Sunday, June 04, 2006

Otra vez el Festival Mozart

En esta edición de 2006, no cogí el abono y hube de contentarme con cuatro espectáculos sueltos que se celebran en fines de semana. El primero de ellos tuvo lugar ayer en el teatro pequeño, con escenario en obras. Era sábado, no martes, ni viernes. Era día 3 y no 13. Sin embargo, alguna maléfica confluencia astral debió de producirse, porque sólo de ese modo puede explicarse que, con sólo treinta minutos de diferencia y en el reducido ámbito del odeón, la soprano Isabel Monar estuviese a punto de romperse la crisma, con resultado final de sólo leves desgarros en su elegante vestido azul de raso, y el joven pianista Rubén Fernández Aguirre perdiese una partitura. Con retoques en el orden del programa, el recital se desarrolló de manera musicalmente irregular. Por orden inverso a la agudeza de sus respectivos timbres, los tres solistas hicieron sus presentaciones vocales con Martín y Soler. Así pues, el barítono David Menéndez entonó una Preghiera algo fría, pero muy correcta; la mezzo Marina R. Cusí despachó Da parte gli scherzi, de L'arbore di Diana, con natural elegancia, y la soprano Isabel Monar se repuso de su percance con simpática entereza y cantó Consola le pene mia vita, de Una cosa rara, con solvencia más que suficiente.
Continuó la primera parte con los deliciosos Notturni de Mozart. Estas piezas de precisión, estos mecanismos de relojería artesanal y bellísima son una trampa mortal para navegantes mozartianos. Y en esta trampa estuvieron a pique de perecer los tres animosos héroes de la velada. Faltó temple, faltó concertación, sobraron voluntades aisladas y el el peligro de naufragio se vivió con angustia apenas mitigada con el respiro del intermedio.
El inicio de la segunda parte no contribuyó a ahuyentar los nubarrones: el joven Menéndez se olvidó por completo de que estaba cantando Mozart y atacó el aria de concierto Mentre ti lascio o figlia con una forza verdiana absolutamente fuera de lugar. Moderó el despropósito la mezzo Cusí poniendo vida y empeño en una Ombra felice ... io ti lascio muy estimulante, y sol radiante y vientos templados y favorables iluminaron y tensaron las velas con el espléndido Ch'io mi scordi di te que nos regaló una Isabel Monar en estado de gracia, pese a algunas levísimas imprecisiones de legato. Los tres intérpretes se redimieron por completo con cinco tercetos inspirados y sentidos, entre los que se encontraban el onomatopéyico Auf den Tod einer Nachtigall, el masónico Dir, Seele des Weltalls y el desfachatado Das Bandel. El público aplaudió con más que justificada generosidad y los artistas nos brindaron un muy premeditado y bien cantado Soave sia il vento, fuera de programa. Todos salimos reconfortados y contentos. Lástima que el desgarro del precioso vestido de Isabel Monar no haya sido muchísimo mas amplio y mejor colocado; es buena moza, rotunda y sugerente de cintura para abajo, elegante y sutil de cintura para arriba, de rostro expresivo, bello y armónico: pone.

Thursday, May 11, 2006

Familias "monomarentales"

Frecuentemente, soy el último en enterarme de las cosas que suceden en mis entornos más inmediatos, incluido el laboral. Así, por ejemplo, esta misma mañana, tuvo que ser una compañera quien me diese noticia de que una convocatoria de plazas para guarderías públicas debió corregirse, y fue además objeto de cuchufleta mediática, porque en su texto figuraba la expresión "familia monomarental o monoparental". La buena mujer quería que le aclarase, en mi condición de filólogo bricoleur (y de chichinabo), si la corrección era pertinente y la rechifla justa. Me lo pidió por correo electrónico y he aquí mi respuesta:

A ver si podemos aclararnos un poco.
El vocablo parental proviene, obviamente, del latín parens-tis, participio activo del verbo parire (=parir). Parens es, pues, quien pare y, por extensión, quien engendra (o, mejor, quien fecunda o insemina). Parentes son, en consecuencia, la madre (que pare) y el padre (que insemina o fecunda). En una siguiente extensión semántica, son parentes (=parientes) todos los unidos por una relación consanguínea o, incluso, afín. Está claro que, en este caso, los que nos interesan son el padre (que insemina o fecunda) y la madre (que concibe y pare). En estos estrictos téminos, la única familia monoparental de todos los tiempos sería la formada por Jesucristo y su madre, siempre que se acepte la sinrazón de que María permaneció virgen antes del parto, en el parto y después del parto, caso extraordinario y único de partenogénesis humana. Chorradas aparte, quedamos en que son parentes tanto la madre como el padre (y, si me apuras, más la madre que el padre, pues es ella la única que pare, con o sin "couvade").
Sin ponernos tiquismiquis, podemos admitir la parasíntesis "monoparental", siempre que ello se refiera a una familia constituida por un hijo, o varios, y sólo uno de sus dos progenitores. Pero, ciertamente, lo de "monomarental" es un despropósito lingüístico y una "cantada" ignara y paleta. Son las consecuencias nefastas de querer ser políticamente correcto a toda costa.
¡Ay, "mare" mía, que la virgen ("monomarental") de los desamparados nos ampare!
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Wednesday, May 10, 2006

Der Besuch des alten Dumm, oder Der Kulturkommissar, oder "Ridicule"


Por obvio que resulte, necesito explicar el título de esta entrada: se trata -discúlpenme la prescindible aclaración- de un torpe juego de palabras con el título original del célebre drama de Dürrenmatt La visita de la vieja dama, sustituyendo, con las necesarias adptaciones de género gramatical, Dame (=Dama) por Dumm (=tonto).
En el intermedio de la representación del Don Carlos verdiano que tuvo lugar ayer en mi ciudad de residencia, me encontré con un vecino de mi ciudad de origen, levantino de nación y amante, según sus propias palabras, del cuadrante noroccidental de la península, que usurpa más que ocupa un alto cargo en la administración cultural del municipio. Venía el sujeto a estudiar, a cata y a cala, las posibilidades de llevar a su jurisdicción a la compañía búlgara que perpetraba el desaguisado. Loable y esforzado propósito de un funcionario eficiente y resolutivo.
Debería, en todo caso, de haber sido yo el sorprendido por el encuentro. Pero esta clase de individuos posee la virtud de volver del revés cualquier situación, por peregrina que ésta sea y, como si lo más natural y lógico del mundo fuese su presencia a cuatrocientos kilómetros de de su casa o de su lugar de trabajo en día de labor y lo más absurdo e inimaginable la mía en un espectáculo en el lugar en que vivo, exclama el iluminado:
- ¡Pero bueno...! ¿Cómo tú por aquí?.
Como es fácil de imaginar, el comisario de cultura es un hombre untuoso y relamido, engolado y pedantón, menudito y con pujos de seductor caduco, se autorreputa de afrancesado y no pasa de precioso ridículo. Por otra parte, debe de andar circunstancialmente muy necesitado: se le iban los ojos tras el culo espléndido de la alcaldesa pepera (que, sin que sirva de precendente, ornaba con su palmito un evento operístico), como los de un hambriento tras un chorizo de Cantimpalo.
De los búlgaros y su versión de Don Carlo, mejor no hablar mucho: si no se hubiesen merendado el primer acto enterito, si no hubiesen cambiado arbitraria y gratuitamente el final de la obra, si, por el contrario, se hubiesen cargado, por incompetencia absoluta, al fulano que interpretaba al Marqúes de Posa en el inicio mismo de la representación, sin esperar al lugar propio del acontecimiento en el cuarto acto, su actuación podría haberse tolerado, pese a lo casposo y cutre de la escenografía y a la sustitución de las sandalias del Gran Inquisidor por mocasines blancos con adornos de goma negra.
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Monday, May 01, 2006

Una camarera que se parece a Virginia Woolf



Pasé este fin de semana con estrambote en mi ciudad natal. Menguadas están sus antiguas glorias industriales y su presunta prosperidad siderúrgica, lo que no impide que tenga una sorprendente ocupación hotelera que llegó al cien por cien en estos tres días de vacación. Sus visitantes no deben ser demasiado andariegos, ni siquiera paseadores, porque las calles del centro histórico ofrecían un aspecto más bien tristón y ralo. Estaban, al parecer, llenos los restaurantes y tabernas especializados en cocina y bebida regionales. Por eso, y también por razones de amistad y de fuerza de la costumbre, acudí a los sitios que más frecuento para abrevar y pastar. Uno de ellos, que utilizó José Luis Garci para ambientar alguna secuencia de su película You are the one, está regentado por un viejo amigo, mejor persona que empresario, cuyos empleados, bastante cambiantes, gozan del dudoso privilegio de la desfachatez controlada, que ejercen con los clientes de confianza, entre los que me cuentan. Siempre creí que el más antiguo de los camareros, especialmente deslenguado, era el mejor cualificado para hacerse con la titularidad del negocio una vez que su dueño actual se decida a darle gusto a su inveterada vocación de rentista. Pero me bastó oir dos frases a una nueva empleada, una uruguaya con la mirada en la caja y el perfil en la parroquia, para darme cuenta de que esta joven, acuciada por la precariedad del inmigrante, le merendará las aspiraciones con cuchillo y tenedor a su veterano compañero. Se parece a Virginia Woolf y tiene mucho más de wolf que de virginia. Triunfará.
Relaciono la anécdota y la poco audaz profecía con la caracterización que del paisanaje de la ciudad hace otro de sus nativos. Toma de la novela del amigo Fernando Bartolomé Matar a un rey una frase campanuda: "...hidalgos de escasa fortuna y con pretensiones a espuela", y la aplica a sus convecinos más rancios. No creo que sea justo en su apreciación. En mi patria chica hay la misma proporción de caballeros tronados y faroles sin aceite que en cualquier otro burgo de su entidad y dimensiones. Lo que sí tal vez se respire es una cierta galbana posmetalúrgica de la que convendría sacudirse más pronto que tarde.

Monday, April 10, 2006

Carta abierta a Lucía Etxebarría

Sra. Dª Lucía Etxebarría
Premio Planeta

Muy señora mía:
Acabo de leer la columnilla que, con el título La gauche divine, publica usted hoy en un periódico de difusión gratuita, promovido precisamente por el grupo editorial que tuvo la avilantez de otorgarle a usted su premio estandarte no recuerdo bien que año.
Utilizando como fuente un diario bien conocido por la generosidad con que trata a personas y personajes de izquierda cuando arroja sobre ellos todas sus inmundicias, nos habla de la fortuna personal de Bernard Henri-Levi y de la novela de su hija Rien de grave.
Permítame, antes que nada, un ejercicio inocente de pedantería cicatera. El nombre francés que designa al conjunto de municipalidades y barrios de la periferia de París tiene género gramatical femenino y se escribe banlieue y no banlieu como usted o, menos probablemente, el corrector de guardia han escrito. Por otra parte, hay en esa banlieue inmigrantes y desheredados de la fortuna, pero también zonas residenciales de muy alto copete. No se olvide usted, Doña Lucía, de que Vincennes por el este, o por el oeste Neully, Versailles y Rambouillet forman parte de la periferia. Por último, Saint Germain des Prés, con tanto prestigio de barrio intelectual (a saber por qué), es, ciertamente, una de las zonas más caras de París, pero el dudoso privilegio de ser la más cara lo venía ostentando hasta hace bien poco el distrito dieciséis. Peccata minuta y pelillos a la mar.
Lo enojoso, lo verdaderamente molesto, es considerar al proclamado nuevo filósofo Bernard Henri-Levi como un ejemplar de la izquierda francesa, sea ésta divine o humaine. Estamos bastante acostumbrados a que usted, en sus pintorescas apariciones públicas, confunda la velocidad con el tocino, el culo con las témporas y la gimnasia con la magnesia. Pero hoy se supera usted a sí misma. Me puedo imaginar la estupefacción del propio interesado si llega a enterarse del despropósito. Enhorabuena, señora Etxebarría: hoy ha confundido usted la bisectriz con la gripe del pollo (o de su hembra).
No he leído Rien de grave y, por tanto, no puedo pronunciarme sobre su calidad literaria. Pero mucho me temo que, en el peor de los casos, no ha de ser inferior a la de cualquiera de las novelas, es un decir, que usted viene perpetrando.
Queda de usted afectísimo y s.s.q.b.s.m.
vizcondedenada
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Sunday, April 09, 2006

Tirante el Blanco

Tiene Vicente Aranda en su curriculum de autor muy notables creaciones que lo acreditan como cineasta talentoso y honesto. Se enfrenta aquí con el gran clásico de la literatura hispánica en catalán (sí, ya sé que Joanot Martorell era valenciano, pero me niego a admitir el disparate lingüístico de que el valenciano es cosa distinta a una variante dialectal del catalán). Y el resultado, pese a todas las prevenciones que discretamente el director se impuso, es, en mi humilde opinión, un fiasco. Quiso Aranda elegir para su versión los aspectos más humorísticos, la mirada más erótica y el talante más descreído de las andanzas del aguerrido caballero. Todo ello constituye una posición de partida espléndida, que no es, sin embargo, capaz de evitar un ritmo narrativo cansino y moroso y una frialdad expresiva, provocantes no a risa, sino a ocasionales bostezos que ni la fotografía esplendorosa de Alcaine ni los encantos estimulantes de Esther Nubiola (Pricesa Carmesina), Leonor Watling (Placerdemivida) e Ingrid Rubio (Estefanía) logran conjurar. Las tres están brillantes, como el resto del elenco, con especial mención del veterano Giancarlo Giannini en su papel de Emperador tronado y gagá, y de Victoria Abril, la más rijosa que maligna Viuda Reposada.
En resumen, que si alguien nos obligase a la ingrata tarea de hacer un donoso escrutinio de la obra completa de Vicente Aranda, no salvaríamos a su Tirante el Blanco, como el cura y el barbero cervantinos hicieron con la novela homónima de Martorell.

Saturday, April 08, 2006

La fiesta del chivo

No me defraudó en absoluto la versión cinematográfica de la novela de Vargas Llosa. Con las inevitables elipsis, Luis Llosa logra algo nada fácil: mantener al espectador atento sin esfuerzos durante las dos horas y cuarto de proyección. Cierto que hay omisiones: las prolongadas sesiones de tortura a que es sometido el militante vasco y colaborador de la CIA Galíndez, antes de ser asesinado a manos del propio Trujillo y los equilibrios sobre la cuerda floja que ejecuta Balaguer en las horas inmediatamente posteriores al justo y chapucero tiranicidio, entre las más notorias. Cierto también que no sobra la sutileza en el trazo de algunos perfiles protagonistas y que el incómodo parecido físico (clónico casi) de Isabella Rosellini con su difunta madre Ingrid Bergmann nos provoca la sensación de estar viendo fantasmas. Con todo, la película logra sobrada y dignamente acertar con el tono adecuado para narrar el desgarro vital de Urania Cabral y todo el horror y la infamia de un régimen sanguinario y corrupto. Un déspota necesita siempre de muchísimas complicidades, de demasiadas complicidades, de manera que, como lúcidamente se ha repetido, lo peor de las tiranías no son tanto sus crímenes horrendos como su monstruosa y casi universal capacidad para pervertir conciencias. Ese aspecto crucial queda expresado con suficiencia en el relato novelesco y en su traducción fílmica.
Parecidos molestos aparte, la interpretación de Isabela Rosellini roza lo magistral. Sobrio y convincente Juan Digo Boto como teniente Amadito, contenido y magnífico Paul Freeman como Agustín Cabral y un punto histriónico Tomas Milian, que encarna a Trujillo con una elegancia gestual inadecuada.

Sunday, April 02, 2006

El discurso del energúmeno

Los energúmenos son bastante ubicuos. No se encuentran sólo en los partidos de fútbol de máxima rivalidad o en las tertulias de la COPE. Aparecen en lugares aparentemente insospechados por el refinamiento que gratuitamente se les presume. El otro día, en un concierto de la Orquesta Nacional de Ille de France que se celebraba en uno de los auditorios de la ciudad en la que vivo, mi vecina de asiento por la izquierda, una anciana malencarada y miope, blandió el programa de mano y asestó un papirotazo en el occipucio de otra fémina que ocupaba la butaca del mismo número de la fila siguiente a la que usurpaba la agresora. La víctima, una chica joven y modosa, se quedó literalmente sin respiración y ni siquiera osó volver el rostro hacia atrás. Debemos aclarar que nada hacía la muchacha que pudiera argumentarse como muy parcial descargo del vejestorio: no mascaba chicle, no abría y cerraba su bolso, no desenvolvía caramelos, no tosía, no aplaudía a destiempo, ni siquiera llevaba teléfono móvil. Sonaba el segundo movimiento del Concierto para violín y Orquesta op. 61, de Saint-Saëns. El andantino quasi allegretto debió de convertirse para la infeliz en subito molto dolente, pero mantuvo el tipo con ejemplar presencia de ánimo. En el intermedio, tal vez ya repuesta, con acento muy moderado se atrevió a recriminar al estafermo su fea conducta. La hidra le replicaba: "Movías la cabeza sin parar y me harté". Ni siquiera esto era verdad: la moza, de vez en cuando, apoyaba la cabeza por unos segundos en el hombro de su acompañante y la volvía a erguir. Eso era todo. Tímidamente, intervine en defensa de la ultrajada: no soporto a las gentes que en presencia de una injusticia manifiesta, por leve y poco importante que sea, se callan como muertos.
_ ¡Lo que me faltaba...!
_ O lo que le sobraba, señora.
Ahí se acabó el diálogo. Salí al vestíbulo. La ofendida y su novio también salieron. Nos miramos y no nos dijimos nada. Todo estaba entendido. La bruja quedó rumiando su furia en el asiento.
Esta anécdota banal y sin gracia es, sin embargo, bastante ejemplificadora de una actitud demasiado frecuente: la de quienes se sienten molestos con cualquier actitud del prójimo que, en su ilimitado ombliguismo y bajo su descentradísimo punto de vista, estorba la omnímoda e inatacable imperturbabilidad que se creen con derecho a disfrutar. Lo peor es que tienen traductores políticos muy conspicuos. Posted by Picasa

Wednesday, March 29, 2006

El juego de los fracasos y el juego de los escaques


Mi hija, que es profesora de español en un liceo de la banlieue parisina, me cuenta que uno de sus alumnos, en un ejerciccio de redacción, le mostró la siguiente perla: "me gusta jugar al juego de los fracasos". Como no parece probable que un adolescente adopte para sí una tan lúcida filosofía de perdedor, no nos queda otra opción que la de pensar que el muchacho fue traicionado por su diccionario y, simplemente, consultó échec, en singular y en primera acepción, y se encontró con un fracaso verdaderamente cantarín y tal vez premonitorio. El curioso error puede dar bastante juego para ejercicios de literatura recreativa, pero no es ese mi propósito. Demasiado influido por la actualidad, incurriré con pertinacia en el feo vicio de volver a husmear en el asunto del alto el fuego permanente anunciado por ETA. Lo siento por Doña Elvira Lindo: tal vez tenga yo una insospechada vocación de manifestista.
Tengo la convicción de que pese a apretones de manos, fotografías risueñas y declaraciones públicas alambicadas y abstrusas, Rajoy y el partido popular en bloque de ningún modo van a renunciar a seguir jugando al juego de los fracasos, en la española literalidad de la frase. Van a seguir echando arena al motor del vehículo político de Zapatero, van incluso a intentar echar azúcar en su depósito de gasolina. Y lo van a hacer en cualquier frente, incluido, por supuesto, el de la lucha antiterrorista y el problemático cese de la violencia. Por el contrario, al gobierno no le queda otra alternativa que seguir afrontando una penosa y dificílísima partida de un juego de los escaques (discúlpenme el intencionado galicismo retórico) en el que tiene la única ventaja de jugar con las piezas blancas. Frente a ellas en el tablero, estarán Batasuna y ETA como respectivos rey y reina negros, y les acompañarán el PNV y la Conferencia Episcopal como estratégicos alfiles, el PP y la patronal de Cuevas como caballos con jinete espoleador, el conglomerado del inMundo y la sinRazón de torre sobre el blanco, con Aznar asomado en sus almenas, y la COPE encabritada en función de torre sobre el negro. De peones, los lectores y la audiencia de estos pestíferos medios. El panorama no llega a desolador, pero asusta bastante.

Saturday, March 25, 2006

Volver



Se tomó algún tiempo Pedro Almodóvar, desde La mala educación, para retomar la cámara. En ese sentido, el título de la película autoriza a interpretarlo también como una proclamación. Vuelve, en efecto, y lo hace con dos de sus actrices favoritas, otras dos de nueva incorporación al grupo, una vieja gloria imprescindible y una promesa en flor. Y vuelve con una historia con inconfundible sello de fábrica, una historia manchega y universal, sentimental y esperpéntica, tremendista y tierna, melodramática y cómica. O sea, con una historia genuinamente almodovariana. El resultado es tan brillante y conmovedor como siempre y con otro cuartillo añadido de madurez y perfección con el que Don Pedro nunca deja de aderezar cada una de sus sucesivas creaciones. También como siempre luce esplendorosamente su capacidad proverbial para la dirección de actrices y nos ofrece a una Penélope Cruz despojada de glamour, más bella que nunca y mostrando una insospechada vis dramática de actriz de raza. Carmen Maura, desmelenada y desbordante, está a la altura de sí misma. Lola Dueñas confirma y revalida su espléndida labor en Mar adentro, con un papel muy distante del de la amiga de Ramón Sampedro. Blanca Portillo aporta credibilidad superior. Chus Lampreave se regodea como clásica del autor. La niña Johana Cobo es la naturalidad en estado puro. E impecable, como no podía ser de otra manera, la fotografía de Alcaine.

Friday, March 24, 2006

Alto el fuego permanente (2)

Me autosorprendo en flagrante delito de filisteismo. En mi entrada de anteayer, movido por no sé muy bien qué clase escrúpulos, remilgos o aprensiones, pretendía alejarme de lo que las almas miserables llaman sectarismo y que no es otra cosa que la necesaria toma de partido (sobre todo, en contra) que la decencia elemental viene demandando en este país desde hace ya demasiado tiempo. Me refiero, claro está, a la actitud mezquina, innoble, desvergonzada, resentida y putrefacta que el llamado PP (Proyección Paranoide, en feliz expresión de mi amigo José Fernando Pérez Oya), viene exhibiendo con impudicia intolerable y que ni siquiera es capaz de contener en momentos en que la dignidad y la inteligencia exigen un mínimo ejercicio de mesura. Cuando, con ingenua generosidad, la izquierda española le otorga carta de naturaleza democrática a ese precipitado de posfranquismo, arribismo, caspa ideológica, chulería, mendacidad y rencor (¿de qué?) a ese simulacro de formación política, controlada de cerca por uno de los individuos más antiestéticos, tanto física como espiritualmente, de toda la historia de España, está, ciertamente, haciendo de la necesidad virtud, pero está también tragando, en aras a esa necesidad, una tan ingente cantidad de sapos que corre el riesgo de indigestión crónica e incluso de envenenamiento letal. En los últimos días, la mayoría de los medios de comunicación están intentando dar a entender que el PP entra, por fin, en razón y se esfuerza en ponerse a la altura de las exigencias. No lo creo yo así. Las declaraciones infames de, entre otros, Jaime Ignacio del Burgo, María San Gil, Jaime Mayor Oreja, el indigerible e inevitable Eduardo Zaplana y el mismísimo "antiestético por antonomasia" pesan mucho más y tienen mucho mayor eco en la militancia cerril, que los fríos, aguachirlados y forzados ofrecimientos del cada día más indigno Rajoy en sede parlamentaria. Que les zurzan.
P.S. Mensaje a Ibarretxe (a) Robocop: Métete tu plan, tu hipocresía santurrona, tus prisas preñadas de rijo autodeterminista y tu inmensa desfachatez donde te quepan. Deberían nombrarte socio honorario de la FAES. Así que habla con Aznar del asunto y de lo tuyo.

Traducir a tontas y a locas

Esta mañana escuchaba Radio-2 y sonó la célebre romanza de Los Gavilanes que dice eso de No hay rosa como los labios de mi zagala... Mi cráneo alberga zonas cerebrales de tontuna bastante extensas y alguna de ellas debió de quedar activada con los trinos de Alfredo Kraus, de modo que me sorprendí a mí mismo maullando en inglés: There's no rose like my shepherdess' lips...Lo peor de todo es que me salió de manara espontánea, impremeditada, amorcillada y bobalicona. Paré de cantar, me dije que ya no tenía amigos ingleses a quienes divertir con aquellas simplezas del tipo too much for my body o from lost to the river. Pero pronto caí en la cuenta -nada hay que no se pueda empeorar- de que mi traducción repentizada ni siquiera tenía la escasa gracia de aquellas necedades adolescentes. Recordé el primer verso de uno de los sonetos de Shakespeare: My mistress' eyes are nothing like the sun, que expresa la idea contraria a la de la romanza zarzuelera, pero que adopta una forma gramatical prácticamente idéntica. No es posible cagarla con mejor éxito. Así que, animado por la rápida fortuna, me lancé al vacío con licencia para disparatar. Véanse los resultados:
1. Versión alemana (Das unmögliches Hirtenlied ): Es gibt keine Rose als meiner Schäferin Lippen.
2. Versión francesa (petite pastorale solennelle): Il n'ya point de rose comme les lèvres de ma bergère.
3. Versión italiana (una pastorella audace): Non ha più rosa come i labbri della mia pastorella.
4. Versión portuguesa (a verdadeira dimensâo da lirica pastoril): Nâo hà rosa como os beiços da minha zagala.

Cuando mi hija, traductora e intérprete profesional -y una de mis escasísimas lectoras- tenga conocimiento de que estoy jugando con sus cosas de comer me va a repudiar como padre. Perdóname, Sariña bonita: son pecados y sandeces de vejez.

A otros profesionales de la lingüística y la traducción, que les den dos duros. Ya sé que tienen muchísimas cosas que enseñarme, entre otras que el libreto de Los Gavilanes no es precisamente una novela pastoril y, en académica consecuencia, la palabra zagala, "en el contexto de la obra", no debe tomarse sino en su primera acepción de "muchacha soltera" (DRAE). Se me da una higa. A mi me gusta que sea pastora y ahí queda eso.

*Ilustración de la entrada: BOUGUERAU: The young Shepherdess, 1885. San Diego Museum of Art.
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Thursday, March 23, 2006

Alto el fuego permanente

Si las cosas evolucionan razonablemente bien, si la ciudadanía piensa más y embiste menos, si la llamada clase política se aviene a ejercitarse al aire libre, si nacionalistas vascos y nacionalistas españoles aprenden laicismo y civilidad, si los verdugos purgan sus culpas y algunos deudos de las víctimas saben ennoblecer su dolor y exigir justicia sin confundirla con la vendetta pública, si los predicadores de esencias y los vendedores de inquina se callan para siempre, es posible que allá para 2012, año arriba o año abajo, ETA haya pasado a la historia de la infamia y la ignominia. Menos claro me parece, aún con todos estos problemáticos pronunciamientos a favor, el futuro de la sociedad vasca sin la presencia de un demonio familiar que facilitaba a unos la máscara fea del hermano malo y a otros el pim-pam-pum mágico que hacía rebotar en todas las direcciones las pelotas de plomo y mierda que contra él se lanzaban. En el mejor de los casos, empezaremos a vivir como adultos responsables y no como energúmenos o mequetrefes. En el peor, nos entra un ataque de aburrimiento, un fervorín de patriotismo y un retortijón de nostalgia y volvemos a liarla.

Wednesday, March 22, 2006

Cabaret literario


Vivir en una ciudad de provincias tiene sus ventajas. En la que yo vivo, hay un restaurante que han puesto de moda la progresía señorita local y cierto diario de difusión panespañola. Como no podía ser de otra manera, está ubicado en lo que con una suave dosis de ironía benévola se podría llamar la milla de oro del lugar, en un lateral de la planta baja de un museo de más que dudosa utilidad. Los fines de semana ofrece cenas con espectáculo, de menú cerrado y a precio bastante razonable. El viernes pasado tocaba cabaret literario. Acudí sin saber qué me esperaba, arrastrado por unos amigos, casi tan ignorantes como yo de lo que se cocía, dispuesto a tragar lo que me echasen. A decir verdad, la cosa salió bastante bien. Autor y actores salieron del trance mucho más que dignamente. Tres mozos animosos y dos mozas pizpiretas cantaron, bailaron, recitaron, declamaron y dialogaron músicas y textos ingeniosos, algo provocativos, decentemente desvergonzados, hilarantes a veces, con deriva intelectual y algo lastradillos de ideología. Curiosamente, el barco no escoró a babor ni a estribor, más bien zapicó de popa sin bandazos y llegó a puerto con el casco y la tripulación muy enteros.
La sorpresa fue encontrarme allí con un viejo amigo, noble arruinado (que Gil de Biedma me perdone), catalán de procedencia, que resultó ser el factotum del cotarro (autor, director ...). Debería haberlo adivinado, porque todo aquéllo tenía el perfume inconfundiblemente ácrata del amable gruñón, ateo sosegado, anticlerical jocundo, debelador risueño de tópicos biempensantes y antinacionalista de bien que es este inteligentísimo buen hombre, conocedor superabundante de todas las músicas que en el mundo son y han sido. Estaba acompañado de la viuda del pergeñador de los programas de mano, otro viejo amigo, infaustamente desaparecido, cuya capacidad para el disparate con talento nunca dejó de sorprenderme. Como muestra, baste el seudónimo que utilizó para firmar la ristra de parodias de comentarista fané con que nos divierte en el díptico: Salustiano Bosboril, crítico de París.
Albricias y enhorabuena.

Monday, March 20, 2006

Match Point o Dostoyevsky al revés

La, por ahora, útima película de Woody Allen no necesita de gags originales ni de diálogos ingeniosos para expresar el genuino humor del autor. Ninguna risa y escasas sonrisas pueden producirse a lo largo de las casi dos horas de esta historia paradójica y algo provocativa. Que la vida misma, incluida su aparición, es fruto del azar y de la necesidad era cosa ya sabida. Lo novedoso es que tal idea se ilustre con un relato fronterizo con el impudor (Diccionario de la Real Academia Española: impudor. [segunda acepción]. Cinismo en defender cosas vituperables).
Partiendo de una situación clásica y tópica de arribista con encanto, se llega a un final también clásico, aunque con una conclusión poco ortodoxa (la vuelta del revés de Dostoyevsky), pero impecablemente coherente con la tesis determinante: el éxito o el fracaso no dependen de nuestro esfuerzo ni de nuestras habilidades, sino del puro azar, tal como sucede en una partida de tenis en la que la pelota que roza el borde de la red decide la suerte última cayendo de un lado u otro de aquélla. Como esta pirueta narrativa constituye el gigantesco gag que es la película entera y, a la vez el desenlace del poco apretado nudo que sigue a un planteamiento nada extraño, no se puede, naturalmente, desvelar sin reventar intriga y chiste. A disfrutar de Woody Allen, que sigue siendo un genio.
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Sunday, March 12, 2006

Truman Capote


Después de haber leido la esplendorosa columna que hoy mismo publica Manuel Vicent en El País sobre Truman Capote, A sangre fría y todo lo demás, nadie - y yo menos que nadie - debería atreverse a escribir ni una sola palabra sobre el espinoso asunto de las servidumbres de la belleza. Sólo apelando a la impunidad de que gozamos los perfectos desconocidos y los abandonados por el sentido común, me permito, vista la película y leída la columna, hacer unos banales comentarios sobre aquélla y unas ingenuas consideraciones acerca de ésta. Refiérense los comentarios a las tres virtudes fundamentales que, en mi opinión, posee el filme de Bennet Miller: la magistral reconstrucción de los ambientes de época, la dirección de actores (aunque, evidentemente, Philip Seymour Hoffmann no precise del tal batuta) y el planteamiento sobrio y exacto de lo que, para entendernos, llamaremos la cuestión moral. Y a tal cuestión moral se refieren - ocioso es adelantarlo - las consideraciones en torno a la columna vicentina.
¿Era rigurosamente imprescindible, tanto para la coronación imperecedera del éxito comercial masivo de los episodios por entregas como para la definitiva gloria literaria de Capote, la ejecución final de los dos convictos? ¿Era ese cálculo sólo una aprensión de Capote? Se admiten conjeturas y especulaciones de todo tipo e invito al personal a pronunciarse.
Frivolidad penúltima: Nominadas para diversos premios de la Academia Brokeback Mountain, Transamerica y Truman Capote, ¿está Hollywood saliendo del armario? Si así es, ¿es rentabilísima esa salida?
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Wednesday, March 08, 2006

Brokeback Mountain

Hace unas semanas que vi la frustrada candidata al oscar a la mejor película. No puedo saber si hubiese resultado mejor reseñarla entonces que hacerlo ahora, y no precisamente por los resultados de la Academia, sino porque algo me dice que la primera impresión que me produjo (cercana al entusiasmo) es más auténtica que la que siento ahora, con la memoria aún fresca, pero contaminada acaso por una acumulación de posos que deja una pátina de escepticismo y me hace considerar algunos aspectos que en su momento no tuve en cuenta. Es quizás el más incómodo el que me hace ver un cierto exceso de literatura en la limpia narración de Ang Lee. Exceso que nada tiene que ver con la procedencia novelística de la película, sino con un tratamiento de las emociones y de la tensión dramática un tanto alejado de la cruda desnudez de cada una de las situaciones que se van mostrando. Tal vez (sólo tal vez) Jack Twist y Ennis del Mar deberían haber sido tratados con la misma objetiva frialdad que sus esposas o su patrón. No quiero decir que se debería haber renunciado al género (se trata de un melodrama, y a mucha honra) sino que, precisamente en los melodramas, los héroes lo son siempre sólo a medias. Y en la bellísima película del chino Lee, los dos vaqueros enamorados, aunque uno más que el otro, son personajes de una entereza a prueba de casi todas las corrupciones a que se someten y son sometidos.
No me atrevo a decir y no seré yo quien diga que la interpretación de Jake Gyllehaal (Jack Twist) es mejor o más brillante que la de Heath Ledger (Ennis del Mar). Supongo que ya alguien habrá hablado de la inmensa talla de los "secundarios", desde Randy Quaid (Joe Aguirre) a Michelle Williams (Alma Bess del Mar); desde Linda Cardellini (Cassie Cartwright) a Anne Hathaway (Lureen Newsome).
Chorrada final: Curioso el parecido físico (¿intencionado?) entre Heath Ledger y George Bush Jr.
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Sunday, March 05, 2006

Orgullo y prejuicio

Afortunadamente, sigue habiendo cineastas intrépidos a los que no les tiembla el pulso al encararse con un ejemplar canónico de la literatura universal. Entre ellos, está Joe Wright que, con un par, le echa el diente y la cámara nada menos que a Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, madre generosa del relato amoroso de todos los colores, del rosa al amarillo, del verde al rojo vivo, del lila al azul cobalto. Y debe decirse que entra en el empeño con buen pie y sale de él más que airoso. Tiene Wright la buena ocurrencia de ambientar la acción en el mismo año (1796) en que una Austen de veintiuno escribe el primer cuaderno de la novela que sólo en 1813 pasa a las imprentas y al público. A pesar de que todos los detalles posibles, desde el vestuario hasta la decoración de interiores, desde la longitud de las velas de sebo al grosor de las cuentas de los collares, están tratados con el primor de un perfeccionista y el rigor de un historicista, todavía hay lerdos que hablan de de "recreación de la época victoriana". Algo así leí en la red, publicado por un periódico argentino al que se debe hacer la caridad de aclararle que la reina Victoria I nace cuatro años más tarde de que Jane Austen hubiese muerto y empieza a reinar aún veinte años después de nacida. Tiene esto su miga, porque el talante prerromántico de la heroína de la novela, difícilmente iba a tener el mismo impacto en los austeros pero no poco convulsos tiempos postguillerminos que en los dubitativos pero aún firmes de Jorge III, en los que un dandy llamado Brummell tuvo la osadía de inventar el pantalón de chimenea.
Como no podía ser menos tratándose de una coproducción con participación británica mayoritaria, la arquitectura y el paisaje, la flora y la fauna, la arboleda y la campiña, el verdor y la bruma están tratados con delectación y lujuria, con el añadido meritorio de constituirse en elementos del relato tan decisivos como la exaltada prudencia y recatada belleza de Liza Bennet o la altiva timidez y soterrada fogosidad generosa del señor Darcy.
Poco más que añadir, salvo las loas ineludibles a la espléndida interpretación de todo el elenco, con las obligadas menciones especiales al trabajo de la deliciosa Keira Knightley como Elisabeth Bennet, del sobrio Matthew Mefadyen como Mr. Darcy, del sabio y veterano Donald Sutherland como Mr. Bennet y de la soberbia Claudie Blakley como Charlotte Lucas. Por cierto, se me ocurre que Matthew Mefadyen podrá ser un espléndido Chateaubriand en una imaginaria versión televisiva de qinientos capítulos y más de dos años de emisión de las Memorias de ultratumba del vizconde
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Transamerica

Los cineastas europeos de talento deben aprender de sus colegas norteamericanos talentosos la pulcritud, absolutamente exenta de caspa, con la que éstos abordan los asuntos más (digamos) escabrosos -y pronunciemos la molesta palabra con rubor. La historia de un transexual, padre por accidente, a quien la mera necesidad obliga a encontrarse con su hijo, un delincuente juvenil en estado muy puro, se narra con el sobrio modelo formal de una movie road. Asombran la frescura y el verismo con que se van mostrando las situaciones y los personajes así como la desnudez, sin concesiones, pero nunca desprovista de humor (esperéntico, a veces) y ternura, que pautan la totalidad del relato. Su final, matizadamente feliz, por lo que tiene de abierto, es de los que merecen dejar memoria.
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Friday, February 24, 2006

Nochmals Lili Marleen (Otra vez Lili Marleen)

Me remito a mi comentario anterior sobre la antimarcha. Pero me quedaría algo incómodo si no le añadiese un par de observaciones, sin duda drmasiado evidentes. Se refiere una a la eficacia de los engañosamente fáciles pies de estibillo alternados: wie einst, Lili Marleen; mit dir, Lili Marleen (como antes, Lili Marleen; contigo, Lili Marleen). Jalonan las estrofas de un modo muy particular, enfatizando la nostalgia con una sencillísima contundencia, que completa y resume todas las añoranzas, cualesquiera que éstas sean.
La otra es un capricho personal. Siento una mal contenida emoción sonriente cada vez que escucho estos dos versos ingenuos:
Unsere beide Schatten
Schauen wie einer aus
que se pueden maltraducir así: Nuestras dos sombras parecen sólo una.

En mi tontuna traductora, llegó a ocurrírseme la siguiente parida adaptativa:

Ambas nuestras sombras

una sola son

que se podrían cantar en español, pero con qué resultado tan lamentable, tan fuera de lugar y de estilo...

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Filología recreativa o Una broma filológica

En mi covachuela laboral, me he encontrado hoy con un certificado bilingüe, expedido por el gobierno local de Bilbao, a cuyo pie, y en el lugar reservado para las estampaciones, figuraba la palabra Zigilua. Obviamente, designa ese objeto redondo, oblongo a veces, rectangular frecuentemente, que con relieves de caucho y previamente impregnado de tinta sirve para imprimir el marchamo de una institución, sociedad o persona en un papel capaz de soportar la afrenta. Con perdón de sus caras, a las de Don Koldo Mitxelena y otros sabios euskaldunes me refiero, me parece que la cosa tiene su guasa. Ante la necesidad de nombrar un objeto que fenicios, griegos, romanos y otras sociedades civilizadas conocían, pero que los aguerridos pobladores de los valles ultrapancorbeños ignoraban con alegría y bravura en su paraíso incontaminado, ahora dizque perdido, los filólogos creativos no se paran en barras: toman del latín, verdadera lengua de imperio, el vocablo sigillum, adaptan la sonoridad de la sibilante inicial a la prosodia y ortografía vascas, suprimen, al igual que las denostadas lenguas romances, la consonante temática de flexión nominal (m), la sustituyen por una muy euskérica vocal a que, felizmente, va precedida de una muy cerrada u para que el conjunto quede de lo más propio y pase con toda legitimidad al acervo patrimonial euskérico, dando el pego con elegancia y patriotismo ejemplares. Mi enhorabuena, señores académicos.
El documento burocrático contenía también otra perla, ahora de traductor. En grafía versal, hacía constar: VILA DE CRUCES (PONTEVEDRA) UDALERRIA ALDE EGINAGATIK, que el bizarro y leal traductor versiona así: EMIGRACIÓN [sic] AL MUNICIPIO DE VILA DE CRUCES (PONTEVEDRA). Toda una declaración de principios. Personalmente, prefiero las declaraciones de finales.
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Saturday, February 18, 2006

Comentario a una carta de José Fernando

Voy a tranascribir aquí un correo que dirigí a mi buen amigo José Fernando en respuesta a otro suyo en el que enviaba una especie de carta dirigida a El País, no para ser publicada, sino para que le facilitasen la dirección electrónica de Timothy Garton Ash, a quien realmente va dirigida. Cuando sea capaz de incorporar ese correo a este blog, se podrá ver la larga diatriba de José Fernando. Este es mi comentario.
Parece ser que el mismísimo Robespierre condenó acerbamente la antirreligiosidad y el anticlericalismo, tachándolos de "aristocráticos". Stalin, que no en vano pasó por el seminario, siempre tuvo entre ojo y ceja a los comecuras (o comepopes) de su partido. Con tan preclaros antecedentes, es perdonable que yo me siga sintiendo tanto o más antirreligioso y anticlerical que rojo y antiimperialista. La cosa me viene desde "la más tierna infancia", tal vez por haberme malformado en un colegio insufriblemente "nacionalcatólico". Por eso, aunque no puedo menos que estar intelectual y moralmente de acuerdo con todo lo que expresas en tu artículo-carta y con las ganas que tienes de irle a la yugular a Don Timoteo Garton Ash, prototipo insigne de intelectual orgánico del ala más elegante y soberbia del liberalismo académico y socializante, no deja de llenarme de ira el fanatismo inducido que provoca la publicación de unas viñetas nada inocentes que, si fuese posible analizarlas fuera de su contexto, serían fresca y saludablemente insultantes contra algunas de las cosas que en este mundo son más merecedoras de ultraje, tales son: la religiosidad, las religiones y sus ministros, oficiantes y fieles. Me dirás, y con toda la razón, que "más cornás da el hambre": en mi descargo, sólo puedo replicar que el fundamentalismo evangélico de Bush y la hipocresía de los interesadamente tuertos gurús del canon occidental políticamente correcto me dan tanto asco como ira me provoca la vesanía ignara de ciertas masas islámicas tan hambrientas como manipuladas: Ya ves que lo acabo de arreglar: ahora me pongo "equidistante". Sé que tu inteligencia superior no te permite interpretarlo así. Discúlpame de todos modos. Mi ateismo es más radical y "enraizado" que intelectual o filosófico, lo que me lleva en muchas más ocasiones de las que fuese de desear al exabrupto y a ciertas obcecaciones.
José Fernando, que escribe un castellano espléndido y un inglés envidiable, comete errores al escribir en gallego: su respuesta a mi comentario reza así:
"Como volvas a falar de inteligencia superior mandoche o carallo. Como sabes mandei a cousiña o Pais e PROMETTERONME mandarllo o Garton. Te manterei informado APERTAS"
No tardé en volver a importunarlo con estas otras observaciones:
Something is rotten in Dennmark
Hamlet, Act I, Scene IV
Es posible que esté yo mal informado, pero creo que la entrevista hipócrita y desigualitariamente denegada por el jefe del gobierno danés a las comunidades islámicas de su país fue solicitada por éstas para pedir que se aplicase el código penal, por delito de blasfemia, a los autores de las viñetas de Mahoma. Lo sorprendente no es la petición en sí, sino que la muy liberal y avanzada democracia danesa permita que la blasfemia esté jurídicopenalmente tipificada.
Garton Ash y tú compartís alma mater oxoniense. Yo, mucho más modesto, me licencié en Derecho en una universidad española de provincias que tiene el dudoso honor de haber sido fundada por Fernando Valdés Salas, inquisidor mayor con Felipe II. En ella enseñaron Derecho romano Leopoldo Alas Clarín y su hijo, rector en 1936, fusilado por las hordas golpistas, que tuvieron la avilantez de hacer grabar en las pétreas paredes del claustro este dístico que tú, mucho mejor latinista que yo, traducirás con suma elegancia: PECTORA QVAE MATERNE ALVI SE EXTOLLERE MVROS SAEVITIA HORRENDA NE PENITVS REVEREOR MCMXXXVI - MCMXXXVII. Allí sigue.
Pues bien: en esa universidad en la que me malformaron, me enseñaron una teoría general del Derecho político que era una versión doméstica, de cocina económica, del ínclito nazi Carl Schmidt. Pero me enseñaron también, con mayor decencia, un Derecho penal que definía el delito como "acción típica, antijurídica, culpable y punible". Y me pregunto yo: ¿Dónde leches está la antijuridicidad de la blasfemia? ¿Cuál es el bien jurídicamente protegible que se pretende salvaguardar con su tipificación penal? ¿Acaso el sentimiento religioso de los creyentes? Por favor, seamos un poco más serios.

Sunday, January 01, 2006

Lili Marleen: Ein Antimarsch


Estreno el año 2006 con la edición casera de un disco compacto de tema tema monográfico: Lili Marleen. Este entretenimiento de ociosos que consite en bajar música de la red con garantías legales me está ocupando últimamente más tiempo del que puede resultar saludable. A veces, obtengo resultados como éste, que permiten satisfacer la curiosidad de reunir en un volumen piezas homogéneas que obedezcan a una lógica más o menos caprichosa y, en este caso, obvia. Después, lo empaqueto en una caja provista de sus correspondientes portada y contraportada e incluso, en ocasiones, me permito incluir algún comentario de mi cosecha más o menos apañado. Transcribo en el blog el que hice para esta ocasión. Pobres vanidades de un infeliz diletante.
¿Por qué una "antimarcha"?. Es innegable que fue una marcha militar cantada en las dos guerras -pese a Göbbels en la segunda- que asolaron a la Europa y al mundo del siglo pasado. Pero no lo es menos que hay algo en el sencillo y melancólico lirismo de su letra y en la dulzura y la sentimentalidad de su melodía cadenciosa que nos inclina no ya a despojarla de su uniforme castrense sino a adoptarla como una balada tierna y terrible, como una canción de amor muy intensa y muy pobre. Sin duda, estas virtudes intrínsecas y su popularidad, más que una por otra parte indiscutible voluntad de contraafirmación política, llevaron a muchos intérpretes a "representarla" en muy variados estilos, que sólo tienen en común una explícita negación de su carácter militar, aún cuando alguno de estos intérpretes subraye con patetismos diversos su belicismo originario. Es el caso de la versión de Ute Lemper, que con maravillosa sutileza de cabaret berlinés ilustrado, refina hasta extremos inimaginables la entonación de palabras y notas, sin renunciar al comprometido recitado final bilingüe, tal vez un tanto prescindible. También canta en inglés alguna de las estrofas. Incurre Milva en parecido subterfugio, acentuando fanfarrias, trompeterías y rítmicas tamborradas que alcanzan el apoteosis en el bombardeo final digno de Coppola padre. El cabaret necesita aquí de los efectos especiales, algo reñidos con su desnuda naturaleza. Como no podía ser de otro modo, es también cabaretera, pero no obvia, la versión de Edith Piaff. El gorrión, con su alemán arrabalero, no necesita mostrar sus cartas para transmitir con toda eficacia artística la impresión de ser una resistente obligada a cantar para un público colaboracionista. Su paisana de la siguiente generación, la bellísima Marie Laforet, luce un francés infantil y perverso, muy útil para derrotar seduciendo. La grabación incluye nada menos que tres versiones de la suprema y referencial Marlene Dietrich (está ausente Lotte Lehmann). En la primera comparte "track" con Vera Lynn, cada una en su lengua. Una grabación en vivo y otra de estudio, expresionista y sensual como ninguna otra, completan la triada y cierran el disco.
El trabajo de James Last, con guitarra, cítara y orquesta, es virtuoso y lírico: lástima que la edulcoración y el "preciosismo" hortericen el empeño. Otra versión instrumental, la de Billy Vaughn, muestra la idoneidad de la bigband glennmilleresca para la adaptación audaz de cualquier tema.
Dolores Keane, en línea parecida a la de Vera Lynn, aporta "swing" y modestia. Kid Creole y sus golfas Coconuts osan, con envidiable desfachatez y frescura, calzarnos una versión "pop-rock" estimulante, cañera y deliciosamente gamberra.
No podía faltar una versió ortodoxamente militar, a cargo de banda desconocida, con aires marciales más yanquis que germánicos.
Por último, Freddy Quinn, en peculiar alemán, se pronuncia con solemnidad de pastor presbiteriano y cursilería de "crooner" de provincias, pero no canta nada mal.
Quedan fuera muchas más que otras tantas versiones notables de este icono del siglo XX. Se podría intentar una nueva incursión.
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Friday, December 09, 2005

Ratzinger con tricornio


Hace pocos días, y no sin cierto asombro, hemos podido ver al Jefe del Estado Vaticano tocado con ese objeto negro y brillante que, según algunos diseñadores, es una feliz simplificación estilizada del dieciochesco sombrero de tres picos. El duque de Ahumada debió de haber quedado, en su día, muy contento con la invención, pero no es menos cierto que el cacharro simboliza, como casi ningún otro icono, la historia de España desde Isabelona la Chata hasta nuestros días. En los respectivos imaginarios de cada una de las dos Españas machadianas, opera bien como estampa del orden, palo y tentetieso, absolutamente imprescindibles para someter a los súbditos díscolos y desconocedores de lo que quieren y les conviene, o bien como emblema de la tradición más negra y cerril de un país de cabreros (Gil de Biedma dixit), que tiene su expresión condenatoria más acabada en el romance de la guardia civil de Lorca.
Circulan innúmeros chistes sobre el acharolado atributo de la benemérita, pero quizás sea el que más cuadra con la ocasión aquél que atribuye al curioso cuenco invertido poderes de conversión de almas pacíficas en elementos con ganas de repartir hostias. No sé si Ratzinger es un alma pacífica, pero en cualquier caso las ganas de repartir hostias no necesariamente le han de venir sobradas. A ningún modista de la más enrabietada vanguardia se le hubiera ocurrido una propuesta estética más rompedora: sustituir el solideo por el tricornio. Tampoco el más anticlerical e irreverente de los humoristas hubiese dibujado semejante viñeta. Pero dado que, como tantas veces, la realidad ha superado al arte, aprovechemos el sucedido para extraer algunas conclusiones útiles. Puede que el negro, duro y lustroso artefacto, combinado con la albura blanda y suave de las vestes pontificias, le siente al vicario de Cristo como a éste dos pistolas, pero, bien pensado, no es nada difícil imaginar que un alma de silicona pastosa, como yo presumo que es la del forzado ex-militante de las juventudes hitlerianas, se convierta en un alma de charol, en afortunada metáfora de Federico.


Sunday, October 23, 2005

De nuevo Are More. De la mentira y otras miserias

Como el año pasado, el festival Are More se abre con Händel. La Wiener Akademie, dirigida por Martin Haselböck, interpretó muy académicamente el oratorio Il Trionfo del Tempo e del Disinganno, en el que fueron voces solistas Katerina Beranova, como Bellezza, Isabel Monar, como Piacere, Marina R. Cusí, como Disinganno y Marcus Ulmann como Il Tempo. Los oratorios alegóricos, tan de moda hasta bien avanzado el siglo XVII, fueron una especie de sucedáneo de la ópera de motivo religioso. Para un oyente actual, sus contenidos morales de exaltación de la virtud y denigración del vicio, sus monocordes recitativos, las repeticiones ad nauseam de arias y dúos, resultan un tanto cansinos. Se trata, en suma, de un género en el que la belleza musical queda desvalorizada por el adormecimiento que provoca la reiteración continua de motivos, aunque conserve sus atributos indiscutubles, sobre todo en los casos en que, como el que nos ocupa, el compositor es un genial maestro de las formas. Se encuentran, además, perlas especialmente valiosas como el aria da capo en la que Mozart encontró modelo para su Don Giovanni o la famosa Lascia la spina, que el propio Händel, con oportuna variación de texto, reutiliza en Giulio Cesare para el aria de Cleopatra Lascia ch'io pianga. De ambas podemos disfrutar los aficionados de este siglo en grabaciones de Cecilia Bartoli, por ejemplo. Isabel Monar no es Cecilia Bartoli, pero hizo un Piacere muy notable y cantó, en particular, el aria citada con primor suficiente, que mereció el Brava! de un vecino espectador entusiasta. Muy bien la voz oscura de Marina R. Cusí para Il Disinganno, discreto y sólo correcto Marcus Ulmann como Il Tempo y escasa, aunque bella, Katerina Beranova encarnando La Bellezza. Los académicos vieneses, dirigidos por la agilísima mano izquierda y el órgano magistralmente expresivo de Haselböck, estuviero a la justa altura de la obra.

Sin aparente relación con lo que acabo de escribir, aunque hay con ello un nexo meramente circunstancial que no voy a revelar, empiezo a respetar cada vez más la aversión acérrima de la cultura anglosajona por la mentira. No me estoy refiriendo a la mal llamada mentira piadosa (si es verdaderamente piadosa, no es propiamente mentira); tampoco a la mentira jocosa, si carece de mala intención y efectos perniciosos, ni a la mentira fachendosa de matasietes, cazadores, pescadores o pisaverdes de casino de provincias (ya quedan poquísimos). Me venía pareciendo que en ese odio protestante por el embuste, tan acendrado en los Estados Unidos de América, había una raíz puritana que, sin invalidarlo éticamente, lo hacía poco simpático y excesivamente rígido. Con esta idea, me pareció en su momento escandaloso que el pueblo norteamericano hubiese reaccionado a las mentiras descubiertas en el caso Watergate con muchísima mayor virulencia que frente a la inicial continuidad que dio Nixon a la guerra de Vietnam o a su nada reprochable decisión final de firmar el armisticio. Pasados más de treinta años, veo las cosas de otro modo. La mentira, fuera de las excepciones señaladas y muy pocas más, es esencialmente perniciosa, radicalmente corruptora y demoledoramente destructiva. Mina cualquier confianza pública o privada, siendo esta confianza el pilar fundamental de toda relación interpersonal y de todo modelo de convivencia civil. Envilece la actuación de engañador y de engañado. Convierte el comercio en rapiña y la amistad en puñalada trapera. Pervierte a los enamorados y enloda la toga de los jueces. Ningunea al oponente y envenena al atacante. Es, en suma, un arma de destrucción masiva y deja la tierra quemada que provoca su poder destructor infecunda por los siglos de los siglos. Estoy descubriendo mentirosos destructivos en mi ámbito laboral y también en el de la amenidad ociosa. No les temo: les desprecio. Pero, ¡cuanto los detesto!.

Escribo intentando espantar resucitados demonios familiares. No lo estoy consiguiendo.
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Sunday, October 16, 2005

Belén Gopegui, Cuba, etc.



Acabo de terminar la lectura de La conquista del aire, de Belén Gopegui. Se trata, indudablemente, de una novela de tesis. Si me permito etiquetación tan sumaria es porque la propia narradora me autoriza a ello en el nada gratuito prefacio, que constituye una necesaria declaración de principios. Necesaria, al menos, para su autora, que no se corta ni un pelo ni le duelen prendas al hacerla; pero necesaria también para cualquier resabiado lector proclive a tomar el rábano por las hojas. Hay que echarle, desde luego, mucho valor, pero sobre todo mucho talento a la vida para atreverse en los tiempos que corren a lanzar al viento una tal proclama y salir no sólo indemne sino mucho más que airosa de la osadía. Asombra el dispendio de inteligencia, de sensibilidad y de buen estilo con que la Gopegui nos regala. Nunca cuatro miserables millones de pesetas –que constituyen la vera res de la novela- dieron tanto de sí. Nunca una tierna pandilla de exquisitos progresistas soñó con mejor gloria. Nunca personajes tan pulidos y relimpios de cuerpo y alma dieron pábulo a denuncia más amarga de la inanidad. Nunca un yuppie vislumbró hablar mejor que un poeta epigramático ni un profesor de historia soñó enviar mensajes al correo electrónico con pujos del mejor Chesterton. Y aquí precisamente está uno de los pocos peros que se la pueden objetar a la autora: su libro está demasiado bien escrito. Hay una falla entre lenguaje y trasunto que va en perjuicio de un expresionismo más contundente y narrativamente eficaz. Hay poco humor evidente o, por lo menos, inmediatamente perceptible en su diatriba. Pero la discutible y, en cualquier caso, mínima tacha queda sobradamente compensada con perlas literarias de la mejor estirpe como la que no me resisto a transcribir a continuación: “El mundo gira, los hombres y las mujeres duermen, la democracia comercial y comunicativa es un estanque de luz. Lisura. Seda. Tersa superficie inalterada. Sólo en el abismo la luz no es uniforme y se vacila, pero el abismo está fuera. El mundo ya no será cuartel de invierno, la política está fuera, la sociedad decrece y es una capa áurea, finísima, en donde el tiempo ya no es depositado. Duermen.” Si la lúcida seriedad de Belén Gopegui aburre a los que en cualquier momento exigen risas, peor para éstos. Los demás podremos seguir admirando el prodigio.
La técnica utilizada es el contrapunto sin más disimulos. Un contrapunto formalmente idéntico al de Huxley, Dos Passos o Cela. Pero se tiene la impresión de que, con ello, persigue Gopegui más una especie de autocontención forzada por el patrón estilístico que una eficacia narrativa explícita. El resultado es, de todos modos, brillante. Más llamativa es, a nuestro entender, una suerte de trampa que Belén tiende al desocupado (y desprevenido) lector que consiste en hacerle sospechar una cierta complicidad entre la autora y sus personajes, que sólo al final se ve paladinamente desmentida. Decir más al respecto sería pinchar un globo y hurtarles a futuros lectores un disfrute singular.
Escribí esta reseña hace unos cuatro años. Salvo incorregibles torpezas de estilo, no cambiaría hoy ni una sola palabra de lo que entonces dije. Mejor dicho, suprimiría todo lo que se refiere a "peros", "demasiado bien escrito" y concordantes. El libro está magníficamente bien escrito y se acabó. No mucho tiempo despues vino la lectura de Lo real, que revalidó mi admiración por la escritora madrileña, nada gratuitamente amadrinada por la fallecida Carmen Martín Gaite. Debo confesar incluso un cierto enamoramiento adolescente y, por supuesto, platónico, cuyo ridículo sólo mi edad presenil atenúa. El año pasado, y por recomendación de mi hija, que aún no ha llegado a los treinta, leí El lado frío de la almohada. Tal vez porque soy constante en mis amores y porque creo no equivocarme al decir que tengo poco de fariseo, la novela ni me defraudó ni, muchísimo menos, me escandalizó. Debo aclarar que mis simpatías por el régimen de Castro son muy escasas. Pero ello no me impide observar cómo la "hemiplejía" que Vargas Llosa denuncia en los intelectuales iberoamericanos y europeos real o supuestamente procastristas es imperfectamente simétrica con sus propias e inversas miopía y hemiplejía y con las muchísimo más graves, interesadas y activamente peligrosas hipermetropía y hemiplejía de los políticos norteamericanos que jamás sufrieron empacho alguno en apoyar e incluso en promover y propiciar regímenes fascistoides y golpes militares ultraderechistas y sanguinarios, cuando así convino al establecimiento y, sin embargo, vienen sometiendo a la isla a un bloqueo (o, si lo prefieren, embargo) cuya víctima real y evidente es el pueblo cubano, y no tanto el régimen de Castro al que la desvergonzada política sirve también de motor para su retroalimentación ideológica. Ese pueblo cubano tan cultivado, tan vital, creativo y optimista, que se merece muy distinta suerte que la que le hacen sufrir la ilimitada rapacería de unos y el doctrinarismo tiránico de otros. Cualquier observador atento y honesto sabe, no obstante, discernir el muy distinto y desequilibrado potencial catastrófico que cada una de esas actitudes posee y significa. Por todo lo sumariamente dicho, tengo una razón más para seguir admirando a Belén Gopegui: a la Belén Gopegui escritora, faltaría más, y a la Belén Gopegui ciudadana comprometida con su tiempo que, equivocada o no, defiende una posición arriesgada y sostenida con honestidad envidiable. Por edad y por adscripción ideológica, estoy más próximo a sus padres, a quienes cita en un artículo que sólo en la red pude encontrar. Pero, en cualquier caso, estoy de su lado en cualquier ataque que sufra, sobre todo si es tan ruin como el firmado hace meses por una cierta columnista tuercelíneas, ya bastante denostada en este blog, cuya monjil inquina sólo puede explicar la funesta envidia del mediocre.

Wednesday, October 12, 2005

Mi entrada de ayer


Debo al improbable lector algunas explicaciones sobre mi entrada de ayer. La primera, tal vez demasiado obvia, se refiere a la fuente de inspiración. Como ya se habrá adivinado, se trata de una vieja canción con un título inusualmente largo: Tarde de otoño en Platerías. Entiéndase, pues, como un agradecido homenaje a Antonio Aguilar, Alejo León y Juan Solano, sus coautores. También a García Guirau, que con su voz atenorada la popularizó en los tristísimos años cuarenta, y a mi madre, que me la cantaba como nana:
La tarde clara
de otoño madrileño
en Platerías tomaba yo café
con tu vestido gris
entrar en el salón te vi
y al verte tan bonita
me puse junto a ti.
La tarde moría en los espejos,
soñaba el amor en los divanes
y todo yo temblé
en el momento aquel, mi bien
que todo ruboroso
mi amor te declaré.
Tarde de otoño
llena de sol de Madrid,
café de mis sueños
dónde mi amor encontré.
Ay, mil ochocientos, qué lejos ya estás de mí.
Todo pasó como una luz que yo apagué.
Tarde de otoño llena de sol de Madrid.
Alfonso XII volvía de los toros,
Julián Gayarre cantaba en el Real
y yo en aquel café
gustoso te cité, mi bien
y sueños de ilusiones
inquieto te esperé.
Las luces de gas iban creciendo,
la noche llegaba lentamente
y al no verte venir
creyéndome de amor morir
me fui de Platerías
pensando sólo en ti.
Un autor que se preciase de tal jamás haría esta aclaración, en todo semejante a la torpeza de quien explica un chiste. Pero yo, que no soy autor, puedo permitirme ese ejercicio de honestidad, que es una especie de lujo de pobre.
La segunda explicación puede ser aún más obvia: todo lo que no pertenece al esqueleto original, algo distorsionado y desviado a conveniencia del relato, son conocimientos de aficionado a la ópera, recuerdos banales de historia de bachillerato y dos euros de erudición de tipo wikipedia y similares.
Huelga decir que el jovencito Alfonso fue digno hijo de su señora madre, Isabelona la Chata, y que ascendió al trono aupado en la punta del espadón de Martínez Campos, dirigido contra la gloriosa de Salmerón, Pi i Margall y Castelar, quien, por cierto, suplicó con elocuencia a Gayarre que no se fuese de España precisamente en los días en que transcurre mi viaje al pasado. Y que rayaditos y mambises no son elementos de atrezzo folklórico. Siempre hay bellas almas progresistas excesivamente preocupadas por lo políticamente correcto: démosles caritativamente este bálsamo para culitos irritados.

Tuesday, October 11, 2005

Metempsicosis 1: Madrid, 1877



Mis amores por la canción española nostálgica obligan a que esta primera transmigración sea retrógrada. Estamos en el mes de octubre de 1877. Yo, pobre de mí, estoy sentado ante los posos de una purrela sucedánea en el madrileño café de Platerías. Mi sueldo de gacetillero no da para más. Dormito a veces, miro distraidamente a los peatones de la Calle Mayor, me impresionan poco los que entran en el salón y menos aún los que salen. En el Real, se está representando La Favorita, de Donizetti. Canta Gayarre en su más alto esplendor y le acompaña, como Leonor de lujo, Elena Sanz. La función acaba de empezar y aún queda tiempo antes de que el público estalle en previsiblemente atronadores aplausos al final del Spirto gentil y mucho más para que hasta el mismísimo Arenal lleguen los bramidos de entusiasmo que provoca el duetto final, con Leonora muriéndose en los brazos del infeliz Fernando. Un compañero del Heraldo, pinturero y juerguista, debía entrevistar hoy al tenor navarro. Alguna cita galante debió de inspirarle la idea de hacerme a mí el encargo. Una buena ocasión que se me presenta para empezar a salir de mis grisuras municipales. Pero la epifanía recién ocurrida va terminar trastocando mis planes de progresar como plumilla. Es el caso que, aturdido por la aparición inesperada, salgo del café con pasos vacilantes que no dirijo a la calle de Bordadores, o a la más próxima de Hileras, para alcanzar Arenal por la plazuela de San Ginés. Si así lo hiciese, tendría un rato para gorronear un chinchón en El Café de Levante y coronar después la entrevista que me consagraría como campeón de la prensa.
Es día de triunfos en Madrid. Lagartijo, el torero republicano que se negara a brindar un toro a Isabel II, ha despachado en la nueva plaza del Abroñigal, con elegancia suprema, dos morlacos de la ganadería de Doña Antonia Breñosa, que dirige el propio diestro. El veinteañero Alfonso XII, ecuánime, ha disfrutado de la faena del rival de su amigo, el monárquico Frascuelo y cruza ahora, en su carroza, el Parque del Buen Retiro. Corre una brisa suave. La misma que me acaricia el rostro al embocar la Carrera de San Jerónimo y perderme luego por sus bocacalles más sórdidas. Entro en un burdel, dónde me contagio del mal francés que, así que pasen pocos años, ha de llevarme a la tumba en un manigual de Camagüey. Mis parientes y amigos dirán que caí en heroica batida, a balazos mambiseños. Pero yo bien sé que mis últimos estertores van a estar provocados por las injurias impías del tercer grado sifilítico. Y todo por la fugaz visión de la Pardo Bazán entrando en el salón de Platerías enfundada en terso vestido gris que ciñe las deliciosas turgencias de su cuerpo de matrona de veintiseis años. Tímidamente, intentaba acercarme a su diván sólo para mejor contemplar su busto espectacular y el inicio de la pantorrilla que asoma por sobre sus zapatos de tafilete. Y es que Doña Emilia es mucha mujer para mí. Lo es incluso para Galdós, aunque él todavía no lo sepa.

Monday, October 03, 2005

Pepys y Baudelaire





Debo aclarar que carece el título de cualquier intención surrealista: no pretendo provocar ningún encuentro de objetos extraños entre si sobre ninguna mesa de disección. Simplemente, tenía anotadas varias ocurrencias atrasadas que hoy decidí poner al día. Acabo de registrar una de ellas (Teocracia y cara dura) y me pongo ahora a dar cuenta de las otras dos.
Una pedorra literaria del país, con decidida vocación de monja laica, acreditada a través de centenares de infumables columnas y casi media docena de novelas idiotas, ha dedicado parte de sus ocios a prestigiar aún más su suculenta firma glosando la figura del diplomático inglés del Siglo XVII Samuel Pepys, cuyos diarios han sido recientemente publicados, si no de manera completa, sí lo suficientemente amplia, en excelente traducción de Norah Lacoste. Este peculiar caballero que anotó durante diez años, en escritura encriptada con claves que tardaron casi dos siglos en ser descifradas, los acontecimientos grandes, pequeños y mínimos (pero nunca nimios) de su vida cotidiana, venía siendo, en descripción fácil y rápida, un golfo bastante ilustrado, amante del buen vino, la buena mesa y las generosas pechugas, pero también un alto funcionario sagaz y habilísimo, conocedor de los más recónditos entresijos de la política exterior, interior e íntima de la Inglaterra de sus días. Se comprende perfectísimamente que hubiera optado por proteger sus escritos de la curiosidad ajena porque, obviamente, le iba el pellejo en la tarea: tal es la naturaleza, no sólo picante, sino político-estratégica del contenido de sus memorias. Los secretos de alcoba, muchos de ellos secretos a voces, se entrelazan con las intrigas de palacio y los genuinos secretos de Estado. Fácil es entender que un sujeto con tales prendas de ninguna manera pude resultar poco interesante y tampoco antipático a una persona de bien y de talento.Cierto es que sus infidelidades, que en muchas ocasiones no pasan del recalentón a salto de mata o de la pequeña insidia cortesana, pueden retratarlo como persona de poco fiar, pero no es menos cierto que tales vilezas se intuyen bien correspondidas. Tampoco debe negarse que su respeto por las mujeres, incluida la propia, a la que arrea algún guantazo circunstancial movido por los celos, era más bien poco entusiasta. Pero tampoco esto debe desatar las iras de ninguna feminista, pues deben tenerse en cuenta no ya las costumbres de la época sino los usos y entendimientos de la propia pareja, que tampoco eran lerdos. Digamos por último que su condición de logrero, de la que no se ufana pero que tampoco oculta, no es motivo suficiente para descalificarlo, como tampoco lo son sus pretensiones algo horteras de elegancia indumentaria llamativa o sus discutibles gustos teatrales y literarios. En fin, que la reducción sumaria del personaje a un tipo autosatisfecho tan solo por sus logros sociales o a un petimetre machista, vacuo, superficial e irresponsable, es algo peor que injusta: es profundamente miope y simplista, como no podía ser de otro modo, tratándose de la autora del retrato.
Después de leer las supuestas confesiones de Baudelaire en Mi corazón al desnudo, me quedo con las de San Agustín. El de Hipona miente y transubstancia como un cerdo, pero el autor de Las flores del mal llora lágrimas de spleen sifilítico, balbucea exabruptos estériles contra los notarios de fincas y almas, se inviste de desprecio, vomita indignación y asco, y aunque no demasiadas veces es injusto, con frecuencia exhibe patetismos impostados. A fuer de ecuánimes y merecedores, por ende, de la más furiosa refutación baudeleriana, debemos reconocer los destellos de sublimidad de no pocos momentos de estos infiernos artificiales. Mantener el tipo como dandy , en lo personal y en lo literario, si es que se pueden escindir tales dolores, toda una vida y en todo momento, es una actitud tal vez heroica, pero destroza el corazón propio y alguno de los ajenos. Que se lo pregunten a Wilde. Aferrarse a una religiosidad estética, más deseperada que aristocrática, más maternal que agónica, está más cerca del tradicionalismo de Valle-Inclán (abominado por el propio poeta galaico) que del legitimismo de Chateaubriand (consecuentemente sufrido y ejercitado por el de Saint-Malo). Quizás por todo esto empiezo a tomarme más en serio la personal aversión por el dandismo que manifiesta Castilla del Pino.

Teocracia y cara dura


Al parecer, un tal Ratzinger, al que hicieron llamarse y se llama Benecicto XVI, proclama que la modernidad ha desterrado a Dios de la vida pública y lo ha relegado al ámbito de lo privado. Y añade que tal fenómeno no es un signo de tolerancia sino una manifestación de hipocresía. Lo primero comporta un diagnóstico infelizmente erróneo del actual estado de cosas, un bello desideratum que está lejos de hacerse realidad, muy a pesar de lo que el gran Nietzsche - hay también un Nietzsche enano - decretase hace más de un siglo. Lo segundo sería una majadería suprema si no resultase una desvergonzada exhibición de cara dura. La pertinacia de los católicos en general, y no solo de sus jerarquías, en volver del revés cualquier situación hace mucho tiempo que sobrepasó los límites de lo tolerable, pero esta afirmación papal desborda en billones de kilómetros cúbicos la cantidad de absurdo admisible en producto salido de ser racional. Y como tampoco puede ni debe admitirse que el sucesor de Woytila constituya un elemento del conjunto de los seres irracionales, no nos queda otra que imputarle una clara voluntad de tomar el pelo al orbe desde la impunidad de la urbe. Que nos deje en paz el Jefe del Estado Vaticano, que para teocracia nos bastan y sobran la suya, las de los ayatolas y ulemas, las de reyezuelos tribales y todas las que en el mundo fueron. Dejemos nosotros que ese constructo de muchísimo más que problemática existencia, denominado Dios, habite en el corazón de los creyentes, siempre y cuando ese bizarro capricho del espíritu sea financiado a sus expensas y no con las aportaciones de la ciudadanía.
He empezado a retomar la costumbre de escuchar Radio 2 durante la mañana laboral. Hoy me han regalado músicas de Mompou, de Sibelius y del bienamado Mozart (una casación de infancia y fragmentos concertantes del Don Giovanni, en espléndida versión in memoriam de Carlo Maria Giulini, con Wächter, Sutherland, Alva, Frick, Taddei, Cappuccilli y Sciutti en los papeles protagonistas). Muchísimas gracias, amigos.
También pude observar el eclipse de sol con unos cristales de soldador de nivel de protección 14. Belleza cósmica muy barata, pero infrecuente.

Sunday, October 02, 2005

Tres en uno




En el cincuentenario de la muerte de James Dean, ese malogrado y excelente actor que con el paso del tiempo se habría desprendido sin duda de los tics y amaneramientos Actor's Studio que afeaban su trabajo, Televisión Española emitió la película Gigante, dirigida en 1955 por George Stevens, con una Elizabeth Taylor bellísima y espléndida hasta en sus caraterizaciones de abuela, un Rock Hudson tan pan sin sal como siempre, pero muy adecuado para encarnar al simplón de Jordan Benedict II y un jovencísimo Denis Hopper, que ya apuntaba maneras, aunque sin prefigurar sus personajes antológicos de Easy Rider, Un héroe de nuestro tiempo o La matanza de Texas. Había visto yo esta epopeya familiar de ganaderos conservadores y aventureros del petróleo alcohólicos y desesperadamente enamorados en los lejanos tiempos de mi curso preuniversitario. Cuarenta y cuatro años después, he podido experimentar lo caprichosos que pueden ser los mecanismos de la memoria. Uno de los detalles que más nítidamente recordaba resultaron ser las dos lámparas de mesilla de noche de color rosado que, simétricamente inclinadas, iluminan y oscurecen la negociación sobre el futuro de sus hijos que entablan Jordan y Leslie (Hudson y Taylor), cada uno en su cama, como debe ser. Ni la llegada a Reata con centenares de vacas abrevando en la laguna, ni el primer brote de petróleo en la pequeña heredad de Jett, ni la simbólica caída ebria del magnate sobre el vacío de su megalómana convención tuvieron tan claro y distinto poder evocador como esa velada intimidad doméstica. Ahora ya sé de qué fuente han bebido los creadores de la edulcorada serie Cuéntame para plasmar las conversaciones más relevantes de los tiernos Antonio y Mercedes.
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Hace pocos días mi mujer y yo nos hemos visto obligados a practicar una de las obras de misericordia catalogada como tal por la iglesia. No tiene demasiado interés señalar cuál de ellas, ni siquiera si era de las corporales o de las espirituales. Mientras la estábamos realizando, me acordé de una de las anécdotas que Ángel Sopeña cuenta en El florido pensil, manual de evocaciones del espíritu nacionalcatólico que nos maleducó. Un compañero del autor, interrogado en clase de religión por las obras de misericordia, enumeró entre ellas la muy notable de dar por saco al peregrino, en obvia e involuntaria confusión con la de dar posada al peregrino. Tomando el rábano por las hojas y con la petición de disculpas de rigor, me permito ponerme facilón en demasía y ofrecer esta relación alternativa de contrapreceptos misericordiosos:
Corporales
1. Darle jalapa al hambriento
2. Darle salmuera al sediento
3. Violar al desnudo
4. Injuriar a los enfermos y presos
5. Dar por saco al peregrino (copyright, amigo de infancia de Ángel Sopeña)
6. Olvidar al cautivo
7. Enmerdar a los muertos
Espirituales
1. Insultar al que no sabe
2. Dar largas al que lo necesita
3. Incitar y aplaudir al que yerra
4. Vindicar las injurias
5. Putear al triste
6. Castigar con cólera las flaquezas del prójimo
7. Maldecir a los vivos y a los muertos
Abuso de la confianza y me pongo aún más facilón. Son los jerarcas y súbditos herederos de los primitivos formuladores de las obras de misericordia, tal como las recogen los catecismos, los mejor cualificados para ejercer estas otras que yo, sin ninguna pretensión diabólica, expongo no sin advertir que alguna de ellas podría, en verdad, proponerse como plausible y muy ética norma de conducta.
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Leyendo una colecta de sátiras, apotegmas y aforismos de Swift, extraídos muchos de ellos de Los viajes de Gulliver y otras obras del autor, pienso una vez más en lo difícil que resulta dar credibilidad a la condición religiosa que proclaman y reclaman algunos de los más conspicuos e inteligentes cascarrabias de la historia de la literatura. Ese clérigo racionalista, gruñón y malhumorado, de ningún modo puede admitir a Dios y menos aún a las religiones establecidas. El caústico ingenio de A modest proposal... es incompatible con cualquier profesión de fe y, en esa medida, Swift y otros predicadores propician las imposturas.