sueño profundo y reparador. Me desperté con las campanadas del cercano reloj de la torre de la iglesia: siete, bien espaciadas, y luego repetidas. No había prisa y pude remolonear un buen rato. El desayuno, completo y abundante, dejó encantada a Mariné. Por mi parte, sigo sin poder adaptarme a la sana costumbre de llenar la andorga a tan tempranas horas del día.

Salimos con buen tiempo para hacer nuestra siguiente etapa. En el pueblo de Roncal nos detuvimos para hacer provisiones higiénicas. Tuvimos que esperar a que abriesen la única farmacia de la localidad y la oficina de turismo, en la que nos informaron de la ubicación exacta del mausoleo de Gayarre y de que la casa museo del eximio tenor no abría sus puertas hasta las once y media de la mañana. Paseamos hasta el cementerio y contemplamos y fotografiamos la magnífica escultura de Benlliure que corona la tumba del lírico. La casa museo sería visitada en posterior momento de este mismo viaje, como luego habremos de ver.

Para llegar al Monte Perdido, desde Navarra, es obligado pasar, entre Biescas y Boltaña, por una sinuosa y estrecha carretera, con amedrentadores precipicios y barrancos de vértigo y respeto, que me pusieron de muy mala uva. Después la carretera se dulcifica e incluso el tramo entre Bielsa y el Parador, angosto pero seguro, se hace con relativa comodidad. El vino de bienvenida, tomado en la terraza inferior, con los neveros de las cumbres enfrente, nos supo muy bien. Comimos en la terraza superior, bien pertrechada de toldos de buena lona, sin los que el sol nos hubiese deslumbrado. Siesta y paseo a pie hasta la primera cascada del Cinca, que, vista desde la lejanía de la terraza, semeja una pequeña y juguetona cola, y que de cerca, desde el puente de madera, impresiona bastante más.

El interior de la pequeña ermita de La Pineta, justo al lado del Parador, es una breve maravilla de ingenuidad y colorido. Al día siguiente, nos acercamos a Bielsa, no sin antes parar en el utilitario monumento de madera (se trata de una enorme mesa para meriendas comunitarias), de arquitecto libanés, ilustre pero de difícilmente recordable nombre, que la Diputación de Huesca tuvo a bien colocar en el bosque para solaz del pueblo llano. Las iglesias de Javierre y de Bielsa son sendos ejemplos de ese tosco románico aragonés, que constituye uno de los atractivos culturales de la zona, en la que el paisaje manda con abrumadora prepotencia. Como también lo son las de Lafortunada y Tella. A esta última se accede por otra carretera de espeluzno y sudores fríos. Un rústico local mostraba, a cambio de muy modesta propina, un minúsculo museo de aperos de labranza y útiles domésticos, de escaso interés antropológico. Sí tiene algún interés de este tipo el museo municipal de Bielsa, en el que, junto con descripciones de los orígenes míticos de la cordillera pirenaica y bellas estampas de su flora y de su fauna, hay una colección de fotografías de familias e individuos en distintos acontecimientos, ceremonias y escenas de la vida diaria, muy ilustrativas de los usos costumbres e incluso nivel de vida de los lugareños en las últimas décadas del XIX.

Al día siguiente, tocaba cambiar, si no de paisaje, sí, al menos, de Comunidad Autónoma. Para ir hacia Artíes, en pleno Valle de Arán, y siguiendo consejos del recepcionista del Parador, atravesamos el túnel de Bielsa y nos internamos en Francia por serpenteante carretera que desciende hasta Saint-Lary, dejando ver otra cara verde y no rocosa de la cordillera, de muy francesa belleza, que si la altitud y el desnivel no lo impidiesen, podríamos calificar de campiña. En Arreau debe tomarse una desviación a la derecha que conduce a la ascensión del coll de Peyresourde, con heroicas resonancias de hazañas ciclistas. Después, se baja hasta Bagneres de Luchon, preciosa, decadente y limpísima ciudad balnearia, con empaque y vitola imperiales, para luego volver a subir hasta coronar el puerto del Pontillón, entrando en España, y bajando de nuevo hasta Bossosts y luego hasta Viella, y desde la capital del Valle de Arán, hasta Artíes por la carretera de Baqueira /Beret. Muy poco después de las doce del mediodía estábamos ya en el Parador y pudimos disfrutar de gimnasio - quince kilómetros de bicicleta estática - y de piscina hasta la hora de comer. Los prestigiosos paradores observan costumbres de tradicional fonda ibérica y guardan la botella con el vino no consumido - un Marqués de Cáceres, crianza del 96 -, con el nombre del cliente escrito en una etiqueta. Se agradece.

Entre la siesta, la lectura y los paseos por el pueblo se nos fue pasando nuestra primera tarde aranesa, que concluyó con una cena en un simpático restaurante, con pujos cinegéticos en la decoración de interiores, regentado y servido por industriosa y pizpireta dama y camareros jacarandosos, todos ellos con plumaje de edredón noruego y pérdidas de aceite de más del setenta por ciento. La clientela, salvas dos o tres excepciones, a perfecto juego con el ambiente de la servidumbre. Montagut se llama el establecimiento, para quien le interese, y está situado en la carretera general, justo enfrente de la antigua casona de Don Gaspar de Portolá. Los platos, no demasiado generosos, se dejaban engullir mejor que bien.

A la mañana siguiente decidimos liarnos la manta a la cabeza y lanzarnos a la pequeña aventura de visitar los saltos de agua conocidos como Sauth deth Pith, en recio aranés, lengua cooficial con el catalán y el español en todos los pueblos del valle. El acceso a las bellas cascadas, rodeadas de un impresionante circo de montañas, se hace por una carretera estrecha, pedregosa y endemoniadamente desprotegida. Esta vez los abismos y la acrofobia pudieron conmigo. En una curva en la que el piso se ensanchaba formando una especie de elemental mirador, abandonamos el coche y seguimos a pie los más de cuatro kilómetros que aún quedaban de camino. No fuimos los únicos, aunque deba decirse que tampoco fueron pocos los osados que lograron llegar a la explanada final a bordo de sus baqueteados vehículos. El regreso resultó bastante menos atroz. No sin antes informarnos de que a otras cascadas, las de Artiga de Lin, se podía llegar con muchísimos menos riesgos, emprendimos, desde Les Bordes, el camino hacia los Uelhs deth Joeu, por una carretera boscosa y umbría, jalonada por pequeñas y grandes fuentes. Poco más arriba de los cristalinos ojos, desde un rellano de la montaña, se contempla la pared nororiental del Aneto, que se yergue y domina con altivez todo el horizonte.

Era aún bastante temprano cuando nos paramos en Viella para comprar El País y dejar en un taller de fotografía el carrete de fotos recién terminado. Así que pudimos subir a Baqueira / Beret, lugar de monárquicas esquiadas. La estación de esquí ofrece en verano un aspecto un tanto pelón. Tomamos, no obstante, el teleférico, porque el paisaje de todo el valle, desde lo alto de las cabinas, sigue siendo un espectáculo grandioso. Dejando para mejor ocasión la visita a Tredós y su balneario, regresamos al Parador a muy buena hora para disfrutar de comida y siesta. Al atardecer, volvimos a Viella para recoger las fotografías ya reveladas y aprovechamos para dar un prolongado paseo por tan turística población, con su elegante iglesia románico-gótica, de torre ochavada y gallarda, y el Garona, que divide en dos la disposición de las bien ordenadas casas tradicionales, que soportan sin empacho la vecindad de edificios más utilitarios y arracimados. Nos llamó la atención el escaparate de una tienda-taberna, llamada Don Vielhito, y nos acercamos a su espléndidamente provista barra. La enorme profusión de pinchos de todas las estirpes, suertes, aderezos y materias nos llenó el ojo y nos abrió el apetito. La bodega era también muy notable. Con un vino tras otro y un pincho después del anterior, rigurosa aunque primitivamente contabilizados por el sistema de depositar los palillos en un platito dispuesto a tal fin, nos pusimos algo más que tibios. La muy buena impresión quedó ratificada y aún mejorada en el momento en que pedimos el importe de todo lo consumido, que resultó ser muy razonable, incluso parco. Después de esta copiosa ingesta, quedaba ocioso pensar en cena de cualquier clase, por frugal que fuere. De nuevo en el Parador, me dispuse yo para acudir a un concierto en la Iglesia de Santa María de Artíes, que se venía anunciando desde el día anterior. En lugar aparte, se comentarán, como merecen, concierto y entorno. Dejemos aquí tan solo constancia de que la ocasión de ver las policromías de la vieja y algo deteriorada iglesia –ejemplar típico del románico catalán, con específicos rasgos araneses- justificó la asistencia a la velada. Mariné se quedó en la cama, viendo la televisión y, cuando llegué del concierto, me anuncio con cierto alborozo el triunfo del Pisha, cuya apoteosis se prolongó hasta las dos de la mañana, en la final del Gran Hermano. Sólo faltó en el evento, como glosador de alcurnia, el filósofo Gustavo Bueno.

Amaneció con buen tiempo y tocaba acercarse a Huesca. Y digo acercarse, porque nuestro destino, Arguís, es un pantano situado a diecinueve kilómetros de la ciudad de la fatídica campana. Quedaba pendiente una imprescindible visita a Aínsa, bellísima localidad del Alto Aragón en la que no nos habíamos detenido en el camino de Isaba al Monte Perdido, ni tampoco habíamos tenido tiempo de conocer desde este último. Ahora no quisimos pasar de largo. Y la parada mereció la pena. Ya desde las murallas del castillo la visión de la Plaza Mayor, con los Pirineos al fondo es un gozo intenso y grande. El paseo, desde la plaza por las empinadas calles aledañas, es otra experiencia singular y plena, que se completa con la contemplación de todo el conjunto, paisaje pirenaico y valle del Ara incluidos, desde la cúspide de la torre de la magnífica iglesia románica de Santa María. Pocos kilómetros después, Boltaña posee también una hermosa, aunque irregular, Plaza Mayor. Se celebraba en aquellos días un encuentro internacional de luthiers, que exponían sus elaborados instrumentos en distintos portales, rincones, calles y estancias municipales: zanfonas, tiorbas, tambores… adornaban el pueblo y pequeños conciertos callejeros animaban el ambiente. Pudimos también ver el museo local, con aperos de labranza, instrumentos musicales diversos y fotografías de época. Una joven pareja (de la guardia civil) me animó en el propósito, ya previamente esbozado, de acercarme a Huesca por la carretera comarcal que atraviesa el puerto y valle del Serrablo, bordeando el río Guarga. El paisaje es digno de ver y los consabidos y temidos precipicios no tienen demasiado mala catadura: sufrí algo, pero poco. Llegamos a Arguís para comer a hora casi europea. Siesta, paseo por las orillas del embalse y pequeña excursión a Huesca. Magnífica la portada gótica de la catedral, pero muy poco más en el resto de la ciudad. En homenaje al amigo Fernando Bartolomé, oscense de adopción, fotografié el rótulo de la Costanilla de Lastanosa, ilustre personaje aragonés y uno de los protagonistas de su novela En el tiempo del hierro acicalado. Reposado y pacífico es el Parque de Miguel Servet, con unos aguaduchos apañados en los que pudimos dar gusto al paladar reseco con unas benditas cervezas frías. Cuando volvimos a la parte alta de la ciudad, el Museo provincial cerraba sus puertas y nos quedamos sin poder ver la célebre sala de la Campana de Huesca. Otra vez será. Los invitados a una boda de probablemente notables mozos locales ocupaban la práctica totalidad de la plaza de la catedral y deambulaban por las calles limítrofes. Así nos despedimos de la capital del Alto Aragón.

Había nubarrones en la mañana dominical en que salimos de Arguís con destino a los riojanos monasterios de Suso y Yuso, a los que llegamos, no sin dar un pequeño rodeo, debido a las imprecisas señalizaciones de la carretera, bastante antes del mediodía. Gracias a esta madrugadora arribada, y a la información que nos dieron en la recepción de la Hospedería, pudimos disfrutar de una muy completa y bien documentada visita guiada al Monasterio de Yuso, a cargo de una moza garrida, con resabios de vendimiadora, pero bastante bien informada y con un buen par de atributos. Comimos en una bonita pero mal atendida taberna, inevitablemente llamada Las Glosas, en la que daba nota discordante una pareja de colgados terminales con una infeliz niña pequeña, presumible e infortunadamente hija de tan penosos sujetos, que, pese a todo, jugaba contenta, a despecho de la miseria de sus progenitores.

Los amigos Lorenzo y Milagros siguen en el vecino Ezcaray con su taberna. Les llamamos, quedamos en ir a verles al día siguiente y nos recomendaron ir a cenar al Jauja, en Alesanco, o al Cantinflas en Badarán. Empezamos por tomarle las medidas a este último y no nos convenció. Llegados a Alesanco y recién entrados en el Jauja, quedamos inmediatamente convencidos de que allí nos darían bien de comer. Mitad bar, mitad abacería, con algo de almacén de coloniales, rebosaba salud y confianza. Y así fue. Las generosas raciones de espárragos, los pimientos rellenos, los revueltos de ajetes y el vino rosado, de agudo paladar, nos dejaron con el estómago regocijado.

En el trayecto de un sitio a otro, nos paramos en la abadía cisterciense de Cañas. A semejantes horas estaba, por supuesto, cerrada y, aún peor, anunciaba cierre para el día siguiente, lunes. Tuvimos la buena fortuna de encontrar a una servidora del cenobio, quien amablemente nos hizo saber que, por tratarse del día de Santiago apóstol, ese lunes se hacía excepción y se autorizaban visitas guiadas. Naturalmente, nos faltó tiempo para aprovechar la oportunidad, no sin antes cumplir con el ritual de rendir homenaje a San Millán de la Cogolla en su monasterio de Suso, al que su guardián y malencarado guía nos negó el acceso el primer día. El sobrio y luminoso gótico de Cañas se deja ver con placidez de espíritu, a pesar de la sobaquina de un guía de maneras clericales y sebosas, que se refocilaba un tanto en la descripción de la escena de la monja pícara que decora, en bajorrelieve, uno de los laterales de la tumba de Doña Urraca López de Haro. El reducido claustro no carece de encanto. Menor interés tiene la parte pictórica del museo, que guarda, sin embargo, notabilísimas joyas y obras de orfebrería. Terminada la visita, nos fuimos hacia Ezcaray, con tiempo más que suficiente para comprar finísimas mantas y chales en una fábrica que trabaja la lana con suprema exquisitez, y tomar un vino en la plaza, antes de que Lorenzo tuviese a bien aparecer por su figón. Esto ocurrió pasada la una de la tarde y, tras otros vinos de bienvenida, hicimos el obligado viacrucis etílico por casi todas las capillas del pueblo, acompañados del también avilesino Gerardo y su desdichada mujer y de un jubilado bilbaíno, antiguo síndico de la Bolsa de su ciudad, caballero culto, simpático y borrachín con quien hice muy buenas migas. Comimos todos los avilesinos (Lorenzo, Milagros, Gerardo, su mujer, Mariné y yo) en la taberna del primero y tomamos las copas en una agradable terraza. Quiso Mariné conducir el coche de vuelta a San Millán de la Cogolla, pero una vez que llegamos se percató de los efectos de algún exceso en el beber, que le produjo malestar y jaquecas. Desde entonces, habla, con buen sentido del humor, de San Millán de la Cogorza. Una pareja de recién casados que venía detrás de nosotros por la carretera, viendo la matrícula pontevedresa, se decidió a abordarnos y pegar la hebra del paisanaje y de la comprobación de la compartida vecindad viguesa. La cena en el buffet de la Hospedería fue menos que un tentempié. El estómago no daba para más.

Sin resaca, pero con algún leve malestar, partimos la mañana siguiente a territorio de infieles e hicimos la primera parada en Estella, la Lizarra del funesto pacto. Bellísimo el viejo Palacio de los Reyes de Navarra, que alberga, entre otras curiosidades, un museo Gustavo de Maeztu, pintor local, hermano, al parecer, del ideólogo protofascista, que es una improbabilísima, desordenada y medianamente talentosa mezcla de Sorolla, Romero de Torres y Solana, con algo de costumbrismo, otro poco de hidalguía trabucaire y algo más de tremendismo edulcorado. Llovía y tampoco había demasiado tiempo para recorrer las iglesias de la ciudad, pero dejo constancia de la orgullosa portada románica de la de San Miguel. Las calles estrechas y recoletas del casco histórico, así como la equilibrada plaza mayor, tienen señorial encanto.

Gran tromba de agua recién enfilada la autopista a la altura de Pamplona, que nos dejaba prácticamente ciegos a los conductores, y que nos fue obligando a parar en el arcén. Pronto escampó, pero el problema siguiente, una vez que tomamos la salida correcta para llegar a Udabe, fue dar con el puñetero pueblo. Las indicaciones que nos daban los lugareños eran cualquier cosa menos precisas y claras. Al fin, lo encontramos. La llamada Venta de Udabe es una muy digna casa de turismo rural, muy navarra pero escasamente euskalherriaka. Quizás les falte a sus dueños un poco más de empuje, pero se come y se duerme muy bien. Los cuartos de baño de las habitaciones son menos que la mínima expresión del concepto “baño” y están recubiertos con un horrendo piso de sintasol. Salvado este irritante detalle, todo lo demás resulta bastante agradable. Hay incluso, en cada habitación, libros a disposición del cliente y, de ese modo, pude leer durante la estancia los Relatos de Odesa, de Isaak Babel, que me sorprendieron por su absoluta modernidad.

Tras la comida y la siesta, poco nos apetecía el excursionismo. Nos bastó con acercarnos a pie a los vecinos pueblos de Beramendi e Itxaso, repletos de ganado vacuno y paisanaje bravío. La venta queda un tanto alejada del núcleo del pueblo de Udabe, que tiene muy ricas casas de propiedad de potentados pamploneses y destinadas al ocio estival y sabatino. Esperamos la hora de la cena leyendo periódicos locales y alguno de los relatos de Babel. Algunos de los huéspedes que compartían con nosotros alojamiento y comedor, resultaron ser una familia viguesa, con niños zangolotinos y maneras de terraza del Náutico. Que su dios los bendiga.

El cielo que por la mañana observamos desde la ventana de la habitación parecía propicio para poder aventurarnos en atravesar sierras y valles. Así que cogimos el coche y a pocos kilómetros de la venta nos desviamos a la izquierda por una hermosa carretera, que asciende a través de un bosque frondoso y verde hasta Saldías para luego bajar hasta la bonita villa de Santesteban (Dontzebe, en euskera), pasando antes por Donamaría. Desde Santesteban y siguiendo con precisa fidelidad el curso del Bidasoa, llegamos a Bera (aunque no se muy bien por qué, sigo respetando la ortografía euskérica). Se trata de una villa hermosísima, afeada y vituperada con profusión de banderolas con las siglas EH y ominosos mapas negros de lo que algunos descerebrados, bastantes más de lo que sería saludable, consideran sacrosanto territorio histórico de Euskalherría y soporte físico de un Estado soberano tan quimérico como inspirador de infamias y tropelías criminales y sangrientas. Después de homenajear convenientemente a toda la familia Baroja y, muy en particular, a Don Pío –la casa de Itxea, cerrada a cal y canto, es, incluso por fuera, una maravilla envuelta en hiedra- , tomamos unas cervezas reparadoras. El dueño del bar, amabilísimo, nos indicó con claridad el camino más corto hacia Zugarramurdi –el homenaje a Baroja debía continuar allí- , pero nos recomendó desviarnos antes a las francesas cuevas de Sare, e incluso tomar un tren turístico que llega a la cumbre de no recuerdo bien qué monte sagrado. Pasé por lo de las espeluncas gabachas, llenas de souvenirs del más acendrado kitsch, y provistas de tecnología virtual que lo mismo proyecta en las paredes pinturas rupestres o goyescas que hace oír los chíos de los murciélagos, pero de ninguna manera consentí en acceder a ningún parque temático de perturbadoras mitologías nacionalistas. Empinado y retorcido camino hay entre Sare y Zugarramurdi, que se asienta en lo alto del puerto. Comimos con bastante largueza en un restaurante casero y amplio, con vistas al montañoso entorno. Acabado el yantar, mejor apetecía una siesta que evocar aquelarres. Pero el deber es el deber y nos dispusimos a recorrer a pie el medio kilómetro largo de carretera rural que conduce a las famosas cuevas del conocido relato barojiano. Nos guió la visita una buena moza, sin demasiados resabios nacionaleros, lo que, por aquellos pagos, es de agradecer. Aún así, su versión del auto de fe de 1610, promovido por Pierre de Lancre y desarrollado por el tribunal del Santo Oficio de Logroño, tenía algún toque de progresía ingenua y no del todo rigurosa. Reconcilémosla en efigie y condenémosla tan sólo a una noche de coyunda con el ordinario del lugar. Mariné compró, para regalar a amigos varios, no sé cuantas reproducciones de dudoso gusto de un cuadro de un tal Alberto Keller, intitulado Sueño de brujas, con texto ilustrado en el dorso. Tiene su gracia. Siguiendo encarecida recomendación de Cardús, ex - portero del Real Avilés y actual dueño de la taberna La Rioja, intentamos telefonear varias veces a su hijo, guardia civil, o policía nacional, en el destacamento de Dantxarinea. Intentos fallidos, pues según pudimos comprobar ya de vuelta en Avilés, el número no era correcto. Cardús lamentó su error y también que no se nos hubiera ocurrido visitarlo, sin más preámbulos, en el propio cuartel. Como ya estaba bien de cuevas y tampoco apetecíamos, aquella tarde, monasterios, dejamos sin ver Urdax e hicimos la siguiente parada en Elizondo, otra muy agraciada localidad navarra, pastoreada por Eusko Alkartasuna, cuya sede está en una meritoria casa solariega. El Bidasoa, en su curso inicial, atraviesa el pueblo y lo premia con rumores argentinos. Retomando el valle de Ultzama, ahora por el este, para regresar a Udabe, atravesamos pueblos con preciosas casas de estilo rural típicamente navarro como Iratzotz o Larrainzar. En suma, aprovechamos bastante bien el día, dando buena cuenta en menos de diez horas, del valle de Ultzama en sus dos vertientes, de la regata del Bidasoa y del valle del Baztán, con literatura y brujería incluidas. Incluso quedó tiempo para retomar, antes de la cena, la lectura de los relatos de Babel.

Quedaba un día más de alojamiento en Udabe y se aprovechó para hacer algún reconocimiento de urgencia a la Sierra de Aralar. Nos dirigimos, primero, a Lecumberri, agradable pueblo de veraneo provecto, que cuenta con un ajardinado hotel decadente, que merece ser usado y disfrutado. No sé si volveré por Navarra, pero si lo hago, este hotel habrá de ser uno de los establecimientos que considere con especial atención.

Probablemente, cuando las guías turísticas al uso hablan de Leitza como enclave interesante, deben de referirse a las posibilidades de senderismo que se ofrecen de camino a tan huraño lugar, con escaso interés monumental, no demasiado notable entorno paisajístico –en comparación con otros lugares cercanos- y una cantidad declaradamente letal de mala leche por metro cuadrado, que literalmente espanta. El edificio del Ayuntamiento, en el que asienta sus reales la patulea de EH, está “decorado” con abigarrados carteles en lengua vernácula, con las consignas de ordenanza, y el lienzo de muro que queda enfrente, íntegramente pintarrajeado con imágenes burdas, grotescas y seudotrágicas de “mártires” de la causa entre rejas. Todo ello, por supuesto, con el beneplácito e incluso con la promoción de la autoridad competente. No faltan, más bien superabundan, los consabidos mapas de la Euskalherría mínima, inscritos sobre banderola, para consumo de fieles. Entramos en una tienda de ultramarinos, en la que también vendían periódicos – el montón de los ejemplares de Gara era de doble altura que el del resto de las cabeceras juntas – y, después de hurgar como posesos, fuimos capaces de encontrar un casi perdido ejemplar de El País. Cuando nos acercamos a la caja para pagar la mercancía impresa, cajera, clientes y propietario de establecimiento nos miraban con gesto adusto y casi amenazador. Naturalmente, no esperamos ni medio segundo para meternos en el coche y emprender la huida. Volvimos a Lecumberri, pasé por la lejana oficina de turismo para agenciarme una bolsa promocional y tomamos la carretera que sube a la Iglesia de San Miguel de Aralar, bello ejemplar románico erigido en una cumbre desde la que se domina la práctica totalidad de la sierra, destacándose al fondo la estela pizarrosa que sobre el valle traza la vieja carretera que une Pamplona con San Sebastián. Esa fue precisamente la que luego tomamos para llegar a Betelu, lugar muy recomendado, cuyo interés radica en el sendero ecológico que bordea el río y conduce, monte a través, a otros pueblos próximos. Es sabido que no somos andariegos y a nadie sorprenderá, que una vez comprobado que en Betelu sólo hay este sendero y una fábrica de embotellado de agua mineral, partiésemos hacia Tolosa para allí empalmar con la autopista y volver a Udabe antes de que llegase una hora en la que solicitar el almuerzo en la venta resultara imprudente. Precisamente en Tolosa, y sólo un día después, se habría de producir el brutal asesinato del socialista Jáuregui, ex – gobernador civil de Guipúzcoa. Por la tarde, quiso Mariné desplazarse a un indeterminado pueblo en el que se había fijado el día anterior. Cuando llegamos, no supo muy bien si era o no el que le había llamado la atención. Paseamos durante un rato y regresamos. Antes de cenar, terminé de leer los relatos de Babel.

Salimos temprano para Garralda, pueblo sin especiales encantos, pero muy próximo a Roncesvalles y no demasiado lejos del valle del Roncal. El Hotel Auñak, pese a su falta de empaque exterior, es otro buen ejemplo de la bien cuidada hostelería rural navarra. Como llegamos bastante temprano tuvimos tiempo para ir a la oficina de turismo, enterarnos de los horarios de visitas en Roncesvalles y llegar incluso al lugar en que el mítico Roldán dejo de sonner son olifant en momento hábil para aprovechar una visita guiada al conjunto monumental: Colegiata, Iglesia de Santiago, Silo de Carlomagno, museo, etc. Decididamente, en Navarra hay buenas profesionales de la guía turística. Y muy guapas. Por su prestigio literario, contemplé con especial curiosidad el llamado ajedrez de Carlomagno, precioso joyel absolutamente impracticable para el uso que falsamente se le atribuye.

El comedor del Hotel Auñak está atendido por dos féminas de la rama juvenil de la familia propietaria. Ambas son eficientes y ambas hablan euskera con la clientela nativa, pero mientras una, Licenciada en Periodismo, según pudimos incidentalmente saber, es campechana y muy simpática, la otra, probablemente menos letrada, tiene un deje altivo y un estiramiento un tanto molestos, aunque, pasado algún tiempo, dulcifica semblante, maneras y trato. En cualquier caso, la cocina del establecimiento es excelente. Se echan de menos detalles, debido más bien a impericia que a tacañería o mala fe, como ejemplifica el habernos incluido en la factura, que abarcaba tres almuerzos y otras tantas cenas de dos personas, la única copa de pacharán que yo tomé después de la primera cena, o la torcedura de morro de la ventera altiva cuando le pedimos que nos sirviese el desayuno del último día a las ocho de la mañana, porque necesitábamos llegar a Pamplona antes de las nueve y media.

Después de roncesvallear, de comer y de sestear, dedicamos el resto de nuestra primera tarde en Garralda a subir hasta el pantano del Irati, con disfrute parcial del bosque homónimo, el de flora más rica de Europa, y a visitar las ruinas de la dieciochesca fábrica de armas de Orbaiceta, que son francamente interesantes. Tuve la mala fortuna de aplastar con las ruedas del coche un juguete de plástico que un niño había abandonado en la calle y de oir, como castigo, las muy groseras maldiciones de la abuela, una anciana gorda, impúdica y malencarada, que se refrescaba los pies en una palangana, sentada en una banqueta coja. Nosotros nos refrescamos la garganta un poco más abajo, en la terraza de un mesón que daba a un extenso campo en el que unos bragados pamploneses, a despecho de años y de grasas, disputaban un heroico partido de fútbol.

La mañana siguiente fue bastante movida. De camino hacia Lumbier, para ver la famosa Foz, nos detuvimos en Aoíz, en cuya magnífica iglesia han adosado una casa horrenda. Desde el mirador de la trasera, se domina una hermosa panorámica. Con estiaje, la foz es menos foz, pero, aún así, impresiona. Desde Lumbier, tomamos la carretera que lleva a Navascués. Hicimos la obligada parada en el alto de Iso, desde el que se contempla la no menos impresionante Foz de Arbayún. En Navascués, rodeando el castillo, emprendimos la escalada al alto del Puerto de las Coronas, otro magnífico mirador desde el que se puede ver, en toda su magnificencia el Valle del Roncal y el circo pirenaico que lo rodea. Una lápida provista de líneas de dirección indica los nombres de las montañas que perfilan el horizonte. La siguiente parada fue ya en Roncal pueblo. Como ya se anunció en esta croniquilla, no podía quedarse sin homenaje la Casa Museo de Julián Gayarre. Como curiosidad más de bulto, el coche de caballos del tenor, estacionado en el zaguán. A los aficionados, se nos sorprende con los carteles de casi todas sus actuaciones, los trajes de sus partes, desde Edgardo a Lohengrin, y la lista de su repertorio: hoy en día son muy pocos los que se atreven, al mismo tiempo, con Rossini y Wagner, con Meyerbeer y Verdi, con Donizzetti y Gounod. Quizás él mismo no debió haberlo hecho tampoco. Pero el caso es que lo hizo y sus contemporáneos no sólo no se lo reprocharon, sino que lo aclamaron del principio al fin. Como fondo, utilizan la voz de Alfredo Kraus, de la banda sonora de la película Gayarre. Es un pobre recurso, pero los incondicionales del eximio tenor canario lo agradecemos complacidos. Ya era algo tarde para pararnos en Uztárroz, que ofrece una altiva y bella estampa desde la carretera, con su castillo erguido y sus casas escalonadas. Espero que Bartolomé no me reproche la omisión. Los héroes de su novela ya quedaron reivindicados, por representación, en la persona de Lastanosa y la costanilla que lo recuerda en Huesca. Al pasar por Ochagavía, considerando la relativa cercanía a Garralda, decidimos no parar y volver al día siguiente. Llegamos a Garralda a tiempo de comer según costumbre hispánica. Por la tarde, entretuvimos los ocios entre lecturas de prensa y paseos por las praderas vecinas a lo largo de una senda circular que Mariné no se atrevió a completar.

Ya sólo nos queda por relatar el último día. Era domingo y se notaba en el ambiente. Según lo ya previsto, nos fuimos hasta Ochagavía. En este bonito pueblo, que sufrió un devastador incendio y, más tarde, invasión napoleónica, el río separa una parte llana, urbanísticamente dispersa, de otra empinada y densa, de estrechas calles pedregosas, distribuidas en torno a una iglesia que rige el orden en que todo se dispone. Otro límite, éste artificial, pues de la carretera se trata, acentúa la divisoria. Parece ser que en este lugar se rodaron dos señeras películas, a saber, Tasio y Secretos del corazón. Las devociones romeras se dirigen a la ermita de Muskilda, a la que se puede acceder a pie por un atajo de amedrentador desnivel, que preferimos ignorar. Una pista asfaltada, de curvas y contracurvas, permite una aproximación menos esforzada, y por ella metimos el coche. La ermita, de sugestivo románico primitivo, su fuente y su mirador parecen pensados para dar sosiego al caminante. Con menos escaldaduras de barrancos y precipicios, nos hubiésemos atrevido a explorar también el Santuario de Irati. Pero la perspectiva de veinticuatro kilómetros de ida y otros tantos de vuelta por infiernos acrofóbicos nos disuadió por completo. Cierto que el corazón del bosque de Irati y sus más bellas estampas están precisamente en ese recorrido. Pero, en ocasiones, el disfrute estético está reservado sólo a los héroes. Asumamos que no lo somos.

A la ventera altiva no le plugo nada que llegásemos al comedor cuando lo tenía casi repleto de clientela dominguera. Tal vez pensó que la única mesa libre, que nos dispusimos a ocupar, podría ser más rentable con una familia al completo. Un hostelero de bien debe saber disimular esta pequeña contrariedad. Las horas muertas de una tarde de domingo en Garralda no parecían ser un panorama estimulante. Así, pues, una vez sesteados, decidimos cruzar la frontera para conocer San Juan de Pie de Puerto (Saint Jean de Pied de Port, para sus habitantes). Al coronar el puerto de Ibañeta, es obligado pararse para otear horizontes y cumplir con el obligado ritual de las mitologías roldanescas, pero despachamos el expediente con una faena rápida y poco comprometida. La bajada hasta Valcarlos (o Luzaide) se hace interminable, pero tiene compensaciones visuales de importancia. San Juan de Pie de Puerto es un reducto de primitivismo turísticoeuskalerríaco en civilizado suelo francés. Nada más parecido a una Disneylandia de lo abertzale que esta, por otra parte, bella ciudad, que merece mejor suerte. Recuerdo haber leído en alguna parte la descripción de una calle pueblerina infestada de boñigas como chapelas. A Saint Jean de Pied de Port le ocurre lo contrario, pues está saturada de chapelas como boñigas. Si cualquier patriotismo es detestable, el de charanga y pandereta (perdón, quise decir el de aurresku y txalaparta) lo es en grado superlativo, pues une a la infamia el mal gusto. No hay perdón para este crimen, que, además, se comete con la agravante de la mercachiflería de baratija para papanatas. A la vuelta, paramos en la plaza de Valcarlos. Una dulce mongólica ofrecía amabilidades oficiosas a la clientela de la terraza allí instalada. Teníamos como vecinas a dos pamplonesas, con cierto toque bollero –lástima: una de ellas merecía más de un homenaje- que se atrevieron a romper la conspiración de silencio con tímidos comentarios críticos a las tremendas cosas que acababan de suceder. Fueron los únicos que escuchamos en todo el viaje, que aquí se acaba, pues al día siguiente, temprano, recogimos a Daniel en la estación de autobuses de Pamplona. En los escasos cinco minutos que mantuve el coche estacionado en un parking al aire libre, algún descerebrado me rompió la antena. Quiero pensar que el autor fue un gamberro elemental, que para nada reparó en la identificación oficial, con la “E” sobre fondo blanco oval, de mi país de origen.