Sunday, July 01, 2007

Dos viajes largos a uña de caballo (julio de 2001)



Las vacaciones veraniegas de Daniel vienen tradicionalmente incluyendo, por necesidades del servicio, una estancia campamental o similar. Este año le tocó un campo de trabajo en Huelva, para restauración de trajes e instrumentos musicales antiguos. Por razones que no vienen al caso, convenía acompañarlo en sus desplazamientos de ida y de vuelta. Así que, con una diferencia de dos semanas, hubimos de repetir, con leves variantes el mismo viaje. La primera fase se inició un sábado muy lluvioso, a muy tempranas horas. Sara y Gilles se iban el mismo día y ya se habían levantado antes de las seis de la madrugada para iniciar un periplo azteca con parada previa en París. Los acompañamos en el desayuno y les dimos una cordial despedida. Pocos minutos después de las siete, poníamos rumbo a las autopistas portuguesas. La lluvia sólo empezó a amainar a la altura de Coimbra y a desaparecer por completo por tierras ribatejanas. Cruzamos el Tajo utilizando por primera vez el larguísimo, sutil y muy elegante puente Vasco da Gama, cuando ya estaba felizmente olvidada una discusión absurda con Daniel sobre el recurrente tema de las drogas duras. Era ya casi mediodía solar cuando los encinares del Alentejo se mostraban a uno y otro lado de la autopista, que abandonamos al sur de Grândola para enfilar la carretera que, pasando por Ferreira, Beja y Rosal de la Frontera, finaliza en Sevilla, después de atravesar la Sierra de Aracena, en la que nos quedamos, como se verá. El obligado almuerzo se hizo en Rosal de la Frontera, en una taberna – restaurante, regentada por un vigués con incipiente acento andaluz y recomendada por un su compadre, empleado de la gasolinera vecina. No fueron, en absoluto, malos los productos que nos ofreció el gallego reciclado.

Galaroza es un hermoso pueblo blanco que, visto por arriba, desde la carretera, recuerda a los de las sierras de la provincia de Cádiz. Una vez en él se observa una estética más próxima a los cercanos vecinos extremeños y alentejanos que a la de sus parientes gaditanos. El hotel Galaroza Sierra está en las afueras del pueblo y cumple bien con su vocación de albergue de parejas vetustas de aficiones serranas y matrimonios con niños pequeños disfrutadores de piscina exenta de riesgos. No está demasiado bien atendido y resulta algo cutre, pero es limpio y suficientemente cómodo para procurar descanso reparador. Después de la siesta y el baño, nos acercamos al Jabugo de los míticos jamones. Además de jamones, hay en este altozano un casino con jugadores de mus, una plaza de toros algo desvencijada, una alameda con farolas en la que hacen tertulia viejas y viejos de pieles curtidas y una iglesia de torre ochavada, que conoció tiempos mejores y que conserva una elegante y altiva planta. No compramos jamones pero catamos el delicioso manjar, junto con lomo y otros embutidos ibéricos y riquísimo queso curado en un mesón cuya terraza dejaba ver el ondulante paisaje serrano, poblado de encinas.

Volvimos a Galaroza, paseamos todo el pueblo a pie y el inicio del anochecer nos sorprendió en una terraza de cerveza y tapas que, con el pueblo en fiestas, lucía muy animada. Jóvenes jinetes paseaban y exhibían alguna tímida cabriola. Regresamos al hotel lo bastante cansados para dormir de un tirón hasta bien pasadas las ocho de la mañana.

No tuvimos tiempo para conocer Aracena y bien que lo lamento. La carretera hasta Huelva está bastante bien acondicionada, pero es empinada y tortuosa. Pasa muy cerca de las históricas Minas de Riotinto, que tampoco tuvimos ocasión de visitar. Ya en Huelva nos resultó muy fácil encontrar el Colegio de la Fundación SAFA, de magnífico aspecto, en el que Daniel se iba a alojar durante los quince días de su estancia. En plena Avenida Sundheim y con un patio de palmeras e instalaciones deportivas generosas, inspiraba inicial confianza. Después de remoloneos varios y estrategias de evitación de posibles comentarios incordiantes de su madre, Daniel se incorporó al grupo de campeadores y formalizó a su manera un amago de despedida de circunstancias.

Emprendimos el viaje de regreso pasado el mediodía horario. Lucía buen sol y quería Mariné disfrutar de los encantos de alguna playa algarvía. Así pues, salimos de la autopista en Montegordo y nos instalamos en la enorme y limpísima playa, de aguas remansadas y transparentes. Reservamos mesa en un chiringuito de aspecto pulcro, tomamos un baño prolongado y sobre las dos de la tarde, engullimos una especie de chicharros portugueses, llamados carapaos, jugosos, sabrosos y bien condimentados, pero cobrados a precio de lubina. Sin más dilaciones, retomamos el regreso a Vigo, que culminó pasadas las diez de la noche. Resulta ocioso hablar de cansancio.

Transcurridas dos semanas laborales, a las dos de la tarde del último viernes de julio, se inició otra vez el viaje a Huelva, esta vez con parada intermedia en Portugal. La aldea natal del Nobel Saramago – Azihaga se llama – tiene una casa solariega, cuyo propietario, el Marqués de Rio Maior, decidió dedicar la planta baja a hospedería de turismo rural. La mansión conserva un empaque algo tronado, está bien decorada y es silenciosa y confortable. Sus viejas paredes están cubiertas de hiedra, las antiguas caballerizas están ocupadas con aperos de labranza e ilustradas con carteles de touradas y el amplio jardín dispone de piscina y cuenta con una jaula de buen tamaño, con pájaros lugareños y exóticos, algunos de ellos probablemente provenientes de la cercana reserva ornitológica de Boquilobo. En la biblioteca superabundan los libros de historia, con especialísima dedicación al Marqués de Pombal, verdadero genio tutelar de la casa, pues también en las paredes del salón de huéspedes cuelgan retratos de esta señera figura de lo que, generosamente, podría llamarse la ilustración portuguesa, que goza del mérito de haber restaurado Lisboa tras el trágico terremoto que conmoviera a Goethe y a Voltaire. Biografías ilustradas de Hitler, Mussolini y Dollfus arrojan sombras de sospecha sobre la ideología del propietario aristócrata. Decoran también las paredes de la sala retratos de los antepasados del actual marqués y un Pissarro que, poéticamente al menos, merecería ser original.

La aldea, en la margen derecha de un Tajo desmedrado, proclama ser la más portuguesa de Ribatejo. La casa natal de Saramago, paredaña con otras bajas que conservan las marcas de la pobreza originaria, ha sido realzada y azulejada, con pésimo gusto, por sus actuales propietarios. Una especie de nicho, también azulejado, recuerda al caminante que allí nació el autor de La balsa de piedra. En el lugar hay boticas, gestorías administrativas, dos iglesias e incluso una sucursal bancaria y una sede del Partido Comunista Portugués, pero ni una sola tienda de fotografías. Ello nos impidió recoger testimonio gráfico del despropósito.

En la terraza de uno de los bares del pueblo, y engañado por la tosca publicidad de un cartel, pedí un jarro de cerveza, sin sospechar que el recipiente contenía nada menos que un litro del rubio y espumoso brebaje. Los lugareños rieron con ganas mi torpeza de forastero.

Cenamos en un mesón con muchas pretensiones, regentado por un lindo obsequioso y remilgado, y pomposamente denominado O patio do Burgo. La cena fue sólida, contundente y sabrosa, pero lo mejor estuvo a cargo de un excelente tinto ribatejano, espeso y fuerte – 13’5 grados – pero de paladar delicado y noble. La habitación resultó acogedora, cómoda y propicia y el sueño fue reposado y plácido.

La confusión entre hora portuguesa y española hizo que saliésemos de Azinhaga más tarde de lo previsto, de modo que, a pesar de la reciente inauguración de un nuevo tramo de autopista entre Grândola y Ourique, cruzásemos la frontera del Guadiana cerca ya de las tres de la tarde. Un percance inesperado, la gasolina agotada, afortunadamente a sólo trescientos metros de una gasolinera, retrasó aún más el almuerzo, que se hizo en Cartaya, en un llamado Restaurante Consolación, en el que nos cobraron a precio de verdadera desolación una dorada a la plancha con gazpacho y ensalada. Cuando llegamos a Huelva, nos informaron en la recepción del hotel, situado justo enfrente del colegio en que se hospedaba Daniel, que este nuestro hijo acababa de estar allí preguntando por nosotros. Esta circunstancia menguó considerablemente las furiosas ganas de playa que Mariné arrastraba desde Vigo, pero aún así nos acercarnos a la mastodóntica Punta Umbría, superpoblada, aunque paseable. Lo mejor, el paseo, el baño y el vislumbre de las dunas y los pinares; lo peor el ambiente de apartamentos y hoteles de playa y el tufo a chiringuitos exterminadores.

De regreso a Huelva, pronto volvió Daniel a buscarnos. Afectos filiales aparte, necesitaba guita para la marcha nocturna de despedida que tenían programada él y sus compañeros de labor.

La ciudad no es fea ni bonita. La brisa y la temperatura, ideal para un norteño, inusualmente fría para los nativos, ayudaban a pasear. Tomamos unas tapas ricas, generosas y baratísimas en una pequeña taberna llamada La Prensa, enteramente decorada con primeras páginas de periódicos locales, nacionales y extranjeros.

Al día siguiente, domingo, y una vez que Daniel se despidió de sus colegas, se hizo el viaje de vuelta sin más interrupciones que una frugal colación en la estación de servicio de Alcaçer do Sal y un té de urgencia, capricho de Mariné, en Valença, a menos de veinticinco kilómetros de nuestra casa en Vigo. Llegamos sin novedad, señora baronesa.

Viaje a El Bierzo (Noviembre de 1999)


Nos quedaba sin utilizar, por interrupción del viaje de verano, un bono de Paradores y hacía tiempo que teníamos ganas de conocer Las Médulas y su entorno. Hubo que esperar a mediados del mes de noviembre para encontrar una habitación disponible en el Parador de Villafranca del Bierzo, pero aún así la suerte nos acompañó. Desafiamos los lúgubres pronósticos de los hombres del tiempo y el sábado, día trece, a las diez de la mañana emprendimos el viaje. El cielo se iba aclarando por momentos y poco después de las doce del mediodía, con un sol brillante, nos encontramos con el cartel indicador del paraje áureo.

La Diputación de León instaló al final del tramo practicable de carretera un aula arqueológica que contiene información gráfica e incluso escultórica sobre la época en que la comarca fue notable explotación minera, que aprovisionó las arcas del Imperio romano. El paseo hasta las cuevas casi gemelas que ilustran las antiguas excavaciones (La Cuevona y La Iluminada) se hizo cómodo pero algo largo. La culpa fue un poco nuestra, porque la empleada de recepción del aula nos había dado buenas referencias de un atajo, por el que después hicimos el camino de vuelta. Los colores verdes, ocres, dorados, tostados con que el otoño tiñe el bosque, las hojas secas y caídas, conformaban un paisaje bellísimo, magnífico entorno para las apuntadas peñas rojizas, otrora canteras y minas. Para acceder al mirador se debe deshacer parte del camino para tomar el ramal que conduce a Orellán y, desde allí, subir una pedregosa y empinada cuesta en cuya cima se abre el circo rocoso, parte principal y espectacular del conjunto recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad.

Comimos en Carucedo, en el llamado Mesón del Lago, sin duda por su proximidad a la formación acuosa que hay en el lugar. En el camino hacia Villafranca sobrepasamos el cruce del Lago y hubimos de retroceder. Aún así, eran menos de las cinco de la tarde cuando llegamos al Parador. Tras un descanso reparador, recorrimos la Calle del Agua y terminamos cenando en la Hospedería de San Nicolás, bello edificio de fachada barroca y claustro renacentista, que fue colegio de jesuitas y de paúles, que conoció la desamortización de Mendizábal, y actualmente adquirido por un matrimonio madrileño que va progresivamente habilitando espacios para confortables habitaciones y utiliza los pasillos del claustro para la instalación de las mesas del comedor. Allí nos confortamos con caldo del convento, revuelto de las dos clausuras, lacón con pimientos asados del Bierzo, castañas de las Médulas y un vino de Mencía sólo regular. Dejamos nuestro recuerdo en el libro de visitas, lleno de mensajes de peregrinos y otros viajeros de toda índole, compramos una botella aguardiente de cerezas con el que nos habían obsequiado los postres y escuchamos las informaciones algo oficiosas del propietario, un pijeras matritense bastante bien dotado para las relaciones públicas. Caía una leve llovizna cuando nos acercábamos al Parador para dormir en paz.

En la mañana del domingo y tras un desayuno copioso para Mariné, frugal y muy frutal para mí, recorrimos otra vez las calles de Villafranca: el Castillo, de torres cilíndricas, rematadas en tejados cónicos de pizarra, al estilo francés; la iglesia románica de Santiago en la que los peregrinos enfermos podían ganar el jubileo si se veían impedidos para llegar a Compostela, la hospedería para peregrinos, antiguo hospital aledaño a la Iglesia de Santiago, que está siendo artesanalmente restaurado y vocacionalmente habilitado para albergue por un navarro de estilo clerical y alma aparentemente sencilla. Allí dejamos nuestro óbolo para las obras. Volvimos otra vez a la calle del Agua, la recorrimos de arriba abajo y de abajo arriba y volvimos al Parador para subir al coche y dirigirnos al Balboa y Cantaxeira, en los Ancares bercianos. En uno y otro lugar existen sendas pallozas habilitadas como bar y la de Cantaxeira dotada de un anejo para huéspedes. A la vuelta, el día que había amanecido brumoso –la niebla nos dificultó el ascenso a Cantaxeira- despejó por completo y pudimos alcanzar el mirador de Corullón con una visibilidad casi perfecta. Así animados, decidimos completar nuestra visita al Bierzo con una parada demorada en el monasterio de Carracedo, cuya parte conservada y cuyas ilustres ruinas son ejemplos paradigmáticos de sucesivos estilos que los monjes del Císter y las distintas utilidades del conjunto monástico y civil fue teniendo a lo largo de su historia. No quisimos renunciar a la subida, muy penosa en sus últimos kilómetros para alguien que, como yo, padece de vértigo, al pueblo de Peñalba de Santiago, con sus casas primitivas restauradas como residencias de vacaciones para propietarios vocacionalmente rústicos, y con su bellísima iglesia mozárabe, verdadera joya de ese estilo, cuyo interior conserva policromías de singular gracia. El Valle del Silencio es esplendoroso: una apología del roble y del castaño, de los mil colores de las hojas, de los ricos matices del gris roqueño. Comimos en una taberna regentada por un orondo mocetón que se parecía muchísimo a Alfonso Ibáñez, alias el gordo, ilustre empresario de actividades diversas afincado en Avilés. Llegados de nuevo a Ponferrada, no nos olvidamos del cercano y pintoresco pueblo de Molinaseca, con su puente de los peregrinos y sus calles porticadas.

El viaje de vuelta no tuvo ningún percance, salvo la caravana que habitualmente se forma en Porriño los fines de semana. En casa no nos esperaba ninguna novedad digna de mención.

Pretérito imperfecto (1999)


Permítaseme comenzar con una obviedad: Si Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino, fuese una novela, nadie dudaría en clasificarla como Bildungsroman. La obviedad deriva precisamente de que no es una novela, sino una autobiografía, género en el que el proceso de formación de un carácter es, digámoslo así, connatural y casi exigible. Ocurre, sin embargo, que el marcadísimo acento que pone el autor en los sucesivos hechos, vivencias y sentires que fueron construyendo y conformando su figura científica y humana legitima en cierto modo la observación inicial, a pesar de su inanidad aparente. Desde su infancia sanroqueña hasta su paseo nocturno por los rincones de Córdoba, previo a su incorporación, en calidad de director, al dispensario de psiquiatría de la capital omeya, van sucediéndose episodios, facecias, impresiones, reflexiones, trabajos, afanes, estampas, padecimientos y gozos, entre los que sería difícil encontrar tan sólo uno que pudiésemos, con comodidad, calificar de meramente anecdótico. Es tal el productivismo que despliega el profesor Castilla que hace irreprochablemente pertinente la acusación de calvinismo que, al parecer, le imputó en más de una ocasión su maestro López Ibor. Otra observación de colega, en esta ocasión de Martín Santos en conversación con Juan Benet, también viene perfectamente al caso del libro que comentamos. Decía el autor de Tiempo de silencio, allá por los años cincuenta, que el entonces maratoniano frenólogo Don Carlos lo consideraba todo sub specie psychiatrica. Y algo de ello hay, creemos, todavía ahora, en las memorias que comentamos. La pasión cientifista de ese terapeuta esencial que es Castilla del Pino no se ha apagado con la edad y ello trasciende a sus escritos bajo esa forma que sólo alguien muy aviesamente malintencionado podría tildar de deformación profesional. Pocas personas en el mundo llevan cualquiera de sus atributos definitorios con la misma radicalidad y esencialidad con que Castilla se inviste de su condición de médico. Por supuesto, se trata de una observación personal de la que sólo el autor de estas líneas es responsable, pero creo que no me resultaría nada difícil encontrar numerosísimas aquiescencias sobre tal extremo. Pero la dimensión médica no agota en absoluto la poliédrica figura de este perpetuo pesquisidor de saberes. Se trata, en suma, de la autobiografía de un hombre que, en otra de sus obras, o tal vez en una entrevista, no lo recuerdo bien, confesaba haber aprovechado el tiempo de sus defecaciones para leer la Crítica de la razón pura. Presumiblemente hubo de expeler ventosidades apodícticas, zurullos asertóricos y formas a priori de la sensibilidad rectal. Algunos de estos kantianos subproductos se encuentran también en el libro que comentamos.


Escribí esta frívola reseña sin gracia el día 1 de marzo de 1999, recién terminada la lectura de la primera parte de las memorias del psiquiatra sanroqueño. Años después leí "Casa del Olivo", segunda parte de tan notable autobiogafía: presa de cierto asombro erizado por la crudeza del recuerdo de las muertes de sus hijos y su vivencia de las sucesivas tragedias, me abstuve de hacer comentario alguno.

Viaje de verano del año 2000


Una cierta galbana postvacacional me fue venciendo más de quince días, durante los cuales, entre estancias de amigos retornados de las Indias occidentales, paseos con la parienta, desganas varias y otras postergaciones, fui dejando preterido el deber de reseñar viajes, lecturas y audiciones. Cuando ahora me pongo a la tarea, soy consciente de que se han de dar inevitables olvidos y manifiestas imprecisiones, a lo que también habrá de contribuir la omisión de la cautela previa de las notas rápidas en el momento y lugar de los hechos narrados. Confío, no obstante, en que no se pierda ni se falsee ningún detalle de importancia.

Había que llevar a Daniel al campamento Asolace, en el valle de Belagua, cerca de Isaba, uno de los corazones del Pirineo navarro. Así que, tras compras de última hora de equipamientos de montaña y de comparecencia tan breve como obligada en determinado encuentro fúnebre, salimos de Avilés a media mañana de un soleado lunes de mediados de julio. Poco después de las una de la tarde estábamos en el balneario y acuífero pueblo de Solares, en el que nos detuvimos para no demasiado frugal refrigerio en el Mesón El Tejo, honrada casa de comidas con ciertas pretensiones estéticas, de la que salimos bastante confortados con un menú del día generoso y en buena sazón. En torno a las seis y media pudimos dejar la impedimenta en el ya previsto hotel rural de Isaba, que resultó mejor y más confortable de lo que había imaginado.

El campamento de Asolace es una reserva de euskaldunes hirsutos y semiasilvestrados, provistos de caravanas y turismos que, por encima o por debajo de la matrícula oficial, lucían pegatinas ovales con las siglas EH, que podían –y querían- denotar, indistintamente Euskal Herria y Euskal Herritarrok. Así que apañados andábamos y convenía atarse los machos y advertir a Daniel de los riesgos que podía correr con tan distinguido vecindario. Quien, pasada más de una hora, llegó y fue identificada como monitora del campamento, moza de no mal ver, pero de adustas y casi hurañas maneras, tenía todas las trazas del abertzalismo juvenil, rampante y chulesco.

De nuevo en Isaba, recorrimos las empinadas callejuelas del pueblo, con muy hermosos edificios de piedra, algunos de los cuales exhibían blasones heráldicos. La imponente iglesia, de poco común estatura, muestra vestigios de casi todos los estilos, del románico al neoclásico. El valle del Roncal apenas deja asomar, desde el pueblo, su singular belleza, que habrá de contemplarse desde lugares más apartados.

A la anochecida, nos recogimos en el hotel y decidimos probar las esperables excelencias de su cocina. No quedamos defraudados. Aunque se pasaron un pelín en la factura, lo cierto es que todo estaba muy bueno. Los comensales que compartían sala con nosotros eran una joven pareja castellana, con cierto aire pijoterín, otra pareja de franceses cuarentones y dos varones malencarados, uno de ellos picado de viruela, vestido de calzón corto y armado de nudoso estadoño. Hablaban euskera entre si y dirigían torvas miradas a la turba forastera, entre la que nos contábamos, cuya presencia parecía incomodarles sobremanera. Devoraban, más que comían, descomunales chuletones de ternera, generosamente regados con Rioja de excelente etiqueta. Por momentos, viví sensaciones de mal fario.

La habitación abuhardillada, con camas bien dotadas y baño exiguo, pero pulcro, favorecía el sueño profundo y reparador. Me desperté con las campanadas del cercano reloj de la torre de la iglesia: siete, bien espaciadas, y luego repetidas. No había prisa y pude remolonear un buen rato. El desayuno, completo y abundante, dejó encantada a Mariné. Por mi parte, sigo sin poder adaptarme a la sana costumbre de llenar la andorga a tan tempranas horas del día.

Salimos con buen tiempo para hacer nuestra siguiente etapa. En el pueblo de Roncal nos detuvimos para hacer provisiones higiénicas. Tuvimos que esperar a que abriesen la única farmacia de la localidad y la oficina de turismo, en la que nos informaron de la ubicación exacta del mausoleo de Gayarre y de que la casa museo del eximio tenor no abría sus puertas hasta las once y media de la mañana. Paseamos hasta el cementerio y contemplamos y fotografiamos la magnífica escultura de Benlliure que corona la tumba del lírico. La casa museo sería visitada en posterior momento de este mismo viaje, como luego habremos de ver.

Para llegar al Monte Perdido, desde Navarra, es obligado pasar, entre Biescas y Boltaña, por una sinuosa y estrecha carretera, con amedrentadores precipicios y barrancos de vértigo y respeto, que me pusieron de muy mala uva. Después la carretera se dulcifica e incluso el tramo entre Bielsa y el Parador, angosto pero seguro, se hace con relativa comodidad. El vino de bienvenida, tomado en la terraza inferior, con los neveros de las cumbres enfrente, nos supo muy bien. Comimos en la terraza superior, bien pertrechada de toldos de buena lona, sin los que el sol nos hubiese deslumbrado. Siesta y paseo a pie hasta la primera cascada del Cinca, que, vista desde la lejanía de la terraza, semeja una pequeña y juguetona cola, y que de cerca, desde el puente de madera, impresiona bastante más.

El interior de la pequeña ermita de La Pineta, justo al lado del Parador, es una breve maravilla de ingenuidad y colorido. Al día siguiente, nos acercamos a Bielsa, no sin antes parar en el utilitario monumento de madera (se trata de una enorme mesa para meriendas comunitarias), de arquitecto libanés, ilustre pero de difícilmente recordable nombre, que la Diputación de Huesca tuvo a bien colocar en el bosque para solaz del pueblo llano. Las iglesias de Javierre y de Bielsa son sendos ejemplos de ese tosco románico aragonés, que constituye uno de los atractivos culturales de la zona, en la que el paisaje manda con abrumadora prepotencia. Como también lo son las de Lafortunada y Tella. A esta última se accede por otra carretera de espeluzno y sudores fríos. Un rústico local mostraba, a cambio de muy modesta propina, un minúsculo museo de aperos de labranza y útiles domésticos, de escaso interés antropológico. Sí tiene algún interés de este tipo el museo municipal de Bielsa, en el que, junto con descripciones de los orígenes míticos de la cordillera pirenaica y bellas estampas de su flora y de su fauna, hay una colección de fotografías de familias e individuos en distintos acontecimientos, ceremonias y escenas de la vida diaria, muy ilustrativas de los usos costumbres e incluso nivel de vida de los lugareños en las últimas décadas del XIX.

Al día siguiente, tocaba cambiar, si no de paisaje, sí, al menos, de Comunidad Autónoma. Para ir hacia Artíes, en pleno Valle de Arán, y siguiendo consejos del recepcionista del Parador, atravesamos el túnel de Bielsa y nos internamos en Francia por serpenteante carretera que desciende hasta Saint-Lary, dejando ver otra cara verde y no rocosa de la cordillera, de muy francesa belleza, que si la altitud y el desnivel no lo impidiesen, podríamos calificar de campiña. En Arreau debe tomarse una desviación a la derecha que conduce a la ascensión del coll de Peyresourde, con heroicas resonancias de hazañas ciclistas. Después, se baja hasta Bagneres de Luchon, preciosa, decadente y limpísima ciudad balnearia, con empaque y vitola imperiales, para luego volver a subir hasta coronar el puerto del Pontillón, entrando en España, y bajando de nuevo hasta Bossosts y luego hasta Viella, y desde la capital del Valle de Arán, hasta Artíes por la carretera de Baqueira /Beret. Muy poco después de las doce del mediodía estábamos ya en el Parador y pudimos disfrutar de gimnasio - quince kilómetros de bicicleta estática - y de piscina hasta la hora de comer. Los prestigiosos paradores observan costumbres de tradicional fonda ibérica y guardan la botella con el vino no consumido - un Marqués de Cáceres, crianza del 96 -, con el nombre del cliente escrito en una etiqueta. Se agradece.

Entre la siesta, la lectura y los paseos por el pueblo se nos fue pasando nuestra primera tarde aranesa, que concluyó con una cena en un simpático restaurante, con pujos cinegéticos en la decoración de interiores, regentado y servido por industriosa y pizpireta dama y camareros jacarandosos, todos ellos con plumaje de edredón noruego y pérdidas de aceite de más del setenta por ciento. La clientela, salvas dos o tres excepciones, a perfecto juego con el ambiente de la servidumbre. Montagut se llama el establecimiento, para quien le interese, y está situado en la carretera general, justo enfrente de la antigua casona de Don Gaspar de Portolá. Los platos, no demasiado generosos, se dejaban engullir mejor que bien.

A la mañana siguiente decidimos liarnos la manta a la cabeza y lanzarnos a la pequeña aventura de visitar los saltos de agua conocidos como Sauth deth Pith, en recio aranés, lengua cooficial con el catalán y el español en todos los pueblos del valle. El acceso a las bellas cascadas, rodeadas de un impresionante circo de montañas, se hace por una carretera estrecha, pedregosa y endemoniadamente desprotegida. Esta vez los abismos y la acrofobia pudieron conmigo. En una curva en la que el piso se ensanchaba formando una especie de elemental mirador, abandonamos el coche y seguimos a pie los más de cuatro kilómetros que aún quedaban de camino. No fuimos los únicos, aunque deba decirse que tampoco fueron pocos los osados que lograron llegar a la explanada final a bordo de sus baqueteados vehículos. El regreso resultó bastante menos atroz. No sin antes informarnos de que a otras cascadas, las de Artiga de Lin, se podía llegar con muchísimos menos riesgos, emprendimos, desde Les Bordes, el camino hacia los Uelhs deth Joeu, por una carretera boscosa y umbría, jalonada por pequeñas y grandes fuentes. Poco más arriba de los cristalinos ojos, desde un rellano de la montaña, se contempla la pared nororiental del Aneto, que se yergue y domina con altivez todo el horizonte.

Era aún bastante temprano cuando nos paramos en Viella para comprar El País y dejar en un taller de fotografía el carrete de fotos recién terminado. Así que pudimos subir a Baqueira / Beret, lugar de monárquicas esquiadas. La estación de esquí ofrece en verano un aspecto un tanto pelón. Tomamos, no obstante, el teleférico, porque el paisaje de todo el valle, desde lo alto de las cabinas, sigue siendo un espectáculo grandioso. Dejando para mejor ocasión la visita a Tredós y su balneario, regresamos al Parador a muy buena hora para disfrutar de comida y siesta. Al atardecer, volvimos a Viella para recoger las fotografías ya reveladas y aprovechamos para dar un prolongado paseo por tan turística población, con su elegante iglesia románico-gótica, de torre ochavada y gallarda, y el Garona, que divide en dos la disposición de las bien ordenadas casas tradicionales, que soportan sin empacho la vecindad de edificios más utilitarios y arracimados. Nos llamó la atención el escaparate de una tienda-taberna, llamada Don Vielhito, y nos acercamos a su espléndidamente provista barra. La enorme profusión de pinchos de todas las estirpes, suertes, aderezos y materias nos llenó el ojo y nos abrió el apetito. La bodega era también muy notable. Con un vino tras otro y un pincho después del anterior, rigurosa aunque primitivamente contabilizados por el sistema de depositar los palillos en un platito dispuesto a tal fin, nos pusimos algo más que tibios. La muy buena impresión quedó ratificada y aún mejorada en el momento en que pedimos el importe de todo lo consumido, que resultó ser muy razonable, incluso parco. Después de esta copiosa ingesta, quedaba ocioso pensar en cena de cualquier clase, por frugal que fuere. De nuevo en el Parador, me dispuse yo para acudir a un concierto en la Iglesia de Santa María de Artíes, que se venía anunciando desde el día anterior. En lugar aparte, se comentarán, como merecen, concierto y entorno. Dejemos aquí tan solo constancia de que la ocasión de ver las policromías de la vieja y algo deteriorada iglesia –ejemplar típico del románico catalán, con específicos rasgos araneses- justificó la asistencia a la velada. Mariné se quedó en la cama, viendo la televisión y, cuando llegué del concierto, me anuncio con cierto alborozo el triunfo del Pisha, cuya apoteosis se prolongó hasta las dos de la mañana, en la final del Gran Hermano. Sólo faltó en el evento, como glosador de alcurnia, el filósofo Gustavo Bueno.

Amaneció con buen tiempo y tocaba acercarse a Huesca. Y digo acercarse, porque nuestro destino, Arguís, es un pantano situado a diecinueve kilómetros de la ciudad de la fatídica campana. Quedaba pendiente una imprescindible visita a Aínsa, bellísima localidad del Alto Aragón en la que no nos habíamos detenido en el camino de Isaba al Monte Perdido, ni tampoco habíamos tenido tiempo de conocer desde este último. Ahora no quisimos pasar de largo. Y la parada mereció la pena. Ya desde las murallas del castillo la visión de la Plaza Mayor, con los Pirineos al fondo es un gozo intenso y grande. El paseo, desde la plaza por las empinadas calles aledañas, es otra experiencia singular y plena, que se completa con la contemplación de todo el conjunto, paisaje pirenaico y valle del Ara incluidos, desde la cúspide de la torre de la magnífica iglesia románica de Santa María. Pocos kilómetros después, Boltaña posee también una hermosa, aunque irregular, Plaza Mayor. Se celebraba en aquellos días un encuentro internacional de luthiers, que exponían sus elaborados instrumentos en distintos portales, rincones, calles y estancias municipales: zanfonas, tiorbas, tambores… adornaban el pueblo y pequeños conciertos callejeros animaban el ambiente. Pudimos también ver el museo local, con aperos de labranza, instrumentos musicales diversos y fotografías de época. Una joven pareja (de la guardia civil) me animó en el propósito, ya previamente esbozado, de acercarme a Huesca por la carretera comarcal que atraviesa el puerto y valle del Serrablo, bordeando el río Guarga. El paisaje es digno de ver y los consabidos y temidos precipicios no tienen demasiado mala catadura: sufrí algo, pero poco. Llegamos a Arguís para comer a hora casi europea. Siesta, paseo por las orillas del embalse y pequeña excursión a Huesca. Magnífica la portada gótica de la catedral, pero muy poco más en el resto de la ciudad. En homenaje al amigo Fernando Bartolomé, oscense de adopción, fotografié el rótulo de la Costanilla de Lastanosa, ilustre personaje aragonés y uno de los protagonistas de su novela En el tiempo del hierro acicalado. Reposado y pacífico es el Parque de Miguel Servet, con unos aguaduchos apañados en los que pudimos dar gusto al paladar reseco con unas benditas cervezas frías. Cuando volvimos a la parte alta de la ciudad, el Museo provincial cerraba sus puertas y nos quedamos sin poder ver la célebre sala de la Campana de Huesca. Otra vez será. Los invitados a una boda de probablemente notables mozos locales ocupaban la práctica totalidad de la plaza de la catedral y deambulaban por las calles limítrofes. Así nos despedimos de la capital del Alto Aragón.

Había nubarrones en la mañana dominical en que salimos de Arguís con destino a los riojanos monasterios de Suso y Yuso, a los que llegamos, no sin dar un pequeño rodeo, debido a las imprecisas señalizaciones de la carretera, bastante antes del mediodía. Gracias a esta madrugadora arribada, y a la información que nos dieron en la recepción de la Hospedería, pudimos disfrutar de una muy completa y bien documentada visita guiada al Monasterio de Yuso, a cargo de una moza garrida, con resabios de vendimiadora, pero bastante bien informada y con un buen par de atributos. Comimos en una bonita pero mal atendida taberna, inevitablemente llamada Las Glosas, en la que daba nota discordante una pareja de colgados terminales con una infeliz niña pequeña, presumible e infortunadamente hija de tan penosos sujetos, que, pese a todo, jugaba contenta, a despecho de la miseria de sus progenitores.

Los amigos Lorenzo y Milagros siguen en el vecino Ezcaray con su taberna. Les llamamos, quedamos en ir a verles al día siguiente y nos recomendaron ir a cenar al Jauja, en Alesanco, o al Cantinflas en Badarán. Empezamos por tomarle las medidas a este último y no nos convenció. Llegados a Alesanco y recién entrados en el Jauja, quedamos inmediatamente convencidos de que allí nos darían bien de comer. Mitad bar, mitad abacería, con algo de almacén de coloniales, rebosaba salud y confianza. Y así fue. Las generosas raciones de espárragos, los pimientos rellenos, los revueltos de ajetes y el vino rosado, de agudo paladar, nos dejaron con el estómago regocijado.

En el trayecto de un sitio a otro, nos paramos en la abadía cisterciense de Cañas. A semejantes horas estaba, por supuesto, cerrada y, aún peor, anunciaba cierre para el día siguiente, lunes. Tuvimos la buena fortuna de encontrar a una servidora del cenobio, quien amablemente nos hizo saber que, por tratarse del día de Santiago apóstol, ese lunes se hacía excepción y se autorizaban visitas guiadas. Naturalmente, nos faltó tiempo para aprovechar la oportunidad, no sin antes cumplir con el ritual de rendir homenaje a San Millán de la Cogolla en su monasterio de Suso, al que su guardián y malencarado guía nos negó el acceso el primer día. El sobrio y luminoso gótico de Cañas se deja ver con placidez de espíritu, a pesar de la sobaquina de un guía de maneras clericales y sebosas, que se refocilaba un tanto en la descripción de la escena de la monja pícara que decora, en bajorrelieve, uno de los laterales de la tumba de Doña Urraca López de Haro. El reducido claustro no carece de encanto. Menor interés tiene la parte pictórica del museo, que guarda, sin embargo, notabilísimas joyas y obras de orfebrería. Terminada la visita, nos fuimos hacia Ezcaray, con tiempo más que suficiente para comprar finísimas mantas y chales en una fábrica que trabaja la lana con suprema exquisitez, y tomar un vino en la plaza, antes de que Lorenzo tuviese a bien aparecer por su figón. Esto ocurrió pasada la una de la tarde y, tras otros vinos de bienvenida, hicimos el obligado viacrucis etílico por casi todas las capillas del pueblo, acompañados del también avilesino Gerardo y su desdichada mujer y de un jubilado bilbaíno, antiguo síndico de la Bolsa de su ciudad, caballero culto, simpático y borrachín con quien hice muy buenas migas. Comimos todos los avilesinos (Lorenzo, Milagros, Gerardo, su mujer, Mariné y yo) en la taberna del primero y tomamos las copas en una agradable terraza. Quiso Mariné conducir el coche de vuelta a San Millán de la Cogolla, pero una vez que llegamos se percató de los efectos de algún exceso en el beber, que le produjo malestar y jaquecas. Desde entonces, habla, con buen sentido del humor, de San Millán de la Cogorza. Una pareja de recién casados que venía detrás de nosotros por la carretera, viendo la matrícula pontevedresa, se decidió a abordarnos y pegar la hebra del paisanaje y de la comprobación de la compartida vecindad viguesa. La cena en el buffet de la Hospedería fue menos que un tentempié. El estómago no daba para más.

Sin resaca, pero con algún leve malestar, partimos la mañana siguiente a territorio de infieles e hicimos la primera parada en Estella, la Lizarra del funesto pacto. Bellísimo el viejo Palacio de los Reyes de Navarra, que alberga, entre otras curiosidades, un museo Gustavo de Maeztu, pintor local, hermano, al parecer, del ideólogo protofascista, que es una improbabilísima, desordenada y medianamente talentosa mezcla de Sorolla, Romero de Torres y Solana, con algo de costumbrismo, otro poco de hidalguía trabucaire y algo más de tremendismo edulcorado. Llovía y tampoco había demasiado tiempo para recorrer las iglesias de la ciudad, pero dejo constancia de la orgullosa portada románica de la de San Miguel. Las calles estrechas y recoletas del casco histórico, así como la equilibrada plaza mayor, tienen señorial encanto.

Gran tromba de agua recién enfilada la autopista a la altura de Pamplona, que nos dejaba prácticamente ciegos a los conductores, y que nos fue obligando a parar en el arcén. Pronto escampó, pero el problema siguiente, una vez que tomamos la salida correcta para llegar a Udabe, fue dar con el puñetero pueblo. Las indicaciones que nos daban los lugareños eran cualquier cosa menos precisas y claras. Al fin, lo encontramos. La llamada Venta de Udabe es una muy digna casa de turismo rural, muy navarra pero escasamente euskalherriaka. Quizás les falte a sus dueños un poco más de empuje, pero se come y se duerme muy bien. Los cuartos de baño de las habitaciones son menos que la mínima expresión del concepto “baño” y están recubiertos con un horrendo piso de sintasol. Salvado este irritante detalle, todo lo demás resulta bastante agradable. Hay incluso, en cada habitación, libros a disposición del cliente y, de ese modo, pude leer durante la estancia los Relatos de Odesa, de Isaak Babel, que me sorprendieron por su absoluta modernidad.

Tras la comida y la siesta, poco nos apetecía el excursionismo. Nos bastó con acercarnos a pie a los vecinos pueblos de Beramendi e Itxaso, repletos de ganado vacuno y paisanaje bravío. La venta queda un tanto alejada del núcleo del pueblo de Udabe, que tiene muy ricas casas de propiedad de potentados pamploneses y destinadas al ocio estival y sabatino. Esperamos la hora de la cena leyendo periódicos locales y alguno de los relatos de Babel. Algunos de los huéspedes que compartían con nosotros alojamiento y comedor, resultaron ser una familia viguesa, con niños zangolotinos y maneras de terraza del Náutico. Que su dios los bendiga.

El cielo que por la mañana observamos desde la ventana de la habitación parecía propicio para poder aventurarnos en atravesar sierras y valles. Así que cogimos el coche y a pocos kilómetros de la venta nos desviamos a la izquierda por una hermosa carretera, que asciende a través de un bosque frondoso y verde hasta Saldías para luego bajar hasta la bonita villa de Santesteban (Dontzebe, en euskera), pasando antes por Donamaría. Desde Santesteban y siguiendo con precisa fidelidad el curso del Bidasoa, llegamos a Bera (aunque no se muy bien por qué, sigo respetando la ortografía euskérica). Se trata de una villa hermosísima, afeada y vituperada con profusión de banderolas con las siglas EH y ominosos mapas negros de lo que algunos descerebrados, bastantes más de lo que sería saludable, consideran sacrosanto territorio histórico de Euskalherría y soporte físico de un Estado soberano tan quimérico como inspirador de infamias y tropelías criminales y sangrientas. Después de homenajear convenientemente a toda la familia Baroja y, muy en particular, a Don Pío –la casa de Itxea, cerrada a cal y canto, es, incluso por fuera, una maravilla envuelta en hiedra- , tomamos unas cervezas reparadoras. El dueño del bar, amabilísimo, nos indicó con claridad el camino más corto hacia Zugarramurdi –el homenaje a Baroja debía continuar allí- , pero nos recomendó desviarnos antes a las francesas cuevas de Sare, e incluso tomar un tren turístico que llega a la cumbre de no recuerdo bien qué monte sagrado. Pasé por lo de las espeluncas gabachas, llenas de souvenirs del más acendrado kitsch, y provistas de tecnología virtual que lo mismo proyecta en las paredes pinturas rupestres o goyescas que hace oír los chíos de los murciélagos, pero de ninguna manera consentí en acceder a ningún parque temático de perturbadoras mitologías nacionalistas. Empinado y retorcido camino hay entre Sare y Zugarramurdi, que se asienta en lo alto del puerto. Comimos con bastante largueza en un restaurante casero y amplio, con vistas al montañoso entorno. Acabado el yantar, mejor apetecía una siesta que evocar aquelarres. Pero el deber es el deber y nos dispusimos a recorrer a pie el medio kilómetro largo de carretera rural que conduce a las famosas cuevas del conocido relato barojiano. Nos guió la visita una buena moza, sin demasiados resabios nacionaleros, lo que, por aquellos pagos, es de agradecer. Aún así, su versión del auto de fe de 1610, promovido por Pierre de Lancre y desarrollado por el tribunal del Santo Oficio de Logroño, tenía algún toque de progresía ingenua y no del todo rigurosa. Reconcilémosla en efigie y condenémosla tan sólo a una noche de coyunda con el ordinario del lugar. Mariné compró, para regalar a amigos varios, no sé cuantas reproducciones de dudoso gusto de un cuadro de un tal Alberto Keller, intitulado Sueño de brujas, con texto ilustrado en el dorso. Tiene su gracia. Siguiendo encarecida recomendación de Cardús, ex - portero del Real Avilés y actual dueño de la taberna La Rioja, intentamos telefonear varias veces a su hijo, guardia civil, o policía nacional, en el destacamento de Dantxarinea. Intentos fallidos, pues según pudimos comprobar ya de vuelta en Avilés, el número no era correcto. Cardús lamentó su error y también que no se nos hubiera ocurrido visitarlo, sin más preámbulos, en el propio cuartel. Como ya estaba bien de cuevas y tampoco apetecíamos, aquella tarde, monasterios, dejamos sin ver Urdax e hicimos la siguiente parada en Elizondo, otra muy agraciada localidad navarra, pastoreada por Eusko Alkartasuna, cuya sede está en una meritoria casa solariega. El Bidasoa, en su curso inicial, atraviesa el pueblo y lo premia con rumores argentinos. Retomando el valle de Ultzama, ahora por el este, para regresar a Udabe, atravesamos pueblos con preciosas casas de estilo rural típicamente navarro como Iratzotz o Larrainzar. En suma, aprovechamos bastante bien el día, dando buena cuenta en menos de diez horas, del valle de Ultzama en sus dos vertientes, de la regata del Bidasoa y del valle del Baztán, con literatura y brujería incluidas. Incluso quedó tiempo para retomar, antes de la cena, la lectura de los relatos de Babel.

Quedaba un día más de alojamiento en Udabe y se aprovechó para hacer algún reconocimiento de urgencia a la Sierra de Aralar. Nos dirigimos, primero, a Lecumberri, agradable pueblo de veraneo provecto, que cuenta con un ajardinado hotel decadente, que merece ser usado y disfrutado. No sé si volveré por Navarra, pero si lo hago, este hotel habrá de ser uno de los establecimientos que considere con especial atención.

Probablemente, cuando las guías turísticas al uso hablan de Leitza como enclave interesante, deben de referirse a las posibilidades de senderismo que se ofrecen de camino a tan huraño lugar, con escaso interés monumental, no demasiado notable entorno paisajístico –en comparación con otros lugares cercanos- y una cantidad declaradamente letal de mala leche por metro cuadrado, que literalmente espanta. El edificio del Ayuntamiento, en el que asienta sus reales la patulea de EH, está “decorado” con abigarrados carteles en lengua vernácula, con las consignas de ordenanza, y el lienzo de muro que queda enfrente, íntegramente pintarrajeado con imágenes burdas, grotescas y seudotrágicas de “mártires” de la causa entre rejas. Todo ello, por supuesto, con el beneplácito e incluso con la promoción de la autoridad competente. No faltan, más bien superabundan, los consabidos mapas de la Euskalherría mínima, inscritos sobre banderola, para consumo de fieles. Entramos en una tienda de ultramarinos, en la que también vendían periódicos – el montón de los ejemplares de Gara era de doble altura que el del resto de las cabeceras juntas – y, después de hurgar como posesos, fuimos capaces de encontrar un casi perdido ejemplar de El País. Cuando nos acercamos a la caja para pagar la mercancía impresa, cajera, clientes y propietario de establecimiento nos miraban con gesto adusto y casi amenazador. Naturalmente, no esperamos ni medio segundo para meternos en el coche y emprender la huida. Volvimos a Lecumberri, pasé por la lejana oficina de turismo para agenciarme una bolsa promocional y tomamos la carretera que sube a la Iglesia de San Miguel de Aralar, bello ejemplar románico erigido en una cumbre desde la que se domina la práctica totalidad de la sierra, destacándose al fondo la estela pizarrosa que sobre el valle traza la vieja carretera que une Pamplona con San Sebastián. Esa fue precisamente la que luego tomamos para llegar a Betelu, lugar muy recomendado, cuyo interés radica en el sendero ecológico que bordea el río y conduce, monte a través, a otros pueblos próximos. Es sabido que no somos andariegos y a nadie sorprenderá, que una vez comprobado que en Betelu sólo hay este sendero y una fábrica de embotellado de agua mineral, partiésemos hacia Tolosa para allí empalmar con la autopista y volver a Udabe antes de que llegase una hora en la que solicitar el almuerzo en la venta resultara imprudente. Precisamente en Tolosa, y sólo un día después, se habría de producir el brutal asesinato del socialista Jáuregui, ex – gobernador civil de Guipúzcoa. Por la tarde, quiso Mariné desplazarse a un indeterminado pueblo en el que se había fijado el día anterior. Cuando llegamos, no supo muy bien si era o no el que le había llamado la atención. Paseamos durante un rato y regresamos. Antes de cenar, terminé de leer los relatos de Babel.

Salimos temprano para Garralda, pueblo sin especiales encantos, pero muy próximo a Roncesvalles y no demasiado lejos del valle del Roncal. El Hotel Auñak, pese a su falta de empaque exterior, es otro buen ejemplo de la bien cuidada hostelería rural navarra. Como llegamos bastante temprano tuvimos tiempo para ir a la oficina de turismo, enterarnos de los horarios de visitas en Roncesvalles y llegar incluso al lugar en que el mítico Roldán dejo de sonner son olifant en momento hábil para aprovechar una visita guiada al conjunto monumental: Colegiata, Iglesia de Santiago, Silo de Carlomagno, museo, etc. Decididamente, en Navarra hay buenas profesionales de la guía turística. Y muy guapas. Por su prestigio literario, contemplé con especial curiosidad el llamado ajedrez de Carlomagno, precioso joyel absolutamente impracticable para el uso que falsamente se le atribuye.

El comedor del Hotel Auñak está atendido por dos féminas de la rama juvenil de la familia propietaria. Ambas son eficientes y ambas hablan euskera con la clientela nativa, pero mientras una, Licenciada en Periodismo, según pudimos incidentalmente saber, es campechana y muy simpática, la otra, probablemente menos letrada, tiene un deje altivo y un estiramiento un tanto molestos, aunque, pasado algún tiempo, dulcifica semblante, maneras y trato. En cualquier caso, la cocina del establecimiento es excelente. Se echan de menos detalles, debido más bien a impericia que a tacañería o mala fe, como ejemplifica el habernos incluido en la factura, que abarcaba tres almuerzos y otras tantas cenas de dos personas, la única copa de pacharán que yo tomé después de la primera cena, o la torcedura de morro de la ventera altiva cuando le pedimos que nos sirviese el desayuno del último día a las ocho de la mañana, porque necesitábamos llegar a Pamplona antes de las nueve y media.

Después de roncesvallear, de comer y de sestear, dedicamos el resto de nuestra primera tarde en Garralda a subir hasta el pantano del Irati, con disfrute parcial del bosque homónimo, el de flora más rica de Europa, y a visitar las ruinas de la dieciochesca fábrica de armas de Orbaiceta, que son francamente interesantes. Tuve la mala fortuna de aplastar con las ruedas del coche un juguete de plástico que un niño había abandonado en la calle y de oir, como castigo, las muy groseras maldiciones de la abuela, una anciana gorda, impúdica y malencarada, que se refrescaba los pies en una palangana, sentada en una banqueta coja. Nosotros nos refrescamos la garganta un poco más abajo, en la terraza de un mesón que daba a un extenso campo en el que unos bragados pamploneses, a despecho de años y de grasas, disputaban un heroico partido de fútbol.

La mañana siguiente fue bastante movida. De camino hacia Lumbier, para ver la famosa Foz, nos detuvimos en Aoíz, en cuya magnífica iglesia han adosado una casa horrenda. Desde el mirador de la trasera, se domina una hermosa panorámica. Con estiaje, la foz es menos foz, pero, aún así, impresiona. Desde Lumbier, tomamos la carretera que lleva a Navascués. Hicimos la obligada parada en el alto de Iso, desde el que se contempla la no menos impresionante Foz de Arbayún. En Navascués, rodeando el castillo, emprendimos la escalada al alto del Puerto de las Coronas, otro magnífico mirador desde el que se puede ver, en toda su magnificencia el Valle del Roncal y el circo pirenaico que lo rodea. Una lápida provista de líneas de dirección indica los nombres de las montañas que perfilan el horizonte. La siguiente parada fue ya en Roncal pueblo. Como ya se anunció en esta croniquilla, no podía quedarse sin homenaje la Casa Museo de Julián Gayarre. Como curiosidad más de bulto, el coche de caballos del tenor, estacionado en el zaguán. A los aficionados, se nos sorprende con los carteles de casi todas sus actuaciones, los trajes de sus partes, desde Edgardo a Lohengrin, y la lista de su repertorio: hoy en día son muy pocos los que se atreven, al mismo tiempo, con Rossini y Wagner, con Meyerbeer y Verdi, con Donizzetti y Gounod. Quizás él mismo no debió haberlo hecho tampoco. Pero el caso es que lo hizo y sus contemporáneos no sólo no se lo reprocharon, sino que lo aclamaron del principio al fin. Como fondo, utilizan la voz de Alfredo Kraus, de la banda sonora de la película Gayarre. Es un pobre recurso, pero los incondicionales del eximio tenor canario lo agradecemos complacidos. Ya era algo tarde para pararnos en Uztárroz, que ofrece una altiva y bella estampa desde la carretera, con su castillo erguido y sus casas escalonadas. Espero que Bartolomé no me reproche la omisión. Los héroes de su novela ya quedaron reivindicados, por representación, en la persona de Lastanosa y la costanilla que lo recuerda en Huesca. Al pasar por Ochagavía, considerando la relativa cercanía a Garralda, decidimos no parar y volver al día siguiente. Llegamos a Garralda a tiempo de comer según costumbre hispánica. Por la tarde, entretuvimos los ocios entre lecturas de prensa y paseos por las praderas vecinas a lo largo de una senda circular que Mariné no se atrevió a completar.

Ya sólo nos queda por relatar el último día. Era domingo y se notaba en el ambiente. Según lo ya previsto, nos fuimos hasta Ochagavía. En este bonito pueblo, que sufrió un devastador incendio y, más tarde, invasión napoleónica, el río separa una parte llana, urbanísticamente dispersa, de otra empinada y densa, de estrechas calles pedregosas, distribuidas en torno a una iglesia que rige el orden en que todo se dispone. Otro límite, éste artificial, pues de la carretera se trata, acentúa la divisoria. Parece ser que en este lugar se rodaron dos señeras películas, a saber, Tasio y Secretos del corazón. Las devociones romeras se dirigen a la ermita de Muskilda, a la que se puede acceder a pie por un atajo de amedrentador desnivel, que preferimos ignorar. Una pista asfaltada, de curvas y contracurvas, permite una aproximación menos esforzada, y por ella metimos el coche. La ermita, de sugestivo románico primitivo, su fuente y su mirador parecen pensados para dar sosiego al caminante. Con menos escaldaduras de barrancos y precipicios, nos hubiésemos atrevido a explorar también el Santuario de Irati. Pero la perspectiva de veinticuatro kilómetros de ida y otros tantos de vuelta por infiernos acrofóbicos nos disuadió por completo. Cierto que el corazón del bosque de Irati y sus más bellas estampas están precisamente en ese recorrido. Pero, en ocasiones, el disfrute estético está reservado sólo a los héroes. Asumamos que no lo somos.

A la ventera altiva no le plugo nada que llegásemos al comedor cuando lo tenía casi repleto de clientela dominguera. Tal vez pensó que la única mesa libre, que nos dispusimos a ocupar, podría ser más rentable con una familia al completo. Un hostelero de bien debe saber disimular esta pequeña contrariedad. Las horas muertas de una tarde de domingo en Garralda no parecían ser un panorama estimulante. Así, pues, una vez sesteados, decidimos cruzar la frontera para conocer San Juan de Pie de Puerto (Saint Jean de Pied de Port, para sus habitantes). Al coronar el puerto de Ibañeta, es obligado pararse para otear horizontes y cumplir con el obligado ritual de las mitologías roldanescas, pero despachamos el expediente con una faena rápida y poco comprometida. La bajada hasta Valcarlos (o Luzaide) se hace interminable, pero tiene compensaciones visuales de importancia. San Juan de Pie de Puerto es un reducto de primitivismo turísticoeuskalerríaco en civilizado suelo francés. Nada más parecido a una Disneylandia de lo abertzale que esta, por otra parte, bella ciudad, que merece mejor suerte. Recuerdo haber leído en alguna parte la descripción de una calle pueblerina infestada de boñigas como chapelas. A Saint Jean de Pied de Port le ocurre lo contrario, pues está saturada de chapelas como boñigas. Si cualquier patriotismo es detestable, el de charanga y pandereta (perdón, quise decir el de aurresku y txalaparta) lo es en grado superlativo, pues une a la infamia el mal gusto. No hay perdón para este crimen, que, además, se comete con la agravante de la mercachiflería de baratija para papanatas. A la vuelta, paramos en la plaza de Valcarlos. Una dulce mongólica ofrecía amabilidades oficiosas a la clientela de la terraza allí instalada. Teníamos como vecinas a dos pamplonesas, con cierto toque bollero –lástima: una de ellas merecía más de un homenaje- que se atrevieron a romper la conspiración de silencio con tímidos comentarios críticos a las tremendas cosas que acababan de suceder. Fueron los únicos que escuchamos en todo el viaje, que aquí se acaba, pues al día siguiente, temprano, recogimos a Daniel en la estación de autobuses de Pamplona. En los escasos cinco minutos que mantuve el coche estacionado en un parking al aire libre, algún descerebrado me rompió la antena. Quiero pensar que el autor fue un gamberro elemental, que para nada reparó en la identificación oficial, con la “E” sobre fondo blanco oval, de mi país de origen.

Friday, June 29, 2007

París, febrero de 2001


OTRA VEZ PARÍS

Desde noviembre estaba programada una visita a Sara y con tan tierno propósito y antelación tal vez excesiva, se reservaron y adquirieron billetes de avión por internet. Afortunadamente pudieron utilizarse con buen fin.

Hubo ya algún retraso en la salida del avión en el aeropuerto de Vigo y más aún en la de Barcelona, pero pudimos llegar con buen pie a Orly, pasadas ya las once de la noche. Nos esperaba Sara con bastante entusiasmo. Tuvimos algún problema para que un taxi aceptase llevarnos a los cuatro, aunque, finalmente un martinicano accedió a realizar el supuestamente engorroso transporte, colocándome, eso sí, su anorak encima de mis rodillas, lugar sin duda más incómodo que el asiento que previamente ocupaba. Tras recorrido veloz por el periférico, atravesamos la puerta de Vicennes, enfilamos el Cours homónimo, llegamos a la amplia plaza de Nation y tomamos, por fin, el Boulevard Charonne en el que radica la casa que nos sirvió de alojamiento esta primera noche.

A la mañana siguiente, pastoreados por Sara, nos trasladamos al distrito 5º, el dulce barrio latino, en el que la niña disfruta de un apartamento muy apañadito, a menos de doscientos metros del panteón de franceses ilustres, en una semiesquina de la Rue Souflot, que desemboca en la verja de los Jardines de Luxemburgo, empalmando con el socorrido Boulevard Saint Michel. ¡Qué inmenso alivio!

Apenas colocadas las maletas y desvelados los trucos de manejo de muebles y utensilios, nos echamos otra vez a la calle. Fotografiamos el Panteón desde las puertas de la vieja Facultad de Derecho, dimos la espalda a la Iglesia de Santa Genoveva, bajamos por la calle de la Montaña de la misma santa, cruzamos la Rue des Ecoles y por una recoleta calle alcanzamos el Sena a la altura de Nôtre Dame. El atrio del templo estaba atestado de gentes variopintas, con mayoría de españoles y japoneses. Un breve paseo por las cinco naves nos permitió admirar vidrieras, rosetones, policromías, pinturas y esculturas. Daniel exhibió vagas remembranzas de sus trabajosas luchas con el Arte de C.O.U.

Por el boulevard central de la Cité nos fuimos acercando al imponente conglomerado del Palacio de Justicia, cuyos pesantes muros, como es sabido, rodean y encriptan esa pequeña joya del gótico luisiano conocida como la Sainte Chapelle. Hubo que guardar bastante cola para llegar a las taquillas de venta de entradas y, por fin, disfrutar, de las dos magníficas plantas, destinadas al pueblo la baja y a la nobleza la elevada, como no podía ser de otro modo. Imposible escudriñar las infinitas imágenes que decoran las vidrieras de la planta noble y que narran la historia sagrada desde el inicio de los tiempos bíblicos hasta el juicio final, pero esa limitación no incomoda ni frustra.

Abandonamos la isla por el Pont-au-Change, y continuamos, girando a la derecha, hasta la explanada del Hôtel de Ville, en la que, además de los tradicionales tiovivos, se ha instalado una pista de patinaje sobre hielo, para deleite de la muchachada parisina, que si no tiene patines ad hoc, debe pagar cincuenta francos por el alquiler de unos de propiedad municipal. Metidos en plena Rue de Rivoli, con el Marais a nuesta izquierda y el Sena a nuestra derecha, avanzamos en dirección a la Plaza de la Bastilla, de históricos soliviantos. Sin solución de continuidad, la Rue de Rivoli pierde su refitolero nombre y se convierte en Rue de Saint Antoine. No puede menos que sonreír al recordar las vehementes explicaciones, sobreactuadas de gesto y entonación, de mi difunto profesor de Derecho político, José Pérez Montero, alias Pepito Grillo:

- “Los carros se apresuran por la calle Rivoli, la multitud les sigue vociferante, se llega a la calle de San Antonio, la Guardia Nacional dispara. ¡Cae el primer muerto…!”

No hay gorros frigios, no hay escarapelas tricolores, no hay descamisados, no se ve a la Guardia Nacional. Pero me salta a los ojos el rótulo de una tienda de Harmonia Mundi, con su inconfundible logotipo. Cruzo la calle, miro el escaparate y descubro a primer golpe de vista la recién salida versión de Dido y Eneas, de Purcell, dirigida por René Jacobs y cantada por Lynne Dawson, Rosemary Joshua y Gerald Finley, con la Orquesta del Siglo de las Luces. Entro, la merco y el dependiente, excelente vendedor, me coloca también Venus y Adonis, de Blow, maestro de Purcell, grabada el mismo día, con la misma orquesta e intérpretes y el mismo director de la ópera anterior.

Empiezan a caer copos de nieve. No queda más remedio que refugiarse. Un providencial restaurante italiano nos da cobijo. Sara y Daniel siguen conservando el paladar adolescente y disfrutan con falsas pizzas de confección industrial, aunque el dueño del establecimiento jurase por su madre que eran de fabricación artesanal y casera. El vino que acompaña al menú es bastante infame.

Al salir del restaurante, ha cesado de nevar, pero el cielo no tiene buena cara. Vamos hacia la Plaza de los Vosgos y pronto empieza a caer una lluvia fina y penetrante. A pesar de ir detrás, Daniel y Mariné nos pierden de vista a Sara y a mí. Momentos de confusión, reencuentro en la esquina noroeste de la plaza y pequeña bronca irracional. La inevitable visita a la casa de Víctor Hugo se hizo con calma y sosiego. Parece ser lugar no demasiado frecuentado por la turba turística: los vigilantes de las distintas estancias casi dormitan su aburrimiento. Tenía el prócer de las gabachas letras una buena colección de pintura de la época: Henner, Boulanger, Fantin Latour, Trebuchet (que debió de ejercer como retratista oficial de la familia), Grasset … De las paredes actuales, que simulan conservar el primigenio tapizado en tela, cuelgan también múltiples versiones de la gitana Esmeralda, de Nôtre Dame de Paris, debidas a la paleta de Gustave Brion y algunas telas del propio Hugo, que muestran una clara vocación de pintor alegórico. De ninguna manera podía faltar la célebre escultura que Rodin dedicó al novelista, no se sabe si por su condición de tal o por la de padre de su amante, la infortunada Adèle Hugo. Desde uno de los balcones, con espléndidos cortinajes de color bermellón, fotografié a Sara con la Plaza de los Vosgos de fondo. Sorprendentemente, la fotografía salió muy bien.

Faltaba ya poco para las cuatro de la tarde. En el cercano Teatro de la Bastilla estaba programada para las seis una representación del Parsifal de Wagner, con estrellato de relumbrón (Plácido Domingo, Violeta Urmana…). No me había sido posible reservar la entrada por la red y quise probar la suerte de última hora. Así que, pacientemente, me coloqué en una cola no muy numerosa, que se iba alargando poco a poco. Llegaron las cinco y también las seis, pero no hubo manera. Envidié a los ciudadanos que, provistos de su localidad, iban entrando con elegante disciplina en el recinto de los elegidos. Entre ellos pude reconocer al periodista castizo que responde al nombre de Luis Carandell y al talludo cantautor Raimón, juglar de nuestra roja juventud dorada. Mariné, Sara y Daniel pusieron su buena voluntad de ayudarme parlamentando con un revendedor ful, lamentablemente sin buen éxito. Bajo una lluvia no por fina menos pertinaz, me puse como pude el rabo entre las piernas y todos juntos volvimos al apartamento de la calle Paillet. Ya de anochecida, cenamos a la francesa en un restaurante cercano. La camarera se equivocó con los pedidos y pescó un mosqueo franchute y sordo al reclamarle la corrección del error. Sara y Daniel se fueron de marcha y los mochuelos ancianos regresamos a nuestro carrocesco olivo.

La mañana del domingo amaneció gloriosa. Lucía un sol espléndido y la nieve, que no había cuajado, reposaba, sin embargo, en los capós de los coches. Ya en la calle, Mariné decía, y no le faltaba razón, que era aquél uno de esos momentos gozosos en los que se vive por instantes una sensación de plenitud que se nos antoja irrepetible. Volvimos a bajar por la calle de la Montaña de Santa Genoveva y al llegar a Ecoles, torcimos a la derecha para ver en Bernardines la residencia estudiantil en que se alojarán los alumnos de Beade en su teatral viaje próximo. Nos encandiló la fachada principal de la Escuela politécnica, con su balaustrada de hierro forjado, cubierta de vegetación, y descubrí en el recoleto cul de sac que hace Bernardines el Hotel Henry IV, muy de tener en cuenta para futuros viajes por su excelente ubicación y recogido encanto.

Siempre a pie, seguimos el curso del Sena por su margen izquierda. Se empezaban a abrir los puestos de venta de carteles y libros viejos, ante los que ratoneamos discretamente. Cruzamos por el Pont des Arts, entramos en el patio principal del Louvre, rodeamos las pirámides de cristal y salimos a Rivoli. Era de todo punto imprescindible la visita rápida a la muy bella y napoleónica Place Vendôme y cumplimos con el rito.

Habíamos quedado con Sara y Daniel para comer en el diminuto restaurante cubano Little Havanna, muy cerca del cruce de la Rue Sevigné con Saint Antoine. Por distintas razones, llegamos todos al punto de encuentro algo más de diez minutos antes de la hora concertada. Regenta el chiringuito habanero una pareja compuesta por negro zumbón y blanca trigueña, confianzudo y embromador él, más adusta, pero hermosa y sugerente ella, entre los que se libraba una sorda y leve disputa doméstica por motivos difíciles de adivinar. Estaba bastante bien aderezado y sabrosón el plato de puerco a la miel, con guarnición de dátil, arroz y frijoles que me metí entre pecho y espalda.

Daniel y Sara habían olvidado la cámara de fotos y Mariné se empeñó en que fuésemos a recogerla a la casa de Sara. No hubo otro remedio. Con la cámara en la mano, reencontré a Mariné y Daniel en un cafetón de Bastilla y, desinformada y estúpidamente, nos pusimos a esperar que pasara el autobús 87, que no circula los domingos, para que nos llevase a las cercanías de la Torre Eiffel y satisfacer así danieleras apetencias. Después de soportar una cola respetable, aunque de evolución bastante rápida, nos encaramamos en los ascensores hasta llegar a la última plataforma practicable del ferial y tópico monumento.

Después de una travesía en metro algo complicada, encontramos a Sara en calle muy próxima al restaurante en que nos habíamos citado, La Dame sans gêne, por la zona de la Plaza de la República, creo recordar que en la Rue Charlot. Los muchachitos que manejan el cotarro en este curioso pesebre exhiben plumaje multicolor y abundante, son unas locas despendoladas y alegres como cotorrillas juguetonas. Practican, además, una saludable costumbre, nada frecuente en tierras galas, que consiste en incluir en el menú un vino tinto muy honrado y correcto, a discreción del consumidor en cantidad. Salimos del lugar satisfechos y confortados.

El lunes volvió a llover, pero sólo por la tarde y más calmosa y brevemente. Hicimos por la mañana el recorrido habitual hasta Ecoles y Bernardines porque Mariné quería confirmar algunos detalles sobre las reservas hechas para sus alumnos en la residencia de estudiantes. Poco después, fuimos al encuentro de Sara y Daniel en la tienda de discos de fnac del Forum des Halles, esa discutible obra urbanística de Bofill. Allí se despachan entradas para muy diversos eventos, entre ellos la exposición Picasso erótico, abierta en el Jeu de Paume. Tampoco aquí hubo suerte: las entradas se despachan con cuarenta y ocho horas de antelación y, además, los lunes cierran todos los museos de París.

Lucía el sol y dimos un paseo hasta la explanada situada entre el Louvre y la Place Concorde. La noria del milenio, que en su girar simula tener como eje el obelisco, ofrece una buena imagen. Con el despiste de la contemplación fuimos objeto de una pequeña estafa por parte de un grupo de senegaleses, pretendidamente recaudadores de ayudas para la infancia africana. Retomamos después la rive gauche hasta llegar a Saint Germain des Prés. Los sartrianos Deux Magots y Flore siguen en su sitio, así que decidimos almorzar en un restaurante cercano supuestamente especializado en comidas magrebíes. Sara y Mariné se hartaron de cuscús y Daniel y yo optamos por platos más conservadores. Antes de volver a casa nos dio tiempo a comprar unos brioches y de adentrarnos en los Jardines de Luxemburgo para ver de cerca el Palacio del Senado y la estatuaria que en tiempos decoró los pensiles de María de Medicis.

Había una cita con la profesora de español del Liceo en que trabaja Sara para concretar aspectos técnicos de la representación teatral que Mariné y sus alumnos tienen programada para el mes de abril. El tal Liceo queda bastante al este, en el Cours de Vincennes, más allá de la plaza de Nation. Ni Sara ni la hispanista pudieron ser puntuales y hubimos de esperar más de veinte minutos a la puerta del centro, con un frío que se cagaba la perra. Al final todo discurrió de buena manera y parece ser que el encuentro resultó provechoso y útil.

Otra cita, en la fuente de San Michel, a las siete de la tarde, con los amigos de Sara también se cumplimentó con buen fin. Tomamos unas cervezas en un bareto de la plaza, ellos se quedaron algún tiempo más y yo me fui andando al teatro del Palais Royal, en el que tenía entrada de primerísima categoría para el concierto de la soprano británica Lynne Dawson, que comenzaba a las ocho y media. En lugar aparte, se hará la correspondiente reseña del evento, que, de algún modo, me consoló de la frustración wagneriana de dos días antes.

No eran aún las diez y media cuando salí de la sala de la calle Montpensier. Por Rivoli me fui acercando hasta la bella iglesia de Saint Germain l’Auxerrois, con su singular y cautivadora torre exenta. Recuerdo haber escuchado en esta iglesia, en otro viaje a París, un concierto de cámara con programa exclusivamente mozartiano. Crucé el puente y en el Quai des Grands Augustins pude ver de paso muy tentadoras tabernas pequeñas y relativamente bien pobladas, con vino decente en sus garrafas. Resistí las tentaciones y llegué a casa suficientemente temprano para encontrar a Mariné despierta y aún dispuesta a la parrafada.

Pensamos en aprovechar la última mañana que nos quedaba para recorrer el Cementerio Père Lachaise, verdadero osario de ilustres muy próximo a la casa en que se alojaban Daniel y Sara. Los fuimos a buscar temprano, pero Daniel no quiso hacer homenajes a nadie.

Desde Abelardo y Eloisa hasta Jim Morrison, pasando por Molière y Balzac, los despojos de luminarias se suceden con profusión difícil de agotar en una sola visita. La más improbable y, por tanto, la más poética de las tumbas es precisamente la que se atribuye al monje filósofo medieval Abelardo y a su discípula y enamorada Eloísa, inspiradores ambos de tanta literatura romántica. El folleto que facilitan a la entrada aclara que los restos de Rossini y de Bellini – lástima para los visitantes melómanos – fueron trasladados a Italia, aunque se conservan sus respectivas construcciones funerarias; para colmo, las cenizas de Maria Callas fueron esparcidas sobre el Egeo, conservándose en el columbario tan sólo la urna que les sirvió de primer receptáculo. Molère y Lafontaine descansan paredaños y los cinéfilos dejaron su inscripción impresa en la fosa conjunta de Ives Montand y su compañera Simone Signoret. La tumba de Sarah Bernardt es difícil de encontrar y la de Oscar Wilde se ubica en la parte más empinada del camposanto. Tiene un panteón ostentoso el arquitecto Hausmann, remodelador de París, y la avenida noreste, que constituye uno de los ángulos del recinto, está dedicada a los mártires de los campos de concentración, a los héroes de la resistencia, a los fugitivos de la barbarie incivil española, caídos también por Francia, y a militantes destacados del Partido Comunista francés, entre ellos el poeta Paul Eluard.

Cumplidos los deberes con los muertos, recogimos al vivo Daniel y tras espera no precisamente breve un taxista portugués nos condujo al aeropuerto de Orly, dónde Mariné se aprovisionó de quesos y de patés y tuvimos tiempo de aburrirnos a satisfacción. Algo parecido ocurrió en Barcelona. A pesar de todo, a las siete ya estábamos regresados y nuestro hogar vigués nos esperaba acogedor como un claustro materno. El viaje, bastante feliz después de todo, había concluido.

Thursday, June 28, 2007

Carta a Saramago (1997)


Mi muy admirado señor Saramago: Leyendo sus Cuadernos de Lanzarote, me encontré, en la página 238 de la reciente edición española (Alfaguara, 1997) con los divertidos afanes que ocuparon parte de su día 21 de febrero de 1994 en la búsqueda de aplicaciones arquitectónicas de los cordiales términos sístole y diástole. Diferidamente estimulado por perplejidades e ignorancias infinitamente mayores que las suyas, me he aplicado yo hoy a lo que sólo con una desmesurada inmodestia se podrían llamar pesquisas lexicográficas. El resultado de ellas es, en algún sentido, prometedor. Con humildad obligada y reverencial respeto, me atrevo a señalarle que hubiera encontrado usted caminos más accesibles y próximos a los ciudadanos de los dos países soberanos que conforman la península ibérica que la venerable reliquia, procedente de la biblioteca de Raimundo Silva, que usted tiene la suerte de poseer. En efecto, el Diccionario de la Real Academia Española (edición de 1992) registra estas sólidas y sustentadoras voces:

SÍSTILO. (Del lat. systylos, y este del gr. systylos, de sys y stylos, columna), adj. Arq. Dícese del edificio o monumento cuyos intercolumnios tienen cuatro módulos de claro.

DIÁSTILO. (Del lat. diastylos, y este del gr. diastylos), adj. Arq. Dícese del monumento o edificio, cuyos intercolumnios tienen de claro seis módulos.

Por su parte, el por algunos puristas (me atrevo a suponer que no por usted) denostado Novo dicionário Aurelio da Lingua portuguesa define, quizás con más detalle y riqueza:

sistilo. [Do gr. systylos, “de colunas aproximadas”, pelo lat. systylos] Adj. e sust. m. Arquit. Diz-se da, ou a construção na qual os intercolúnios têm dois diàmetros de coluna ou quatro módulos.

diastilo. [Do gr. diastylon, pelo lat. diastylon] S. m. Arquit. 1. Intercolúnio correspondente a três diàmetros das colunas, ou seis módulos. 2. Edifício cujas colunas estão ajustadas entre si de três diàmetros ou seis módulos.

No contento aún con estos hallazgos, huroneé algo más, allende los Pirineos, y puedo dar fe de que ni la muy cara a Borges y a Huxley Encyclopaedia Britannica, ni el prestigioso Duden alemán registran voces equivalentes a las ya referidas, y que el por tantas razones útil Petit Robert, con asimetría impropia de la racionalista cultura francesa, recoge systyle (n. m. et adj. 1691; lat. systylos, gr. “Aux colonnes rapprocheés”. ARCHIT. Ordonnance où les entrecolonnements sont de deux diamètres de colonnes (quatre modules). Adj. Temple, perystyle, portique systile). Pero no el complementario diastyle, tal vez por tratarse de un orden más arriesgado y, por tanto, indigno de figurar en las seguras recopilaciones galas.

Así pues, señor Saramago, podemos aventurar que los acervos léxicos codificados y oficializados más prestigiosos de las lenguas germánicas ignoran términos que los franceses protegen sólo a medias y que los de nuestra deseada jangada de pedra ibérica (con su vocacional extensión trasatlántica) acogen con mimo y decoro. Que así sea en todo.

Para siempre agradecido por su obra y por el ejemplo de su figura cívica,

Firmado: José Ramón Rodríguez del Valle

P.S. Reparación de una injusticia: Me quejaba de insuficiencias en la lexicografía gala. Mal hecho y retiro lo dicho. Nada menos que la Encyclopédie de Diderot et d'Alembert registra:

SYSTYLE, s. f. (Architect.) bâtiment où les colonnes sont placées moins près les unes des autres, que dans les picnostyles; la mesure de cet espacement est d'ordinaire de deux diametres, ou de quatre modules entre deux fûts. Ce mot est composé de , avec, & , colonne.


DIASTYLE, s. m. (Architecture) espace entre deux colonnes, ou édifice dont les colonnes sont éloignées les unes des autres de trois diametres ou six modules de leur grosseur. Voyez encore ENTRE-COLONNEMENT. Dict. de Trev. & Chambers. (P)


Acómpáñennos, pues, también los franceses en la proyección transatlántica. (2 de julio de 2007)






Tuve la osadía de dirigir esta peregrina estupidez al autor de "La caverna" casi un año antes de que le fuese otorgado el Premio Nobel de Literatura. Naturalmente, y con toda justicia, jamás fue respondida. La retomo ahora para solaz de amigos y enemigos.

Wednesday, June 27, 2007

Dos mezzosopranos












En el atril, dos retratos, portada de disco uno, primera página impar de libreto, el otro; en color el primero, en blanco y negro el vecino; de joven finesa aquél, de española madura éste. Pero estoy poniendo el carro por delante de los bueyes. Dejemos los adjetivos y las valoraciones para más tarde. Identifiquemos, antes que nada, a las protagonistas de este ejecicio de fisiognomía: Mónica Groop y Teresa Berganza. Radiante, perfectísima y tal vez algo excesiva la juvenil belleza de Mónica. Sabiduría, prestancia, naturalidad, empaque, garbo y elegancia suprema en el rostro de Teresa. Suelta, espesa y armónica, la cabellera de la lapona; recogida, cansina y maternal la de la madrileña. Exceptuando la sobresaliente y provocadora rotundidad de los pómulos de la más moza, no parece haber grandes diferencias entre los óvalos de pulcra talla de ambas divas. Sí las hay en sus sonrisas: pintada, demasiado abierta, un punto obscena y, sin embargo anodina, la moniqueña; limpia, generosa, reflexiva y un si es no es triste la teresiana. Es casi insultante la perfección inmaculada de la dentadura de Groop. Hay una discontinuidad profundamente humana entre los caninos y los premolares de ambos lados de Berganza. No otra cosa que la edad distingue un cuello del otro, labrados ambos con el temple de lo escultóricamente bello. Luce Mónica traje de noche, de amplio y generoso escote que no insinúa sino abiertamente muestra la plenitud de unos pechos que se suponen turgentes, y deja al aire unas clavículas algo escuálidas y unos hombros escasos con cierta tendencia al desmayo. Viste Teresa muy sobria blusa artesanal, diríase que de lino blanco, de tan majestuosa sencillez que apabulla. Pocas joyas en ambos casos: discretísimos pendientes en todos los lóbulos visibles y una apenas perceptible cadena que cruza el esternón berganciano. La directa frontalidad de la imagen de Teresa Berganza contrasta con el algo más que ligero escorzo de Mónica Groop. Hay cierta picardía, tan risueña como ingenua, en la mirada azul violeta de la escandinava, y una inteligentísima franqueza en la de la ibérica. Escucho ahora el aria de Sesto Parto, ma tu ben mío, de La Clemencia de Tito. Primero, a Teresa. Después a Mónica. Y no sé bien por dónde empezar a morirme de amor

Escribí este ejercicio escolar, con vanas pretensiones de lirismo cursilón, hace unos cuatro o cinco años. No me arrepiento de él, pero me provoca cierto rubor.La negrita que realza el último párrafo es un capricho indeseado del señor Word.

Esperando el siglo XXIII



El muy sensato y aún más inteligente Francisco Bustelo, rector que fue de la Complutense, publica hoy en EL PAIS un artículo intitulado El buen izquierdista, para el que se me ocurre un calificativo antes que cualquier otro que se le pueda dar: es tierno, en el mejor sentido de la expresión. Como no podía ser do otra manera, el ilustre profesor tiene una inquebrantable y animosa fe en el porvenir. Después de glosar los sucesivos fracasos e insuficiencias de las izquierdas que en el mundo fueron añade: "También es cierto, sin embargo, que en otros aspectos ha habido más cambios, sobre todo en los tres últimos años; alguno, como el relativo al matrimonio de homosexuales, hasta cabría de tildarse de revolucionario. Tal vez sea ése el cometido de la izquierda en el siglo XXI. Ya que como parece que habrá que esperar al siglo XXII o al XXIII para que los avances del saber permitan cambiar el funcionamiento de la economía, luchemos entre tanto por las muchas causas pendientes: ecologismo, ayuda al tercer mundo, políticas generosas de inmigración, laicismo, educación, emancipación definitiva de la mujer, derechos humanos, antiimperialismo, coexistencia pacífica de nacionalismos, etcétera. Además, claro está, de lograr un gasto social como el de Suecia. " En resumen: el catálogo casi completo de los propósitos y formulaciones que un filósofo ultrafuerte y archimaterialista diagnostica como propios y constitutivos del pensamiento absurdo e inconsistente de una niña literaria inglesa, bastante zangolotina por lo demás. Pero, qué le vamos a hacer, resulta que mi caótica mezcla de ingenuidad, melancolía y afán de llevar la contraria a cuantos más mejor gusta, con alguna matización, de esas intenciones, deseos y recomendaciones "programáticas". Refiérense las matizaciones a las severísimas dudas que tengo sobre la posibilidad de una "coexistencia pacífica de nacionalismos", de cualquier dimensión, pelaje y colorido que éstos sean. Más bien abogaría yo por le erradicación de las almas y los Estados de las funestas ideas de nación, identidad, pertenencia y patria (como se ve, además de ingenuo soy "quimérico"). Tengo también para mi que el matrimonio es institución difícilmente defendible, sea entre heterosexuales, homosexuales, amerindios o caucásicos. Pero, ya que existe y tiene numerosísimos adeptos, bienvenida sea la revolucionaria posibilidad de que incurran en él las personas con opción sexual minoritaria: no es ni más ni menos dañino para ellas y para la sociedad en general que para los que tienen preferencias más extendidas. Y de todas las "consignas" que generosamente nos da Don Francisco, me parece especialmente relevante, en estos atribulados momentos, la del laicismo. Nuestros gobernantes "progresistas" nos han traído -y les fecicitamos por ello- reformas encomiables y audaces. Pero ninguna de ellas les agradecería tanto como la de poner a los curas donde les corresponde y denunciar de una santa vez por todas el oprobioso concordato con el Estado Vaticano. Por lo mismo, les reprocho con la necesaria vehemencia que carezcan de valor para hacerlo.
Brindo por el último consejo del señor Sotelo: "Por eso es por lo que al agorero, que nos dice que vamos de mal en peor, aún cuando sea un buen izquerdista, no hay que hacerle caso." Mas, ay, aunque no soy agorero, soy pesimista.